domingo, 21 de febrero de 2021

Carlos II y sus relaciones con los príncipes del Imperio

 


1. Alegoría de la Gran Alianza contra Luis XIV (1676), obra de Romeyn de Hooghe. En primer término Carlos II bajo la efigie del emperador Leopoldo I, y rodeándole el Duque de Villahermosa (Gobernador de los Países Bajos), el Rey de Dinamarca, los Electores de Brandemburgo y Münster, etc. Rijksmuseum, Amsterdam.

En tiempos de Carlos II la capacidad militar de la Monarquía se había visto reducida tras los largos años de guerra del reinado de su padre, es por ello que la Corte de Madrid comenzó activamente a buscar aliados en el Imperio para hacer frente a las agresiones de Luis XIV. Hasta entonces el Rey de España había evadido de manera efectiva sus obligaciones como miembro del Sacro Imperio y líder del Círculo Imperial de Borgoña ("Burgundischer Reichskreis"), pero en la década de 1660 su actitud comenzó a cambiar. A partir de esos años y con las dificultades por las que atravesó la regencia de Mariana de Austria se comenzó a enfatizar el papel del Rey de España como miembro del Imperio y se se le quiso presentar como un defensor de la libertad de Alemania, para de esta forma asegurarse el apoyo germano en defensa de los Países Bajos. 

Por otra parte, durante el reinado de Carlos II se hizo un extenso uno de la contratación de tropas a los príncipes alemanes, muchos de los cuales estaban ansiosos por servirle a cambio de un importante desembolso económico, y eso a pesar de que en muchas ocasiones los pagos se realizaron con extremada lentitud con una Monarquía acuciada por sus numerosas deudas y la falta crónica de circulante. 

Finalmente, a Carlos II le unían lazos familiares con varios de estos príncipes desde su matrimonio en 1689 con Mariana de Neoburgo e incluso antes gracias al matrimonio de su sobrina, la archiduquesa María Antonia de Austria (1669-1682) con el duque-elector Maximiliano II Manuel de Baviera.

La Monarquía de España se mantuvo como una gran reserva de oportunidades para los príncipes del Imperio entre 1665 y 1700 por la determinación de Carlos II a mantener sus posiciones en el Norte de Europa, lo que implicaba tropas y mandos militares. A lo largo de todas las guerras del reinado no dejaron de llegar hombres y dinero desde la Península, pero los esfuerzos en solitario de España por sí solos no podían bastar para defender los Países Bajos, es por ello que se necesitaba del apoyo de sus aliados y de los príncipes alemanes fronterizos con Flandes. A pesar de esto, esta determinación pone en evidencia que el Rey estaba decidido a preservar tanto su dominio como su reputación en la zona y que el Ejército de Flandes aun representaba un importante activo militar.


CARLOS II COMO PRÍNCIPE DEL IMPERIO:

El Rey de España era ya de por sí una poder "alemán" en virtud de sus dominios en el Franco Condado, Luxemburgo y los Países Bajos. Todos estos estados constituían desde 1512 uno de los diez círculos del Sacro Imperio Romano Germánico: el Círculo de Borgoña. Con todo España había hecho poco por su identificación como un poder alemán o imperial. De hecho, los Austrias españoles habían preferido evadir las obligaciones de pertenencia al Imperio y considerar a estos territorios como independientes del mismo (1). Pero esta actitud comenzó a cambiar con la transformación del escenario internacional desde la firma de la Paz de los Pirineos (1659). De ahí en adelante, el Rey de España buscará afirmar su condición de potencia "germánica" para asegurar el apoyo de los príncipes del Imperio en la defensa de los territorios imperiales de España frente a Luis XIV.

Este nuevo interés por afirmar la plena pertenencia del Rey de España al Imperio y su identidad alemana se hizo evidente tras la invasión de Flandes por parte de Luis XIV en mayo de 1667 y la del Franco Condado en enero de 1668 durante la conocida como Guerra de Devolución. El Marqués de Castel Rodrigo, a la sazón Gobernador de los Países Bajos, que en 1667 afirmaba tener sólo 20.000 hombres para enfrentarse a 50.000 franceses decidió restaurar la delegación permanente del Círculo de Borgoña en la Dieta del Imperio ("Reichstag"), enviando dos representantes a Ratisbona, ambos nativos del Franco Condado. La misión de éstos era incluir el Círculo de Borgoña en la llamada Garantía del Imperio, lo que supondría una promesa de apoyo contra Francia. Por suerte para la regencia de Mariana de Austria, la agresiva política de Luis XIV en el Rin socavó la confianza de varios príncipes de la Liga del Rin. Entre éstos se incluyeron el Elector de Tréveris quien en agosto de 1668 concluyó un tratado de alianza con el Gobernador de los Países Bajos, abandonando así la alianza con Francia. Algunos otros príncipes alemanes, a destacar el Príncipe-Arzobispo de Salzburgo y en menor medida el Elector de Brandenbugo, y sus delegados simpatizaron con la causa del Rey de España. Otros sin embargo, incluidos los Electores de Baviera y Colonia, y el influyente Arzobispo de Maguncia, se posicionaron junto a Luis XIV. En septiembre de 1667 uno de los representantes españoles urgió al Colegio de los Príncipes a defender el Círculo de Borgoña como parte del Imperio, del cual España era ahora garante frente a las agresiones francesas. Esto representaba una novedad para la "libertad alemana": el Rey de España estaba ahora claramente presentándose a si mismo en Alemania como un poder alemán y defensor de su libertad con el objetivo de asegurarse la ayuda de los príncipes del Imperio para defender territorios que hasta poco antes negaba que formasen parte del mismo. Por desgracia, aunque el Colegio de Príncipes aceptó que el Círculo de Borgoña era parte del Imperio, no permitió que éste se incluyese en la Garantía. Por su parte, el Colegio de Electores propuso mediar entre España y Francia.

Aunque en esta ocasión la diplomacia española sufrió una clara derrota, la Monarquía de España seguía decidida a aprovechar al máximo su condición "alemana" y esto se desprende de su respuesta positiva a las propuestas de reformar las contribuciones militares de los círculos imperiales, aceptando una contribución del Círculo de Borgoña de 3.000 hombres (a sumar a una fuerza total de 30.000). Igualmente, como cabeza del Círculo de Borgoña, Carlos II pudo unirse en 1686 a la Liga de Augsbugo, una asociación defensiva de príncipes alemanes, creada para proteger al Imperio más eficazmente contra las agresiones de Luis XIV, En la primavera de 1697, durante la fase final de la Guerra de los Nueve Años, los diputados del Círculo Imperial del Rin, temerosos de un ataque francés, buscaron la ayuda de Carlos II como jefe del Círculo de Borgoña, según las cuotas acordadas en la Dieta de Ratisbona de 1681.


EL USO DE TROPAS MERCENARIAS ALEMANAS:

Si Carlos II no pudo asegurar una garantía o un ejército imperial, si que pudo obtener ayuda alemana de otra forma: la contratación de tropas mercenarias de varios príncipes del Imperio. Desde 1665 el Ejército de Flandes fue normalmente utilizado para presidiar las numerosas fortalezas que protegían los Países Bajos. El Rey ya no estaba en disposición de enviar tropas desde Italia a través del desmantelado Camino Español, y el envío de tropas por mar desde España no solo era un riesgo, sino que requería de bastante tiempo. Por ello era mucho más sencillo reforzar el Ejército de Flandes contratando tropas en en la vecina Alemania, y explotando así el conocido como "Soldatenhandel" o comercio de tropas, cada vez más un dominio exclusivo de los príncipes soberanos alemanes que de los antaño boyantes empresarios militares independientes. Este sistema era muy ventajoso para estos príncipes ya que les permitía mantener un volumen de tropas que de otro modo no habría sido posible y que podrían llegar a servir para sus propias ambiciones militares. Durante la Guerra de Holanda (1672-1678), España pagó subsidios por tropas a varios príncipes alemanes, entre ellos los Electores de Brandemburgo y Tréveris, los Duques de Celle, Hannover y Wolfenbüttel, o el Obispo de Osnabrück.

En 1675, el elector Federico Guillermo de Brandeburgo (1640-1688) envió a un ministro, Melchior Ruck, a Madrid, para felicitar a Carlos II por su mayoría de edad. Sin embargo, su principal propósito era presionar para que se le pagaran los crecientes atrasos de subsidios adeudados por España por la contratación tanto de las tropas del Elector como, durante la revuelta de Messina de 1674, de sus barcos. No obstante, los enormes compromisos militares de España y la relativa falta de influencia del Elector de Brandeburgo (aun una potencia de segundo rango) hicieron que estas demandas no fueran atendidas con la celeridad deseada por Berlín. 

En septiembre de 1680, seis embarcaciones que ondeaban el estandarte del Elector se apoderaron en el puerto de Ostende de un barco español de nueva construcción, el Carlos Segundo, que estaba a punto de partir con un cargamento de 300.000 escudos. Con España negándose a negociar la liquidación de la deuda hasta que el barco fuera liberado, el Elector vendió el barco incautado, embolsándose las ganancias para saldar su deuda, una humillación por parte de un príncipe menor que los ministros españoles sintieron profundamente, sobre todo por el impacto que tal acción pudiese tener en otras partes de Europa. El Duque de Hannover también tuvo que esperar hasta después de la Guerra de Holanda para recibir los subsidios adeudados a las tropas que había proporcionado durante ese conflicto, mientras que el Duque de Neoburgo intentó, sin éxito, permutar sus atrasos en Madrid por concesiones territoriales en el Bajo Rin.

Había evidentes inconvenientes en proporcionar tropas a España a cambio de dinero en efectivo, aunque los españoles también se quejaban de que los príncipes alemanes no siempre entregaban los hombres contratados. A pesar de todo, por ejemplo las tropas del Elector de Brandeburgo, durante la Guerra de los Nueve Años, continuaron sirviendo a España en Flandes y en el Rin, mientras que los subsidios prometidos se volvieron a pagar lentamente. En la primavera de 1692, se decía que al Elector se le debían 400.000 escudos por 5.000 infantes y 2.000 caballos que habían estado al servicio español desde el otoño de 1690.

