viernes, 14 de mayo de 2021

El IV Duque de Uceda, auge y caída de un servidor real (Parte I)

 


1. Escudo de los Duques de Uceda originalmente incrustado en la Torre de Hércules de La Coruña, hoy en el Museo Arqueológico e Histórico (Castillo de San Antón). La Coruña.


Juan Francisco Pacheco Téllez Girón de Mendoza, III Conde de la Puebla de Montalbán, nació en Madrid un 8 de junio de 1649 en las casas que su abuelo, el II Conde de la Puebla de Montalbán, poseía junto a la Calle de Atocha. Sería bautizado el 28 de ese mismo mes en la iglesia parroquial de San Sebastián. Era hijo de de don Melchor Téllez Girón, primogénito del II Conde, que morirá en 1650 antes que su padre por lo que no llegará a heredar el título; y de doña a Juana de Velasco, hija de don Bernardino Fernández de Velasco, VIII Condestable de Castilla y Duque de Frías.

En 1650, cuando apenas tenía quince meses muere su padre, quedando él y su hermana pequeña doña Isabel Manuela bajo la custodia de su madre hasta 1660 en que ésta contrae segundas nupcias. Desde ese año ambos hermanos quedan a cargo de su abuelo don Alonso Téllez, II Conde de la Puebla Montalbán, el cual les procurará a ambos dos ventajosos matrimonios: Isabel fue desposada en 1664 con apenas 14 años con Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, VIII Conde de Oropesa, futuro Presidente de Castilla y Primer Ministro de facto de Carlos II; mientras que don Juan Francisco se casará con doña Isabel María Gómez de Sandoval, hija de Gaspar Téllez Girón, V Duque de Osuna, y de doña Feliche Gómez de Sandoval, III Duquesa de Uceda. Esta vinculación con el futuro Conde de Oropesa, y con la Casa de Osuna-Uceda será transcendental en su futuro devenir político y cursus honorum.

El 20 de junio de 1666 moría el II Conde de la Puebla de Montalbán, por lo que su nieto don Juan Francisco Pacheco pasaba a heredar el título como III Conde. Se sabe que de su matrimonio con doña Isabel nacerán al menos siete hijos: don Manuel Gaspar, el primogénito, Marqués de Belmonte; don Juan Pacheco Girón, Conde de Humanes; don Pedro Vicente, Caballero de San Juan y Comendador del Viso; don Melchor Pacheco, y doña Josefa Pacheco, casada en n 1709 con don Pascual Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar y Duque de Medina de Rioseco, sobrino del último Almirante de Castilla, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera (1646-1705).


CURSUS HONORUM:

Don Juan Francisco Pacheco inició su carrera en el servicio de las armas: en 1668, con tan solo 19 años, pasó al Ejército de Cataluña donde su suegro, el Duque de Osuna, ejercía como Virrey sirviendo con dos compañías de caballos y permaneciendo allí cuatro años. De Cataluña pasó a Milán sirviendo otros cuatro años como Capitán de las Guardias del Duque de Osuna, quien tras su Gobierno en Cataluña, había sido nombrado Gobernador de Milán (1670), puesto en el que permanecerá hasta 1674.

Es durante su estancia en Milán cuando el hasta entonces Conde de Montalbán se convierta en Duque de Uceda al fallecer de su suegra, la III Duquesa de Uceda doña Feliche, el 7 de octubre de 1671, la cual no había tenido ningún hijo varón de su matrimonio con el Duque de Osuna, por lo que era su hija primogénita y esposa de Montalbán, doña Isabel María, la depositaría del título materno. De esta forma el matrimonio pasaba a controlar el Estado de Uceda, uno de los títulos nobiliarios más importantes y ricos de Castilla.

Pero la sucesión del Ducado de Uceda trajo al matrimonio varios quebraderos de cabeza. A parte de pleitos con los hermanos de la Duquesa fallecida, el Duque de Osuna planteó a los nuevos Duques de Uceda un pleito “sobre los alquileres de las casas que del Mayorazgo de Uzeda goza mi parte enfrente de la Parrochia de Santa María en que vive la reyna Madre... y sobre otras cosas” (1). Hace referencia al actual Palacio de los Consejos situado en la la Calle Mayor de Madrid, mandado construir por el primer Duque de Uceda, y que había sido residencia de don Luis de Haro y entonces lo era de la reina madre doña Mariana de Austria. No obstante, en el plano económico la posesión del Ducado de Uceda aumentó de manera notable los ingresos de don Juan Francisco. La posesión de este nuevo título supuso no solo la de dicho estado con sus alcabalas, rentas y demás hacienda, sino también la de “la Casa de la Moneda de Madrid y de los obrajes, atarazanas y demás haziendas que por el dicho nuestro estado de Uzeda tenemos en Riobamba y demás lugares de la provincia de Quito en los reynos del Perú y en las demás partes, reynos y señoríos de su Majestad...” (2).



2. Retrato de doña Feliche de Sandoval, III Duquesa de Uceda y V de Osuna, suegra de don Juan Francisco Pacheco, en "Teatro de la gloria: consagrado a la excelentisima señora doña Felice de Sandoval Enriquez, duquesa de Vceda difunta [...] en sus solemnes esequias celebradas en Milan" (1671). Obra de Cesare Fiore y Gio Ambrogio Besozzi.


La carrera política del nuevo Duque de Uceda siguió su curso y así parece que en 1675 abandonó Milán justo a su suegro cuando éste cesó en el puesto de Gobernador. De vuelta a Madrid fue nombrado Gentilhombre de Cámara del Rey, cargo que juró el 16 de junio de 1677 (3). El 30 de septiembre de 1682 recibe su primer cargo importante al ser nombrado por el Rey nuevo Gobernador del Reino de Galicia, tomando posesión del mismo el 27 de octubre en la Coruña, allí permanecerá los siguientes 4 años. Este cargo iba unido al de Capitán General y Presidente de la Audiencia, lo que le confería competencias políticas, militares y de justicia sobre todo el Reino (4). 

De su paso por Galicia destaca de la restauración de la Torre de Hércules de la Coruña que recuperó su función defensiva de torre de vigilancia y de faro. Adrián de Roo, cónsul de Flandes y fundador de las fábricas de lienzo, que consideraba un buen negocio poner en servicio el faro, se asoció con sus homólogos de Inglaterra y Holanda y así el 17 de noviembre de 1684, con ocasión de una visita del Capitán General Duque de Uceda, le proponen costear las reparaciones que fueran necesarias para su utilización. A cambio se les concedería su mantenimiento durante 10 años, durante los cuales tendrían licencia para cobrar un arbitrio a todas las embarcaciones nacionales y extranjeras que arribasen al Reino. 

Con la opinión favorable y la colaboración del confesor el Duque, fray Francisco Negreiros, "hombre muy aficionado á estas antiguallas" (5), Uceda da su parecer positivo en 1685, encargando la obra al arquitecto coruñés Amaro Antúnez, que siguiendo las instrucciones de los ingenieros de perforar las tres bóvedas de los pisos, proyecta una escalera interior de madera para acceder a los pisos superiores y a la linterna. Se construyen también dos torreones de piedra y se pone en cada uno un farol, entrando la luz del faro en servicio. La inscripción que conmemora esta obra, hoy en el Museo Arqueológico e Histórico Municipal reza: “Lupo la construyó emulando las maravillas de Menphis; la allanó por medio de una escalera y alumbró las naves desde su cumbre". El último renglón, corroído por el tiempo, parece que alude al propio Duque, promotor de la obra [xxxxX D Dd V D Vxxxxx]:



En el Libro de Actas de Acuerdos Municipales de la Coruña del 26 de noviembre de 1684 quedaron reflejados estos trabajos:

"Como fue el exmo. Señor Duque de Uceda gobernador y capan Gl deste Reyno yzo poner en la torre dercules escaleras de madera por adentro de dha torre. 

Siendo gouernador y Cappn General deste rreyno el exmo señor duque de Uzeda Conde de montaluan yço azer una escalera de madera por dentro de la Torre dercules pa que por ella se subiesse asta lo alto de dha torre como con efecto se yço, y pa que conste a todo tiempo y se sepa el año en que se yço lo pongo en este Libro de Acuerdos de la Ciudad pa Memoria della y lo firmo Cora noviembre ute y seis de mil seis cientos y ochenta y quatro años” (6).

Finalmente, y además de la citada lápida, también se conserva en la actualidad un escudo con las armas del Duque de Uceda. Según Carlos Martínez Barbeito (7) también estaría empotrado en la Torre de Hércules o en sus cercanías y debía completar el posible monumento que se habría realizado para conmemorar las obras realizadas en 1684. Así mismo considera que, puesto que los linajes representados en él corresponden a las líneas femeninas de la ascendencia del Duque, debió existir otro escudo similar con las armas de su varonía. Parece que tanto la inscripción, como los escudos debieron ser arrancados tras la defección de don Juan Francisco y su paso al bando austracista en 1711, en una especie de "damnatio memoriae".


CONTINUARÁ...


Notas:

(1) Correspondencia de administración sobre el pleito que mantiene la casa estado de Uceda con la casa estado de Osuna sobre la posesión de varios títulos nobiliarios que reclama la primera casa (1671-11-06). AHNOB/1//OSUNA,C.3455,D.276-304

(2)  AHN, NOBLEZA, Frías, leg. 956, núm. 10.

(3) AHN, NOBLEZA, Frías, leg. 956, núm. 45.

(4) Cartas de Carlos II al Duque de Uceda, sobre asuntos relacionados con la Capitanía General de Galicia. AHNOB//FRIAS, C.60, D.13-14.

(5) VEDÍA Y GOOSSENS, Enrique de: "Historia y descripción de la ciudad de la Coruña", Coruña, 1845, p.262-263; también habla de ello en las p.110-111 y en la p.196 transcribe una carta de fray Negreiros en la que propone en 1685 al ayuntamiento coruñés la construcción de un nuevo balcón en la cúspide de la Torre en la parte que mira hacia la ciudad en correspondencia con otro que ya se había hecho mirando hacia el mar. Según Vedía fue en 1682 cuando el duque de Uceda decidió emprender esas obras, pero no dice en que se basa para afirmarlo.

(6) Archivo Municipal de A Coruña [AMC]. Libro de Actas de Acuerdos Municipales, 1684, p.125v. 

(7)  MARTÍNEZ BARBEITO, Carlos: “Escudos reales, municipales y nobiliarios de La Coruña y su tierra”, Revista, Instituto “José Cornide” de Estudios Coruñeses, nº 3 (1967), p.16. 


