viernes, 30 de diciembre de 2011

FELIZ 2012 A TODOS


El año que acaba ha sido duro y convulso: revoluciones, terremotos, maremotos, mediocridades y corrupciones políticas, ataques contra la historia, etc, aunque también ha habido momentos buenos y para recordar.

Una nueva Europa y una nueva España se ciernen ante nosotros. Todos, absolutamente todos, deberemos apoquinar para intentar sacar adelante la situación que nos han dejado unos malos gobernantes en España y Europa y unos corruptos banqueros en EEUUs. Pero ahora no es momento de ponerse dramáticos y es por ello que desde Reinado de Carlos II quiere desear a todos mis amigos y lectores blogueros un feliz año 2012 y ya tendremos tiempo de apretarnos los machos a partir del 2 de enero.

Al que aquí escribe le espera un duro inicio de año por lo que mis entradas se reducirán considerablemente, aún así intentaré seguíos lo más que me sea posible.

Lo dicho: FELIZ 2012 Y OS DESEO LO MEJOR A VOSOTROS Y LOS VUESTROS.

Para los rockeros más clásicos y para los que no lo sean, aquí os dejo dos legendarios temas de Black Sabbath, que los disfrutéis:

martes, 27 de diciembre de 2011

El teatro durante la minoría de edad de Carlos II (Parte I)

1. Retrato de Carlos II niño enlutado (h. 1665), escuela de Frans Luycx.

La controversia sobre la asistencia de Carlos II a las representaciones teatrales y la misma existencia de éstas se inició tras su inmediato acceso al trono. El modo en que la reina regente doña Mariana de Austria emitió el 22 de septiembre de 1665, el decreto para respetar el período de luto por la muerte de Felipe IV incluía una novedad que años más tarde sería argumento en el discurso defendido por los detractores de las comedias. Doña Mariana las prohibía “enteramente (…) hasta que el rey mi hijo tenga edad para gustar de ellas o yo mandare otra cosa” (1).


Por esta razón, cuando el 17 de noviembre de 1666 la villa de Madrid presentó un memorial ante el Consejo de Castilla en el que pedía su restablecimiento para poder socorrer a los hospitales con sus rendimientos (2), cinco miembros se negaron a admitir la propuesta del Concejo a través de un voto particular y tomaron como argumento a su favor los términos en que se había redactado la prohibición de 1665 (3). Los cinco años del Rey no eran edad suficiente para que pudiera “gozar” de ellas ni dentro ni fuera de Palacio. La resolución sobre si los actores debían volver a los tablados era responsabilidad de la Regente y era a ella a la que los enemigos del teatro debían convencer.


Al principio doña Mariana de Austria se sintió inclinada a restablecer las comedias de las que había gustado tanto durante su juventud en el Salón Dorado y el Coliseo del Buen Retiro. De hecho Cotarelo y Mori cita una Real Cédula emitida el 30 de noviembre de 1666 en la que quedaban restablecidas (4). Sin embargo, la presión ejercida en los círculos más próximos a la Reina Madre a través de su confesor, el padre Juan Everardo Nithard, abrieron un período de discusión que se resolvió a favor de los detractores. Fue un debate que afectó sobre todo a la actividad teatral madrileña pues es sabido que Calderón estrenó en otoño de 1667 en el corral de la Montería de Sevilla dos de sus producciones (5). Pero mientras esto ocurría en la periferia peninsular, los que se oponían al restablecimiento de las representaciones sostuvieron su postura ante el Consejo de Castilla con múltiples argumentos eruditos. Constituían este núcleo de resistencia don Antonio de Contreras, don Diego de Ribera, Francisco Ramos del Manzano, don García de Medrano y don Antonio de Vidania. De todos ellos el elemento clave era Ramos del Manzano (1604-1683), preceptor de Carlos II y firme opositor a los espectáculos teatrales.

2. Escenografía para "Los celos hacen estrellas" de Vélez de Guevara (1672), representada en el Salón Dorado del Real Alcázar.

Don Francisco era natural de Vitigudino (Salamanca), fue nombrado maestro de Carlos II a sus 63 años, el 5 de junio de 1667. De familia hidalga aunque corta de caudal, con el nombramiento como preceptor de Carlos II completaba una larga y fructífera carrera iniciada en la Universidad salmantina donde con sólo 20 años, tras cursar estudios de jurisprudencia, ocupó la cátedra de Código. Allí transcurrió su vida hasta 1644 al tiempo que promocionaba a puestos de mayor importancia académica. Comenzó a servir a la Monarquía en oficios de responsabilidad en la década de los ’40, primero como Presidente del Senado de Milán. Más tarde fue nombrado Regente del Consejo de Italia, Consejero de Castilla, Asesor de Cruzada y Gobernador con prerrogativas de Presidente del Consejo de Indias con el apoyo del Conde de Peñaranda, a cuya sombra realizó esta importante carrera. Entre sus más preciados servicios, se cuenta el Memorial que redactó para el papa Alejandro VII en defensa del derecho de la Corona de Castilla a seguir presentando obispos para las sedes portuguesas vacantes, a pesar de la rebelión de aquel reino y de que Juan IV de Bragança se hubiera autoproclamado rey en aquellas tierras. También asesoró a don Luis de Haro en las conferencias que mantuvo con Mazarino para redactar la Paz de los Pirineos (1659). En realidad, puede considerarse suya toda la parte legal del tratado.