Pero el Elector de Brandemburgo no fue el único en suministrar tropas al Rey de España en estos años. El Duque de Württemberg suministró tres regimientos (2.364 hombres) para servir en el Milanesado entre 1690 y 1696, los cuales también se pagaron con bastante lentitud. En cuanto a Flandes, tropas de varios estados alemanes sirvieron allí en 1690, aunque los 12.000 hombres suministrados por el Duque de Hannover fueron despedidos a finales de la campaña por el Gobernador Marqués de Gastanaga, alegando que no tenía fondos para pagarlos. Hacia fines de 1694, era ampliamente conocido que Carlos II esperaba obtener tropas alemanas para servir en Cataluña durante la campaña de 1695 del Obispo de Münster y del Elector de Baviera, quien envió algunos de sus hombres a España desde Flandes. En cuanto al Elector de Tréveris, en 1699, todavía estaba tratando de cobras subsidios atrasados ​​adeudados por las tropas contratadas durante la última guerra.


LOS LAZOS FAMILIARES DE CARLOS II CON EL IMPERIO:

Por encima de todos los príncipes alemanes hay uno que destacó sobremanera en su compromiso militar con Carlos II: el duque-elector Maximiliano II Manuel de Baviera. Casado con la heredera potencial de la Monarquía de España, la archiduquesa María Antonia, y Gobernador de los Países Bajos desde 1692, además de padre de sucesor nombrado por Carlos II en sus testamentos de 1696 y 1698, el príncipe electoral José Fernando, el Duque-Gobernador se implicó al máximo en la defensa de los Países Bajos por las cuestiones de conveniencia propia que le incumbían. Como ha demostrado Rocío Martínez López en su reciente tesis, Maximiliano II Manuel había acordado con el emperador Leopoldo I la cesión por parte de este último de los Países Bajos a cambio de la renuncia de María Antonia a sus derechos a la Monarquía de España como paso previo al matrimonio de 1684. Carlos II jamás aceptó tal cesión de sus estados sin su consentimiento pero, a pesar de su negativa inicial  a darle el Gobierno de Bruselas, finalmente y por deseo de Guillermo III de Inglaterra, se avino a ello. 

El Duque-Gobernador firmó un acuerdo con Madrid el 27 de enero de 1694 por el que éste trasladaría 6.000 tropas bávaras a los Países Bajos a cambios de un subsidio de 100.000 florines al mes por un espacio de tres años renovables. Maximiliano II Manuel se comprometía además a aportar el dinero que faltase para su sustento. De esta forma el Duque de Baviera se aseguraba un férreo control del territorio con tropas propias ante cualquier circunstancia que pudiera llegar a ocurrir. 

Las tropas del Duque de Baviera tuvieron, por tanto, un importante peso durante de la Guerra de los Nueve Años (1688-1697) e incluso tras su fin. En 1698 Maximiliano II Mauel se ofreció a aumentar los contingentes que permanecían en los Países Bajos con otros 10.500 efectivos, a los que se debían de sumar los que ya estaban presentes allí y el regimiento bávaro que servía en Cataluña como se mencionó anteriormente.

Pero Maximiliano II Manuel no era el único familiar con el que Carlos II contaba en el Imperio. Su matrimonio de Mariana de Neoburgo (1690) le había emparentado con los Electores del Palatinado-Neoburgo. La nueva Reina pretendió para su hermano, el elector Juan Guillermo, el Gobierno de los Países Bajos lo que le enfrentó con su suegra, la reina madre Mariana de Austria, que defendía la candidatura del Elector de Baviera, casado con su nieta Mª Antonia, que fue la que finalmente triunfó. A pesar de esta derrota, las pretensiones palatinas muestran las muchas posibilidades que la Monarquía de España aun podía ofrecer a muchos príncipes alemanes. En 1694, otro hermano de Mariana de Neoburgo, Carlos Felipe (futuro Elector Palatino), recibió de Carlos II el prestigioso Toisón de Oro (2). Pero más importante aun fue, en 1697, el hecho de que Juan Guillermo recibiese el encargo del Rey de España de nombrar al Gobernador y guarnicionar la recién recuperada fortaleza de Luxemburgo, algo que Maximiliano II Manuel de Baviera ambicionaba para sí mismo.

Otro familiar alemán de Carlos II, en este caso un primo de Mariana de Neoburgo, el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, también gozó de enorme relevancia en los años finales del reinado. En 1695 llegó a Cataluña al mando del contingente imperial enviado por Leopoldo I y se distinguió por su valor y prestancia en la defensa de Barcelona durante el sitio francés de 1697 que terminó con la capitulación de capital catalana y que acabó precipitando el fin de la contienda. Pero además de dotes militares, Hesse-Darmstadt mostró gran capacidad política y supo ganarse a los catalanes y sus instituciones (la Diputación aceptó una leva de 5.000 hombres para la defensa de Barcelona), por ello tras la Paz de Rijswick, Carlos II le otorgó la Grandeza de España, el Toisón de Oro, el mando de un Regimiento de Guardas, y finalmente en diciembre de ese año el cargo de Virrey de Cataluña, que detendrá hasta la llegada de Felipe V, lo que le permitió ganarse a las élites catalanas para la causa austracista, de la que se será gran  referente al estallar la contienda sucesoria (3).


CONCLUSIÓN:

Durante el reinado de Carlos II se intensificó el papel del Rey de España como miembro de facto del Imperio que hasta ese entonces los sucesivos monarcas de la rama española de la Casa de Austria habían tratado de evadir tras independencia jurídica respecto al Imperio de los antiguos territorios de la Casa de Borgoña obtenida en 1548. Pero el Rey no solo tuvo que hacer uso de estos vínculos político-institucionales en el Imperio, sino que se vio obligado a contratar tropas a varios príncipes alemanes como los Elector de Brandeburgo o los Duques de Hannover y Wolfenbüttel, que se habían convertido en auténticos empresarios militares capaces de suministrar de manera rápida las tropas necesarias para incrementar el Ejército de Flandes y proteger el territorio de las agresiones de Luis XIV.

Por último, Carlos II usó de sus vínculos familiares con varios de estos príncipes, en especial el Duque de Baviera, el Duque de Neoburgo y los Hesse-Darmstadt, para cubrir puestos político-militares de relevancia (Gobierno de los Países Bajos, Virreinato de Cataluña o la fortaleza de Luxemburgo) y obtener también importantes contingentes de tropas.


Notas:

(1) En el Tratado de Borgoña de 1548 aquellos territorios que habían ido a parar a la Casa de Austria como herederos de los Duques de Borgoña quedaban ampliamente liberados de las competencias de las instituciones centrales del Imperio, los cuales en 1555 fueron a parar a la línea española de la dinastía por deseo del emperador Carlos V.

(2) "Expediente de concesión de la Orden del Toisón de Oro a Baviera, duque de (Carlos Felipe), conde y príncipe Palatino del Rhin" (1694). AHN//ESTADO,7683,Exp.21

(3) Para saber más sobre el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, mi biografía sobre el mismo en este mismo blog: "El Príncipe de Darmstadt, de la fidelidad a la Casa de Austria al mito catalán" (http://reinadodecarlosii.blogspot.com/2013/11/el-principe-de-darmstadt-de-la.html).


Bibliografía:

  • Martínez López, Rocío: "El Imperio y Baviera frente a la sucesión de Carlos II ". UNED, 2018.
  • Rodríguez Hernández, Antonio José: "El precio de la fidelidad dinástica. Colaboración económica y militar entre la monarquía hispánica y el imperio durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Studia historica. Historia moderna, Nº 33, 2011. Págs. 141-176.
  • Storrs, Christopher: "Germany's Indies? The Spanish Monarchy and Germany in the Reign of the last Spanish Habsburg, Charles II, 1665–1700", in C. Kent, T. K. Wolber, and C. M. K. Hewitt "The Lion and the Eagle: German-Spanish Relations Over the Centuries: An Interdisciplinary Approach". Berghahn Books, 1999.

sábado, 2 de enero de 2021

El IV Marqués de Aytona, ¿valido de la Reina Gobernadora?

 


1. Retrato de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona, obra de Gaspar de Crayer (h.1639). Fundación Casa Ducal de Medinaceli.

Uno de los puntos más interesantes de la reciente obra de Silvia Z. Mitchell "Queen, Mother & Stateswoman. Mariana of Austria and the Government of Spain" (2019) es la puesta en valor de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona (1618-1670) como figura clave de la regencia de Mariana de Austria (1665-1675) en detrimento del padre confesor Juan Everardo Nithard, tantas veces considerado valido de la Reina por la historiografía tradicional.

Guillén era hijo de Francisco de Moncada, III Marqués de Aytona (1586-1635), quien cumplió misiones diplomáticas en Flandes, fue embajador ante el Emperador, enviado a la Dieta de Hungría y de nuevo embajador en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, a quien sustituyó como Gobernador interino de los Países Bajos a su muerte y hasta la llegada del Cardenal-Infante don Fernando (1633-1634). Guillén acompañó a su padre durante su segunda estancia en los Países Bajos entre 1630 y 1635 y sirvió como alférez y capitán. En 1635, tras la muerte de su padre, heredó el título de Marqués de Aytona, y regresó a España para servir en la Corte siendo nombrado gentilhombre de la cámara.



3. Portada de "Discurso militar sobre los inconvenientes de la milicia de estos tiempos y su reparo", obra del IV Marqués de Aytona (1653).


En 1645 fue nombrado Gobernador y Capitán General de Galicia, y posteriormente Virrey y Capitán General de Cataluña, cargo que ejerció entre 1647 y 1648, cuando fue cesado y encarcelado por decapitar al proveedor general del Real Ejército por insubordinación sin consultar al Consejo de Guerra, siendo rehabilitado en 1649. En 1653 publicará en Valencia su famoso "Discurso militar sobre los inconvenientes de la milicia de estos tiempos y su reparo" en la que planteaba una completa reforma de los ejércitos reales en consonancia con las nuevas tendencias europeas.

Tras 10 años de espera en la Corte, finalmente en 1663 Felipe IV le nombró Caballerizo Mayor de la Reina y en 1665 miembro de la Junta de Gobierno en representación de los Grandes. Este órgano instituido en su testamento tenía por objetivo aconsejar a la Regente durante la minoría de edad de Carlos II. El nombramiento fue una sorpresa para todos ya que se asumía que el Duque de Medina de las Torres, largo tiempo amigo y figura importante para Felipe IV, sería el seleccionado. Las razones del nombramiento permanecen oscuras pero es probable que la influencia de la Reina fuera decisiva ya que Aytona era hermano de una de sus más estrechas confidentes, María Magdalena de Moncada.