Bibliografía:

  • Alfeirán Rodríguez, Xosé: "Una nueva imagen de la Torre de Hércules (1086-1684): el faro romano". Nalgures, Nº. 12, 2016 (Ejemplar dedicado a: Homenaje a José Luis López Sangil), págs. 47-125.
  • Fernández Vega, Laura: "La Real Audiencia de Galicia órgano de gobierno en el antiguo régimen, 1480-1808". Editorial Diputación Provincial, 1982.
  • Huerta García, Florencio: "El Señorío de Montalbán y la Casa de Uceda durante la Edad Moderna". UCM, 2009.
  • Martín Velasco, Margarita: "La colección de libros impresos del IV Duque de Uceda en la Biblioteca Nacional de España". CEEH, 2010.

viernes, 9 de abril de 2021

La reversión de Luxemburgo a la Monarquía de España (1698) y el enfrentamiento entre las Casas de Baviera y Neoburgo

 


"[...] La Villa y Fortaleza de Luxembourg en el estado que se halla presentemente, sin demoler, mudar ni disminuir, o deteriorar nada de sus obras, Fuertes, y Fortificaciones, con la Artillería que avia quando fue tomada, y juntamente la Provincia y Ducado de Luxembourg y Condado de Chinij, en toda su consistencia, y quanto comprehenden, con todas sus atenencias, dependencias, y anexidades, se restituirán, y pondrán al Poder, Soberanía, Dominio, y Possession del Rey Catolico, para que SM. Catolica los possea en la misma forma que lo hizo, o puso hazer, al tiempo del Tratado de Nimega, y antes dèl, sin detenerse, ni reservarse nada por parte de su Magestad Christianissima, sino es lo que ha sido cedido por los precedentes Tratados de Paz." (1)

Así rezaba el artículo V del Tratado de Rijswijk firmado el 20 de septiembre de 1697 por los representantes de Carlos II y Luis XIV mediante el que se ponía fin a la guerra entre ambas coronas iniciada en 1689 (2) y por la que el Rey de Francia devolvía el Ducado de Luxemburgo y el Condado de Chiny, conquistados en 1684, al Rey de España. 

13 años habían pasados desde que la Monarquía viera desgajada de su cuerpo aquellos estados y por ello Carlos II se apresuró en enviar el 15 de noviembre de 1697 las letras credenciales con el nombramiento de Jean-Frédéric, Conde d'Autel (3), como nuevo Gobernador y Capitán General del Ducado de Luxemburgo y el Condado de Chiny. Era éste una criatura del elector Juan Guillermo del Palatinado al que había servido como general de sus tropas y en varias misiones diplomáticas. El Elector había pretendido ya con anterioridad algún puesto de relevancia para él usando la influencia de la Condesa de Berlepsch en Madrid sobre su hermana, la reina Mariana de Neoburgo. Se propuso que d'Autel ocupase el Gobierno de las Armas de Milán o Lieja e incluso el importante cargo de castellano de Milán, que finalmente se otorgó a don Fernando Valdés, hijo ilegítimo de Felipe IV (4). No obstante aun pasarían varios meses hasta que las tropas francesas evacuaran Luxemburgo y el Conde d'Autel pudiera ocupar su puesto.

Este retraso no se debió solo a la poca urgencia de Luis XIV por abandonar la plaza, sino también a las trabas y dificultades puestas por el Gobernador de los Países Bajos: el duque-elector Maximiliano II Manuel de Baviera. Éste había sido nombrado Gobernador por Carlos II a finales de 1691 en parte gracias al apoyo que en la Corte tuvo por parte de la reina madre Mariana de Austria que defendió otorgar el Gobierno de aquellos estados al marido de su nieta Mª Antonia frente a la candidatura de Juan Guillermo de Neoburgo, apoyado por Mariana de Neoburgo. 

Desde ese momento la defensa de los Países Bajos quedó a cargo del Elector de Baviera y de sus tropas que jugaron un importante papel durante la Guerra de los Nueve Años (1688-1697). A comienzos de 1694, tras el acuerdo firmado con Carlos II, llegaron 6.000 tropas bávaras que aseguraban su dominio territorial, además de su defensa personal (5). Pero incluso tras el fin del conflicto, en 1698 Maximiliano II Manuel se ofreció a aumentar los contingentes que permanecían en los Flandes con otros 10.500 efectivos, a sumar a los efectivos que ya estaban presentes allí (6).

Las ambiciones del Elector de Baviera sobre los Países Bajos venían de bastante antes de su nombramiento como Gobernador. Durante las negociaciones matrimoniales con la archiduquesa Mª Antonia de Austria, éste había demandado una compensación territorial por la renuncia de su mujer a los derechos sobre la Monarquía de España, obteniendo finalmente de parte del padre de la novia, el emperador Leopoldo I, la cesión de los Países Bajos, hecho que quedó reflejado en el contrato matrimonial firmado el 12 de abril de 1685. Sin embargo, Carlos II enterado de dicho acuerdo jamás aceptó ni la renuncia de su sobrina, ni mucho menos la cesión de una parte de sus estados, decisión que le pertenecía únicamente a él y que fue uno de los obstáculos más discutidos a la hora de otorgar el Gobierno de los Países Bajos a Maximiliano II Manuel. Tampoco conviene olvidar que ya desde 1696 con el primer testamento de Carlos II, el hijo de Maximiliano II Manuel de Baviera, el príncipe electoral José Fernando, era el sucesor legal del Rey de España lo que reforzaba aun más su posición en Bruselas.

Como afirma Rocío Martínez (7) no se puede dudar de que el principal objetivo de Maximiliano II Manuel desde su boda era hacerse con los Países Bajos y para ello ir consiguiendo cada vez una posición más fuerte hasta hacerse con su soberanía, o al menos, con su gobierno perpetuo. Un objetivo en el que el Elector había invertido mucho dinero y esfuerzo. No debe extrañar por tanto que el nombramiento como Gobernador de Luxemburgo de una hechura de la rama rival de los Wittelsbach-Neoburgo y antiguo rival por el gobierno de los Países Bajos causase enorme insatisfacción en el Duque de Baviera. 

Las Casas de Baviera y Neoburgo llevaban largo tiempo enfrentadas por la posesión del Palatinado que había ido cambiando de manos a lo largo de todo el siglo XVII tras la derrota de Federico V a manos de los ejércitos de la Casa de Austria en la Batalla de la Montaña Blanca (1620) y dividido entre el Duque de Baviera (Alto Palatinado), al que también se le otorgó la dignidad electoral; y España que obtuvo el Bajo Palatinado, conquistado por Spinola entre 1620-1622, territorio que tras la Paz de Münster fue cedido a Carlos Luis, hijo de Federico V, y posteriormente tras la extinción de esta familia calvinista en 1685 otorgado al católico Felipe Guillermo de Neoburgo (1685), padre de Juan Guillermo de Neoburgo y la reina Mariana de Neoburgo.

Pero es que además, Carlos II había encargado a su cuñado el Elector Palatino presidiar la plaza de Luxemburgo, cuyos estados confinaban con el Ducado, con tres batallones de infantería y un regimiento de dragones, que sumaban entre 2.000 y 3.000 hombres, lo que incrementaría notablemente su influencia en un territorio clave que daba acceso directo al Imperio.

2. Plano y vista de Luxemburgo y su fortaleza, obra de Mattheus Seuter, geógrafo imperial de Carlos VI, en "Grosser Atlas worinnen enthalten alle die jenige geographisches Universal-Special- und Particular-Mappen, mit über die mehresten gedrukten alphabetischen Registern" (1734).


El favorito del emperador Leopoldo I, el Conde de Auerspeg, escribía al embajador imperial el Madrid, Conde Bonventura Harrach, acerca de los recelos de Maximiliano II Manuel de Baviera a admitir las tropas palatinas:

"[...] contraria mucho al Elector [de Baviera] tener que admitir allí [Luxemburgo] tropas holandesas y palatinas y ha procurado disuadir al hermano de la Reina ponderándole los grandes gastos a que se obliga. Contestó el Elector Palatino ofreciendo más fuerzas aun y afirmando que no le costarían nada al Rey de España [...]" (8).

Por su parte, el Elector Palatino escribía impacientado el 18 de enero de 1698 a la Condesa de Berlepsch, favorita de la Reina en Madrid, sobre el retraso de la evacuación en estos términos:

"La evacuación de Luxemburgo no sólo no adelanta sino que se demora deliberadamente hasta el punto de que Francia ha acordado por si sola hacerla el próximo día 25. El Elector de Baviera excusa su morosidad alegando que no tiene hechos los preparativos y descubre así sus verdaderas intenciones.

Ha mandado salir hacia Luxemburgo sus tres batallones de infantería y su regimiento de dragones, no obstante no haber recibido para ello la licencia del Elector [de Baviera]; y ha indicado al Conde de Elteren [d'Autel] la necesidad de que cautamente convenga con los moradores del país cuanto sea necesario para proveer a la defensa en tiempo de guerra, porque el Elector cuidará de seguro de que todo esto falte".

Pero en esa misma misiva Juan Guillermo de Neoburgo entraba a proponer algo aun más importante como era la destitución de Maximiliano II Manuel de Baviera y la sustitución por su propio hermano, Carlos Felipe de Neoburgo:

"Se dice que en la próxima primavera piensa hacer un viaje a Munich [el Elector de Baviera]; quizás sea una buena oportunidad para que el Rey de España tome la enérgica resolución de destituirle del Gobierno de Flandes, persuadido como debe estarlo de que no merece la confianza para la guerra ni para la paz. Cuide ella de sugerírselo a la Reina.

De varias partes le indican que el sucesor más adecuado en el Gobierno de Flandes sería su hermano Carlos Felipe. Nadie le aventaja a él en desear cosa tan favorable para su hermano [...]" (9).

A finales de enero Carlos II, siendo ya cierta la fecha en la que Luis XIV evacuaría la plaza, apremiaba al Duque-Gobernador a no dilatar más la situación y permitir el paso de las tropas palatinas que debían presidiarla por ser lo más conveniente para su real servicio:

"Serenísimo Príncipe y excelentísimo Duque Elector de Baviera, mi buen hermano, primo y sobrino. En despacho del 23 de noviembre próximo pasado encargué a V. Dilección que luego que se nos restituyese la plaza de Luxemburgo dispusiese V.D. presidiarla con las tropas del Elector Palatino, por hallarse más inmediatas y ser de mucho servicio; a que V.D. respondió en carta del 13 de diciembre siguiente, lo ejecutaría. Y ahora, en consecuencia de los referido, y con las noticias últimas del día en que se entregaría esta plaza, he querido prevenir de nuevo a V.D. no difiera con ningún pretexto el presidiar esta plaza con las tropas palatinas, como tanto conviene, y espero lo habrá ejecutado el conocimiento y celo de V.D. a todo lo que es de mi servicio, y que me dará cuenta de lo que en ello hubiera adelantado". (10)

Finalmente, y en virtud del artículo 5 de la paz antes reseñado, las tropas francesas evacuaron Luxemburgo el día 28 de enero de 1698 (11). Las tropas españolas, bávaras, holandesas, brandemburguesas y las citadas del Elector Palatino, comandadas por d'Autel, quien hasta entonces había permanecido en Bruselas (11), tomaron entonces posesión de la villa y todas las instituciones, incluido el Consejo de Luxemburgo, fueron restablecidas al antiguo pie previo a la conquista gala de 1684. 

