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domingo, 3 de julio de 2011

El problema sucesorio español en la correspondencia entre Felipe IV y Sor María Jesús de Ágreda

Felipe IV se detiene en el soriano convento de las concepcionistas de Ágreda el día 10 de julio de 1643, cuando se dirigía al frente de Aragón. Allí conocería a una monja con fama de santidad, Sor María Jesús. Eran momentos cruciales en su vida personal. El año anterior había conseguido un propósito acariciado desde tiempo atrás poniéndose, frente a la opinión de todos sus consejeros y su octogenario confesor, al frente de sus ejércitos. Así, el Rey cruzaba su propio Rubicón, en una señal de independencia que no sería la única, pues en enero de 1643 despide de su servicio al Conde-Duque de Olivares, su otrora todopoderoso valido. Se puede afirmar que, en cierto modo, cuando conoce a Sor María Jesús de Ágreda, Felipe IV ha alcanzado su mayoría de edad política.


A partir de ese momento, la monja de Ágreda se convertiría el la consejera espiritual del Rey Planeta, iniciándose una relación epistoral que duraría 22 años y que sólo sería interrumpida por la muerte de Sor María en mayo de 1665 (un mes antes de que lo hiciese el propio Felipe IV). Tras las primeras cartas de 1643 se produce un silencio chocante, pues en 1644 el Rey sólo escribe en dos ocasiones. A partir de la muerte de la reina Isabel la frecuencia de las cartas aumenta con rapidez; en 1645 escribiría 19 y en 1646 nada menos que 24 cartas, cifra que no se volverá a alcanzar. Después escribirá entre 15 y 20 cartas hasta 1656 y va disminuyendo su número progresivamente en los últimos años.


Hay una serie de circunstancias personales y políticas que ayudan a comprender el incremento de esta correspondencia a partir de 1645. El 10 de octubre de 1644 muere, como queda dicho, la reina Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, el 13 de mayo de 1646 su hermana María, emperatriz de Alemania, y el 9 de octubre de este mismo año la muerte del príncipe Baltasar Carlos deja al Rey muy tocado emocionalmente y a la Monarquía sin un heredero varón. Felipe IV se ve obligado a solucionar el problema de la sucesión acordando su matrimonio con su sobrina Mariana de Austria, prometida con su hijo antes de la muerte de éste. Además, desde el punto de vista militar y económico los problemas se multiplican en estos años.


Pero de toda esta larga serie de cartas, me gustaría destacar una enviada por Felipe IV a Sor María el 8 de noviembre de 1661, que refleja a la perfección el problema dinástico que vivía la Monarquía en aquellos años, así como el tormento del ya anciano Rey. Fue ese mes de noviembre de 1661 decisivo para el futuro de la Monarquía Hispánica: el 1 de noviembre moría el príncipe Felipe Próspero y nacía el delfín Luis, padre del futuro Felipe V (primer Rey Borbón de España) e hijo de María Teresa y, por tanto, nieto de Felipe IV. Finalmente, el día 6 nacía el futuro Carlos II:


Con la larga efermedad de mi hijo [el príncipe Felipe Próspero] y continua asistencia que tenía en su aposento, no me ha sido posible responder a vuestra carta del 7 del pasado, ni la ternura me ha dado lugar para hacerlo hasta ahora. Confiésoos, Sor María, que ha sido grande, pues haber perdido tal prenda lo pide así; pero en medio de este gran dolor he procurado ofrecérsele a Dios y conformarme con Su divina voluntad, creyendo verdaderamente que lo que dispone Su Providencia es lo que más importa. Y os aseguro que lo que a mí más me fatiga, y mucho más que la pérdida, es ver claramente que tengo enojado a Dios y que por mis pecados me envía estos castigos. Sólo quisiera saber enmendarme y cumplir en todo Su voluntad y evitar Sus ofensas, para lo cual hago y haré cuanto fuere posible, deseando perder la vida a trueque de conseguirlo. Ayudadme como amiga con vuestras oraciones a aplacar la justa ira de Dios y a suplicar a Nuestro Señor que, ya que ha sido servido de quitarme este hijo, lo sea de alumbrar con bien a la Reina, cuyo parto aguardamos cada hora, la dé perfecta salud y guarde lo que naciere, si fuere así Su servicio, que de otra manera no lo quiero. La Reina ha llevado este golpe, aunque con ternura, con gran cristiandad, pero no me espanto, porque es un ángel.