Tras la muerte del VI Duque de Alba en octubre de 1667, que hasta entonces ocupada el puesto de Mayordomo Mayor, Mariana de Austria nombró al Marqués de Aytona. Éste era el más alto puesto en la Corte de la Reina Regente y sin duda ratificó la estrella ascendiente de don Guillen, quien además jugará un papel clave en la reforma de la Casa de la Reina. El Mayordomo Mayor tenía derecho a dormir en Palacio para así poder responder a cualquier posible emergencia y supervisaba, por ejemplo, a los "porteros de cadena", es decir, los guardianes que vigilaban las entradas y salidas desde los bajos del Alcázar. El Mayordomo Mayor de Mariana de Austria asumía las responsabilidades conjuntas del Mayordomo Mayor y del Sumiller de Corps de tiempos de Felipe IV y presidía el tribunal que juzgaba al personal de Corte. Con un acceso ilimitado a la Reina, el Mayordomo Mayor fue el puesto más importante de la Corte en tiempos de la Regencia hasta que Mariana de Austria estableció la Casa de Carlos II en 1674.

En política internacional el asunto de la paz con Portugal, tras los movimientos de Luis XIV de cara a invadir los Países Bajos, cobró una importancia capital para Mariana de Austria con el objetivo de poder así liberar recursos de cara al próximo conflicto. La Reina era partidaria de una solución inmediata aunque fuese a costa de negociar de "rey a rey" con los Bragança. De su mismo parecer fueron tanto Medina de las Torres, decano del Consejo de Estado y uno de los miembros de mayor autoridad, y el Marqués de Aytona, miembro de la Junta de Gobierno, aunque la postura del resto de ministros y Consejos, incluido el confesor Nithard, fue opuesta a una paz permanente. Finalmente la Paz y el reconocimiento de la independencia lusa serían confirmados por el Tratado de Lisboa de febrero de 1668.

En este punto cabe hablar del confesor de la Reina, el padre jesuita Juan Everardo Nithard (1607-1681), Inquisidor General y miembro de la Junta de Gobierno desde 1666, tuvo acceso a la Reina y fue una figura central en aquellos años (fue por ejemplo uno de los designados para la llamada Junta de Inglaterra con Medina de las Torres y el Conde de Peñaranda para las negociaciones con Portugal) pero nunca llegó a se runa figura influyente en política. Influenciar los asuntos domésticos y la política internacional era uno de las características de los validos, algo que Nithard nunca puedo ejercer. Además, a diferencia de Lerma, Olivares e incluso Haro, nunca llegó a controlar el patronazgo real, otro de los signos distintivos del valimiento. Nadie podía sobrevivir en la Corte sin la habilidad de ejercer poder, entregar favores o incluso ganancias económicas, es decir, sin desarrollar una clientela propia, algo que evidentemente el confesor jamás tuvo.

¿Entonces por qué Mariana de Austria le mantuvo con un actor destacado? La respuesta puede ser doble, por una lado por motivos personales ya que Nithard había estado a su lado desde su niñez en Viena, y por otro debido al desafío de don Juan de Austria empeñado desde 1668 en su cese al hacerle centro de todos los males de la Monarquía, algo que la Reina veía como un atentado contra su autoridad.

La invasión de los Países Bajos por parte de Luis XIV en mayo de 1667, la independencia de Portugal, las dilaciones de don Juan a viajar a Flandes tras su nombramiento como Gobernador (septiembre 1667), la detención y ejecución de Malladas por un supuesto intento de atentado contra Nithard, y finalmente la detención de Bernardo Patiño, hermano del secretario de don Juan fueron viciando y enrareciendo cada vez la situación política durante todo el año 1668 hasta la huida de don Juan de su Palacio de Consuegra el 21 de octubre camino de Cataluña, tras redactar una carta en la que acusaba directamente a Nithard. Durante las semanas siguiente la tensión fue en aumento ante las posiciones encontradas de los cortesanos aunque poco a poco fue calando entre los consejeros de Estado y los miembros de la Junta de Gobierno que era necesario la salida de Nithard para evitar un enfrentamiento armado, aunque la Reina se oponía con firmeza a ello.

El 30 de enero de 1669 don Juan salía de Barcelona rumbo a Madrid acompañado de una escolta de unos cuantos cientos de hombres que poco a poco se fue acrecentando a su paso por Aragón y Castilla. El 23 de febrero el hijo de Felipe IV se encontraba en Torrejón de Ardoz a pocas leguas de la Corte. Mariana de Austria, consciente de que no disponía de medios para enfrentarse a aquella tropa, tuvo finalmente que despedir a su confesor el 29 de febrero asegurándole una embajada en Roma o Viena a su elección. Poco después la Reina nombraría a don Juan, que se había retirado a Guadalajara, Virrey de Aragón y Vicario General de aquella Corona.


3. Dibuja mostrando un soldado del Regimiento de la Guarda del Rey, la Chamberga, formado en 1669.


Tras esta crisis Mariana de Austria no se quedó de brazos cruzados. Después el exilio de Nithard la Reina retomó la antigua idea de crear una Guardia Real para la protección personal de los monarcas. De esta forma, en abril de 1669 el Marqués de Aytona, nombrado Coronel, comenzó la leva de soldados para el nuevo Regimiento de la Guarda del Rey, popularmente conocida como Guardia Chamberga por la similitud de su indumentaria con la usada por el Mariscal de Schomberg durante la Guerra de Portugal. Aytona usó el precedente la Guarda del Rey que Olivares había creado para Felipe IV en 1634 y de la que se reservó la Coronelía, como modelo para los salarios, reglas, entrenamientos y organización de la nueva unidad.

Como Olivares, Aytona también concibió la nueva Guardia Real como una escuela militar para formar a soldados y oficiales, especialmente elegidos entre los hijos de los Grandes y títulos. Los soldados fueron reclutados en las dos Castillas, Galicia, Navarra y Vizcaya, y pese a la oposición de la ciudad de Madrid, la nueva unidad montó guardia por primera vez frente a las puertas de Palacio fuertemente armados y vestidos de rojo y amarilla el 19 de julio de 1669. Diez días después Carlos II pasó revista a la Guardia completa frente al Real Alcázar. Este hecho dio aun otra justificación para Mariana y Aytona al ser considerada como un instrumento didáctico para el rey-niño.



4. Grabado que muestra el busto de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona. Biblioteca Nacional de España.


Las dificultades de 1668-1669 demostraron la lealtad de muchos hacia Mariana de Austria, pero ninguno lo hizo con la dedicación del Marqués de Aytona cuya figura, como afirma Silvia Z. Mitchell en su libro, ha tendido a ser minusvalorada por los estudios del periodo. Después de la caída de Nithard, sin embargo, todos en Madrid sabían que Aytona era el hombre más poderoso de la Corte. Fue él, y no Nithard, quien estuvo más cercano a ocupar una posición de "valido", aunque lo más adecuado sería describirle como el más íntimo consejero de la Reina.

La relación política entre la Reina y Aytona evolucionó gradualmente en línea con la carrera de don Guillén en la Corte. En los primeros dos años de la Regencia, se movió más en las sombras diseñando la reforma de las casas reales e ideando y ejecutando la estrategia militar de la Monarquía. Aytona fue el enlace de Mariana con el Consejo de Guerra, aconsejando a la Reina sobre fortificaciones, defensa y la distribución del armamento y los soldados. También parece que Aytona aconsejó a la Regente en asuntos de política internacional según se desprende de un memorando sobre política exterior redactado en febrero de 1666. Mariana le encargó proyectos de ingeniería, educación, comercio y finanzas. Por ejemplo, Aytona tenía permiso para convocar en su casa reuniones para formar una compañía comercial que estimulase el comercio y la economía de los reinos de España. Mariana también le dio mano libre para la educación de Carlos II. Su búsqueda de tutores reales sirvió probablemente de base a la Reina para la elección de Francisco Ramos de Manzano, además Aytona le aconsejó sobre los músicos y profesores de danza del Rey. Fue Aytona quien concibió el Regimiento del Rey como un instrumento didáctico y lo ordenó para la revista del pequeño Carlos II. Aytona también supervisó la construcción de una fortaleza en miniatura en la Casa de Campo para, con la excusa del juego, iniciar al Rey en el gusto por las actividades marciales.

El Marqués de Aytona tuvo una sólida base institucional y de patronazgo, además era el hermano de una de las más cercanas compañías femeninas de Mariana de Austria como se indicaba más arriba, Magdalena de Moncada. Ésta, aunque fue elegida para acompañar a la infanta Margarita Teresa a Viena tras su matrimonio con Leopoldo I, declinó el puesto y permaneció en Madrid, donde fue una influyente figura del régimen de la Regencia. No obstante, la posición central de Aytona no se produjo gracias a su familia, sino a sus habilidades, incluidas las de adaptarse al temperamento de la Reina. Su dedicación a la causa de la Reina fue total, a pesar de que los acontecimientos que llevaron al exilio de Nithard le causaron grandes problemas. Mariana necesitaba un estratega cualificado que le ayudase a superar todos los obstáculos políticos, económicos o financieros que habían inicialmente impedido la formación de una guardia real, y Aytona llenó de pleno ese lugar.