Pero incluso después del restablecimiento del Ducado y Plaza de Luxemburgo, los recelos entre el Elector Palatino y el Elector de Baviera continuaron. De esta forma escribía a finales de febrero de 1698 Juan Guillermo de Neoburgo a la Condesa de Berlepsch sobre la desatención en la que Maximiliano II Manuel de Baviera tenía las peticiones del Conde d'Autel:

"La conducta del Elector de Baviera sigue siendo muy de extrañar. Después de que se le admitieron sus 10.500 soldados, trata de expulsar a los españoles y hasta ha prohibido a los oficiales flamencos que completen sus compañías con gente española. Del Luxemburgo no se ocupa, dejando sin contestación los despachos que escribe Elteren, sin enviarle tampoco municiones ni otras cosas necesaria [...]". (12)

La situación de tensión se mantuvo hasta que Maximiliano II Manuel decidió inspeccionar en persona las diversas plazas de los Países Bajos quizás ante la expectativa de otro conflicto bélico en caso caso de morir Carlos II cuya salud se estaba resintiendo por aquel entonces. Tras abandonar Bruselas el 6 de julio se dirigió a Charleroi, para pasar después a Namur y Arlon, llegando el 9 de julio a Luxemburgo donde fue recibido con todos los honores por el Conde d'Autel:

"Llegó a mediodía procedente de Bruselas el Elector de Baviera, saliendo a su encuentro a la puerta de Arlon las tropas que no montaban guardia. Las autoridades le esperaron en la puerta de la ciudad con hachas encendidas: la población civil dentro. S.A. montó a caballo antes de la entrada junto a la Capilla de Nuestra Señora, y penetró luego en la ciudad, llevando a su lado al Conde de Elteren. Hubo tres tablados donde los estudiantes pronunciaron discursos de salutación. El Te Deum se cantó en la Iglesia de los Recoletos". (13)

De esta forma se sellaba una tregua en un enfrentamiento que se había prolongado durante casi un año entre las dos ramas rivales de la familia Wittlesbach y durante el cual habían llevado sus desavenencias al marco de la recién recuperada plaza de Luxemburgo tratando ambos Electores de ganar una posición de fuerza en un territorio clave ante una posible muerte de Carlos II.

CONCLUSIONES:

La reversión de Luxemburgo a la Monarquía de Carlos II tras la Paz de Rijswijk supuso un nuevo campo de enfrentamiento entre las dos ramas de la dinastía Wittelsbach, Baviera y Neoburgo, que llevaban décadas enfrentadas a causa del Palatinado y cuestiones de rango y precedencia en el Imperio. Ahora la lucha se trasladaba a un territorio estratégico a medio camino entre los Países Bajos y el Imperio, colindante con los estados del Duque de Noeburgo, y en un momento de incertidumbre ante una previsible muerte del Rey Católico. 

Apenas dos años después de que Luxemburgo se reintegrase en la Monarquía de España moriría Carlos II (1 de noviembre de 1700). Para aquel entonces la posición de Maximiliano II Manuel de Baviera en los Países Bajos se había debilitado enormemente tras la muerte de su hijo, y heredero declarado de la Monarquía en los dos primeros testamentos de Carlos II, el príncipe electoral José Fernando. Eran muchas las voces en Madrid que clamaban por su sustitución, no obstante el nuevo rey Felipe V, sobrino del Elector de Baviera, le confirmó en el cargo aunque éste permaneció poco tiempo más en Bruselas ya que tuvo que acudir a defender sus estados de Baviera tras el estallido de la Guerra de Sucesión y la amenaza de invasión por parte de los aliados anti-borbónicos. Este hecho que se confirmaría tras la contundente derrota del Duque de Baviera en la Batalla de Blenheim el 13 de agosto de 1704 ante el Duque de Marlborough y Eugenio de Saboya,tras la cual Baviera fue conquistada por las tropas imperiales y el Alto Palatinado entregado a Juan Guillermo de Neoburgo, que lo retuvo hasta la Paz de Utrecht (1713)

Quien también fue confirmado pese a las dudas iniciales sobre su persona y se mantuvo en el cargo de Gobernador de Luxemburgo hasta la cesión del territorio por parte de Felipe V a Maximiliano II Manuel de Baviera en 1712 (14), fue el Conde d'Autel. Así se refería a él uno de los consejeros del nuevo monarca borbónico:

"[...] el señor Conde de Autel que es gobernador de esta ciudad es muy sospechoso. Este hombre era criatura de la reina viuda [Mariana de Neoburgo] está particularmente vinculado al emperador y al elector Palatino." (15).

Con todo y pese a las dudas iniciales por su vinculación con el Emperador, Felipe V debió estar plenamente satisfecho de sus servicios en Luxemburgo ya que el 12 de enero de 1705 le concedería el Toisón de Oro (15), tras 7 años sirviendo como Gobernador del Ducado.


Notas:

(1) Copia impresa del Tratado de Paz ajustado entre las coronas de España y Franci

a el 20 de septiembre de 1697. AHN, ESTADO,2788, Exp.13.

(2) Copia impresa de la Declaración de la guerra hecha por el Rey de Francia a la corona de España. Firmada en Versalles el 15 de abril de 1689. AHN, ESTADO,2787, Exp.21

(3) Jean-Frédéric, Conde d'Autel, Barón de Vogelsang, Señor de Mersch, Heffingen, Cahe y Larochette, nacido en Luxemburgo el 7 de septiembre de 1645 y allí muerto el 1 de agosto de 1716. Siguió la carrera militar y fue general de artillería al servicio del Elector Palatino. Creado Conde por Carlos II en 1685, Felipe V le concedió el Toisón de Oro el 12 de enero de 1705, permaneciendo además como Gobernador y Capitán General del Ducado de Luxemburgo hasta 1712 en que éste fue cedido a Maximiliano II Manuel de Baviera.

(4) "[..] cree que convendría pedir para Elteren (d'Autel) la plaza de castellano de Milán, que se ha de proveer por muerte de su titular. La efectividad de un cargo en el Milanesado es mejor que la perspectiva de una sucesión en Flandes". Wiser, secretario de la Reina, al Elector Palatino el 29 de octubre de 1694 en Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, "Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España". Edición digital a partir de Boletín de la Real Academia de la Historia (1925), pp. 526-645 .

(5) Rodríguez Hernández, Antonio José: "El precio de la fidelidad dinástica. Colaboración económica y militar entre la monarquía hispánica y el imperio durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Studia historica. Historia moderna, Nº 33, 2011, pp. 173-174.

(6) Consulta del Consejo de Estado, 8 de noviembre 1698. AGS, Estado Flandes Leg. 3.893.

(7) Martínez López, Rocío: "El Imperio y Baviera frente a la sucesión de Carlos II". UNED, 2018, pp. 271-290

(8) Auerspeg al Conde de Harrach el 9 de enero de 1698 en  Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. pag, 706.

(9) El Elector Palatino a la Condesa de Berlepsch dese Düsseldorf el 18 de enero de 1698, en Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. pp. 708-709. Al día siguiente, 19 de enero, escribía a su hermana Mariana de Neoburgo: "El Elector de Baviera y Berjeick dificultan cuanto pueden la evacuación de Luxemburgo por los franceses".

(10) Carta adjunta de Carlos II en misiva de la Condesa de Berlepsch al Elector Palatino del 14 de febrero de 1698 en Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. pag. 719.

(11) "Salió el Conde Elteren (d'Autel) para tomar posesión del Gobierno de Luxemburgo; pero como no se ha evacuado aún ese territorio esperará en Bruselas a que lo esté". El Elector Palatino a la Condesa de Berlepsch desde Düsseldorf el 16 de diciembre de 1697, en Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. pag. 701.

(12) El Elector Palatino a la Condesa de Berlepsch dese Düsseldorf en febrero de 1698, en Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. Sobre los 10.500 soldados ofrecidos por el Duque de Baviera para presiadiar Flandes véase Consulta del Consejo de Estado, 8 de noviembre 1698. AGS, Estado Flandes Leg. 3.893.126. 

(13) Extracto del Diario de Prielmayer (enviado del Duque de Baviera). Luxemburgo, 9 de julio de 1698, en n Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, Op. cit. pag. 800.

(14) "Donación y cesión de los Países Bajos, hecha por su Majestad católica don Felipe V, en favor de Maximiliano Manuel, duque y elector de Baviera: en Madrid el 2 de enero de 1712" en "Tratados, convenios y declaraciones de paz y comercio que han hecho con las potencias extranjeras los monarcas españoles de la Casa de Borbón desde el año de 1700 hasta el día de hoy". Alejandro del Cantillo, Madrid (1843).

(15) Expediente de concesión de la Orden del Toisón de Oro a Juan Federico, Conde de Autel. AHN, ESTADO,7681,Exp.42


Bibliografía:

  • Bernardo Ares, José Manuel; Gómez Navarro, Soledad; Reder Gadow, Marion; y Sanz Camañes, Porfirio: "Recuperar la historia, recuperar la memoria: edición crítica de textos para el aprendizaje de historia moderna". Servicio de Publicaciones y Divulgación Científica de la Universidad de Málaga; N.º 1 edición (13 diciembre 2007).
  • Martínez López, Rocío: "El Imperio y Baviera frente a la sucesión de Carlos II". UNED, 2018.
  • Maura Gamazo, Gabriel, Duque de Maura; y Wittelsbach, Adalbert, Prinz von Bayern, "Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España". Edición digital a partir de Boletín de la Real Academia de la Historia (1925).
  • Moetjens, Adrian: "Lettres historiques: contenant ce qui se passe de plus important en Europe et les réflexions nécessaires sur ce sujet. Tome XIV. Mois de Juillet, 1698". La Haya, 1698.
  • Mueller, Steven: "The Wittelsbach Dynasty". Waldmann Press, 2007.
  • Rodríguez Hernández, Antonio José: "El precio de la fidelidad dinástica. Colaboración económica y militar entre la monarquía hispánica y el imperio durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Studia historica. Historia moderna, Nº 33, 2011.
  • Storrs, Christopher: "Germany's Indies? The Spanish Monarchy and Germany in the Reign of the last Spanish Habsburg, Charles II, 1665–1700", in C. Kent, T. K. Wolber, and C. M. K. Hewitt "The Lion and the Eagle: German-Spanish Relations Over the Centuries: An Interdisciplinary Approach". Berghahn Books, 1999.

domingo, 21 de febrero de 2021

Carlos II y sus relaciones con los príncipes del Imperio

 


1. Alegoría de la Gran Alianza contra Luis XIV (1676), obra de Romeyn de Hooghe. En primer término Carlos II bajo la efigie del emperador Leopoldo I, y rodeándole el Duque de Villahermosa (Gobernador de los Países Bajos), el Rey de Dinamarca, los Electores de Brandemburgo y Münster, etc. Rijksmuseum, Amsterdam.