¡Ah, Sor María! Si yo hubiera acertado a ejecutar vuestras doctrinas, quizá no me hallara en este estado. Pedid a Nuestro Señor que me abra los ojos, porque en todo ejecute Su santa voluntad. También aguardamos por horas nuevas del parto de mi hija [la reina de Francia María Teresa]; quiera Dios dárselo muy feliz.


En las cosas de Inglaterra no hay novedad.


Yo, a Dios gracias, estoy bueno, que no es poco con semejante accidente, pues os aseguro que me hallo muy fatigado.


Hasta aquí os tenía escrito el domingo a las once, y a la una fue Nuestro Señor servido de restituirme el hijo que me había quitado dándome otro [el futuro Carlos II], de que quedo con el agradecimiento que pide tan singular beneficio y misericordia, deseando no ser desagradecido. Ayudadme a postrarme a sus pies y suplicarle me conserve esta prenda si fuere Su servicio, que si no, no lo quiero, sino que ejecute Su voluntad. La Reina y el niño están buenos, de que quedo contento, y os pido los encomendéis a Dios.


De Madrid, 8 de noviembre de 1661. Yo el Rey.


Fuente principal:


* “María Jesús de Ágreda. Correspondencia con Felipe IV. Religión y razón de estado”, introducción de Consolación Baranda. Editorial Castalia-Instituto de la Mujer. 2001.

sábado, 6 de noviembre de 2010

6 DE NOVIEMBRE DE 1661-6 DE NOVIEMBRE DE 2010: 349º ANIVERSARIO DE CARLOS II

"La apoteosis de la Virgen" de Pietro del Po (h.1662). Catedral de Toledo. En el centro se puede ver a Carlos II rodeado por sus padres, Felipe IV y Mariana de Austria, así como por el cardenal Pascual de Aragón y una alegoría de las cuatro partes del mundo, mientras sobre sus cabezas se observa a la Corte celestial presidida por la Virgen María.


El príncipe Carlos nació el domingo 6 de noviembre de 1661. La noticia corrió rápida por Palacio; una tensión enorme, apenas contenida hasta ese momento, se liberó, plena de alegría, por todas las estancias del viejo Alcázar de Madrid. El embarazo de la reina doña Mariana había llegado felizmente a su fin, y esto era ya mucho, porque los días y meses anteriores habían sido terribles. El príncipe heredero de la Monarquía, el tan querido y cuidado Felipe Próspero, había fallecido apenas cinco días antes, el 1 de noviembre de ese mismo año de 1661, festividad de Todos los Santos (1). Se trató de una muerte trágica para el rey don Felipe y su esposa doña Mariana, que entonces se encontraba en un avanzado estado de gestación. La muerte del pequeño príncipe significaba que, otra vez, la Monarquía Católica quedaba sin un heredero masculino directo (2), lo que hizo que una inevitable sensación de pesimismo y fatalidad se extendiese por Palacio y por todas las ciudades y reinos de la Monarquía. Una muerte, la de don Felipe Próspero, niño de apenas cuatro años, que hirió como un puñal el corazón del envejecido Felipe IV, que creyó, entonces ya con certeza, que Dios le había abandonado (3).

La reina doña Mariana, por su parte, no se sentía menos angustiada. Conocía muy bien los sentimientos de su real esposo. Había sido educada, desde su primera infancia, en las razones de Estado, y siempre supo lo que significaba la herencia dinástica (4), por eso entendía el dolor de su esposo, dolor providencial y político a la vez. Pero a todo ello había que unir también el dolor de un madre que había perdido ya a varios hijos y que se sentía sobrecogida por los dolorosos designios que el Altísimo le tenía reservados, designios que, sin duda, marcaron su áspero y rígido carácter. La muerte de Felipe Próspero, arrebatado tan pronto de la vida, no era sino el último episodio mortal de una larga sucesión de ellos, pues, en efecto, doña Mariana, había tenido una trágica experiencia maternal (5).

La noche de aquel trágico 1 de noviembre de 1661, un séquito armado de las guardias reales escoltó el traslado del cuerpo de Felipe Próspero hasta El Escorial. Lo encabezaban varios Grandes de España. Uno de éstos, el Duque de Montalto, dejó escritas sus tristes impresiones: “El desconsuelo grande en que nos hallamos por la muerte del Príncipe no es menor que el recelo del grave daño que puede ocasionar este accidente a la salud de Sus Majestades y al suceso del Preñado…” (6). Lo importante era precisamente esto último, el “preñado”, es decir, que transcurrieran bien los últimos días del embarazo de la reina doña Mariana y que el parto fuera bueno. Tan accidentados antecedentes ponían sobre aviso, mucho más cuando, probablemente, no hubiera otra oportunidad de conseguir descendencia, si se consideraba la avanzada edad del Rey, más de 56 años, pero sobre todo, su delicado estado de salud, cargado de achaques e inmovilizado del costado derecho. A toda esta terrible situación familiar y personal de Felipe IV, había que sumar además la situación de postración que vivía la Monarquía en aquellos años y que no hacía sino empeorar aún más el ánimo del monarca.