Para la segunda mitad de 1669, un reconocible cambio había tenido ya lugar: Aytona había reunido en su persona los oficios más importantes de la Corte, el Gobierno y la milicia. Don Guillén era Caballerizo Mayor y Mayordomo Mayor de la Casa de la Reina, monopolizando así los únicos puestos masculinos disponibles en las casas reales; era además miembro de la Junta de Gobierno y ahora Coronel de la Guarda del Rey. Especialmente notable era el hecho de que era la tercera persona en todo el siglo en convertirse en Coronal de la Guarda del Rey tras Olivares y don Luis de Haro, los dos validos de Felipe IV. En la Corte nadie parecía dudar que un nuevo valido había nacido, algo que provocó gran resentimiento (la Corte se llenó de pasquines en contra del Marqués). A pesar de todo Aytona, que no era fácil de intimidar, se sintió obligado a defenderse pidiendo a la Reina que escribiera un declaración declarando que él no recibía ningún tipo de salario o gaje. Pero el controvertido papel de Aytona tuvo una vida muy corta. Aunque solo contaba con 55 años, el Marqués tenía serios problemas de salud y cargar con tantas responsabilidades no hizo sino empeorar la misma. Guillén Ramón de Moncada moría el 17 de marzo de 1670. La Reina perdía a un ministro inteligente y leal, pero Mariana disponía aun de un considerables grupo de hombres capaces a su disposición y no le sustituiría por un único hombre, sino que distribuiría sus oficios entre varias personas demostrando así que no se había establecido un régimen de valimiento: el Condestable de Castilla ocupó el puesto de Aytona en la Junta de Gobierno como representante de los Grandes; el Marqués de Castel Rodrigo, ex Gobernador de los Países Bajos, obtuvo el puesto de Caballerizo Mayor y además fue nombrado miembro del Consejo de Estado, siendo uno de los consejeros más importantes de la Reina en los siguientes años; el Duque de Pastrana sustituyó a Aytona como Mayordomo Mayor de la Casa de la Reina, manteniendo este importante puesto hasta que se estableció la Casa de Carlos II en 1675. Finalmente, el cardenal Pascual de Aragón recibió la Coronelía de la Guarda del Rey, aunque su traslado Toledo para encargarse de su Arzobispado, dejó el mando efectivo del regimiento en manos del lugarteniente coronel, el Conde de Aguilar, otra figura clave en esta fase de la Regencia. Con ninguno de esto hombres tuvo Mariana de Austria el nivel de confianza que había tenido con Aytona, pero sí pudo formar con todos ellos un grupo fuerte y cohesionado de hombres con los que pudo trabajar y apuntalar su Gobierno.


Fuentes:

  • Z. Mitchell, Silvia: "Queen, Mother & Stateswoman. Mariana of Austria and the Government of Spain" The Pennsylvania State University Press (2019).

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XII Y FINAL)

"Aspecto del Real Palacio de Madrid y su plaza como estuvo el dia 4 de marzo de 1704 en que el rey catholico nro. señor D. Felipe Quinto. saliò ala campaña de Portugal". Grabado obra de Filippo Pallota (1704).


A su llegada a Portugal Carlos III de Austria publicó un manifiesto en el que se dirigía a todos los estamentos de la Monarquía de España haciendo un alegato en defensa de sus derechos al trono:

"Hacemos sauer a nuestros vasallos de todos los Reynos, Estados, Prouincias y Señoríos que componen nuestra Monarchia de España de cualquier estado y condizion que sean que despues de estar reconocido y tratado como Rey de todos los dominios de España por la mayor parte de los Reyes prinzipes y soueranos de la Europa, nos hallamos en estas fronteras de Portugal con las tropas de nuestros Aliados y con las fuerças necesarias a introduzirnos en la posesion de dicha Monarchia que por ynfragables derechos nos perteneze conforme a las leyes fundamentales de ella establezidas".

La reacción de Felipe V no se hizo esperar. El 4 de marzo de 1704 un numeroso ejército franco-español, formado por 28.000 soldados de infantería y 10.000 de caballería, salía de Madrid con el Rey al frente entre los vítores de la multitud. Al mando de las fuerzas iba el Duque de Berwick. El cortejo real llegaría a Plasencia el 19 de marzo. La ciudad del Jerte acogió la Corte durante el mes largo que el Rey residió en ella, y fue el lugar donde el 30 de abril de Felipe V publicó la declaración de guerra contra Portugal por haber abrazado la causa del Archiduque. De estado forma se lo comunicaba al Presidente del Consejo de Aragón, Duque de Montalto:

"Habiendo llegado ya a los últimos términos de rompimiento de la Guerra contra el Archiduque y el Rey de Portugal, que apoyando con sus tropas las de nuestros enemigos y de la Religión, el injusto intento del Archiduque y admitiendo su Persona quiere invadir mis Dominios; he tenido por conveniente hacer pública al Mundo en el manifiesto (de que va aquí copia) la razón y justicia de mi causa, por la cual me ha sido preciso venir a la defensa de mis vasallos para librarlos de los riesgos que los amenazan. Remítolo al Consejo de Aragón para que en inteligencia de estar ya rota y pública esta Guerra, ejecute en la parte que le toca todo lo que en semejantes casos se acostumbra. En Plasencia a 30 de Abril de 1704".

El Conde de Galway fue nombrado general en jefe de las tropas inglesas en Portugal y sería quien, junto al portugués Marqués de las Minas, se enfrentaría al ejército borbónico. La campaña de Portugal se presentó inicialmente favorable a Felipe V quien estuvo presente en el reconocimiento de las principales plazas y en la toma de Salvatierra (8 de mayo) o Castelo Branco (23 de mayo).


Asedio de Castelo Branco durante mayo de 1704 en un grabado de Filippo Pallota.


A pesar de los éxitos iniciales de los borbónicos, era la primera campaña que emprendía España desde hacía medio siglo contra Portugal, por lo que pronto se notaron deficiencias de tipo logístico en munición y alimentos. A estas deficiencias de organización se sumaron los rigores del verano, que ocasionaron la pérdida de dos tercios del ganado traído por los franceses, nada habituados al extremo clima de Extremadura y el Alentejo. Ante estas circunstancias, y debido a que ambos ejércitos habían perdido su propia iniciativa, los contendientes detuvieron las operaciones y mantuvieron sus posiciones, de forma que Felipe V regresó a Madrid el 16 de julio.

Por su parte, el resultado poco concluyente de la campaña en la raya portuguesa impacientó al rey Carlos, deseoso de entrar cuanto antes en España. Reunidos los generales y consejeros aliados, se decidió enviar la escuadra anglo-holandesa a Cataluña por sugerencia del Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo comandante de las tropas imperiales enviadas al Principado por Leopoldo I en la fase final de la Guerra de los Nueve Años (1695) y luego Virrey (1698-1701) como se comentó más arriba. Con Darmstadt a bordo la flota mandada por el almirante Rooke se situó frente a Barcelona el 24 de mayo bombardeando la ciudad sin éxito durante cuatro días antes los temores de los conspiradores austracistas que no se decidieron a dar el paso y acabaron adoptando una actitud servil ante el virrey Francisco de Velasco. No obstante, sería esta misma escuadra la que de regreso de Barcelona acabaría tomando Gibraltar (4 de agosto) en nombre de la reina Ana, ante las protestas de Darmstadt de que dicha conquista se había hecho en nombre de Carlos III. 

3. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española.



La campaña de 1705 será decisiva en la dimensión civil de la Guerra de Sucesión pero también será la de los últimos meses de vida del último Almirante de Castilla: tras la llegada del Conde de Peterborough al mando de 12.000 hombres, nombrado por la reina Ana comandante general de Tierra y Mar, se celebró un consejo de guerra al que asistieron el Príncipe Darmstadt, el Almirante de Castilla, el Conde de la Corzana, Galway y el almirante Schovel. Estuvieron presentes también Pedro II y Carlos III, así como el Príncipe de Brasil (futuro João V), la reina viuda de Inglaterra Catalina y el el príncipe Antonio de Liechtenstein. De este consejo salió la iniciativa de enviar a la flota aliada a las costas de Cataluña en contra del parecer de don Juan Tomás, quien afirmó que "el golpe mortal para la España era atacar la Andalucía porque nunca obedecería Castilla a Rey que entrase por Aragon, porque ésta era la cabeza de la Monarquía; y rendidas las Castillas, obedecerian forzosamente los demás Reynos y aun la Cathaluña" (1). De este mismo parecer fue Peterborough, quien consideraba que la guerra sería más rápida entrando por Castilla pero recibió órdenes de Inglaterra para que se dirigiera de inmediato Cataluña, según el parecer de Darmstadt y Liechtenstein, al que estaba más inclinado Carlos III. El plan estratégico respondía también a la firma del conocido como Pacto de Génova entre Inglaterra y una representación del Principado de Cataluña de escasa relevancia institucional, pero de peso entre la burguesía mercantil catalana opuesta al acercamiento a Francia.

Pero antes de eso, el rey Carlos se dirigió a la Beira donde debía comenzar la campaña de ese año. El Almirante, antes de partir para el frente había otorgado testamento el 20 de abril en el Monasterio de los Jerónimos de Belém, a orillas del Tajo, ante su confesor jesuita Casnedi y el padre Cienfuegos, tras haberse confesado y comulgado. En mayo los aliados tomaron Valencia de Alcantara, Alburquerque y Jerez de los Caballeros, dirigiéndose a principio de junio por recomendación de don Juan Tomás a sitiar Badajoz. Parece que el paludismo y la malaria mermaron a las tropas aliadas y afectaron al propio Almirante que se retiró a Elvas y el 27 de junio a Estremoz al agravarse su dolencia.

El Almirante de Castilla moriría tras una agonía de 12 horas a las 4 de la tarde del 29 de junio en Estremoz. El Rey de Portugal se ocupó de las exequias del Almirante que fue velado en la Iglesia Santa Maria de Belém y enterrado en la capilla mayor del Convento de São Francisco de Estremoz.

Su testamento se abrió en Lisboa el 10 de julio. A parte de legar una pensión a los padres Casnedi y Cienfuegos, sus testamentarios, de 800 y 500 escudos respectivamente, se fijaba que los bienes que poseía en Portugal se destinarían la futura casa noviciado de la Compañía de Jesús en Lisboa, religión a la que era tan afecto:

"Declaro que en caso que su Magestad que Dios guarde no tome la dicha posesión llamo e constituio por mi heredero universal de mis bienes que ahora poseo en Portugal a Nuestra Señora de la Concepción, título de la nueva Casa Noviciado de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Lisboa para las personas de la Compañía que quisieren sacrificar su vida en la conversion de los infieles de las Indias Orientales y de la China".

No obstante, en casa de que Carlos III entrase a reinar en España:

"Declaro y constituio por herdero de quanto en Portugal y los demás dominios de España y de quanto me pertenece y puede pertenecer de vienes muebles y raíces, derechos y acciones a Nuestra Señora de la Concepción, título de un nuevo Colegio de Indias de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Madrid".

"La heroyca vida, virtudes y milagros del grande San Francisco de Borja...", obra del Álvaro Cienfuegos que la dedica al difunto don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla (1726). Biblioteca Nacional de España. 