En tiempos de Carlos II la capacidad militar de la Monarquía se había visto reducida tras los largos años de guerra del reinado de su padre, es por ello que la Corte de Madrid comenzó activamente a buscar aliados en el Imperio para hacer frente a las agresiones de Luis XIV. Hasta entonces el Rey de España había evadido de manera efectiva sus obligaciones como miembro del Sacro Imperio y líder del Círculo Imperial de Borgoña ("Burgundischer Reichskreis"), pero en la década de 1660 su actitud comenzó a cambiar. A partir de esos años y con las dificultades por las que atravesó la regencia de Mariana de Austria se comenzó a enfatizar el papel del Rey de España como miembro del Imperio y se se le quiso presentar como un defensor de la libertad de Alemania, para de esta forma asegurarse el apoyo germano en defensa de los Países Bajos. 

Por otra parte, durante el reinado de Carlos II se hizo un extenso uno de la contratación de tropas a los príncipes alemanes, muchos de los cuales estaban ansiosos por servirle a cambio de un importante desembolso económico, y eso a pesar de que en muchas ocasiones los pagos se realizaron con extremada lentitud con una Monarquía acuciada por sus numerosas deudas y la falta crónica de circulante. 

Finalmente, a Carlos II le unían lazos familiares con varios de estos príncipes desde su matrimonio en 1689 con Mariana de Neoburgo e incluso antes gracias al matrimonio de su sobrina, la archiduquesa María Antonia de Austria (1669-1682) con el duque-elector Maximiliano II Manuel de Baviera.

La Monarquía de España se mantuvo como una gran reserva de oportunidades para los príncipes del Imperio entre 1665 y 1700 por la determinación de Carlos II a mantener sus posiciones en el Norte de Europa, lo que implicaba tropas y mandos militares. A lo largo de todas las guerras del reinado no dejaron de llegar hombres y dinero desde la Península, pero los esfuerzos en solitario de España por sí solos no podían bastar para defender los Países Bajos, es por ello que se necesitaba del apoyo de sus aliados y de los príncipes alemanes fronterizos con Flandes. A pesar de esto, esta determinación pone en evidencia que el Rey estaba decidido a preservar tanto su dominio como su reputación en la zona y que el Ejército de Flandes aun representaba un importante activo militar.


CARLOS II COMO PRÍNCIPE DEL IMPERIO:

El Rey de España era ya de por sí una poder "alemán" en virtud de sus dominios en el Franco Condado, Luxemburgo y los Países Bajos. Todos estos estados constituían desde 1512 uno de los diez círculos del Sacro Imperio Romano Germánico: el Círculo de Borgoña. Con todo España había hecho poco por su identificación como un poder alemán o imperial. De hecho, los Austrias españoles habían preferido evadir las obligaciones de pertenencia al Imperio y considerar a estos territorios como independientes del mismo (1). Pero esta actitud comenzó a cambiar con la transformación del escenario internacional desde la firma de la Paz de los Pirineos (1659). De ahí en adelante, el Rey de España buscará afirmar su condición de potencia "germánica" para asegurar el apoyo de los príncipes del Imperio en la defensa de los territorios imperiales de España frente a Luis XIV.

Este nuevo interés por afirmar la plena pertenencia del Rey de España al Imperio y su identidad alemana se hizo evidente tras la invasión de Flandes por parte de Luis XIV en mayo de 1667 y la del Franco Condado en enero de 1668 durante la conocida como Guerra de Devolución. El Marqués de Castel Rodrigo, a la sazón Gobernador de los Países Bajos, que en 1667 afirmaba tener sólo 20.000 hombres para enfrentarse a 50.000 franceses decidió restaurar la delegación permanente del Círculo de Borgoña en la Dieta del Imperio ("Reichstag"), enviando dos representantes a Ratisbona, ambos nativos del Franco Condado. La misión de éstos era incluir el Círculo de Borgoña en la llamada Garantía del Imperio, lo que supondría una promesa de apoyo contra Francia. Por suerte para la regencia de Mariana de Austria, la agresiva política de Luis XIV en el Rin socavó la confianza de varios príncipes de la Liga del Rin. Entre éstos se incluyeron el Elector de Tréveris quien en agosto de 1668 concluyó un tratado de alianza con el Gobernador de los Países Bajos, abandonando así la alianza con Francia. Algunos otros príncipes alemanes, a destacar el Príncipe-Arzobispo de Salzburgo y en menor medida el Elector de Brandenbugo, y sus delegados simpatizaron con la causa del Rey de España. Otros sin embargo, incluidos los Electores de Baviera y Colonia, y el influyente Arzobispo de Maguncia, se posicionaron junto a Luis XIV. En septiembre de 1667 uno de los representantes españoles urgió al Colegio de los Príncipes a defender el Círculo de Borgoña como parte del Imperio, del cual España era ahora garante frente a las agresiones francesas. Esto representaba una novedad para la "libertad alemana": el Rey de España estaba ahora claramente presentándose a si mismo en Alemania como un poder alemán y defensor de su libertad con el objetivo de asegurarse la ayuda de los príncipes del Imperio para defender territorios que hasta poco antes negaba que formasen parte del mismo. Por desgracia, aunque el Colegio de Príncipes aceptó que el Círculo de Borgoña era parte del Imperio, no permitió que éste se incluyese en la Garantía. Por su parte, el Colegio de Electores propuso mediar entre España y Francia.

Aunque en esta ocasión la diplomacia española sufrió una clara derrota, la Monarquía de España seguía decidida a aprovechar al máximo su condición "alemana" y esto se desprende de su respuesta positiva a las propuestas de reformar las contribuciones militares de los círculos imperiales, aceptando una contribución del Círculo de Borgoña de 3.000 hombres (a sumar a una fuerza total de 30.000). Igualmente, como cabeza del Círculo de Borgoña, Carlos II pudo unirse en 1686 a la Liga de Augsbugo, una asociación defensiva de príncipes alemanes, creada para proteger al Imperio más eficazmente contra las agresiones de Luis XIV, En la primavera de 1697, durante la fase final de la Guerra de los Nueve Años, los diputados del Círculo Imperial del Rin, temerosos de un ataque francés, buscaron la ayuda de Carlos II como jefe del Círculo de Borgoña, según las cuotas acordadas en la Dieta de Ratisbona de 1681.


EL USO DE TROPAS MERCENARIAS ALEMANAS:

Si Carlos II no pudo asegurar una garantía o un ejército imperial, si que pudo obtener ayuda alemana de otra forma: la contratación de tropas mercenarias de varios príncipes del Imperio. Desde 1665 el Ejército de Flandes fue normalmente utilizado para presidiar las numerosas fortalezas que protegían los Países Bajos. El Rey ya no estaba en disposición de enviar tropas desde Italia a través del desmantelado Camino Español, y el envío de tropas por mar desde España no solo era un riesgo, sino que requería de bastante tiempo. Por ello era mucho más sencillo reforzar el Ejército de Flandes contratando tropas en en la vecina Alemania, y explotando así el conocido como "Soldatenhandel" o comercio de tropas, cada vez más un dominio exclusivo de los príncipes soberanos alemanes que de los antaño boyantes empresarios militares independientes. Este sistema era muy ventajoso para estos príncipes ya que les permitía mantener un volumen de tropas que de otro modo no habría sido posible y que podrían llegar a servir para sus propias ambiciones militares. Durante la Guerra de Holanda (1672-1678), España pagó subsidios por tropas a varios príncipes alemanes, entre ellos los Electores de Brandemburgo y Tréveris, los Duques de Celle, Hannover y Wolfenbüttel, o el Obispo de Osnabrück.

En 1675, el elector Federico Guillermo de Brandeburgo (1640-1688) envió a un ministro, Melchior Ruck, a Madrid, para felicitar a Carlos II por su mayoría de edad. Sin embargo, su principal propósito era presionar para que se le pagaran los crecientes atrasos de subsidios adeudados por España por la contratación tanto de las tropas del Elector como, durante la revuelta de Messina de 1674, de sus barcos. No obstante, los enormes compromisos militares de España y la relativa falta de influencia del Elector de Brandeburgo (aun una potencia de segundo rango) hicieron que estas demandas no fueran atendidas con la celeridad deseada por Berlín. 

En septiembre de 1680, seis embarcaciones que ondeaban el estandarte del Elector se apoderaron en el puerto de Ostende de un barco español de nueva construcción, el Carlos Segundo, que estaba a punto de partir con un cargamento de 300.000 escudos. Con España negándose a negociar la liquidación de la deuda hasta que el barco fuera liberado, el Elector vendió el barco incautado, embolsándose las ganancias para saldar su deuda, una humillación por parte de un príncipe menor que los ministros españoles sintieron profundamente, sobre todo por el impacto que tal acción pudiese tener en otras partes de Europa. El Duque de Hannover también tuvo que esperar hasta después de la Guerra de Holanda para recibir los subsidios adeudados a las tropas que había proporcionado durante ese conflicto, mientras que el Duque de Neoburgo intentó, sin éxito, permutar sus atrasos en Madrid por concesiones territoriales en el Bajo Rin.

Había evidentes inconvenientes en proporcionar tropas a España a cambio de dinero en efectivo, aunque los españoles también se quejaban de que los príncipes alemanes no siempre entregaban los hombres contratados. A pesar de todo, por ejemplo las tropas del Elector de Brandeburgo, durante la Guerra de los Nueve Años, continuaron sirviendo a España en Flandes y en el Rin, mientras que los subsidios prometidos se volvieron a pagar lentamente. En la primavera de 1692, se decía que al Elector se le debían 400.000 escudos por 5.000 infantes y 2.000 caballos que habían estado al servicio español desde el otoño de 1690.

Pero el Elector de Brandemburgo no fue el único en suministrar tropas al Rey de España en estos años. El Duque de Württemberg suministró tres regimientos (2.364 hombres) para servir en el Milanesado entre 1690 y 1696, los cuales también se pagaron con bastante lentitud. En cuanto a Flandes, tropas de varios estados alemanes sirvieron allí en 1690, aunque los 12.000 hombres suministrados por el Duque de Hannover fueron despedidos a finales de la campaña por el Gobernador Marqués de Gastanaga, alegando que no tenía fondos para pagarlos. Hacia fines de 1694, era ampliamente conocido que Carlos II esperaba obtener tropas alemanas para servir en Cataluña durante la campaña de 1695 del Obispo de Münster y del Elector de Baviera, quien envió algunos de sus hombres a España desde Flandes. En cuanto al Elector de Tréveris, en 1699, todavía estaba tratando de cobras subsidios atrasados ​​adeudados por las tropas contratadas durante la última guerra.


