miércoles, 30 de septiembre de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XII Y FINAL)

"Aspecto del Real Palacio de Madrid y su plaza como estuvo el dia 4 de marzo de 1704 en que el rey catholico nro. señor D. Felipe Quinto. saliò ala campaña de Portugal". Grabado obra de Filippo Pallota (1704).


A su llegada a Portugal Carlos III de Austria publicó un manifiesto en el que se dirigía a todos los estamentos de la Monarquía de España haciendo un alegato en defensa de sus derechos al trono:

"Hacemos sauer a nuestros vasallos de todos los Reynos, Estados, Prouincias y Señoríos que componen nuestra Monarchia de España de cualquier estado y condizion que sean que despues de estar reconocido y tratado como Rey de todos los dominios de España por la mayor parte de los Reyes prinzipes y soueranos de la Europa, nos hallamos en estas fronteras de Portugal con las tropas de nuestros Aliados y con las fuerças necesarias a introduzirnos en la posesion de dicha Monarchia que por ynfragables derechos nos perteneze conforme a las leyes fundamentales de ella establezidas".

La reacción de Felipe V no se hizo esperar. El 4 de marzo de 1704 un numeroso ejército franco-español, formado por 28.000 soldados de infantería y 10.000 de caballería, salía de Madrid con el Rey al frente entre los vítores de la multitud. Al mando de las fuerzas iba el Duque de Berwick. El cortejo real llegaría a Plasencia el 19 de marzo. La ciudad del Jerte acogió la Corte durante el mes largo que el Rey residió en ella, y fue el lugar donde el 30 de abril de Felipe V publicó la declaración de guerra contra Portugal por haber abrazado la causa del Archiduque. De estado forma se lo comunicaba al Presidente del Consejo de Aragón, Duque de Montalto:

"Habiendo llegado ya a los últimos términos de rompimiento de la Guerra contra el Archiduque y el Rey de Portugal, que apoyando con sus tropas las de nuestros enemigos y de la Religión, el injusto intento del Archiduque y admitiendo su Persona quiere invadir mis Dominios; he tenido por conveniente hacer pública al Mundo en el manifiesto (de que va aquí copia) la razón y justicia de mi causa, por la cual me ha sido preciso venir a la defensa de mis vasallos para librarlos de los riesgos que los amenazan. Remítolo al Consejo de Aragón para que en inteligencia de estar ya rota y pública esta Guerra, ejecute en la parte que le toca todo lo que en semejantes casos se acostumbra. En Plasencia a 30 de Abril de 1704".

El Conde de Galway fue nombrado general en jefe de las tropas inglesas en Portugal y sería quien, junto al portugués Marqués de las Minas, se enfrentaría al ejército borbónico. La campaña de Portugal se presentó inicialmente favorable a Felipe V quien estuvo presente en el reconocimiento de las principales plazas y en la toma de Salvatierra (8 de mayo) o Castelo Branco (23 de mayo).


Asedio de Castelo Branco durante mayo de 1704 en un grabado de Filippo Pallota.


A pesar de los éxitos iniciales de los borbónicos, era la primera campaña que emprendía España desde hacía medio siglo contra Portugal, por lo que pronto se notaron deficiencias de tipo logístico en munición y alimentos. A estas deficiencias de organización se sumaron los rigores del verano, que ocasionaron la pérdida de dos tercios del ganado traído por los franceses, nada habituados al extremo clima de Extremadura y el Alentejo. Ante estas circunstancias, y debido a que ambos ejércitos habían perdido su propia iniciativa, los contendientes detuvieron las operaciones y mantuvieron sus posiciones, de forma que Felipe V regresó a Madrid el 16 de julio.