Los argumentos exhibidos en el voto particular de 1666 contra el restablecimiento de las comedias eran contundentes. Ni la propensión natural de la mayor parte de la población hacia este divertimento, ni el pretexto del socorro a los hospitales, ni la política de divertir al pueblo de sus ahogos, ni siquiera el ornato que daban estas manifestaciones a las fiestas del Corpus, eran razones suficientes para reponerlas. Tampoco manifestar con festivas demostraciones el regocijo colectivo o cortesano por acontecimientos felices que hubieran acaecido a la Familia Real. Los escándalos de las vidas de los comediantes y relajación en los contenidos de lo que representaban constituían motivos suficientes para mantener el silencio en los escenarios.


No consta que hubiera comedias en los salones regios ni en los corrales madrileños durante 1667 y 1668. Sus títulos sirvieron, sin embargo, para que numerosos papeles de publicística elaborados en las imprentas proclives a don Juan José de Austria (curiosamente hijo de comedianta), definieran la personalidad y la situación por la que en esos momentos atravesaban los más destacados protagonistas de la vida política. Al regio bastardo se le aplicaban los siguientes: “Galán, valiente y discreto”, “Lo que merece un soldado”, “El defensor de su patria”, “El príncipe perseguido”, “El hijo de sí mismo”, “La fuerza de la sangre”, “El hijo del Águila”, “En cada paso un peligro”, “Cada cual lo que le toca”, “Contra el honor no hay poder” o “La Restauración de España” (6), mientras los que se adjudicaban al padre Nithard eran menos halagadores: “El monstruo de la Fortuna”, “La perdición de España”, “Engañar para reinar”, “Perderse por temerario” o “La avaricia rompe el saco”.


Títulos de comedias que reflejaban el ambiente que envolvió los sucesos acaecidos a comienzos de 1669. El valido jesuita enemigo del teatro desapareció de la escena política. Su caída, pergeñada entre febrero y marzo de ese año, fue el fruto de la presión ejercida por don Juan José de Austria para hacerse con las riendas del gobierno. Finalmente las cesiones de doña Mariana de Austria propiciaron un acuerdo entre las partes. Don Juan José renunció a avanzar sobre Madrid mientras la Junta de Gobierno y la Reina Regente aceptaban la expulsión de Nithard, la liberación de Mateo Patiño (7), secretario de don Juan acusado de intentar urdir un atentado contra el valido de doña Mariana, y la remodelación de la propia Junta de Gobierno. También se impulsó la creación de una Junta de Alivios desde la que algunos partidarios de don Juan podrían tener voz en el gobierno de la Monarquía.


3. Escenografía para "Andrómeda y Perseo" de Calderón (1653), representada en el Coliseo del Buen Retiro.

Aquel forzado cambio de rumbo político ocasionó mudanzas en los cargos de Palacio y ello deparó un ambiente más propicio para que los escenarios regios recobraran su actividad. Recuérdese que el Mayordomo Mayor era el encargado de organizar las fiestas teatrales en el Alcázar, mientras el Alcaide del Buen Retiro lo hacía en el Coliseo. Antes de 1670 el Conde de Aranda desempeñaba el puesto de Mayordomo Mayor de la reina doña Mariana. Sin embargo, éste estuvo involucrado en un supuesto intento de asesinato de don Juan José, por lo que después del acuerdo al que se había llegado en Torrejón de Ardoz entre doña Mariana y el bastardo, se impuso una remodelación de la Corte que pretendía dar una imagen más ponderada de la correlación de fuerzas existentes. Los tibios respecto a don Juan adquirieron mayor protagonismo. El IX Duque del Infantado, don Gregorio de Silva y Mendoza, fue nombrado Mayordomo Mayor de la Reina si bien los abiertos partidarios del hermano del Rey no encontraron puestos de honor cerca de los monarcas. Ni el Duque de Alba, ni el hijo de éste, don Antonio Álvarez de Toledo, ni el Conde de Monterrey, que fue nombrado gobernador de los Países Bajos, tuvieron su oportunidad.


En esta restructurada Corte sin valido, el método para obtener peso político e imagen de influencia y poder mediante la promoción de espectáculos cortesanos (como en tiempos de Felipe IV hiciera el Marqués de Heliche o el Duque de Medina de las Torres) volvió a contemplarse, y fue entonces cuando resurgió la polémica sobre la presencia de teatro en Palacio.


Mucho se había dicho sobre el efecto pernicioso de las comedias en la educación del Príncipe, pero ahora se dejaron oír voces que argumentaban lo contrario y que habían quedado eclipasadas en su momento por el peso que venían ejerciendo los que ostentaban el poder. Ya en 1666 Juan de Zabaleta (1612-c.1670), hombre de juicio y virtudes incuestionables para sus contemporáneos (8), había dado a la imprenta una obra titulada “El Emperador Cómodo. Historia discursiva según el texto de Herodiano” en la que defendía, igual que en “El Conde Matisio” (1652), que la historia por medio de casos famosos podía enseñar al hombre (y de paso al Príncipe), a corregir sus faltas. Para que sus contenidos pudieran llegar con más facilidad a los gobernantes, un método recomendado entre otros era el teatro que se representaba ante ellos.


También en 1671 Pedro González de Salcedo, fiscal del Consejo de Castilla, escribió una obra dedicada a doña Mariana de Austria titulada “Nudrición Real”, en la que proponía el tipo de educación que debían recibir los futuros monarcas entre los siete y los catorce años. El hilo conductor de este manual eran las leyes promulgadas por Fernando III el Santo que, según el autor, marcaban la línea a seguir para afrontar la óptima educación de un rey. Además de ocuparse en sendos capítulos de la formación religiosa y sus modales, dedicaba una parte importante al estado de ánimo que debía ser alegre, y a los pasatiempos que debía frecuentar. Recomendaba juegos de alegría y entretenimiento entre los que incluía la música, tan presente en el teatro palaciego de la segunda mitad del siglo XVII, y también la asistencia de “gentes de gusto y alegría” para que:


deleyten, alegren y entretengan con música decente, con juegos honestos, con dichos agudos y modestos, con razones y cuentos prudentes y con acciones reverentes, tales, que convengan y sean admisibles en las dos naturalezas, Humana y Rea de los Príncipes”.