LOS LAZOS FAMILIARES DE CARLOS II CON EL IMPERIO:

Por encima de todos los príncipes alemanes hay uno que destacó sobremanera en su compromiso militar con Carlos II: el duque-elector Maximiliano II Manuel de Baviera. Casado con la heredera potencial de la Monarquía de España, la archiduquesa María Antonia, y Gobernador de los Países Bajos desde 1692, además de padre de sucesor nombrado por Carlos II en sus testamentos de 1696 y 1698, el príncipe electoral José Fernando, el Duque-Gobernador se implicó al máximo en la defensa de los Países Bajos por las cuestiones de conveniencia propia que le incumbían. Como ha demostrado Rocío Martínez López en su reciente tesis, Maximiliano II Manuel había acordado con el emperador Leopoldo I la cesión por parte de este último de los Países Bajos a cambio de la renuncia de María Antonia a sus derechos a la Monarquía de España como paso previo al matrimonio de 1684. Carlos II jamás aceptó tal cesión de sus estados sin su consentimiento pero, a pesar de su negativa inicial  a darle el Gobierno de Bruselas, finalmente y por deseo de Guillermo III de Inglaterra, se avino a ello. 

El Duque-Gobernador firmó un acuerdo con Madrid el 27 de enero de 1694 por el que éste trasladaría 6.000 tropas bávaras a los Países Bajos a cambios de un subsidio de 100.000 florines al mes por un espacio de tres años renovables. Maximiliano II Manuel se comprometía además a aportar el dinero que faltase para su sustento. De esta forma el Duque de Baviera se aseguraba un férreo control del territorio con tropas propias ante cualquier circunstancia que pudiera llegar a ocurrir. 

Las tropas del Duque de Baviera tuvieron, por tanto, un importante peso durante de la Guerra de los Nueve Años (1688-1697) e incluso tras su fin. En 1698 Maximiliano II Mauel se ofreció a aumentar los contingentes que permanecían en los Países Bajos con otros 10.500 efectivos, a los que se debían de sumar los que ya estaban presentes allí y el regimiento bávaro que servía en Cataluña como se mencionó anteriormente.

Pero Maximiliano II Manuel no era el único familiar con el que Carlos II contaba en el Imperio. Su matrimonio de Mariana de Neoburgo (1690) le había emparentado con los Electores del Palatinado-Neoburgo. La nueva Reina pretendió para su hermano, el elector Juan Guillermo, el Gobierno de los Países Bajos lo que le enfrentó con su suegra, la reina madre Mariana de Austria, que defendía la candidatura del Elector de Baviera, casado con su nieta Mª Antonia, que fue la que finalmente triunfó. A pesar de esta derrota, las pretensiones palatinas muestran las muchas posibilidades que la Monarquía de España aun podía ofrecer a muchos príncipes alemanes. En 1694, otro hermano de Mariana de Neoburgo, Carlos Felipe (futuro Elector Palatino), recibió de Carlos II el prestigioso Toisón de Oro (2). Pero más importante aun fue, en 1697, el hecho de que Juan Guillermo recibiese el encargo del Rey de España de nombrar al Gobernador y guarnicionar la recién recuperada fortaleza de Luxemburgo, algo que Maximiliano II Manuel de Baviera ambicionaba para sí mismo.

Otro familiar alemán de Carlos II, en este caso un primo de Mariana de Neoburgo, el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, también gozó de enorme relevancia en los años finales del reinado. En 1695 llegó a Cataluña al mando del contingente imperial enviado por Leopoldo I y se distinguió por su valor y prestancia en la defensa de Barcelona durante el sitio francés de 1697 que terminó con la capitulación de capital catalana y que acabó precipitando el fin de la contienda. Pero además de dotes militares, Hesse-Darmstadt mostró gran capacidad política y supo ganarse a los catalanes y sus instituciones (la Diputación aceptó una leva de 5.000 hombres para la defensa de Barcelona), por ello tras la Paz de Rijswick, Carlos II le otorgó la Grandeza de España, el Toisón de Oro, el mando de un Regimiento de Guardas, y finalmente en diciembre de ese año el cargo de Virrey de Cataluña, que detendrá hasta la llegada de Felipe V, lo que le permitió ganarse a las élites catalanas para la causa austracista, de la que se será gran  referente al estallar la contienda sucesoria (3).


CONCLUSIÓN:

Durante el reinado de Carlos II se intensificó el papel del Rey de España como miembro de facto del Imperio que hasta ese entonces los sucesivos monarcas de la rama española de la Casa de Austria habían tratado de evadir tras independencia jurídica respecto al Imperio de los antiguos territorios de la Casa de Borgoña obtenida en 1548. Pero el Rey no solo tuvo que hacer uso de estos vínculos político-institucionales en el Imperio, sino que se vio obligado a contratar tropas a varios príncipes alemanes como los Elector de Brandeburgo o los Duques de Hannover y Wolfenbüttel, que se habían convertido en auténticos empresarios militares capaces de suministrar de manera rápida las tropas necesarias para incrementar el Ejército de Flandes y proteger el territorio de las agresiones de Luis XIV.

Por último, Carlos II usó de sus vínculos familiares con varios de estos príncipes, en especial el Duque de Baviera, el Duque de Neoburgo y los Hesse-Darmstadt, para cubrir puestos político-militares de relevancia (Gobierno de los Países Bajos, Virreinato de Cataluña o la fortaleza de Luxemburgo) y obtener también importantes contingentes de tropas.


Notas:

(1) En el Tratado de Borgoña de 1548 aquellos territorios que habían ido a parar a la Casa de Austria como herederos de los Duques de Borgoña quedaban ampliamente liberados de las competencias de las instituciones centrales del Imperio, los cuales en 1555 fueron a parar a la línea española de la dinastía por deseo del emperador Carlos V.

(2) "Expediente de concesión de la Orden del Toisón de Oro a Baviera, duque de (Carlos Felipe), conde y príncipe Palatino del Rhin" (1694). AHN//ESTADO,7683,Exp.21

(3) Para saber más sobre el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, mi biografía sobre el mismo en este mismo blog: "El Príncipe de Darmstadt, de la fidelidad a la Casa de Austria al mito catalán" (http://reinadodecarlosii.blogspot.com/2013/11/el-principe-de-darmstadt-de-la.html).


Bibliografía:

  • Martínez López, Rocío: "El Imperio y Baviera frente a la sucesión de Carlos II ". UNED, 2018.
  • Rodríguez Hernández, Antonio José: "El precio de la fidelidad dinástica. Colaboración económica y militar entre la monarquía hispánica y el imperio durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Studia historica. Historia moderna, Nº 33, 2011. Págs. 141-176.
  • Storrs, Christopher: "Germany's Indies? The Spanish Monarchy and Germany in the Reign of the last Spanish Habsburg, Charles II, 1665–1700", in C. Kent, T. K. Wolber, and C. M. K. Hewitt "The Lion and the Eagle: German-Spanish Relations Over the Centuries: An Interdisciplinary Approach". Berghahn Books, 1999.

sábado, 2 de enero de 2021

El IV Marqués de Aytona, ¿valido de la Reina Gobernadora?

 


1. Retrato de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona, obra de Gaspar de Crayer (h.1639). Fundación Casa Ducal de Medinaceli.

Uno de los puntos más interesantes de la reciente obra de Silvia Z. Mitchell "Queen, Mother & Stateswoman. Mariana of Austria and the Government of Spain" (2019) es la puesta en valor de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona (1618-1670) como figura clave de la regencia de Mariana de Austria (1665-1675) en detrimento del padre confesor Juan Everardo Nithard, tantas veces considerado valido de la Reina por la historiografía tradicional.

Guillén era hijo de Francisco de Moncada, III Marqués de Aytona (1586-1635), quien cumplió misiones diplomáticas en Flandes, fue embajador ante el Emperador, enviado a la Dieta de Hungría y de nuevo embajador en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, a quien sustituyó como Gobernador interino de los Países Bajos a su muerte y hasta la llegada del Cardenal-Infante don Fernando (1633-1634). Guillén acompañó a su padre durante su segunda estancia en los Países Bajos entre 1630 y 1635 y sirvió como alférez y capitán. En 1635, tras la muerte de su padre, heredó el título de Marqués de Aytona, y regresó a España para servir en la Corte siendo nombrado gentilhombre de la cámara.



3. Portada de "Discurso militar sobre los inconvenientes de la milicia de estos tiempos y su reparo", obra del IV Marqués de Aytona (1653).


En 1645 fue nombrado Gobernador y Capitán General de Galicia, y posteriormente Virrey y Capitán General de Cataluña, cargo que ejerció entre 1647 y 1648, cuando fue cesado y encarcelado por decapitar al proveedor general del Real Ejército por insubordinación sin consultar al Consejo de Guerra, siendo rehabilitado en 1649. En 1653 publicará en Valencia su famoso "Discurso militar sobre los inconvenientes de la milicia de estos tiempos y su reparo" en la que planteaba una completa reforma de los ejércitos reales en consonancia con las nuevas tendencias europeas.

Tras 10 años de espera en la Corte, finalmente en 1663 Felipe IV le nombró Caballerizo Mayor de la Reina y en 1665 miembro de la Junta de Gobierno en representación de los Grandes. Este órgano instituido en su testamento tenía por objetivo aconsejar a la Regente durante la minoría de edad de Carlos II. El nombramiento fue una sorpresa para todos ya que se asumía que el Duque de Medina de las Torres, largo tiempo amigo y figura importante para Felipe IV, sería el seleccionado. Las razones del nombramiento permanecen oscuras pero es probable que la influencia de la Reina fuera decisiva ya que Aytona era hermano de una de sus más estrechas confidentes, María Magdalena de Moncada.

Tras la muerte del VI Duque de Alba en octubre de 1667, que hasta entonces ocupada el puesto de Mayordomo Mayor, Mariana de Austria nombró al Marqués de Aytona. Éste era el más alto puesto en la Corte de la Reina Regente y sin duda ratificó la estrella ascendiente de don Guillen, quien además jugará un papel clave en la reforma de la Casa de la Reina. El Mayordomo Mayor tenía derecho a dormir en Palacio para así poder responder a cualquier posible emergencia y supervisaba, por ejemplo, a los "porteros de cadena", es decir, los guardianes que vigilaban las entradas y salidas desde los bajos del Alcázar. El Mayordomo Mayor de Mariana de Austria asumía las responsabilidades conjuntas del Mayordomo Mayor y del Sumiller de Corps de tiempos de Felipe IV y presidía el tribunal que juzgaba al personal de Corte. Con un acceso ilimitado a la Reina, el Mayordomo Mayor fue el puesto más importante de la Corte en tiempos de la Regencia hasta que Mariana de Austria estableció la Casa de Carlos II en 1674.