Por tanto, la Compañía se benefició de un legado importante, entre lo que destacaba su importantísima colección de pinturas, una de las mejores de la Europa de su tiempo, así como tapices, muebles, armas, relojes, joyas y platerías que se pusieron a la venta en Lisboa. Los objetos de oro y plata labrada fueron adquiridos por Pedro II, mientras que las pinturas, pese a los intentos de hacerse con ella del Duque de Marlborough, fueron compradas por el archiduque Carlos por la irrisoria cifra de 100.000 cruzados y tras la Guerra de Sucesión recalarían en Viena formando hoy el núcleo del Kunsthistorisches Museum de la capital austriaca.

El resto de la herencia de don Juan Tomás fue legada a su familia. En principio, sus bienes y su dignidad recaían en su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices (muerto en 1713) quien a la muerte del Almirante se convirtió en Conde de Melgar y Duque de Medina de Rioseco. En cualquier caso la herencia del Almirante no estaba libre ya que el mismo año de su deserción (1702), Felipe V confiscó los bienes y las haciendas de don Juan Tomás como vimos, si bien cuando su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera abandonó Portugal y volvió la Corte rindió homenaje al Rey, sin duda para salvar los títulos y dicho patrimonio familiar. 

Por lo que respecta al título de Almirante de Castilla, en 1710 Alcañices intentó minimizar los daños para la hacienda familiar presentando un memorial al Rey en el que solicitaba la devolución de los bienes, estados y dignidades embargados a su hermano. El Marqués alegaba que éstos formaban parte del mayorazgo de los Enríquez de Cabrera, y que por tanto estaban protegidos de la confiscación en virtud de un real privilegio del año 1440 concedido por Juan II, según el cual, si el titular de la Casa cometía un delito grave, la titularidad de la misma debía pasar al siguiente miembro en grado de ocuparla. No obstante y pesar de las súplicas en enero de 1726 Felipe V decretó la supresión de las dignidades de Almirante y Condestable de Castilla. La decisión real estaba respaldada por una declaración posterior a la firma de la Paz de Viena (30 de abril de 1725) que en uno de sus puntos matizaba el artículo noveno de ésta, dando potestad a los monarcas para abolir los puestos militares concedidos en perpetuidad o por vidas, entendiendo que la naturaleza de estos empleos hacía aconsejable que fueran ocupados por personas de confianza. En el caso del Almirantazgo de Castilla esto no sucedería hasta marzo de 1737 cuando el Rey nombró a su hijo el infante don Felipe Almirante General de la Amada, cargo en que se unificaban todos los almirantazgos de España.

Al poner fin a la vinculación de los Enríquez con el Almirantazgo, Felipe V les desposeyó de la dignidad que desde 1405 les había garantizado su destacada posición, relegando a su ducado riosecano a la que la había sido una de las familias más poderosas de Castilla  y la Monarquía entre los siglos XV y XVII.

Por lo que respecta la famosa y antaño rebosante de obras arte huerta de Recoletos, el 30 de abril de 1726 don Pascual Enríquez de Cabrera tomó posesión de la misma, aunque ésta permanecería poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que siete años después su hermana doña María Almudena Enríquez de Cabrera la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que ella ocupaba las casas de la Plaza de los Mostenses.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Angela: "From Madrid to Lisbon and Vienna: the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003
  • Matos Sequeira, Gustavo de: "Depois do terremoto: subsídios para a história dos bairros ocidentais de Lisboa". Academia das sciências de Lisboa (1916).


Notas:

(1) Estas son las palabras que el Marqués de San Felipe pone en boca del Almirante en su obra "Comentarios de la Guerra de España e Historia de su Rey Phelipe V el Animoso" (1725).

martes, 28 de abril de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XI)

1. Acto de proclamación del archiduque Carlos como Rey de España en un grabado alemán de la época

Como se comentó en la entrada anterior, una vez pudo instalarse en la Corte lisboeta, el Almirante fue recibido con la pompa que correspondía a su elevado rango y al prestigio del que gozaba en Castilla. Pronto reemplazó al príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo Virrey de Cataluña (1698-1701), como figura representativa de la España disidente y hasta cierto punto como representante del Emperador. El Almirante no llegaría a sustituir al embajador imperial Waldstein, pero desde su llegada a la capital portuguesa, Leopoldo I centraba en él todas las negociaciones con Inglaterra y Holanda. También fue notable la consideración que recibió el Conde de la Corzana.

El Almirante, si bien no se le enviaron credenciales, participó por deseo del Emperador en las conversaciones que se llevaban a cabo con Portugal para su ingreso en la Alianza anti-borbónica, así como en las posibles cesiones de territoriales en Extremadura, Galicia e Indias a los Bragança. También participó don Juan Tomás de las discusiones con Methuen sobre un acuerdo comercial con España. Waldstein por su parte proponía a Pedro II entrar en el bando aliado asegurando que la guerra por Extremadura sería la manera más efectiva de entrar en Castilla y en esta operación los lusos obtendrían ganancias territoriales importantes. A estos intentos del embajador imperial se unieron las afirmaciones del Almirante y el Conde de la Corzana, quienes aseguraban que la conquista de España era posible no solo por su estado de indefensión sino también por el gran número de partidarios de la Casa de Austria entre los principales aristócratas y el pueblo castellano. Finalmente, como ya se vio, el monarca portugués acabó adhiriéndose a la Alianza.

Las hostilidades no habían comenzado pero la guerra estaba declarada. Don Juan Tomás levantaría en junio un regimiento de infantería con armas compradas en Inglaterra y 560 españoles, oficiales que pasaron a Portugal, desertores y otros naturales de España, cuyo mando dio al malagueño don Juan de Ahumada y Cárdenas (1669-1726), capitán de caballería en tiempos de Carlos II que al finalizar la Guerra de Sucesión pasaría a Italia y luego a Hungría adoptando el pie imperial para combatir contra el Turco. La bandera de este regimiento tuvo en el anverso las armas de Castilla y León con el lema “PRO LEGE REGE ET PATRIA” ( Por la Ley, el Rey y la Patria), y en el reverso la imagen de Santiago con el lema “SANCTUS JACOBUS HIAPANIAE PATRONUS” (Santiago, protector de España) y al pie de la imagen las armas del Almirante de Castilla.

Además y a causa de la próxima partida del embajador imperial hacia Viena, el Almirante, en unión con el Conde de la Corzana y otros interesados, realizó el 19 de mayo de 1703 en manos del Conde de Waldstein un juramento de fidelidad al Archiduque, al Emperador y a su Casa. Un mes antes la emperatriz Eleonor de Nenurgo le había escrito: "Vra. generosa resolutiones...ad exemplum a pradecesoribus familia vra fidelisime praetirorum".

En este contexto y tras la firma de acuerdo con Portugal, Inglaterra y Holanda apremiaron a Leopoldo I para que enviase lo antes posible a Carlos hacia España porque la ofensiva portuguesa no empezaría hasta que el Archiduque llegase a Portugal. En el mismo sentido escribió el Almirante de Castilla al Emperador desde Lisboa. Todo apunta a que la influencia de don Juan Tomás en la decisión final del Emperador fue decisiva. Ya en enero de ese mismo año Leopoldo señalaba al embajador inglés en Viena, Mr. Stepney, su deseo de que el Almirante de Castilla fuese consultado y de que su parecer sirviese de base para las negociaciones de la Liga con el Rey de Portugal. 

Al fin Leopoldo I se decidió a proclamar a su hijo como Rey en un solemne acto que tuvo lugar el el palacio imperial de La Favorita a la una de la tarde del 12 de septiembre de ese 1703 a la que asistieron, entre otros, cinco Príncipes del Imperio, los presidentes de los Consejos y todos los consejeros de Estado. El nuevo Rey fue cumplimentado también por los embajadores y por los ministros de los príncipes aliados, así como por los españoles que se encotraban en la Corte. Previamente tanto el Emperador como el rey de romanos José, habían renunciado a sus derechos en favor de Carlos.

Leopoldo trató de armonizar los intereses de sus hijos, llamados a asumir la dobles aspiración de la Casa de Austria en Italia y en España. El rey de romanos José y su hermano Carlos rubricaron delante de su padre un acuerdo familiar secreto pocos días antes de la proclamación real por el cual la Agustísima Casa apoyaría las aspiraciones de Carlos a la Corona de España a cambio de ceder éste el Ducado de Milán y el Marquesado de Finale a José. Al mismo tiempo, ambos hermanos firmaron el Pactum Mutuae Successionis en los que se acordaba que Carlos heredaría a José en los estados patrimoniales de la Casa de Austria, en Hungría y en Bohemia y si ninguno tenía hijos varones, la sucesión pasaría a la hija del hermano mayor que hubiera ocupado el trono. Se establecía así la primacía de los hijos varones sobre las hijas, y en ausencia de varones, las hijas de José precederían a las hijas de Carlos en la sucesión, tanto española como austriaca.

El acuerdo secreto se ocultó a los españoles pero debió ser conocido por algunos ministros de la Corte de Viena mucho antes de que Carlos lo revelase en 1713 para zanjar la cuestión de la precedencia de sus sobrinas sobre su propia descendencia femenina con la Pragmática Sanción.

El día 19 de septiembre tras comer con sus padres y sus hermanas las archiduquesas, Carlos partió de Viena acompañado por el embajador inglés Stepney y por el príncipe Antonio de Liechtenstein, su principal consejero y al que el nuevo Rey profesaba un profundo afecto. Tras atravesar Centroeuropa y el Imperio, y llegar a las Provincias Unidas, se dirigió a Londres a donde llegó el 8 de enero, para luego ser recibido por la reina Ana en Windsor con especial cordialidad. El 13 de febrero de 1704 fue despachado don Pío Ravizza con destino a Lisboa para comunicar al Almirante de Castilla la próxima llegada del rey Carlos.

2. Desembarco del archiduque Carlos en Lisboa en un grabado alemán de la época.

A bordo del velero inglés Royal Catherine y escoltado por una imponente flota capitaneada por el Almirante Rooke se dirigió a Portugal, entrando en el estuario del Tajo el 6 de marzo de 1704. Esa misma noche subirían a bordo el Duque de Cadaval, en nombre de Pedro II, y Paul Methuen, en representación de la reina Ana y en sustitución de su padre John, indispuesto por un ataque de gota, para cumplimentarle por su feliz llegada. No obstante, parece que fue el Almirante de Castilla, el más destacado de los españoles exiliados en Lisboa, el primero en ir a besar la mano de Carlos III.