Aunque este comentario parece aludir directamente a la presencia de bufones en la Corte, se sabe la delgada línea que separaba a éstos de los actores de modo que los más destacados tocaban ambos registros sin apenas distinción. Era el caso de Cosme Pérez, el famoso Juan Rana, que meses antes de que el libro de González de Salcedo viera la luz había hecho su triunfal reaparición teatral en la Corte a pesar de su avanzada edad.

(continuará)


Fuente principal:


* Sanz Ayán, Carmen: “Pedagogía de reyes: el teatro palaciego en el reinado de Carlos II”. RAH, Madrid, 2006.


Notas:


(1) Maura, Duque de: “Carlos II y su Corte. Ensayo de reconstrucción biográfica”. Madrid, pag. 203.


(2) Cotarelo y Mori, E.: “Bibliografía de las controversias sobre la licitud del teatro en España”. Universidad de Granada, 1904, pag. 425.


(3) Ídem, pag. 176.


(4) Ídem, pag. 635-636.


(5) Eran “El Monstruo de los jardines” y la “Virgen de los Remedios”.


(6) BNM, mss. 17.443.


(7) En el mismo pasquín citado de la Biblioteca Nacional (mss. 17.443) se aplicaban a este personaje los siguientes títulos de comedias: “La prisión sin culpa”, “Caer para levantarse”, “El criado leal”, “La obediencia castigada”.


(8) Tanto Fray Diego de Quiñones en su censura de la obra “El Conde Matisio” redactada en 1652 como el licenciado José de Salinas, le reconocían como varón de intachables costumbres.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ausencia

Debido a encontrarme de mudanza y no contar aún con internet en mi nueva casa os aviso a todos mis lectores que me encontraré durante un tiempo ausente de la blogosfera.


Nos vemos cuando las nuevas tecnologías vuelvan a mi.






CAROLVS II

domingo, 11 de diciembre de 2011

Las esculturas de don Juan José de Austria (III): el busto del Museo Cerralbo




1. Busto de don Juan José de Austria en el Museo Cerralbo de Madrid (h. 1648).

En el salón de baile del actual Museo Cerralbo, que fuera residencia del destacado carlista don Enrique de Aguilera y Gamboa (1845-1922), XVII Marqués de Cerralbo, destaca entre la riqueza romántica del mismo un busto en mármol de don Juan José de Austria que suele pasar desapercibido.

Son muy pocos los datos que sobre esta obra he conseguido recabar. Algunas fuentes lo citan como anónimo pero de factura napolitana, mientras que otras lo creen obra de François Christophe Dieussart (autor de la busto de don Juan en la Venerable Orden Tercera). Por mi parte, me decanto más por la primera opción debido a la juventud del rostro de don Juan que lo asemeja bastante al retrato ecuestre que del mismo realizó José de Ribera durante su estancia en Nápoles y que hoy es propiedad de Patrimonio Nacional. Por tanto, podríamos encuadrarlo en los años finales de la década de 1640.

Otro duda reside en porqué dicho busto se encuentra entre las obras propiedad del Museo Cerralbo. La respuesta a mis ojos parece sencilla: el XVII Marqués de Cerralbo, fundador del museo, era descendiente del que fuera caballerizo mayor de don Juan, don Juan Antonio Pacheco y Osorio Toledo de la Cueva, IV Marqués de Cerralbo, I Conde de Villalobos y virrey de Cataluña entre 1675 y 1676. Parece muy probable que el IV Marqués de Cerralbo fuese el propietario del busto del que era su señor y responsable de sus altos puestos, y que por herencia fuese pasando de generación en generación hasta el XVII Marqués.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Las esculturas de don Juan José de Austria (II): el busto en la Venerable Orden Tercera de Madrid

1. Busto de don Juan José de Austria, obra de François Christophe Dieussart (1657). Enfermería de la Venerable Orden Tercera de Madrid. Foto del autor.

En la época en la que don Juan José de Austria era gobernador de los Países Bajos, el exiliado Carlos II de Ingleterra se encontraba hospedado por Felipe IV en Brujas. El rey inglés participaba activamente en las reuniones de la guilda de alabarderos de Brujas (1), además de registrarse como un miembro más de dichas asociaciones, desarrollando un destacado patrocinio de las mismas. Precisamente un retrato en mármol negro suyo fue colocado en la gran sala de reuniones de la guilda de San Jorge de Brujas en 1656, que había sido realizado por uno de los miembros de la asociación, el escultor especializado en bustos de mármol François Christophe Dieussart (1600-1664).