En política internacional el asunto de la paz con Portugal, tras los movimientos de Luis XIV de cara a invadir los Países Bajos, cobró una importancia capital para Mariana de Austria con el objetivo de poder así liberar recursos de cara al próximo conflicto. La Reina era partidaria de una solución inmediata aunque fuese a costa de negociar de "rey a rey" con los Bragança. De su mismo parecer fueron tanto Medina de las Torres, decano del Consejo de Estado y uno de los miembros de mayor autoridad, y el Marqués de Aytona, miembro de la Junta de Gobierno, aunque la postura del resto de ministros y Consejos, incluido el confesor Nithard, fue opuesta a una paz permanente. Finalmente la Paz y el reconocimiento de la independencia lusa serían confirmados por el Tratado de Lisboa de febrero de 1668.

En este punto cabe hablar del confesor de la Reina, el padre jesuita Juan Everardo Nithard (1607-1681), Inquisidor General y miembro de la Junta de Gobierno desde 1666, tuvo acceso a la Reina y fue una figura central en aquellos años (fue por ejemplo uno de los designados para la llamada Junta de Inglaterra con Medina de las Torres y el Conde de Peñaranda para las negociaciones con Portugal) pero nunca llegó a se runa figura influyente en política. Influenciar los asuntos domésticos y la política internacional era uno de las características de los validos, algo que Nithard nunca puedo ejercer. Además, a diferencia de Lerma, Olivares e incluso Haro, nunca llegó a controlar el patronazgo real, otro de los signos distintivos del valimiento. Nadie podía sobrevivir en la Corte sin la habilidad de ejercer poder, entregar favores o incluso ganancias económicas, es decir, sin desarrollar una clientela propia, algo que evidentemente el confesor jamás tuvo.

¿Entonces por qué Mariana de Austria le mantuvo con un actor destacado? La respuesta puede ser doble, por una lado por motivos personales ya que Nithard había estado a su lado desde su niñez en Viena, y por otro debido al desafío de don Juan de Austria empeñado desde 1668 en su cese al hacerle centro de todos los males de la Monarquía, algo que la Reina veía como un atentado contra su autoridad.

La invasión de los Países Bajos por parte de Luis XIV en mayo de 1667, la independencia de Portugal, las dilaciones de don Juan a viajar a Flandes tras su nombramiento como Gobernador (septiembre 1667), la detención y ejecución de Malladas por un supuesto intento de atentado contra Nithard, y finalmente la detención de Bernardo Patiño, hermano del secretario de don Juan fueron viciando y enrareciendo cada vez la situación política durante todo el año 1668 hasta la huida de don Juan de su Palacio de Consuegra el 21 de octubre camino de Cataluña, tras redactar una carta en la que acusaba directamente a Nithard. Durante las semanas siguiente la tensión fue en aumento ante las posiciones encontradas de los cortesanos aunque poco a poco fue calando entre los consejeros de Estado y los miembros de la Junta de Gobierno que era necesario la salida de Nithard para evitar un enfrentamiento armado, aunque la Reina se oponía con firmeza a ello.

El 30 de enero de 1669 don Juan salía de Barcelona rumbo a Madrid acompañado de una escolta de unos cuantos cientos de hombres que poco a poco se fue acrecentando a su paso por Aragón y Castilla. El 23 de febrero el hijo de Felipe IV se encontraba en Torrejón de Ardoz a pocas leguas de la Corte. Mariana de Austria, consciente de que no disponía de medios para enfrentarse a aquella tropa, tuvo finalmente que despedir a su confesor el 29 de febrero asegurándole una embajada en Roma o Viena a su elección. Poco después la Reina nombraría a don Juan, que se había retirado a Guadalajara, Virrey de Aragón y Vicario General de aquella Corona.


3. Dibuja mostrando un soldado del Regimiento de la Guarda del Rey, la Chamberga, formado en 1669.


Tras esta crisis Mariana de Austria no se quedó de brazos cruzados. Después el exilio de Nithard la Reina retomó la antigua idea de crear una Guardia Real para la protección personal de los monarcas. De esta forma, en abril de 1669 el Marqués de Aytona, nombrado Coronel, comenzó la leva de soldados para el nuevo Regimiento de la Guarda del Rey, popularmente conocida como Guardia Chamberga por la similitud de su indumentaria con la usada por el Mariscal de Schomberg durante la Guerra de Portugal. Aytona usó el precedente la Guarda del Rey que Olivares había creado para Felipe IV en 1634 y de la que se reservó la Coronelía, como modelo para los salarios, reglas, entrenamientos y organización de la nueva unidad.

Como Olivares, Aytona también concibió la nueva Guardia Real como una escuela militar para formar a soldados y oficiales, especialmente elegidos entre los hijos de los Grandes y títulos. Los soldados fueron reclutados en las dos Castillas, Galicia, Navarra y Vizcaya, y pese a la oposición de la ciudad de Madrid, la nueva unidad montó guardia por primera vez frente a las puertas de Palacio fuertemente armados y vestidos de rojo y amarilla el 19 de julio de 1669. Diez días después Carlos II pasó revista a la Guardia completa frente al Real Alcázar. Este hecho dio aun otra justificación para Mariana y Aytona al ser considerada como un instrumento didáctico para el rey-niño.



4. Grabado que muestra el busto de Guillén Ramón de Moncada, IV Marqués de Aytona. Biblioteca Nacional de España.


Las dificultades de 1668-1669 demostraron la lealtad de muchos hacia Mariana de Austria, pero ninguno lo hizo con la dedicación del Marqués de Aytona cuya figura, como afirma Silvia Z. Mitchell en su libro, ha tendido a ser minusvalorada por los estudios del periodo. Después de la caída de Nithard, sin embargo, todos en Madrid sabían que Aytona era el hombre más poderoso de la Corte. Fue él, y no Nithard, quien estuvo más cercano a ocupar una posición de "valido", aunque lo más adecuado sería describirle como el más íntimo consejero de la Reina.

La relación política entre la Reina y Aytona evolucionó gradualmente en línea con la carrera de don Guillén en la Corte. En los primeros dos años de la Regencia, se movió más en las sombras diseñando la reforma de las casas reales e ideando y ejecutando la estrategia militar de la Monarquía. Aytona fue el enlace de Mariana con el Consejo de Guerra, aconsejando a la Reina sobre fortificaciones, defensa y la distribución del armamento y los soldados. También parece que Aytona aconsejó a la Regente en asuntos de política internacional según se desprende de un memorando sobre política exterior redactado en febrero de 1666. Mariana le encargó proyectos de ingeniería, educación, comercio y finanzas. Por ejemplo, Aytona tenía permiso para convocar en su casa reuniones para formar una compañía comercial que estimulase el comercio y la economía de los reinos de España. Mariana también le dio mano libre para la educación de Carlos II. Su búsqueda de tutores reales sirvió probablemente de base a la Reina para la elección de Francisco Ramos de Manzano, además Aytona le aconsejó sobre los músicos y profesores de danza del Rey. Fue Aytona quien concibió el Regimiento del Rey como un instrumento didáctico y lo ordenó para la revista del pequeño Carlos II. Aytona también supervisó la construcción de una fortaleza en miniatura en la Casa de Campo para, con la excusa del juego, iniciar al Rey en el gusto por las actividades marciales.

El Marqués de Aytona tuvo una sólida base institucional y de patronazgo, además era el hermano de una de las más cercanas compañías femeninas de Mariana de Austria como se indicaba más arriba, Magdalena de Moncada. Ésta, aunque fue elegida para acompañar a la infanta Margarita Teresa a Viena tras su matrimonio con Leopoldo I, declinó el puesto y permaneció en Madrid, donde fue una influyente figura del régimen de la Regencia. No obstante, la posición central de Aytona no se produjo gracias a su familia, sino a sus habilidades, incluidas las de adaptarse al temperamento de la Reina. Su dedicación a la causa de la Reina fue total, a pesar de que los acontecimientos que llevaron al exilio de Nithard le causaron grandes problemas. Mariana necesitaba un estratega cualificado que le ayudase a superar todos los obstáculos políticos, económicos o financieros que habían inicialmente impedido la formación de una guardia real, y Aytona llenó de pleno ese lugar.

Para la segunda mitad de 1669, un reconocible cambio había tenido ya lugar: Aytona había reunido en su persona los oficios más importantes de la Corte, el Gobierno y la milicia. Don Guillén era Caballerizo Mayor y Mayordomo Mayor de la Casa de la Reina, monopolizando así los únicos puestos masculinos disponibles en las casas reales; era además miembro de la Junta de Gobierno y ahora Coronel de la Guarda del Rey. Especialmente notable era el hecho de que era la tercera persona en todo el siglo en convertirse en Coronal de la Guarda del Rey tras Olivares y don Luis de Haro, los dos validos de Felipe IV. En la Corte nadie parecía dudar que un nuevo valido había nacido, algo que provocó gran resentimiento (la Corte se llenó de pasquines en contra del Marqués). A pesar de todo Aytona, que no era fácil de intimidar, se sintió obligado a defenderse pidiendo a la Reina que escribiera un declaración declarando que él no recibía ningún tipo de salario o gaje. Pero el controvertido papel de Aytona tuvo una vida muy corta. Aunque solo contaba con 55 años, el Marqués tenía serios problemas de salud y cargar con tantas responsabilidades no hizo sino empeorar la misma. Guillén Ramón de Moncada moría el 17 de marzo de 1670. La Reina perdía a un ministro inteligente y leal, pero Mariana disponía aun de un considerables grupo de hombres capaces a su disposición y no le sustituiría por un único hombre, sino que distribuiría sus oficios entre varias personas demostrando así que no se había establecido un régimen de valimiento: el Condestable de Castilla ocupó el puesto de Aytona en la Junta de Gobierno como representante de los Grandes; el Marqués de Castel Rodrigo, ex Gobernador de los Países Bajos, obtuvo el puesto de Caballerizo Mayor y además fue nombrado miembro del Consejo de Estado, siendo uno de los consejeros más importantes de la Reina en los siguientes años; el Duque de Pastrana sustituyó a Aytona como Mayordomo Mayor de la Casa de la Reina, manteniendo este importante puesto hasta que se estableció la Casa de Carlos II en 1675. Finalmente, el cardenal Pascual de Aragón recibió la Coronelía de la Guarda del Rey, aunque su traslado Toledo para encargarse de su Arzobispado, dejó el mando efectivo del regimiento en manos del lugarteniente coronel, el Conde de Aguilar, otra figura clave en esta fase de la Regencia. Con ninguno de esto hombres tuvo Mariana de Austria el nivel de confianza que había tenido con Aytona, pero sí pudo formar con todos ellos un grupo fuerte y cohesionado de hombres con los que pudo trabajar y apuntalar su Gobierno.