Por todo lo citado, los días que siguieron a la muerte de Felipe Próspero, el embarazo de la Reina, próximo a su desenlace, se convirtió en un asunto de primera Razón de Estado. El futuro de la Monarquía dependía de aquel suceso. El domingo 6 de noviembre todo parecía estar preparado. Los doctores y médicos, sobre aviso; el confesor de la Reina cerca de ella, y el Mayordomo Mayor de su Casa repasando con todo cuidado la disposición de los enseres de la cámara del natalicio. Para garantizar el éxito del mismo se habían dispuesto en orden todas las santas reliquias que se encontraban en Palacio y otras traídas desde El Escorial y otras partes. Allí estaba el báculo de Santo Domingo de Silos que la Orden de Santo Domingo había acercado, la cinta de San Juan Ortega, de la Orden de los Jerónimos; los cuerpos incorruptos de San Isidro y San Diego de Alcalá; la imagen de la Virgen de la Soledad y la tan venerada por la familia real Nuestra Señora de Atocha. Difícil encontrar un espacio tan santo y sacralizado. Todo, pues, estaba a punto, las cosas de la tierra dispuestas y en orden para implorar la complacencia de Dios.

Al mediodía, tras un almuerzo frugal, Felipe IV se retiró a sus aposentos. A la misma hora la Reina sintió molestias y se dirigió hacia su cuarto. La comadre, doña Inés de Ayala, y el protomédico de la Real Cámara, don Andrés Ordóñez, testigos ambos en 1634 del nacimiento en Viena de doña Mariana, la asistían ahora en su sexto parto, el más esperado de todos. Mariana de Austria tenía entonces 27 años. Dicen las crónicas que no hubo contratiempo alguno. Era la una de la tarde de aquel domingo, día de San Leonardo, cuando, según la Gaceta, “vio la luz de este mundo un príncipe hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes”. Era, desde luego, un comentario muy favorable, pero pronto corrieron por los mentideros de la Villa y Corte rumores en sentido contrario.

Aquel alumbramiento fue recibido con alborozo. A las tres de la tarde, cuando la noticia ya corría camino de todos los rincones de la Monarquía y de Europa, un Felipe IV, sobrio y elegantemente vestido de negro terciopelo, salía de su Cámara y, “acompañado del Nuncio, Grandes y Embajadores”, se dirigió hacia la Capilla de Palacio con toda la etiqueta cortesana. Allí, el cortejo real, presidido por el monarca, cantó un solemne Te Deum, comenzando así los festejos que, en honor del futuro Carlos II, ocuparon todo aquel mes de noviembre de 1661.

Días después, en todas las parroquias se celebraron misas y el bullicio popular se desató por ciudades, villas y lugares. Las celebraciones oficiales comenzaron de inmediato. Llegaron primero todos los Grandes, encabezados por dos Luis de Haro (7), el valido real, y presentaron su parabienes a los Reyes; siguieron los Consejos, luego los reinos, y la Villa de Madrid, con su corregidor y sus alcaldes de casa y corte. Fuera de Palacio, mientras tanto, la alegría popular organizaba una gran mojiganga para la tarde del domingo día 13. Presidió el Rey, desde Palacio, el desfile de carrozas, gozó con los juegos de disfraces, los requiebros graciosos y burlescos de las cuadrillas, etc. Un soneto decía: “ es alegrías lo que llantos era […] y los que antes llevaban paso tardo/corren, saltan y bailan de contentos/sirviendo las campanas de instrumento”. En Rey, en medio de la algarabía, se asomó al balcón del Alcázar, mientras el pueblo le gritaba que bajase y, finalmente, con su coche en medio de la fiesta, recibió el reconocimiento de las gentes. Escribía así un poeta popular:


“…porque a su coche en medio le cogieron
todo allí se le postra y se le humilla
y rendidos aspectos le ofrecieron
y, sin faltar a nada en el decoro,
se fueron por la calle del Tesoro.” (8)



Por otra parte, cientos de hacedores de horóscopos pregonaban sus vaticinios. Los augurios aseguraban que el Príncipe llegaría a ser Rey. La mayor parte de las cartas astrales se mostraban entusiastas: Saturno era el planeta que enviaba sus mayores efluvios, un astro que se encontraba en el horizonte de la Corte de España, sin aspectos maliciosos, próximo a Mercurio y muy cerca del Sol. Todo eran signos positivos y el hecho, además, de haber nacido el día 6 lo ratificaba mejor todavía, porque este número era signo de “tantas y tan raras excelencias”.