Como se comentó arriba, Carlos desembarcó en Portugal acompañado del príncipe Antonio de Liechtenstein quien, desde su llegada a Lisboa, despertó pocas simpatías y, sin duda, fue el responsable no solo del distanciamiento inicial de nuevo Rey con los españoles, sino también de la división en el círculo cortesano carolino. En seguida el príncipe Antonio hizo causa común con el príncipe Darmstadt contra el Almirante, a quien ambos veían como rival. De este modo se formaron dos partidos en la Corte de Carlos III en Lisboa: los que seguían al Almirante y los que se agruparon en torno al Príncipe Darmstadt. Se atribuye a don Juan Tomás el comentario de que "en la Corte del rey Carlos sólo tres tenían juicio: el rey, aunque muy joven, el enano y el caballo". Está división se plasmó también en el terreno de la estrategia de guerra a seguir.

Desde la llegada de Carlos a Portugal, Lichtenstein se sintió celoso del Almirante porque el Rey de Portugal le había asignado "apartamento en el mismo Palacio muy contiguo al del rey Carlos". Éste hizo patentes desaires a don Juan Tomás que esperaba obtener del joven Rey el puesto de Caballerizo Mayor, el mismo que había tenido en tiempos de Carlos II. Sin embargo, la primera vez que salió Carlos en público, al entrar el Príncipe en la carroza se puso en la derecha, dejando la izquierda al Almirante, lo que causó gran desagrado a los españoles y portugueses y, por su puesto, al propio don Juan Tomás.

El Almirante de Castilla se convirtió en el principal confidente y asesor de Carlos III desde la llegada de éste a Lisboa por el profundo conocimiento que tenía de los asuntos españoles tras sus 30 años de servicio bajo Carlos II. Además alardeaba de su fuga presentándola como un sacrificio que había realzado por el Rey y la Agustísima Casa de Austria.

CONTINUARÁ...


Bibliografía:


  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.
  • Martín Marcos, David: "Ter o Archiduque por vezinho. La jornada a Lisboa de Carlos III en el marco del conflicto sucesorio de la Monarquía de España".  Hispania: Revista española de historia. Vol. 72, Nº 241, 2012, págs. 453-474.
  • Sorando Muzás, Luis: "El ejército español del archiduque Carlos (1704-1715) y sus banderas", en Revista de Historia Militar, número extraordinario II (2014), pp. 193-211.


jueves, 9 de abril de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE X)

1. Ejemplar del Manifiesto en lengua inglesa. Biblioteca Nacional de Madrid.


Tras el embargo y secuestro de sus bienes en octubre de 1702, el Consejo de Estado de Madrid determinó el 17 de agosto de 1703 que el Almirante había incurrido en pena de lesa majestad por haber faltado al juramente de fidelidad al monarca y como resultado se le condenaba a la pena capital. Culminaba así la causa por infidelidad y desobediencia contra don Juan Tomás y sus cómplices iniciada tras conocerse su paso a Portugal. A pesar de ello, el 11 de noviembre el Almirante escribía a uno de sus criados en Madrid solicitándole que le librara en Lisboa alguna cantidad correspondiente a sus rentas. Y es que aunque al ser nombrado embajador en Francia aseguró que no pesaba ningún pleito de acreedores sobre su Casa, lo cierto es que a su marcha dejó deudas que en 1703 ascendían a más 275 mil ducados, sin contar los censos impuestos sobre los bienes inmuebles. Por ello, en paralelo al proceso de confiscación se inició un concurso de acreedores sobre sus bienes que tuvo como resultado la dispersión del sobresaliente patrimonio reunido por los Enríquez de Cabrera a lo largo de siglos, de manera que el castigo a la desobediencia de Juan Tomás pasó por menoscabar su capital y fama personales y con ellos los de su linaje.

Conocida la finalización de su causa en Madrid y habiendo jurado fidelidad al archiduque Carlos de Austria, el Almirante decidió declarar los motivos de su decisión, publicando en Lisboa en la segunda mitad de 1703, un Manifiesto que se repartió por distintos lugares de Europa impreso en diversas lenguas como el castellano, el portugués o el inglés. El Manifiesto del Almirante es un extenso escrito en tercera persona en el que don Juan Tomás lleva  a cabo una enumeración de las vejaciones y atropellos de que considera fue víctima y cómo las soportó esperando un tratamiento acorde a sus méritos por parte del Rey.

Su intención era a aclarar a todos aquellos que leyesen el Manifiesto que no le movía ningún sentimiento particular en su defección, sino causas superiores. Éstas causas son primordiales y guardan relación con la lealtad al príncipe natural y a la defensa de la patria, que considera el principio de todas las acciones nobiliarias. De este modo se alza como defensor de todo el Reino. Protesta que desde el primer momento Felipe V, al que se dirige siempre como "Duque de Anjou", sospechó de él ya que siempre lo miró a través de la desconfianza fomentadas por el Cardenal Portocarrero o Manuel Arias. De esta manera, fue despojado gradualmente de los puestos que disponía: Caballerizo Mayor, Teniente General en los reinos de Toledo y Andalucía, General de la Mar, la llave de Gentilhombre de la Cámara y de los sueldos que gozaba, un componente nada despreciable en su protesta.

También proclama su desacuerdo, como otros Grandes, con el decreto que les igualaba con los Pares de Francia. Esta decisión, dice, rebajaba la dignidad de Grande de España en comparación con lo que la había elevado la Casa de Austria en toda Europa. No obstante, ninguna de estas ofensas lo hubieran movido a abandonar el Reino, para dejar sus posiciones y mucho menos para lo que después ha hecho, sino hubiera visto la servidumbre a que se ha reducido a España. Súbditos convertidos en siervos y Rey dominado, constituyen una causa de rebelión por cuanto son una violación del pacto que dio origen a la relación (un recordatorio de que la Monarquía de España era una monarquía pactada Rey-Reino).

La primera reacción de Madrid fue la publicación "Respuesta breve fácil y evidente a un papel que se descubrió con título de Manifiesto, disculpando la resolución de D. Juan Tomás Enríquez de Cabrera. Escribióla para desengaño A.. B. L.". En ella se repiten las sátiras contra el Almirante desde su vuelta de Milán (1686), acusándole de engaño, traición y perjurio, asegurando que no estaba molesto por la embajada de Francia sino por haber sido alejado del gobierno mientras él pensaba que se le harían grandes ofrecimientos con tal de conseguir su alianza. Finaliza argumentando que de haber conseguido mantener el cargo de Caballerizo Mayor, algunas rentas del Patrimonio sin demasiado esfuerzo, entrada en el Gabinete y posibilidad de acomodar a media docena de hechuras, no se hubiera pasado a Portugal olvidando pagar a acreedores y pidiendo dinero a descuidados. Con todo esto se habría olvidado, dice, de la Casa de Austria, de sus familiares y hasta de su padre y se conformaría con el tiempo sin importarle quien fuera Rey alejándose de la publicación de papeles para revolver a todo el mundo.

1. "Portugalliae et Algarbiae cum finitimis Hispaniae regnis", obra de Johann Baptist Homann (1710)


El paso del Almirante de Castilla a tierras lusas hizo que las dudas sobre la neutralidad del gobierno de Pedro II de disparasen en la corte española. Su marcha "tem causado aquí grande ruido e brevemente se veram as consequencias", advertía Diogo Corte Real, entonces embajador del Bragança en Madrid. Su llegada a Lisboa acabaría influyendo en que Pedro II se sumase a la conquista de España planeada por los aliados pese a sus reticencias iniciales y de sus elevadas demandas territoriales.

Don Juan Tomás encarnaba a la Grandeza castellana cuyo poder estaba amenazado por el nuevo Rey, Era reconocida su influencia en Castilla y sus importantes relaciones con Andalucía, por sus cargos y sus casamientos, sin olvidar Cataluña, donde había sido Virrey, y por supuesto Milán donde, tras sus 16 años en tierras lombardas, había tejido una poderosa red de amistades y hechuras. Su llegada a tierras lusas se producía en el momento en que la armada anglo-holandesa dirigida George Rooke a fines de agosto se retiraba hacia el estuario del Tajo después de atacar el Puerto de Santa María, el intento de toma de Cádiz y tras destrozar la flota franco-española proveniente de Indias en Vigo el 23 de setiembre.

El Almirante tuvo en el Emperador un protector poderoso que le confió el cumplimiento de importantes funciones. Por otra parte, su presentación pública en Lisboa fue celebrada por los componentes de la Gran Alianza como señal de buenos sucesos, aprobando los consejos y proyectos que les ofrecía. Pero los portugueses no aceptaban las sugerencias del Almirante con tanta facilidad y Pedro II mantuvo inicialmente una actitud difidente. No obstante, la insistente labor de don Juan Tomás, sumada a las presiones del embajador inglés John Methuen y la amenazante presencia de la armada del Almirante Rooke, acabarían haciendo que Pedro II, más por temor que por convicción, se sumase a la Gran Alianza el 16 de mayo de 1703.

Sin que los embajadores de Felipe V y Luis XIV en Lisboa, Capecelatro y Chateneuf, pudiesen hacer nada, el Bragança suscribió el 16 de mayo un tratado por el que reconocía a archiduque Carlos como Rey de España a cambio de jugosas compensaciones territoriales. Con la firma de estos acuerdos se conseguía una puerta para la entrada en la Península usando como base de operaciones la desembocadura del Tajo. El Almirante, como promotor de todo, insistió en la necesidad de que el Archiduque viniera a Portugal para dirigir personalmente la campaña, tomar contacto con sus partidarios y para que las cortes europeas pudieran ver al pretendiente al trono español.

Aunque el embajador de Felipe V mantuvo un aparente disimulo antes estos hechos durante varios meses, era cuestión de tiempo y no pasaría demasiado para que, por fin, el 21 de noviembre, Capecelatro se decidiese a abandonar la ciudad y acabase con el teatro. Con una operación que se sellaba con la invitación al representante portugués en Madrid, Diogo Corte Real, a dejar también él la Corte, se cerraba un ciclo de cordialidad. Ambos embajadores se cruzarían el día 14 de diciembre en la frontera de Badajoz a las dos de la tarde. Las puertas del templo de Marte estaban a punto de abrirse.