Fuentes:

  • Z. Mitchell, Silvia: "Queen, Mother & Stateswoman. Mariana of Austria and the Government of Spain" The Pennsylvania State University Press (2019).

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XII Y FINAL)

"Aspecto del Real Palacio de Madrid y su plaza como estuvo el dia 4 de marzo de 1704 en que el rey catholico nro. señor D. Felipe Quinto. saliò ala campaña de Portugal". Grabado obra de Filippo Pallota (1704).


A su llegada a Portugal Carlos III de Austria publicó un manifiesto en el que se dirigía a todos los estamentos de la Monarquía de España haciendo un alegato en defensa de sus derechos al trono:

"Hacemos sauer a nuestros vasallos de todos los Reynos, Estados, Prouincias y Señoríos que componen nuestra Monarchia de España de cualquier estado y condizion que sean que despues de estar reconocido y tratado como Rey de todos los dominios de España por la mayor parte de los Reyes prinzipes y soueranos de la Europa, nos hallamos en estas fronteras de Portugal con las tropas de nuestros Aliados y con las fuerças necesarias a introduzirnos en la posesion de dicha Monarchia que por ynfragables derechos nos perteneze conforme a las leyes fundamentales de ella establezidas".

La reacción de Felipe V no se hizo esperar. El 4 de marzo de 1704 un numeroso ejército franco-español, formado por 28.000 soldados de infantería y 10.000 de caballería, salía de Madrid con el Rey al frente entre los vítores de la multitud. Al mando de las fuerzas iba el Duque de Berwick. El cortejo real llegaría a Plasencia el 19 de marzo. La ciudad del Jerte acogió la Corte durante el mes largo que el Rey residió en ella, y fue el lugar donde el 30 de abril de Felipe V publicó la declaración de guerra contra Portugal por haber abrazado la causa del Archiduque. De estado forma se lo comunicaba al Presidente del Consejo de Aragón, Duque de Montalto:

"Habiendo llegado ya a los últimos términos de rompimiento de la Guerra contra el Archiduque y el Rey de Portugal, que apoyando con sus tropas las de nuestros enemigos y de la Religión, el injusto intento del Archiduque y admitiendo su Persona quiere invadir mis Dominios; he tenido por conveniente hacer pública al Mundo en el manifiesto (de que va aquí copia) la razón y justicia de mi causa, por la cual me ha sido preciso venir a la defensa de mis vasallos para librarlos de los riesgos que los amenazan. Remítolo al Consejo de Aragón para que en inteligencia de estar ya rota y pública esta Guerra, ejecute en la parte que le toca todo lo que en semejantes casos se acostumbra. En Plasencia a 30 de Abril de 1704".

El Conde de Galway fue nombrado general en jefe de las tropas inglesas en Portugal y sería quien, junto al portugués Marqués de las Minas, se enfrentaría al ejército borbónico. La campaña de Portugal se presentó inicialmente favorable a Felipe V quien estuvo presente en el reconocimiento de las principales plazas y en la toma de Salvatierra (8 de mayo) o Castelo Branco (23 de mayo).


Asedio de Castelo Branco durante mayo de 1704 en un grabado de Filippo Pallota.


A pesar de los éxitos iniciales de los borbónicos, era la primera campaña que emprendía España desde hacía medio siglo contra Portugal, por lo que pronto se notaron deficiencias de tipo logístico en munición y alimentos. A estas deficiencias de organización se sumaron los rigores del verano, que ocasionaron la pérdida de dos tercios del ganado traído por los franceses, nada habituados al extremo clima de Extremadura y el Alentejo. Ante estas circunstancias, y debido a que ambos ejércitos habían perdido su propia iniciativa, los contendientes detuvieron las operaciones y mantuvieron sus posiciones, de forma que Felipe V regresó a Madrid el 16 de julio.

Por su parte, el resultado poco concluyente de la campaña en la raya portuguesa impacientó al rey Carlos, deseoso de entrar cuanto antes en España. Reunidos los generales y consejeros aliados, se decidió enviar la escuadra anglo-holandesa a Cataluña por sugerencia del Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo comandante de las tropas imperiales enviadas al Principado por Leopoldo I en la fase final de la Guerra de los Nueve Años (1695) y luego Virrey (1698-1701) como se comentó más arriba. Con Darmstadt a bordo la flota mandada por el almirante Rooke se situó frente a Barcelona el 24 de mayo bombardeando la ciudad sin éxito durante cuatro días antes los temores de los conspiradores austracistas que no se decidieron a dar el paso y acabaron adoptando una actitud servil ante el virrey Francisco de Velasco. No obstante, sería esta misma escuadra la que de regreso de Barcelona acabaría tomando Gibraltar (4 de agosto) en nombre de la reina Ana, ante las protestas de Darmstadt de que dicha conquista se había hecho en nombre de Carlos III. 

3. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española.



La campaña de 1705 será decisiva en la dimensión civil de la Guerra de Sucesión pero también será la de los últimos meses de vida del último Almirante de Castilla: tras la llegada del Conde de Peterborough al mando de 12.000 hombres, nombrado por la reina Ana comandante general de Tierra y Mar, se celebró un consejo de guerra al que asistieron el Príncipe Darmstadt, el Almirante de Castilla, el Conde de la Corzana, Galway y el almirante Schovel. Estuvieron presentes también Pedro II y Carlos III, así como el Príncipe de Brasil (futuro João V), la reina viuda de Inglaterra Catalina y el el príncipe Antonio de Liechtenstein. De este consejo salió la iniciativa de enviar a la flota aliada a las costas de Cataluña en contra del parecer de don Juan Tomás, quien afirmó que "el golpe mortal para la España era atacar la Andalucía porque nunca obedecería Castilla a Rey que entrase por Aragon, porque ésta era la cabeza de la Monarquía; y rendidas las Castillas, obedecerian forzosamente los demás Reynos y aun la Cathaluña" (1). De este mismo parecer fue Peterborough, quien consideraba que la guerra sería más rápida entrando por Castilla pero recibió órdenes de Inglaterra para que se dirigiera de inmediato Cataluña, según el parecer de Darmstadt y Liechtenstein, al que estaba más inclinado Carlos III. El plan estratégico respondía también a la firma del conocido como Pacto de Génova entre Inglaterra y una representación del Principado de Cataluña de escasa relevancia institucional, pero de peso entre la burguesía mercantil catalana opuesta al acercamiento a Francia.

Pero antes de eso, el rey Carlos se dirigió a la Beira donde debía comenzar la campaña de ese año. El Almirante, antes de partir para el frente había otorgado testamento el 20 de abril en el Monasterio de los Jerónimos de Belém, a orillas del Tajo, ante su confesor jesuita Casnedi y el padre Cienfuegos, tras haberse confesado y comulgado. En mayo los aliados tomaron Valencia de Alcantara, Alburquerque y Jerez de los Caballeros, dirigiéndose a principio de junio por recomendación de don Juan Tomás a sitiar Badajoz. Parece que el paludismo y la malaria mermaron a las tropas aliadas y afectaron al propio Almirante que se retiró a Elvas y el 27 de junio a Estremoz al agravarse su dolencia.

El Almirante de Castilla moriría tras una agonía de 12 horas a las 4 de la tarde del 29 de junio en Estremoz. El Rey de Portugal se ocupó de las exequias del Almirante que fue velado en la Iglesia Santa Maria de Belém y enterrado en la capilla mayor del Convento de São Francisco de Estremoz.

Su testamento se abrió en Lisboa el 10 de julio. A parte de legar una pensión a los padres Casnedi y Cienfuegos, sus testamentarios, de 800 y 500 escudos respectivamente, se fijaba que los bienes que poseía en Portugal se destinarían la futura casa noviciado de la Compañía de Jesús en Lisboa, religión a la que era tan afecto:

"Declaro que en caso que su Magestad que Dios guarde no tome la dicha posesión llamo e constituio por mi heredero universal de mis bienes que ahora poseo en Portugal a Nuestra Señora de la Concepción, título de la nueva Casa Noviciado de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Lisboa para las personas de la Compañía que quisieren sacrificar su vida en la conversion de los infieles de las Indias Orientales y de la China".

No obstante, en casa de que Carlos III entrase a reinar en España:

"Declaro y constituio por herdero de quanto en Portugal y los demás dominios de España y de quanto me pertenece y puede pertenecer de vienes muebles y raíces, derechos y acciones a Nuestra Señora de la Concepción, título de un nuevo Colegio de Indias de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Madrid".

"La heroyca vida, virtudes y milagros del grande San Francisco de Borja...", obra del Álvaro Cienfuegos que la dedica al difunto don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla (1726). Biblioteca Nacional de España. 


Por tanto, la Compañía se benefició de un legado importante, entre lo que destacaba su importantísima colección de pinturas, una de las mejores de la Europa de su tiempo, así como tapices, muebles, armas, relojes, joyas y platerías que se pusieron a la venta en Lisboa. Los objetos de oro y plata labrada fueron adquiridos por Pedro II, mientras que las pinturas, pese a los intentos de hacerse con ella del Duque de Marlborough, fueron compradas por el archiduque Carlos por la irrisoria cifra de 100.000 cruzados y tras la Guerra de Sucesión recalarían en Viena formando hoy el núcleo del Kunsthistorisches Museum de la capital austriaca.

El resto de la herencia de don Juan Tomás fue legada a su familia. En principio, sus bienes y su dignidad recaían en su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices (muerto en 1713) quien a la muerte del Almirante se convirtió en Conde de Melgar y Duque de Medina de Rioseco. En cualquier caso la herencia del Almirante no estaba libre ya que el mismo año de su deserción (1702), Felipe V confiscó los bienes y las haciendas de don Juan Tomás como vimos, si bien cuando su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera abandonó Portugal y volvió la Corte rindió homenaje al Rey, sin duda para salvar los títulos y dicho patrimonio familiar. 

Por lo que respecta al título de Almirante de Castilla, en 1710 Alcañices intentó minimizar los daños para la hacienda familiar presentando un memorial al Rey en el que solicitaba la devolución de los bienes, estados y dignidades embargados a su hermano. El Marqués alegaba que éstos formaban parte del mayorazgo de los Enríquez de Cabrera, y que por tanto estaban protegidos de la confiscación en virtud de un real privilegio del año 1440 concedido por Juan II, según el cual, si el titular de la Casa cometía un delito grave, la titularidad de la misma debía pasar al siguiente miembro en grado de ocuparla. No obstante y pesar de las súplicas en enero de 1726 Felipe V decretó la supresión de las dignidades de Almirante y Condestable de Castilla. La decisión real estaba respaldada por una declaración posterior a la firma de la Paz de Viena (30 de abril de 1725) que en uno de sus puntos matizaba el artículo noveno de ésta, dando potestad a los monarcas para abolir los puestos militares concedidos en perpetuidad o por vidas, entendiendo que la naturaleza de estos empleos hacía aconsejable que fueran ocupados por personas de confianza. En el caso del Almirantazgo de Castilla esto no sucedería hasta marzo de 1737 cuando el Rey nombró a su hijo el infante don Felipe Almirante General de la Amada, cargo en que se unificaban todos los almirantazgos de España.