Aunque no se tenga constancia documental de la vinculación de don Juan con ninguno de dichos “serments”, se cree que algún tipo de relación debió de mantener. Primero por la condición militar del bastardo, que le uniría más que ninguno de sus predecesores con dichas asociaciones y, sobre todo, porque se ha localizado un aviso a la cámara de cuentas de Brabante (28 de enero de 1658) de una petición de los maestros albañiles de la corte con las cuentas que se les debía de las reparaciones realizadas en la gran sala de la Maison du Roy llamada Groot Huis, centro de reuniones de la guilda de Dan Jorge en Bruselas (2). Probablemente se trate de algunas obras que llevó a cabo su predecesor en el cargo, el archiduque Leopoldo Guillermo, que había dotado a la institución con una alfombra y un escudo de armas (3). Pero si a eso se une el hecho de que existe un busto en mármol con el retrato de don Juan José de Austria en la Venerable Orden Tercera de Madrid, firmado y fechado por François Dieussart en 1657, muy similar al que hizo de Carlos II en Brujas para la guilda de alabarderos y para el archiduque Leopoldo Guillermo para el serment de San Jorge (hoy en el Kunsthistorisches Museum de Viena - imagen 2), se podría conjeturar que el busto de don Juan pudo ser realizado para alguna de dichas guildas, como la de San Jorge de Bruselas. Se sabe que Dieussart se educó en Roma (posiblemente junto a François Duquesnoy, trabajando para distintas cortes de la Europa protestante como la de Cristina de Suecia) y se estableció en Bruselas en 1656 siendo aprendiz de Vicent Anthoni, por lo que estaba activo en la Corte en los años que don Juan fue gobernador general y sólo más tarde, en 1661, se trasladó a Londres, un año antes de su muerte, para servir a los Estuardo.


2. Busto del archiduque Leopoldo Guillermo, obra de François Christophe Dieussart. Kunsthistorisches Museum de Viena. Foto del autor.

El problema estriba en que el citado busto de don Juan se conserva hoy en día en la enfermería de la Venerable Orden Tercera de San Francisco en Madrid (cercana a la basílica de San Francisco el Grande). Margarita Estella (4) que identificó la pieza como obra de Dieussart al localizar la firma y el año en el núcleo de la base de la escultura, no pudo averiguar el motivo de la localización actual del busto en la mencionada institución, ni las relaciones que pudo tener don Juan José de Austria o algún personaje de su círculo con esta entidad. Tan sólo se ha podido localizar una libranza emitida por el bureo de don Juan, por valor de 1.200 reales de vellón, destinados al tesorero de la Orden Tercera, al que se le mandaron librar por decreto de Su Alteza “de limosna para ayuda de la Capilla que están haciendo” en la mencionada enfermería (5). ¿Puede ser este el motivo de su ubicación actual en dicha institución? ¿Se encargó a Dieussart pensando en esta enfermería o, como parece más probable, para alguna guilda flamenca como el resto de los bustos que realizó por aquellos años a los personajes más representativos que pasaron por Flandes?


Fuentes principales:


* González Asenjo, Elvira: “Don Juan José de Austria y las artes (1629-1679)”. Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico. Madrid, 2005.


Notas:


(1) Una de las actividades por excelencia de los Países Bajos fueron las corporaciones o guildas (guildes o guldes). Eran estas concentraciones de soldados unidos en la guilda bajo el patrocinio de un santo, que se habían establecidos desde finales del siglo XIV en las principales ciudades flamencas: Valenciennes, Tournai, Mons, Namur, Lovaina, Bruselas, Malinas y Amberes. Las tres corporaciones más representativas fueron la guilda de los ballesteros de San Jorge, el serment de los albarderos de San Sebastián y los arcabuceros de San Barbe.


(2) AGRB, Cc. Administrative, 388, fol. 12-13r; 387, fol. 595.


(3) AGRB, Cc. Administrative, 387, fol. 59r.


(4) Estella, Margarita (1977), pp. 81-86. Hasta entonces se atribuía a Nicolás de Bussy, pero la inscripción no ofrece lugar a duda: “Fra(co)/DIEUSSA/FANº1657”.


(5) AGS, Csr., leg 219. Sin fecha.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Exposición: “La Orden del Toisón de Oro y sus soberanos (1430-2011)”


La Fundación Carlos de Amberes* (C/Claudio Coello 99 - Madrid) organiza desde el próximo día 1 de diciembre de 2011 y hasta el 26 de febrero de 2012 la exposición “La Orden del Toisón de Oro y sus soberanos (1430-2011)”, un recorrido por la historia de la más prestigiosa orden de caballería europea y máximo reconocimiento que entrega el Rey de España, jefe y soberano de la misma. A continuación las descripción que la propia Fundación Carlos de Amberes hace de la misma:


Collares del rey de España y del Duque de Wellington, obras de maestros como Cranach, Velázquez, Rubens, Carreño de Miranda, Pantoja de la Cruz, Velázquez, Goya y la célebre pintora renacentista Sofonisba Anguissola, esculturas de Pompeo y Leone Leoni, tapices, códices, y armaduras de caballeros procedentes de las mejores armerías de Europa (la Imperial de Viena y la Real de Madrid)…

La Fundación Carlos de Amberes presenta un recorrido artístico que descubre la historia y las tradiciones de la orden de caballería de mayor prestigio y exclusividad en la historia de Europa: la Orden del Toisón de Oro (Brujas, 1430), cuyo Jefe y Soberano es el Rey de España, en la actualidad S.M. el rey Juan Carlos I.


La exposición presentará la evolución de esta institución que Felipe el Bueno, duque de Borgoña, fundó para defender los ideales caballerescos, y cuya soberanía pasó a la corona de Castilla cuando Felipe el Hermoso, hijo y heredero de María de Borgoña, se casó con Juana I de Castilla.

Juan de Austria, héroe de Lepanto, Wellington y Bismarck han formado parte de esta institución a la que pertenecen todos los monarcas europeos actuales, el Rey de Arabia Saudí, el Emperador de Japón, y destacadas personalidades como Adolfo Suárez, Víctor García de la Concha y Javier Solana.


El nombre de la orden se refiere al mito griego del vellocino de oro, regalo de los dioses, que aportaba prosperidad a quien lo poseyera. Evoca, como ejemplo caballeresco, el heroísmo que demostraron Jasón y los argonautas, de los que formaba parte Hércules, para repatriar a Grecia, desde la asiática ciudad de Colquide, el precioso talismán cuya imagen pende de los collares que todavía se entregan a los caballeros en su investidura.