CONTINUARÁ...


Bibliografía:


  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.
  • Martín Marcos, David: "Ter o Archiduque por vezinho. La jornada a Lisboa de Carlos III en el marco del conflicto sucesorio de la Monarquía de España".  Hispania: Revista española de historia. Vol. 72, Nº 241, 2012, págs. 453-474.

domingo, 22 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE IX)

1. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española. es seguro que don Juan Tomás al contemplarla desde el exilio encontraría mayor sentido a esta alegoría de lo efímero del poder terrenal.

Felipe V entró en Madrid el 18 de febrero de 1701. El Juramento y Pleito Homenaje del Rey y de los Reinos de Castilla y León se celebró, como fue costumbre bajo la Casa de Austria en el Real Convento de San Jerónimo de Madrid el domingo 8 de mayo. El Almirante de Castilla, como la enorme mayoría de Grandes y títulos, aceptó inicialmente al nuevo monarca Borbón prestándole juramento de fidelidad durante aquella ceremonia. 

Poco antes, tras tras la proclamación de Felipe V (24 de noviembre de 1700), el cardenal Portocarrero que ejercía como Gobernador del Reino hasta la llegada del nuevo Rey, reorganizó la Corte y destituyó al Almirante de su puesto de Caballerizo Mayor así como de otros cargos y honores que había disfrutado como Teniente General de Andalucía o General de la Mar y le retiró la llave de gentilhombre en ejercicio, aunque le mantuvo como consejero de Estado.

Cuando el embajador francés Conde de Marcin llegó a Madrid en el verano de 1701, tenía instrucciones muy claras sobre el Almirante: "que era Consejero de Estado; tiene mucha inteligencia, habla bien, afecta predilección por los hombres de letras...Lo peligroso sería colocarlo en los primeros puestos, pues se asegura que si se acercara al rey de España, difícilmente se libraría el príncipe de los artificios que pronto lo habían de conducir a resolver muchas cosas por su voluntad".

2. Detalle de la relación de Grandes y títulos que prestaron juramento e Felipe V el 8 de mayo de 1701 y en la que puede leerse el nombre de el Almirante, en "JURAMENTO Y PLEYTO OMENAGE QUE LOS REYNOS DE CASTILLA Y LEÓN, por medio de sus Capitulares y los Prelados, Grandes, y Títulos, y otras personas, hizieron el día 8 de Mayo de 1701 en el Real Convento de S. Gerónimo, Extramuros de la Villa de Madrid, A EL REY NUESTRO SEÑOR DON PHELIPE QUINTO [...]", escrita por el secretario don Antonio de Ubilla. Biblioteca Nacional de Madrid.

La posición preeminente alcanzada por don Juan Tomás en el reinado anterior, en la que había demostrado una clara inclinación hacia la causa austriaca ahora le pasaba factura. Un año después de la llegada de Felipe V, Marcin informaba que "el Almirante, viendo que desde principios del nuevo reinado se le tenía por sospechoso ha manifestado vivos deseos de venir a Francia en calidad de embajador. El Rey juzgó sería bueno no dejarlo en España". Por eso, Felipe V , poco antes de embarcar rumbo a Nápoles en abril de 1702, firmó el decreto que lo nombraba embajador extraordinario en la Corte de su abuelo Luis XIV para así tenerle alejado de Madrid, aunque no conviene olvidar lo dicho anteriormente: fue el propio don Juan Tomás quien solicitó dicho nombramiento, quizás como subterfugio para llevar a cabo su plan de huida a Portugal. De hecho, si atendemos a lo que cuenta Francisco de Castellví en sus "Narraciones históricas", el Almirante habría dado muestras de su intención de pasar a Portugal antes de su marcha. Así cuando Portocarrero le dijo "La embajada de V.E. será bien extraordinaria”, respondió “Sí, lo será muy mucho”, y “otro día, bajando de palacio diferentes personas le iban cortejando y se volvió hacia ellos, tomando el brazo del conde de la Puebla, que su apellido era Portugal. Les dijo no se cansen que tengo bastante con Portugal. Usó otros muchos términos equívocos sobre su embajada, que nadie penetró”.

Antes de partir el Almirante realizó diversas gestiones para reunir capital que se vieron perjudicadas por la degradación de la categoría de la embajada de extraordinaria a ordinaria, orquestada por Portocarrero, que supuso la reducción del sueldo de don Juan Tomás, quien usando este pretexto solicitó poder tomar 150.000 reales sobre su Casa y estados en Castilla. Por otra parte, solicitó permiso de la reina gobernadora Mª Luisa Gabriela de Saboya para llevar consigo una parte de las obras de arte que albergaba su Palacio situado en el Prado de Recoletos  y cuya colección de pinturas, 989 lienzos según el inventario de 1691 realizado a la muerte de padre, constituía una de las pinacotecas más importantes de Europa con destacadas obras de Tiziano, Rafael, Correggio, Rubens, Van Dyck, Tintoretto, Cambiaso, Veronese, etc (1). Finalmente, el 13 septiembre de 1702 el Almirante inició su viaje, en el que estaría acompañado por el Conde de la Corzana, su confesor jesuita padre Carlos Antonio Casnedi, el también jesuita y diplomático padre Álvaro Cienfuegos, todos ellos futuras figuras importante del austracismo; su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera (2), y un nutrido entourage de unas 300 personas que se desplazaban en 150 carros, 38 de los cuales contenían las algo más de 200 pinturas, 10 juegos de tapices y colgaduras, joyas y plata.

Al despedirse de la Reina pidió una carta especial de recomendación para Luis XIV. El correo que dejó dispuesto para que, corriendo la posta, le alcanzara en el camino la carta, le dio la oportunidad de despedirse de su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices, que residía en Medina de Rioseco y sirvió de pretexto para desviarse y detenerse en Tordesillas. Cuando recibió el pliego de la Reina, tras tres días de viaje, manifestó contrariedad porque tendría que cambiar el rumbo y leyó a sus acompañantes otro que tenía preparado para esa ocasión haciéndolo pasar por una orden de Mª Luisa Gabriela para pasar a Portugal, en calidad de embajador extraordinario, con motivo de las negociaciones originadas por la presencia en Cádiz de la armada anglo-holandesa para así asegurar el apoyo portugués. Los mismos argumentos esgrimió en Zamora para explicar su presencia en la ciudad, pero éstos no fueron convincentes para el gobernador don Francisco Pinel y Monroy, quien despachó correo a la Corte pidiendo instrucciones.

El Cardenal Portocarrero y el presidente don Manuel Arias tuvieron dudas o pensaron que se trataba de una huida voluntaria que iba a librarlos de futuros problemas y no hicieron nada para evitar que el Almirante atravesara la frontera por Alcañices. Una vez en territorio portugués manifestó que no estaba en contra del Rey, pero consideraba oportuno alejarse hasta que Felipe V pudiera tener mejor información de su inocencia sin las tergiversaciones que recibía de parte de sus enemigos, declarando estar convencido que la embajada en Francia se la dieron para tenerle dominado y conseguir su ruina. A pesar de ello, dio libertad a sus criados para seguir con él o volverse a España. Su secretario, Miguel de San Juan, y algunos otros volvieron a España, sin embargo Cienfuegos, Casnedi y Juan Ignacio de Aguirre, comensal; el Conde de la Corzana; el médico de la casa, Gabriel Joli; su secretario particular; su mayordomo, caballerizos, etc, así como su sobrino don Pascual, continuaron el viaje junto a él.

3. Vista del Paço da Ribeira de Lisboa, residencia de los reyes portugueses, a comienzos del s.XVIII.


Finalmente, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, VII Duque de Medina de Rioseco y XI Almirante de Castilla, acompañado de sus más fieles, haría su entrada en Lisboa el 23 de octubre de 1702. Pasaría a residir en una casa de campo junto el río Tajo en Belém conocida como Quinta do Conde de São Laurenço. El 7 de diciembre sería recibido en audiencia privada en el Paço de Corte-Real por el rey Pedro II de Portugal y al día siguiente por la Reina viuda de Inglaterra, Catalina de Bragança. Días antes había escrito al Conde de Waldstein embajador extraordinario del Emperador, comunicándole su llegada al reino luso y mostrando su disposición a cumplir con sus grandes obligaciones con la Casa de Austria. Pedro II consideró que sería más prudente que el Almirante no declarara abiertamente los fines de su viaje. Así, don Juan Tomás mantuvo comunicación con el embajador imperial pero con la discreción necesaria para no molestar al Rey y para mantener ocultos los verdaderos fines de su viaje a Portugal.

Mientras tanto, el embajador de Felipe V en Lisboa, el napolitano Marqués de Capecelatro, tuvo conversaciones secretas con el sobrino del Almirante, el citado Pascual Enríquez, y lo ayudó para que volviera a España. La Reina lo aprobó con satisfacción y recibió una carta de agradecimiento del Marqués de Alcañices. La familia no le fue fiel a don Juan Tomás, la conveniencia fue más fuerte que las convicciones o los sentimientos de solidaridad familiar y eso les acabó repercutiendo de manera positiva en el futuro, permiténdoles reclamar los derechos como sucesores de su herencia, ya que el Almirante no tuvo hijos. Este argumento había sido parte de la justificación que Capecelatro hizo en su intermediación para conseguir el regreso del sobrino del Almirante. Para los Enríquez era fundamental mantener una buena relación con Felipe V ya que de ello dependía su propia subsistencia.

Una de las primeras cartas que había escrito don Juan Tomás desde Portugal fue el 13 de octubre para su hermano, el Marqués de Alcañices, quien le contestó el 6 de noviembre de 1703 en estos duros términos:

"Vista vuestra resolución y oydo vuestra carta quisiera daros a entender el dolor que crecio en semejante novedad teniendo por inciertas sus verdaderas noticias hasta que me las acreditais con unas frivolas disculpas en cuya inteligencia quisiera que las voces primeras de mi respuesta correspondieran al tratamiento de unas obras no hallando modo de empezar esta carta sino con pluma humediza del corazon en mis ojos escribe mi congoja, dicta mi pena y sella mi quebranto, pues si os llamo pariente, infamo mi linaje, si amigo me acuso de desleal, si Señor, desdoro mi grandeza, si para este fin comenzare por vuestro nombre, si porque ya vos sois vos".