Al poner fin a la vinculación de los Enríquez con el Almirantazgo, Felipe V les desposeyó de la dignidad que desde 1405 les había garantizado su destacada posición, relegando a su ducado riosecano a la que la había sido una de las familias más poderosas de Castilla  y la Monarquía entre los siglos XV y XVII.

Por lo que respecta la famosa y antaño rebosante de obras arte huerta de Recoletos, el 30 de abril de 1726 don Pascual Enríquez de Cabrera tomó posesión de la misma, aunque ésta permanecería poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que siete años después su hermana doña María Almudena Enríquez de Cabrera la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que ella ocupaba las casas de la Plaza de los Mostenses.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Angela: "From Madrid to Lisbon and Vienna: the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003
  • Matos Sequeira, Gustavo de: "Depois do terremoto: subsídios para a história dos bairros ocidentais de Lisboa". Academia das sciências de Lisboa (1916).


Notas:

(1) Estas son las palabras que el Marqués de San Felipe pone en boca del Almirante en su obra "Comentarios de la Guerra de España e Historia de su Rey Phelipe V el Animoso" (1725).

martes, 28 de abril de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XI)

1. Acto de proclamación del archiduque Carlos como Rey de España en un grabado alemán de la época

Como se comentó en la entrada anterior, una vez pudo instalarse en la Corte lisboeta, el Almirante fue recibido con la pompa que correspondía a su elevado rango y al prestigio del que gozaba en Castilla. Pronto reemplazó al príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo Virrey de Cataluña (1698-1701), como figura representativa de la España disidente y hasta cierto punto como representante del Emperador. El Almirante no llegaría a sustituir al embajador imperial Waldstein, pero desde su llegada a la capital portuguesa, Leopoldo I centraba en él todas las negociaciones con Inglaterra y Holanda. También fue notable la consideración que recibió el Conde de la Corzana.

El Almirante, si bien no se le enviaron credenciales, participó por deseo del Emperador en las conversaciones que se llevaban a cabo con Portugal para su ingreso en la Alianza anti-borbónica, así como en las posibles cesiones de territoriales en Extremadura, Galicia e Indias a los Bragança. También participó don Juan Tomás de las discusiones con Methuen sobre un acuerdo comercial con España. Waldstein por su parte proponía a Pedro II entrar en el bando aliado asegurando que la guerra por Extremadura sería la manera más efectiva de entrar en Castilla y en esta operación los lusos obtendrían ganancias territoriales importantes. A estos intentos del embajador imperial se unieron las afirmaciones del Almirante y el Conde de la Corzana, quienes aseguraban que la conquista de España era posible no solo por su estado de indefensión sino también por el gran número de partidarios de la Casa de Austria entre los principales aristócratas y el pueblo castellano. Finalmente, como ya se vio, el monarca portugués acabó adhiriéndose a la Alianza.

Las hostilidades no habían comenzado pero la guerra estaba declarada. Don Juan Tomás levantaría en junio un regimiento de infantería con armas compradas en Inglaterra y 560 españoles, oficiales que pasaron a Portugal, desertores y otros naturales de España, cuyo mando dio al malagueño don Juan de Ahumada y Cárdenas (1669-1726), capitán de caballería en tiempos de Carlos II que al finalizar la Guerra de Sucesión pasaría a Italia y luego a Hungría adoptando el pie imperial para combatir contra el Turco. La bandera de este regimiento tuvo en el anverso las armas de Castilla y León con el lema “PRO LEGE REGE ET PATRIA” ( Por la Ley, el Rey y la Patria), y en el reverso la imagen de Santiago con el lema “SANCTUS JACOBUS HIAPANIAE PATRONUS” (Santiago, protector de España) y al pie de la imagen las armas del Almirante de Castilla.

Además y a causa de la próxima partida del embajador imperial hacia Viena, el Almirante, en unión con el Conde de la Corzana y otros interesados, realizó el 19 de mayo de 1703 en manos del Conde de Waldstein un juramento de fidelidad al Archiduque, al Emperador y a su Casa. Un mes antes la emperatriz Eleonor de Nenurgo le había escrito: "Vra. generosa resolutiones...ad exemplum a pradecesoribus familia vra fidelisime praetirorum".

En este contexto y tras la firma de acuerdo con Portugal, Inglaterra y Holanda apremiaron a Leopoldo I para que enviase lo antes posible a Carlos hacia España porque la ofensiva portuguesa no empezaría hasta que el Archiduque llegase a Portugal. En el mismo sentido escribió el Almirante de Castilla al Emperador desde Lisboa. Todo apunta a que la influencia de don Juan Tomás en la decisión final del Emperador fue decisiva. Ya en enero de ese mismo año Leopoldo señalaba al embajador inglés en Viena, Mr. Stepney, su deseo de que el Almirante de Castilla fuese consultado y de que su parecer sirviese de base para las negociaciones de la Liga con el Rey de Portugal. 

Al fin Leopoldo I se decidió a proclamar a su hijo como Rey en un solemne acto que tuvo lugar el el palacio imperial de La Favorita a la una de la tarde del 12 de septiembre de ese 1703 a la que asistieron, entre otros, cinco Príncipes del Imperio, los presidentes de los Consejos y todos los consejeros de Estado. El nuevo Rey fue cumplimentado también por los embajadores y por los ministros de los príncipes aliados, así como por los españoles que se encotraban en la Corte. Previamente tanto el Emperador como el rey de romanos José, habían renunciado a sus derechos en favor de Carlos.

Leopoldo trató de armonizar los intereses de sus hijos, llamados a asumir la dobles aspiración de la Casa de Austria en Italia y en España. El rey de romanos José y su hermano Carlos rubricaron delante de su padre un acuerdo familiar secreto pocos días antes de la proclamación real por el cual la Agustísima Casa apoyaría las aspiraciones de Carlos a la Corona de España a cambio de ceder éste el Ducado de Milán y el Marquesado de Finale a José. Al mismo tiempo, ambos hermanos firmaron el Pactum Mutuae Successionis en los que se acordaba que Carlos heredaría a José en los estados patrimoniales de la Casa de Austria, en Hungría y en Bohemia y si ninguno tenía hijos varones, la sucesión pasaría a la hija del hermano mayor que hubiera ocupado el trono. Se establecía así la primacía de los hijos varones sobre las hijas, y en ausencia de varones, las hijas de José precederían a las hijas de Carlos en la sucesión, tanto española como austriaca.

El acuerdo secreto se ocultó a los españoles pero debió ser conocido por algunos ministros de la Corte de Viena mucho antes de que Carlos lo revelase en 1713 para zanjar la cuestión de la precedencia de sus sobrinas sobre su propia descendencia femenina con la Pragmática Sanción.

El día 19 de septiembre tras comer con sus padres y sus hermanas las archiduquesas, Carlos partió de Viena acompañado por el embajador inglés Stepney y por el príncipe Antonio de Liechtenstein, su principal consejero y al que el nuevo Rey profesaba un profundo afecto. Tras atravesar Centroeuropa y el Imperio, y llegar a las Provincias Unidas, se dirigió a Londres a donde llegó el 8 de enero, para luego ser recibido por la reina Ana en Windsor con especial cordialidad. El 13 de febrero de 1704 fue despachado don Pío Ravizza con destino a Lisboa para comunicar al Almirante de Castilla la próxima llegada del rey Carlos.

2. Desembarco del archiduque Carlos en Lisboa en un grabado alemán de la época.

A bordo del velero inglés Royal Catherine y escoltado por una imponente flota capitaneada por el Almirante Rooke se dirigió a Portugal, entrando en el estuario del Tajo el 6 de marzo de 1704. Esa misma noche subirían a bordo el Duque de Cadaval, en nombre de Pedro II, y Paul Methuen, en representación de la reina Ana y en sustitución de su padre John, indispuesto por un ataque de gota, para cumplimentarle por su feliz llegada. No obstante, parece que fue el Almirante de Castilla, el más destacado de los españoles exiliados en Lisboa, el primero en ir a besar la mano de Carlos III.

Como se comentó arriba, Carlos desembarcó en Portugal acompañado del príncipe Antonio de Liechtenstein quien, desde su llegada a Lisboa, despertó pocas simpatías y, sin duda, fue el responsable no solo del distanciamiento inicial de nuevo Rey con los españoles, sino también de la división en el círculo cortesano carolino. En seguida el príncipe Antonio hizo causa común con el príncipe Darmstadt contra el Almirante, a quien ambos veían como rival. De este modo se formaron dos partidos en la Corte de Carlos III en Lisboa: los que seguían al Almirante y los que se agruparon en torno al Príncipe Darmstadt. Se atribuye a don Juan Tomás el comentario de que "en la Corte del rey Carlos sólo tres tenían juicio: el rey, aunque muy joven, el enano y el caballo". Está división se plasmó también en el terreno de la estrategia de guerra a seguir.

Desde la llegada de Carlos a Portugal, Lichtenstein se sintió celoso del Almirante porque el Rey de Portugal le había asignado "apartamento en el mismo Palacio muy contiguo al del rey Carlos". Éste hizo patentes desaires a don Juan Tomás que esperaba obtener del joven Rey el puesto de Caballerizo Mayor, el mismo que había tenido en tiempos de Carlos II. Sin embargo, la primera vez que salió Carlos en público, al entrar el Príncipe en la carroza se puso en la derecha, dejando la izquierda al Almirante, lo que causó gran desagrado a los españoles y portugueses y, por su puesto, al propio don Juan Tomás.

El Almirante de Castilla se convirtió en el principal confidente y asesor de Carlos III desde la llegada de éste a Lisboa por el profundo conocimiento que tenía de los asuntos españoles tras sus 30 años de servicio bajo Carlos II. Además alardeaba de su fuga presentándola como un sacrificio que había realzado por el Rey y la Agustísima Casa de Austria.

CONTINUARÁ...


Bibliografía:


  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.
  • Martín Marcos, David: "Ter o Archiduque por vezinho. La jornada a Lisboa de Carlos III en el marco del conflicto sucesorio de la Monarquía de España".  Hispania: Revista española de historia. Vol. 72, Nº 241, 2012, págs. 453-474.
  • Sorando Muzás, Luis: "El ejército español del archiduque Carlos (1704-1715) y sus banderas", en Revista de Historia Militar, número extraordinario II (2014), pp. 193-211.