De sus orígenes borgoñones le viene a la Orden del Toisón su santo patrono, San Andrés, cuya fiesta es el 30 de noviembre, fecha de la inauguración. La muestra estará presidida por la obra maestra de Rubens, perteneciente a la Fundación Carlos de Amberes desde 1639: El martirio de San Andrés, que representa al apóstol. La cruz en forma de aspa, llamada de Borgoña, fue el emblema de los tercios de Flandes y todavía forma parte de los escudos de rey y de las fuerzas armadas españolas.


La exposición, organizada por la Fundación Carlos de Amberes con la colaboración especial de Patrimonio Nacional, cuenta con el patrocinio de Telefónica, Renfe, Banco Popular y la Fundación Ramón Areces y la colaboración de Banco Santander y el Ministerio de Cultura, dará lugar a la publicación de un catálogo y a unos talleres infantiles en Navidad y a la realización de un documental en el que colaboran Televisión Española y Canal Historia”.


Más información aquí.


* La Fundación Carlos de Amberes es la materialización de un deseo expresado por un flamenco que en 1594 legó en Madrid toda su fortuna para crear esta institución, y que cuatrocientos años después sigue plenamente activa. Reforzada tras el replanteamiento de los objetivos originarios, y dispuesta a entrar en el siglo XXI manteniendo los vínculos históricos entre los territorios que formaron parte de la Monarquía Española durante los siglos XVI y XVII, coopera a través de todo tipo de iniciativas con estos paiíes (Bélgica, Holanda, Luxemburgo y el norte de Francia) en la aventura de construir un gran espacio común: la Europa Unida.


Bajo la Presidencia de Su Majestad el Rey integran el Patronato de la Fundación entre otros: al Jefe de la Casa de S.M., los embajadores del Reino de Bélgica, del Gran Ducado de Luxemburgo y del Reino de los Países Bajos en Madrid, el Presidente de la Comunidad de Madrid, el Alcalde de Madrid, el Secretario General y Alto Representante de la PESC de la Unión Europea, el Presidente de la Comunidad Urbana Lille Métropole, el Presidente de la Asociación de los Amigos de la Fundación Carlos de Amberes en Bélgica, el Director General del Patrimonio del Consejo de Europa en Estrasburgo y representantes de instituciones y empresas españoles y del Benelux.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Carlos II y el dogma de la Inmaculada Concepción

*Nota: entrada dedicada al bloguero José Luis de la Mata Sacristán, que con un comentario en mi anterior entrada sobre la Inmaculada Concepción me animó a escribir esta entrada.

La geneaología biblíca de Carlos II. Portada del "Reyno de Dios" (1672). Biblioteca Nacional de Madrid.


El culto a la Inmaculada Concepción pone de relieve la proyección de antiguas devociones populares en la corte regia. Era una opinión originada en la Iglesia griega que comenzó a arraigar en la Cristiandad occidental en el siglo XII. La posición maculista de santo Tomás de Aquino vinculó a los dominicos a la postura adversa a la pía opinión. La pugna entre dominicos y franciscanos sobre esta cuestión se agudizó a partir del siglo XIV. En los reinos españoles la devoción se extendió en la Iglesia y los tronos regios en el periodo bajo-medieval (1). Carlos V y Felipe II evitaron pronunciarse expresamente sobre esta controversia, aunque defendieron los planteamientos lulistas a favor de la Inmaculada. Durante los últimos años del reinado de Felipe III la piadosa opinión se convirtió en un asunto primordial en la Corte, desbordando su dimensión teológica para adentrarse en la pugna de facciones políticas.


El origen de este contagio a la Corte de fervor inmaculista se encontraba en Sevilla, cuyo arzobispo, don Pedro de Castro y Quiñones, protegió a partir de 1615 las iniciativas de franciscanos y jesuitas para promover la definición dogmática en Roma. Desde 1615 en Sevilla aparecieron numerosas obras teológicas a favor de la pía opinión, con el amparo de aristócratas como los Duques de Béjar y de Medina Sidonia (2). De ese modo, el clero hispalense asumió un papel protagonista en la defensa y difusión de cultos en la Monarquía Hispánica, al igual que ocurrió después con la imagen del rey santo Fernando III (canonizado en 1671). En 1617 numerosas universidades españolas formularon el juramento inmaculista. La corte regia acogió y potenció las iniciativas a favor de la pía opinión. Las mujeres de la familia real desempeñaron una labor determinante en la promoción del misterio mariano, desde la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, tan afecta a esta devoción, hasta sor Margarita de la Cruz, hija de la emperatriz María, residente en las Descalzas Reales. Mediante juramentos de corporaciones y embajadas inmaculistas a Roma, el Rey y su entorno intentaron conseguir que se avanzara en la declaración dogmática del misterio, frente a las resistencias de algunas autoridades destacadas de la Iglesia, lideradas por la orden dominica (3).


Una oleada de fervor inmaculista se extendió a los reinos españoles durante años, con la estusiasta participación de ciudades y nobleza, reflejada en numerosas publicaciones a favor de la pía opinión. En el culto a la Inmaculada confluyeron la devoción popular con los credos promovidos de forma consciente y sistemática por la corte regia. A principios de 1616, a instancias de los predicadores jesuitas y franciscanos, Felipe III había dispuesto la creación de una Juanta de la Inmaculada Concepción, encargada de facilitar la declaración dogmática del misterio en Roma y, mientras tanto, de promover la expansión del culto por los reinos de la Monarquía, dificultando los posicionamientos teológicos adversos (4). En la devoción a la Inmaculada se mezclaban cuestiones de política territorial, como el deseo de que la Virgen protegiese ante la corte celestial la unidad de la Monarquía de España, con comportamientos dinásticos. Durante los siglos XVI y XVII en el proceso de configuración de unas señas de identidad propias, la Casa de Austria dedicó un particular énfasis a la “pietas mariana” como uno de los fundamentos de la “pietas austriaca”, verdadero pilar de la legitimación socio-política de la dinastía tanto en Madrid como en Viena (5).