Alcañices no ocultaba su temor a que la huida de su hermano a Portugal fuera perjudicial para los intereses de su Casa, pues ya el día 10 de octubre se había decretado el embargo y secuestro de todos los estados, bienes y rentas libres y de mayorazgo, así como de los papeles del archivo y contaduría del Almirante de Castilla. El 1 noviembre se notificaba ya que el embargo de los bienes de don Juan Tomás en las casas de los Mostenses y el Prado había finalizado y que se continuaría en las casas de San Joaquín, llamadas de don Pedro de Aragón.

CONTINUARÁ...


Notas:

(1) Cédula de la Reina Gobernadora permitiendo al Almirante sacar bienes del Reino. 12 de septiembre de 1702. Se le autoriza a “extraer de estos Reinos en 38 carromatos, una galera y 14 acémilas, diferentes cajones y cofres que llevan diez tapicerías y colgaduras, 22 arcas de agua y vino, 200 pinturas, su ropa y vestidos usados de su persona y mesa y la de los criados que van con él y la plata labrada de su servicio”.

(2) Pascual Enríquez de Cabrera (Madrid, 1682- id.1736), era hijo don Luis Enríquez de Cabrera Toledo, VIII Duque de Medina de Rioseco (desde 1705) y de doña Teresa Enríquez Enríquez, VIII Marquesa de Alcañices. Tras la muerte de su padre en 1713 se convierte en IX Duque de Medina de Rioseco, además de XII Conde de Melgar, IX Marqués de Alcañices y IV Oropesa, Señor de Aguilar de Campos, Bolaños, Castroverde, Mansilla, Palenzuela, Tamariz, Tarifa, Torrelobatón y Villabrágima. Fue además heredero de los bienes de su tío. Al volver a España fue perdonado por Felipe V y el 30 de abril de 1726 tomó posesión de la famosa huerta de Recoletos, que permanecerían poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que 7 años después su hermana María Almudena Enríquez de Cabrera (†1741) la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que él ocupaba las casas de los Mostenses. Don Pascual murió sin hijos y al no poderle suceder su hermana ya que la sucesión estaba sujeta a agnación rigurosa, tras largo pleito el Consejo de Castilla dictamina el 23 de octubre de 1756 adjudicar la sucesión al Conde de Benavente, al tener el derecho por la línea de Alonso Enríquez, I señor de Medina de Rioseco, cuya hija, Leonor Enríquez, casó con Rodrigo Alonso Pimentel, II conde de Benavente.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Ángela: "From Madrid to Lisbon and Vienna : the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.

domingo, 1 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VIII)

1. Retrato del Cardenal Portocarrero en la Sala Capitular de la Catedral de Toledo. Siglo XIX.


En la madrugada del 5 al 6 de febrero de 1699, a los pocos meses de hacerse público el testamento de Carlos II, moría en Bruselas el príncipe electoral José Fernando de Baviera a los 6 años de edad. Este hecho rompía la vía intermedia y pacto por la sucesión entre los dos hombres fuertes de la Corte: el Conde de Oropesa y el Cardenal Primado Portocarrero. A partir de aquí y coincidiendo con una fase alcista del precio del pan, Portocarrero maniobraría para lograr la caída de Oropesa y de los afines a a la Reina, encabezados por el Almirante de Castilla. 

En 28 de abril de 1699, tras un incidente que tuvo lugar en la Plaza Mayor entre el corregidor Francisco de Vargas y una mujer a cuento del precio del pan, se inició un levantamiento popular que ha pasado a la historia como Motín de los Gatos y que fue utilizado por el Cardenal Primado, Francisco Ronquillo Briceño, antiguo Corregidor de Madrid; y el Conde de Benavente, Sumiller de Corps, entre otros, para lanzar a la masa enfurecida contra Oropesa, Presidente de Castilla, y el Almirante de Castilla, a los que responsabilizaban de sus miserias.

El 9 de mayo y ante la gravedad de los disturbios, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos. La Presidencia del Consejo de Castilla a fue ofrecida entonces a Portocarrero, quien no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo, que a sus vez había sido nombrado de nuevo Corregidor de Madrid durante los tumultos.

Días después, el 23 de mayo, Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, al que se le permitía elegir un lugar a treinta leguas de la Corte y se le ordenaba no acercarse ni volverse sin licencia por convenir a su servicio y "a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones". Antes de salir de Madrid, el Almirante se reunió con el resto de componentes del partido austriaco y se decidió que el nuevo cabeza fuese el Conde de Aguilar. Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera salió el 24 de mayo a las 11 de la mañana en coche de Palacio, permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse rumbo a Andalucía.

Don Juan Tomás fue privado del oficio de Caballerizo Mayor, así como de los cargos de Teniente General de Andalucía y de General de Mar e incluso de  lallave dorada de Gentilhombre de Cámara, aunque se le mantuvo plaza de Consejero de Estado.

El alejamiento de Palacio suponía alejarse de su lugar privilegiado junto al Rey y el cese de su capacidad de influir en la voluntad regia. El Almirante se dejó contagiar entonces de un humor bucólico. Así se refería el 14 de julio de 1699 en carta al Príncipe de Vaudémont, Gobernador de Milán y hechura suya, desde la ciudad de Granada: "Mi ausencia de la Corte la motivó aquel ridículo motín de que no te hablo más largo por considerarte con distintas noticias de él. Yo no sé si me ha sido de más satisfacción que de disgusto".

El calor de Granada en pleno estío se mezclaron con la aparente resignación del patrón desterrado quien de nuevo a carta a Vaudémont 22 de septiembre escribía de este modo: "te gozarás de tenerme fuera de la Corte en un tiempo tan lleno de confusión, desbarato y sin decoro. Yo paso aquí la vida bien divertido en el paraje más ameno buscando el ejercicio y hallando la salud en el campo, pudiendo decirte con verdad que ha muchos años que no paso días tan sosegados, tan serenos y tan gustosos".

Meses después y con Carlos II al borde de la muerte, éste pidió el 2 de octubre de 1700 al Cardenal Portocarrero que redactara un documento en los términos en que su padre redacto el suyo, solicitó que todos se retiraran y se quedó a solas con el Primado quien requirió la presencia de don Manuel Arias para redactar los principales artículos del testamento asistido por don Sebastián Cortez. A pesar de mantenerse oculto a la Reina, parece ser que el Conde de Aguilar lo descubrió y junto a los partidarios de la causa imperial trató de impedir su firma. A pesar de todo el Rey rubricó el testamento y lo ratificó en un codicilio del 10 de octubre. El mismo rezaba así:

"declaro ser mi sucesor (en el caso que Dios me lleve sin dejar hijos) al Duque de Anjou, segundo hijo del Delfín; y como tal le llamo a la sucesión de todos mis reinos, y dominios sin excepción de ninguna parte de ellos".

La muerte del Rey se produjo el 1 de noviembre. El embajador imperial Harrach, tras escuchar la lectura del testamento, escribió a su padre: "Todo esto es consecuencia de la traición de la Reina y de sus lados".

Las noticias de la muerte del Rey y de su indulto sorprendieron al Almirante en Granada de donde pasó a Sanlúcar de Barrameda y luego a la Corte. La Real Chancillería que vino a saber de su viaje le pidió que suspendiera la marcha hasta que la provisión Real le fuera notificada, pero éste hizo caso omiso y cuando en Antequera le alcanzó el Alcalde Mayor que la llevaba excusó el cumplimiento escribiendo a la Chancillería el día 5 de noviembre que estaba dispuesto a cumplir lo que el Tribunal estimase del servicio del Rey pero que siendo ya público su deseo de pasar a Sanlúcar le sería satisfactorio se le permitiera ejecutarlo ya que no podían "que no podían dejar de estar muy en su reverente memoria las demostraciones con que la soberana grandeza del Rey había querido desde el primer día honrar su persona, casa y grados que se sirvió conferirle, con distinciones tan hijas de su Real benignidad e inerrable soberanía, como proporcionadas a su propio decoro y al  que piden los caracteres del ministerio en que tanto interesa el ser vicio de S. M.". Finalmente la Chancillería no sólo se autorizó la continuación del viaje, sino que se dieron órdenes para facilitarle auxilios y escolta si la necesitase.

Finalmente, el Almirante llegaría a Madrid el 6 de noviembre. Allí comenzó a hacer ostentación de su cargo de Caballerizo Mayor, con la librea y las carrozas del Rey. Esta actitud fue mal vista y le aconsejaron que moderara su presentación en público. No mantenía su buena relación con la Reina viuda y suponía que había sido sacrificado por ser incondicional de su servicio mientras que ella le recriminaba por haberle atraído el odio público por tenerle a su servició.

Como vimos, no parece que don Juan Tomás realizase en Granada actividades fuera de lo previsible, pero sí hizo viajes a sus posesiones y siguió preocupándose por las cuestiones políticas. En carta fechada el 30 de julio de 1700 escribía desde Medina de Rioseco al Duque de Medinaceli, Virrey de Nápoles, una premonitoria carta:

"Vine de Andalucía a estos terrones de Castilla donde se vive con alguna diversión de la caza y con más quietud de la que cabe en tan lastimosa hora...Por acá todos son discursos o lamento sobre la común ruina y viendo este tamaño mal aun es mucho mayor la infamia que la pérdida de todo y no se puede tener otra esperanza del remedio que la que pende únicamente de la providencia porque nuestros pasos son lentos o tan ningunos hacia las disposiciones necesarias que mirados de este retiro y desde el mayor desengaño lastiman no poco. Si tienes altar obligaciones que no dudo, tomarás las medidas que te debes a ti mismo, al honor de tan grande vasallo...te he de seguir en todo pues tus resoluciones son las que se encaminan a la honra, la obligación y acierto...en todo estoy contigo...Vencer o Morir. El Almirante".


CONTINUARÁ...



  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Prevenir la sucesión. El príncipe de Vaudémont y la red del Almirante en Lombardía", en Estudis: Revista de historia moderna, Nº 33, 2007, págs. 61-91.
  • Cremonini, Cinzia: "La parábola del Príncipe de Vaudémont, entre austracismos e intereses personales", en Espacio, Tiempo y Forma, Nº 31, 2018, págs. 103-121.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.