Por su parte, el resultado poco concluyente de la campaña en la raya portuguesa impacientó al rey Carlos, deseoso de entrar cuanto antes en España. Reunidos los generales y consejeros aliados, se decidió enviar la escuadra anglo-holandesa a Cataluña por sugerencia del Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo comandante de las tropas imperiales enviadas al Principado por Leopoldo I en la fase final de la Guerra de los Nueve Años (1695) y luego Virrey (1698-1701) como se comentó más arriba. Con Darmstadt a bordo la flota mandada por el almirante Rooke se situó frente a Barcelona el 24 de mayo bombardeando la ciudad sin éxito durante cuatro días antes los temores de los conspiradores austracistas que no se decidieron a dar el paso y acabaron adoptando una actitud servil ante el virrey Francisco de Velasco. No obstante, sería esta misma escuadra la que de regreso de Barcelona acabaría tomando Gibraltar (4 de agosto) en nombre de la reina Ana, ante las protestas de Darmstadt de que dicha conquista se había hecho en nombre de Carlos III. 

3. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española.



La campaña de 1705 será decisiva en la dimensión civil de la Guerra de Sucesión pero también será la de los últimos meses de vida del último Almirante de Castilla: tras la llegada del Conde de Peterborough al mando de 12.000 hombres, nombrado por la reina Ana comandante general de Tierra y Mar, se celebró un consejo de guerra al que asistieron el Príncipe Darmstadt, el Almirante de Castilla, el Conde de la Corzana, Galway y el almirante Schovel. Estuvieron presentes también Pedro II y Carlos III, así como el Príncipe de Brasil (futuro João V), la reina viuda de Inglaterra Catalina y el el príncipe Antonio de Liechtenstein. De este consejo salió la iniciativa de enviar a la flota aliada a las costas de Cataluña en contra del parecer de don Juan Tomás, quien afirmó que "el golpe mortal para la España era atacar la Andalucía porque nunca obedecería Castilla a Rey que entrase por Aragon, porque ésta era la cabeza de la Monarquía; y rendidas las Castillas, obedecerian forzosamente los demás Reynos y aun la Cathaluña" (1). De este mismo parecer fue Peterborough, quien consideraba que la guerra sería más rápida entrando por Castilla pero recibió órdenes de Inglaterra para que se dirigiera de inmediato Cataluña, según el parecer de Darmstadt y Liechtenstein, al que estaba más inclinado Carlos III. El plan estratégico respondía también a la firma del conocido como Pacto de Génova entre Inglaterra y una representación del Principado de Cataluña de escasa relevancia institucional, pero de peso entre la burguesía mercantil catalana opuesta al acercamiento a Francia.

Pero antes de eso, el rey Carlos se dirigió a la Beira donde debía comenzar la campaña de ese año. El Almirante, antes de partir para el frente había otorgado testamento el 20 de abril en el Monasterio de los Jerónimos de Belém, a orillas del Tajo, ante su confesor jesuita Casnedi y el padre Cienfuegos, tras haberse confesado y comulgado. En mayo los aliados tomaron Valencia de Alcantara, Alburquerque y Jerez de los Caballeros, dirigiéndose a principio de junio por recomendación de don Juan Tomás a sitiar Badajoz. Parece que el paludismo y la malaria mermaron a las tropas aliadas y afectaron al propio Almirante que se retiró a Elvas y el 27 de junio a Estremoz al agravarse su dolencia.

El Almirante de Castilla moriría tras una agonía de 12 horas a las 4 de la tarde del 29 de junio en Estremoz. El Rey de Portugal se ocupó de las exequias del Almirante que fue velado en la Iglesia Santa Maria de Belém y enterrado en la capilla mayor del Convento de São Francisco de Estremoz.

Su testamento se abrió en Lisboa el 10 de julio. A parte de legar una pensión a los padres Casnedi y Cienfuegos, sus testamentarios, de 800 y 500 escudos respectivamente, se fijaba que los bienes que poseía en Portugal se destinarían la futura casa noviciado de la Compañía de Jesús en Lisboa, religión a la que era tan afecto:

"Declaro que en caso que su Magestad que Dios guarde no tome la dicha posesión llamo e constituio por mi heredero universal de mis bienes que ahora poseo en Portugal a Nuestra Señora de la Concepción, título de la nueva Casa Noviciado de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Lisboa para las personas de la Compañía que quisieren sacrificar su vida en la conversion de los infieles de las Indias Orientales y de la China".