Felipe IV jurando defender la doctrina de la Inmaculada Concepción, obra de Pedro de Valpuesta (h. 1634-1666). Museo de Historia de Madrid.

Durante el largo reinado de Felipe IV prosiguieron las gestiones en Roma a favor de la Inmaculada. Con todo, sólo en la última década del reinado el monarca se aplicó a fondo a promover en los reinos españoles la adhesión a la pía opinión (6). En un complejo contexto de pugnas entre las órdenes religiosas con implicaciones en las competencias entre los grupos de poder en la Corte, el soberano impuso el elogio inmaculista, lo que provocó un conflicto abierto con los dominicos (7). La política de autoridad y de hechos consumados impulsada por el Rey en cuestiones espirituales alcanzó unas cuotas de intensidad poco acostumbradas. En el entorno del soberano se asociaba la lid por la Inmaculada con la garantía de la sucesión a la Corona y la conservación de la unidad de la Monarquía, implicada en aquellos años en las campañas para la recuperación de Portugal. Para apaciguar la ira de Dios por los pecados privados del Rey y públicos de sus súbditos, Felipe IV intentó conseguir la mediación de la Virgen como su “abogada” ante la corte celestial, promoviendo vivamente ante la Sede Apostólica la definición del dogma de la Inmaculada Concepción.


La muerte de Felipe IV en septiembre de 1665 supuso una moderación coyuntural de la tensión existente en la Corte y en los reinos españoles en torno a la Inmaculada.La reina regente, doña Mariana de Austria, dispuso que la Junta de la Inmaculada Concepción se continuase reuniendo cada semana. La presión de la Corona en la corte romana se orientó a extender el rezo inmaculista en las provincias europeas de la Monarquía, solicitanto al Papa el permiso para imponerlo en los Reinos de Nápoles, Sicilia, el Estado de Milán y los Países Bajos. El confesor de la Reina, el jesuita Everardo Nithard, era uno de los exponentes más destacados de la Junta de la Inmaculada. Nithard asumió el puesto de Inquisidor General y un papel protagonista en el gobierno de la Monarquía. Con todo, su ministerio fue combatido por la aristocracia española y no puso consagrarse a promover la pía opinión ante el Papa. En cambio, la caída de Nithard en 1669 y su traslado a Roma, donde acabó ejerciendo la representación diplomática de la Corona, constituyeron un poderoso impulso a la extensión de este culto en Italia. En el Reino de Nápoles y el Estado de Milán se impuso el juramento inmaculista a las corporaciones, provocando una ruidosa controversia con la corte romana a partir de 1672. Nithard desempeñó un papel decidido en la defensa teológica y jurídica de la imposición del juramento en las universidades del Reino de Nápoles.


Retrato del cardenal Juan Everardo Nithard junto a un lienzo de la Inmaculada Concepción, hecho que evidencia su papel en Roma en defensa de la pía opinión. Obra de Alonso del Arco (h. 1674). Museo del Prado de Madrid.

En noviembre de 1675 Carlos II alcanzó la mayoría de edad y comenzó en términos legales su reinado personal, aunque su madre continuase dirigiendo la Monarquía. La Junta de la Inmaculada felicitó al soberano, asociando la promoción de la Purísima Concepción a la conservación de la Monarquía. A principios de 1677 el acceso de don Juan José de Austria al ministerio señaló una progresiva moderación en los conflictos con Roma por la pía opinión, manteniéndose las gestiones de forma discreta durante tres lustros hasta que la Inmaculada volvió a adquirir un papel clave entre las prioridades espirituales del Rey Católico.


Al igual que había ocurrido durante los reinados de su padre y su abuelo, los últimos años de Carlos II estuvieron encaminados a promover en Roma la definición dogmática del misterio inmaculista. La maltrecha salud del monarca, la ausencia de sucesión directa al trono y la guerra abierta con Francia en Europa propiciaron un nuevo impulso a la devoción mariana. Desde la perspectiva del entorno del Rey, la Inmaculada era la abogada de la Monarquía de España en la corte celestial. Si se obtenía la definición por el Papa, la Virgen María recompensaría este servicio mediando ante la divinidad para conseguir las ansiadas mercedes: el nacimiento de un heredero y la conservación de la integridad territorial de la Monarquía en Europa .Sucesión y conservación eran el norte de la piedad del Rey, quien como Nuevo Salomón multiplicaba sus actos devotos en exaltación de los misterios de la fe católica en las postrimerías de la centuria.


Entre 1693 y 1699 la Inmaculada se convirtió en el eje de las instancias al Papado por parte del Rey de España. En 1693 la publicación de un breve de Inocencio XII en el que se disponía el rezo del misterio de la Concepción con octava de precepto con carácter doble de segunda clase en la Iglesia Católica avivó las expectativas de la familia real. En diciembre de 1695 Carlos II se implicó personalmente en el impulso de la definición dogmática. El Rey escribió al cardenal Luis Fernández de Portocarrero, presidente de la Junta de la Inmaculada y arzobispo de Toledo que:


deseando continuar el fervoroso celo que los señores Reyes mi Padre y Abuelo (que están en gloria) solicitaron el mayor culto de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, para obligar por medio de su auxilio a que su hijo Santísimo mire con piedad las presentes necesidades de esta Monarquía, ordeno a la Junta de la Concepción me informe del estado que actualmente tiene este Soberano misterio, y de los medios de que se podrá usar para adelantarle hasta su última definición, esperando que no omitirá reflexión ni diligencia que conduzca a fin tan importante y de mi primera devoción” (8)


En 1696 el interés del monarca y las gestiones del Duque de Medinaceli en Roma, obtuvieron nuevos logros. La Congregación de los Ritos aprobó la aplicación del título de “Inmaculada” a la Concepción de la Virgen. En la corte pontificia se movilizaron los cardenales afectos a la Corona española, entre los que destacaba el cardenal Francesco del Giudice, que contrarrestaban la animadversión de los dominicos a la pía opinión.