Confianza, optimismo, y nuevo y recobrado entusiasmo Felipe IV trataba de controlar su regocijo, la etiqueta le imponía actitudes moderadas. Sabía bien que el Príncipe todavía se encontraba en período crítico y que las fiebres puerperales amenazaban, con frecuencia, en tales momentos. La experiencia del Rey en este punto era mucha. De salud del Príncipe poco se decía; que se encontraba bien y que gozaba de gran vitalidad, era la cantinela que se repetía constantemente, pero, con tantos y tan malos antecedentes, tales comunicados apenas significaban nada. Un gran secreto rodeaba el espacio central en el que el Príncipe iniciaba sus primeros días. Sólo se sabía que doña María Engracia de Toledo, marquesa viuda de los Vélez, había sido designada como su aya (9). A ella correspondía vigilar todas las tareas de aquella crianza, entre ellas asegurar que María González de la Pizcueta, natural de Fuencarral, y designada como primera nodriza de Carlos, alimentase al pequeño príncipe. Mientras tantos, crecían los rumores sobre la salud del niño.

El día 19 de noviembre se recibió en Madrid la noticia del nacimiento del delfín Luis, hijo de Luis XIV y la reina María Teresa, hija de Felipe IV, que había venido al mundo el día 1 de noviembre, es decir, en la misma fecha en que su tío, el príncipe Felipe Próspero fallecía, y apenas cinco días antes de que lo hiciera su otro tío, el futuro Carlos II. Luis XIV comunicó a Madrid, alborozado, la noticia del feliz nacimiento y mostró enseguida el deseo de enviar pronto un retrato del mismo para que su abuelo español pudiera conocer de primera mano la firmeza de la vida que surgía pujante del linaje del trono francés. Frente a actitudes tan provocadoras, en el viejo Alcázar, por el contrario, se optó por el silencio frío y cortés.

A modo de conclusión, es curioso señalar como en apenas cinco días de ese mes de noviembre de 1661 se fraguó el futuro de España con 1 fallecimiento y dos nacimientos que sellaron su historia.


Fuentes principales:

* Conteras, Jaime: “Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la Corte del Último Austria”. Temas de Hoy, 2003.

* Maura y Gamazo, Gabriel: “Carlos II y su Corte”. 2 vols. Madrid, 1911.


Notas:

(1) Resulta curioso el hecho de que ambos hermanos, Carlos II y Felipe Próspero, que jamás llegaron a conocerse, murieran en la misma fecha. Para saber más sobre el desgraciado heredero, consúltese mi entrada: “La familia del Rey, los hermanos de Carlos II: el príncipe Felipe Próspero”.

(2) Recordemos que en la Monarquía Hispánica, a diferencia que en Francia, las mujeres podían reinar, lo que hacía que tras la renuncia de la infanta María Teresa, por su matrimonio con Luis XIV, y en espera del nacimiento de un posible hijo varón, la infanta Margarita Teresa pasase a ser nuevamente la heredera de la Monarquía, como ya lo había sido desde su nacimiento y hasta la muerte de su hermano Felipe Próspero. Para saber más sobre el tema consúltese mi entrada: “La familia del Rey, los hermanos de Carlos II: Margarita Teresa de Austria, infanta de España y emperatriz de Alemania”.

(3) Felipe IV siempre tuvo grandes problemas de conciencia debido a su vida pecaminosa, algo a lo que achacaba la ruinosa situación de la Monarquía. Esta desazón queda reflejada en su correspondencia con sor María de Ágreda, la monja que se convirtió en su consejera espiritual durante los últimos años de su reinado. La misma se puede consultar en el libro: “María de Jesús de Ágreda, Correspondencia con Felipe IV. Religión y razón de Estado”. Castalia, 1991.

(4) Sobre los primeros años de doña Mariana de Austria léase mi entrada: "La familia del Rey I: La reina madre doña Mariana de Austria (Parte 1)".