Desde Roma, en febrero de 1698 el cardenal José Sáenz de Aguirre expuso al Rey la estrategia para conseguir la definición del misterio de la Inmaculada (9). Aprovechando la coyuntura de paz en la Cristiandad, el cardenal recomendó a Carlos II que escribiese a los reyes y príncipes de Europa para apoyar la definición de la Inmaculada:


de cuya poderosa asistencia y patrocinio dependen y han dependido siempre las mayores dichas de la Monarquía. Paréceme muy conveniente con repetidas cartas instar a todos los reyes y príncipes cristianos. Y muy en especial al Señor Emperador y al Rey Cristianísimo para que le ayuden y asistan a solicitar con la brevedad posible esta gracia de Su Santidad, de cuyo feliz logro no puedo menos de decir (con gran confianza en Dios) que me parece resultarían a Vuestra Majestad y a todos sus Dominios felicidades muy cumplidas, y la mayor de todas que María Ilustrísima sería la Medianera y Abogada para impetrar de su Omnipotente Hijo una dichosa sucesión a Vuestra Majestad con las demás prosperidades que pudiera esperar de tan Gran Señora” (10)


La Virgen de la Almudena adorada por Carlos II, María Luisa de Orleans y doña Mariana de Austria (h. 1679-1689). Museo de Historia de Madrid.

En septiembre de 1699 la Junta informaba al Rey de que la causa estaba muy adelantada, debiéndose mostrar constancia para culminar el empeño, “asegurándose que Su Divina Majestad corresponderá alcanzando de su Santísimo Hijo toda la salud de Vuestra Majestad”. En aquellos meses también se promovió el proceso de canonización de sor María Jesús de Ágreda, acción piadosa que se consideraba un nuevo servicio a la Virgen.


Fue desigual la respuesta de los príncipes de Europa a la llamada de un Rey que asociaba la definición dogmática del misterio de la Inmaculada con alcanzar el milagro de la sucesión. Las gestiones prosperaron con el Rey de Polonia y el emperador Leopoldo I, a quien se presentó la piadosa instancia como la renovación de la “continuada protección de la Reyna del Cielo” a los intereses de la Casa de Austria. En cambio, Luis XIV reaccionó de forma diversa. El Rey Cristianísimo había sido el fruto inesperado del matrimonio de Luis XIII y la infanta-reina Ana de Austria, después de dos décadas sin descendencia. El nacimiento de “Louis-Dieudonné” se asoció a la mediación de la Virgen (11). Tras conocer el embarazo de la Reina, Luis XIII agradeció el favor divino realizando un voto perpetuo de consagración del reino de Francia a la Virgen. Era manifiesta la “pietas mariana” de Luis XIV, expresada de forma pública en visitas regias a santuarios marianos como el de Contignac. Sin embargo, en noviembre de 1699 el Rey de Francia escribió a Carlos II en respuesta a sus instancias para que los monarcas católicos de Europa pidieran juntos en Roma la definición del misterio inmaculista: Luis XIV rememoraba su conocida devoción mariana, aunque consideraba que era a la Iglesia a la que le tocaba decidir. Teniendo presente la división entre teólogos en el seno de la Iglesia, quizás Dios deseaba mantener el misterio oculto a juicio del soberano galo. Por ello había decidido no aunar sus instancias a favor de la pía opinión, con el fin de no avivar disputas acabadas ni crear nuevas inquietudes en la Iglesia. En los últimos lustros de la centuria Luis XIV había amortiguado su defensa de las libertades galicanas y se presentaba como un Nuevo Constantino, capaz de expulsar a los súbditos hugonotes de Francia para rivalizar con el Emperador como cabeza del orbe católico, tras los éxitos imperiales frente a los turcos.


El rechazo de Luis XIV disipó las extendidas experanzas de logra la definición del misterio. En marzo de 1700 la Junta aconsejó al Rey que el nuevo embajador en Roma, el Duque de Uceda, renovase sus instancias a favor de la declaración del dogma, aunque sus miembros eran conscientes del revés que suponía el posicionamiento de Luis XIV (12). El deterioro de la salud de Carlos II coincidió con el progresivo olvido de la causa. En vida del Rey no se llegó a culminar aquel particular servicio a la Reina del Cielo y tampoco el monarca obtuvo la singular merced de asegurar la sucesión mediante el nacimiento de un hijo.


En su testamento, cuya versión definitiva rubricó el 2 de octubre de 1700, Carlos II no olvidó la devoción paterna ni propia a la Inmaculada. En la cláusula segunda el Rey mostraba su confianza en la Virgen como abogada de los pecados y medianera para obtener favor y gracia de la divinidad. Carlos II declaraba su devoción:


el soberano y extraordinario beneficio que recibió de la poderosa mano de Dios, preservándola de toda culpa en su Inmaculada Concepción, por cuya piedad he hecho con la Sede Apostólica todas las diligencias que he podido para que así lo declare, y en mis reinos he deseado y procurado la devoción de este misterio y en conformidad de lo que ordenó el Rey mi señor, mi padre, la he mandado llevar en mis estandartes reales como empresa; y en mis días no pudiere conseguir de la Sede Apostólica esta decisión ruego muy afectuosamente a los reyes que me sucedieren, que continúen las instancias que en mi nombre se hubieren hecho con grande aprieto hasta que lo alcancen de la Sede Apostólica” (13)


Este artículo del testamento de Carlos II era muy similar a la declaración inmaculista que incluyó su padre en sus últimas voluntades.


El príncipe que heredase la Monarquía de España no sólo debía mantener su planta de gobierno y sus constituciones, y preservar su unidad; además, era el depositario de la “pietas hispánica” y recibía un legado de devoción eucarística y de fe en el misterio de la Inmaculada. Tras la muerte del Rey, los clérigos del entorno de Carlos II recordaron a Felipe V esta obligación. En septiembre de 1702 Felipe de Torres escribió al Marqués de Ribas, secretario real:


Hallándose el Rey Nuestro Señor (que está en el cielo) en su última enfermedad, me mandó instado de una Sierva de Dios acordase a Su Majestad de cuando en cuando pidiese a Su Santidad declarase por artículo de fe el misterio de la purísima Concepción de la Virgen Santísima Nuestra Señora concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser natural (...) habiendo heredado el Rey Nuestro Señor (Dios le guarde) no sólo su Reino sino también la devoción a esta divina señora, haciéndola su Abogada de que tan buenos principios se han visto en sus victorias

Por ello concluía “que Su Majestad ejecute lo que no pudo continuar Su Majestad (que está en el cielo)” (14). Cuando Felipe V intentó impulsar la declaración del misterio en 1706 se encontró con dos obstáculos: por un lado, la Junta recordó al Rey que había sido su abuelo quien bloqueó la ofensiva inmaculista de 1699; por otro, el deterioro de las relaciones entre Felipe V y el Papado tras el hundimiento del partido borbónico en Italia convertía en inviables tales pretensiones (15).


Fuente principal:


* Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: “La piedad de Carlos II” en Ribot, Luis (dir.): “Carlos II y su entorno cortesano”. CEEH, Madrid, 2009.


Notas:


(1) S. Stratton: “La inmaculada Concepción en el arte español”. Cuadernos de Arte e Iconografía, 1-2 (1988), pp. 3-128.


(2) Junto a las obras de franciscanos, se pueden destacar los tratados insmaculistas de los teólogos jesuitas, de los que se ofrece una detallada enumeración en J.E. de Uriarte: “Biblioteca de los jesuitas españoles que escribieron sobre la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora antes de la definición dogmática de este misterio”. Madrid, 1904.


(3) L. Frías: “Felipe III y la Inmaculada Concepción. Instancias a la Santa Sede por la definición del misterio”, Razón y Fe, 10 (1904), pp. 21-33, 145-156 y 293-308; y J.M. Pou y Martí: “Embajadas de Felipe III a Roma pidiendo la definición dela Inmaculada Concepción de María”. Archivo Ibero-Americano, 34 (1931), pp. 371-417 y 508-534, y 35 (1932), pp- 482-525.


(4) Sobre los milagros de la Inmaculada entre 1617 y 1618, los juramentos de las comunidades, la fundación y los primeros acuerdos adopatados por la Junta de la Inmaculada Concepción, véase Madrid (AHN), Consejos, libro 2.738, ff. 1-20. Véase además L. Frías: “Devoción de los reyes de España a la Inmaculada”. Razón y Fe 53 (1919), y J. Meseguer Fernández: “La Real Junta de la Inmaculada Concepción (1616-1817/20)”. Archivo Ibero-Americano 15 (1955), pp. 621-860.


(5) Sobre la “pietas mariana” como seña de identidad de la Casa de Austria, aunque limitado al culto a la Inmaculada de la rama vienesa, véase A. Coreth: “Pietas Austriaca. Österreische Frömmigkeit in Barock”. Múnich, 1982, pp. 45-61.


(6) Sobre las gestiones que se hicieron en Roma en nombre de Felipe IV para avanzar hacia la definición dogmática de la Purísima Concepción véase C. Abad: “Preparando la embajada concepcionista de 1656. Estudio sobre cartas inéditas a Felipe IV y Alejandro VII” y C. Gutiérrez: “España por el dogma de la Inmaculada. La embajada de Roma de 1659 y la bula Sollecitudo de Alejandro VII”.


(7) Con respecto a la imposición del elogio inmaculista en los reinos hispanos pese a la resistencias de los dominicos, véase N. de Estenaga y Echevarría: “El cardenal de Aragón (1626-1677). París, 1929.


(8) Carlos II al cardenal Portocarrero. Madrid, 9 de diciembre de 1695. AHN, Consejos, legajo 51.680.


(9) E. Zaragoza i Pascual: “Correspondencia epistolar entre el Cardenal Aguirre y el rey Carlos II sobre la definición dogmática de la Inmaculada Concepción y la causa de Sor María de Ágreda (1697-1699)”.


(10) Carlos II; Roma, 23 de febrero de 1698. AHN, Consejos, legajo 51.680.


(11) P. Burke: “La fabricación de Luis XIV” (1992). Madrid, 1995.


(12) La Junta a Carlos II. Madrid, 18 de marzo de 1700. AHN, Consejos, legajo 51.681.


(13) Testamento de Carlos II (1982), pp. 9 y 11.


(14) Felipe de Torres y Salazar al Marqués de Ribas. Madrid, 18 de septiembre de 1702. AHN, Consejos, legajo 51.681.


(15) M.A. Ochoa: “Embajadas rivales. La presencia diplomática de España en Italia durante la Guerra de Sucesión”. RAH, Madrid, 2002.