(5) Además de la muerte del príncipe Felipe Próspero, doña Mariana de Austria tuvo que sufrir la del infante Fernando Tomás (1659), la de la infanta María Ambrosia (1655) y la de otra niña que nació muerta en 1656.

(6) G. Maura y Gamazo: “Carlos II y su Corte”. Tomo I (1661-1669), pp. 30 y 31

(7) Don Luis de Haro moriría apenas 20 días después, el 26 de noviembre de ese mismo año.

(8) E. Salvador Esteban: “La Monarquía y las paces europeas” en José Alcalá-Zamora y E. Berenguer (coords.), “Calderón de la Barca y la España del Barroco”. Vol. II. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2001. Pp. 222-224.

martes, 3 de agosto de 2010

ICONOGRAFÍA DE UN REY-NIÑO XIII: LOS RETRATOS DEL MUSÉE DES BEAUX ARTS DE BRUSELAS, OBRA DE DAVID TENIERS III




La entrada de hoy está dedicada a dos retratos de Carlos II niño presentes en el Musée Royaux des Beaux Arts de Bruselas, obra del pintor flamenco David Teniers III (Amberes, 1638 – Bruselas, 1685).

Del primero de ellos (imagen inferior) ya traté en mi entrada Iconografía de un rey-niño VIII, sin embargo, lo traigo nuevamente a colación para efectuar una serie de correcciones. En la anterior entrada comentaba, siguiendo el artículo de los profesores José Luis Sancho y José Luis Souto titulado "El arte regio y la imagen del soberano" (1), que el retrato debió efectuarse entre 1661 y 1663 durante la estancia del pintor en la corte madrileña, es decir, aún en vida de Felipe IV y cuando Carlos era aún el heredero al trono. Sin embargo, recientemente he descubierto como el Musée Royaux des Beaux Arts de Bruselas data la obra en 1666 atendiendo a un inscripción visible en la parte inferior derecha donde se lee “David Teniers (Ju ?) / Fecit 1666”, lo cual indicaría que el representado no es el heredero de la Monarquía Hispánica, sino el ya rey Carlos II a la edad de 5 años. Este hecho viene reforzado claramente por los distintos elementos regios que aparecen representados en el lienzo, a saber, la corona y el cetro que reposan sobre el bufete que se situa a la izquierda del Rey, la espada, símbolo del supremo mando del monarca sobre sus ejércitos, y el Toisón de Oro que cuelga de su cuello y que fue concedido por Felipe IV a su hijo poco antes de morir como un símbolo de la transmisión de la gran maestría de la Orden a su heredero, elementos que en cambio no se colocan en retratos de personas que no ostentan aún la dignidad regia, como es el caso de un príncipe heredero.

Es obvia por otra parte, la clara inspiración velázqueña que Teniers tuvo para la realización de este cuadro, es especial, la del retrato del Príncipe Felipe Próspero (1659) del Kunsthistorisches Museum de Viena, tanto en la vestimenta de Carlos II como en la disposición del cuadro, incluida la presencia de los perritos, sin embargo, también se nota la influencia de la gran obra de Velázquez, Las Meninas, en lo que respecta al fondo del cuadro donde vemos a un hombre en la parte luminosa del mismo muy similar al presente en el citado cuadro del genio sevillano en un posición prácticamente idéntica.

El segundo retrato, obra también de Teniers, nos presenta al pequeño Carlos II de tres cuartos con el Toisón colgando del cuello, un fondo de cortinón y la misma vestimenta que en el anterior. El lienzo no está datado ni firmado, por lo que la autoría es más bien una atribución, aunque por la semejanza estilística no es difícil imaginar que se trate también de una obra del citado Teniers. En cuanto a la fecha, tampoco es difícil imaginar que, debido a la similitud con el cuadro comentado anteriormente, ésta se sitúe en torno a 1666, una vez finalizado el luto oficial por Felipe IV.


Notas:

(1) En “Carlos II. El rey y su entorno cortesano” (Centro de Estudios de Europa Hispánica). Madrid, 2009.

jueves, 7 de enero de 2010

LA FAMILIA DEL REY, LOS HERMANOS DE CARLOS II: EL PRÍNCIPE FELIPE PRÓSPERO



El príncipe Felipe Próspero (Madrid, 20 de noviembre de 1657 - Madrid, 1 de noviembre de 1661), fue el cuarto hijo del matrimonio formado por Felipe IV y su segunda mujer, la reina doña Mariana de Austría, pero el primero varón (1), lo que le convirtió desde el mismo día de su nacimiento en el heredero universal de todos los reinos, estados y señoríos de la Monarquía Hispánica, desplazando de la línea de sucesión a sus hermanas las infantas María Teresa y Margarita Teresa.

El bautizo de Felipe Próspero tuvo lugar el 15 de diciembre en la capilla del Real Alcázar y se celebró durante varios meses. Las cartas del embajador florentino en Madrid, Ludovico Incontri, testimonian que en enero hubo una gran mascarada de casi cien caballeros Grandes de España y a fines de ese mes o principios de febrero se hizo una fiesta de cañas en la Plaza Real entre sesenta y cuatro hombres a caballo.

El teatro vino a sumarse a esos festejos con comedias como las de Calderón, El principe constante, El laurel de Apolo y Afectos de odio y amor; las de Solís entre las que destacó Triunfos de amor y fortuna, y El laberinto de amor de Diego Gutiérrez, todas ellas repetidas en diversas ocasiones a lo largo de los meses de aquel año de 1658 hasta llegar al primer cumpleaños del príncipe que se festejó desde el punto de vista teatral con Los tres afectos de amor de Calderón. (2)

Todas estas celebraciones dan una medida de la importancia que tuvo para la Monarquía Hispánica el nacimiento de un heredero varón del que estaba carente desde la muerte del príncipe Baltasar Carlos en 1646. El nacimiento de Felipe Próspero ponía fin a las peripecias dinásticas que Felipe IV había tenido que realizar a través de sus hijas María Teresa y Margarita.

Felipe IV consciente de la importancia del pequeño Felipe Próspero le hizo jurar como Príncipe de Asturias apenas un año después de su nacimiento en 1658. Sin embargo, la salud no acompañaba al nuevo heredero: del pecho y la cintura del niño colgaban campanillas y sonajeros dorados, higas de azabache y oro, cascabeles (3)…, amuletos que en la mentalidad popular se consideraban protectores de la infancia contra la envidia, los celos, los maleficios y, lo que era más importante de todo en el caso del pequeño príncipe, contra las enfermedades y la muerte. Sin embargo, débil y enfermizo desde su nacimiento, poco pudieron hacer en su favor todos estos objetos, pues la anemia y los ataques epilépticos que padeció desde su nacimiento le condujeron a la muerte el 1 noviembre de 1661, cuando aún no había cumplido los cuatro años, y apenas cinco días antes del nacimiento del futuro Carlos II.


(1) Antes de Felipe Próspero habían nacido de este matrimonio la infanta Margarita Teresa, la infanta María Ambrosia (nacida y muerta en 1654) y una niña nacida muerta e 1656.

(2) Existe una descripción muy completa de estos y otros festejos en tomo a este natalicio real en la relación de R. Méndez Silva, Gloriosa celebridad de España en el feliz nacimiento y solemnisimo bautismo de su deseado príncipe D. Felipe Prospero, hijo del gran Monarca D. Felipe IV y de la esclarecida Reyna D. Mariana, Madrid, Francisco Nieto de Salcedo. A costa de Domingo de Palacios y,Villegas, 1658.

(3) Véase el retrato que de él realizó Veázquez (imagen superior).


Fuentes Principales:

* Lobato, María Luisa: "Fiestas teatrales al infante Felipe Próspero (1657-1661) y edición del baile los Juan Ranas (XI-1658)". Universidad de Burgos.

* Horcajo Palomero, Natalia: "Amuletos y talismanes en el retrato del Príncipe Felipe Próspero de Velázquez". Archivo español de arte.

** La imagen superior es el famoso retrato del príncipe Felipe Próspero realizado por Velázquez en 1659 (Kunsthistorisches Museum de Viena).

** La segunda imagen es un detalle de los frescos de la escalinata del Real Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid en donde se puede ver a la familia real formada por Felipe IV, Mariana de Austria, la infanta Margarita Teresa y el príncipe Felipe Próspero.

domingo, 27 de diciembre de 2009

EL PRÍNCIPE CARLOS DEL MUSÉES ROYAUX DES BEAUX-ARTS DE BRUSELAS Y EL PRÍNCIPE FELIPE PRÓSPERO DEL KUNSTHISTORISCHES MUSEUM DE VIENA



Con esta entrada solo quería resaltar el gran parecido que ambos cuadros presentan. Es muy probable que David Teniers III tomara como modelo el retrato que Velázquez realizó del príncipe Felipe Próspero en 1659 (imagen inferior) para el realizar el del príncipe Carlos (II) aunque añadiendo elementos típicos del retrato flamenco.