No obstante, en casa de que Carlos III entrase a reinar en España:

"Declaro y constituio por herdero de quanto en Portugal y los demás dominios de España y de quanto me pertenece y puede pertenecer de vienes muebles y raíces, derechos y acciones a Nuestra Señora de la Concepción, título de un nuevo Colegio de Indias de la Compañía de Jesús que se ha de fundar en Madrid".

"La heroyca vida, virtudes y milagros del grande San Francisco de Borja...", obra del Álvaro Cienfuegos que la dedica al difunto don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla (1726). Biblioteca Nacional de España. 


Por tanto, la Compañía se benefició de un legado importante, entre lo que destacaba su importantísima colección de pinturas, una de las mejores de la Europa de su tiempo, así como tapices, muebles, armas, relojes, joyas y platerías que se pusieron a la venta en Lisboa. Los objetos de oro y plata labrada fueron adquiridos por Pedro II, mientras que las pinturas, pese a los intentos de hacerse con ella del Duque de Marlborough, fueron compradas por el archiduque Carlos por la irrisoria cifra de 100.000 cruzados y tras la Guerra de Sucesión recalarían en Viena formando hoy el núcleo del Kunsthistorisches Museum de la capital austriaca.

El resto de la herencia de don Juan Tomás fue legada a su familia. En principio, sus bienes y su dignidad recaían en su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices (muerto en 1713) quien a la muerte del Almirante se convirtió en Conde de Melgar y Duque de Medina de Rioseco. En cualquier caso la herencia del Almirante no estaba libre ya que el mismo año de su deserción (1702), Felipe V confiscó los bienes y las haciendas de don Juan Tomás como vimos, si bien cuando su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera abandonó Portugal y volvió la Corte rindió homenaje al Rey, sin duda para salvar los títulos y dicho patrimonio familiar. 

Por lo que respecta al título de Almirante de Castilla, en 1710 Alcañices intentó minimizar los daños para la hacienda familiar presentando un memorial al Rey en el que solicitaba la devolución de los bienes, estados y dignidades embargados a su hermano. El Marqués alegaba que éstos formaban parte del mayorazgo de los Enríquez de Cabrera, y que por tanto estaban protegidos de la confiscación en virtud de un real privilegio del año 1440 concedido por Juan II, según el cual, si el titular de la Casa cometía un delito grave, la titularidad de la misma debía pasar al siguiente miembro en grado de ocuparla. No obstante y pesar de las súplicas en enero de 1726 Felipe V decretó la supresión de las dignidades de Almirante y Condestable de Castilla. La decisión real estaba respaldada por una declaración posterior a la firma de la Paz de Viena (30 de abril de 1725) que en uno de sus puntos matizaba el artículo noveno de ésta, dando potestad a los monarcas para abolir los puestos militares concedidos en perpetuidad o por vidas, entendiendo que la naturaleza de estos empleos hacía aconsejable que fueran ocupados por personas de confianza. En el caso del Almirantazgo de Castilla esto no sucedería hasta marzo de 1737 cuando el Rey nombró a su hijo el infante don Felipe Almirante General de la Amada, cargo en que se unificaban todos los almirantazgos de España.

Al poner fin a la vinculación de los Enríquez con el Almirantazgo, Felipe V les desposeyó de la dignidad que desde 1405 les había garantizado su destacada posición, relegando a su ducado riosecano a la que la había sido una de las familias más poderosas de Castilla  y la Monarquía entre los siglos XV y XVII.

Por lo que respecta la famosa y antaño rebosante de obras arte huerta de Recoletos, el 30 de abril de 1726 don Pascual Enríquez de Cabrera tomó posesión de la misma, aunque ésta permanecería poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que siete años después su hermana doña María Almudena Enríquez de Cabrera la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que ella ocupaba las casas de la Plaza de los Mostenses.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Angela: "From Madrid to Lisbon and Vienna: the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003
  • Matos Sequeira, Gustavo de: "Depois do terremoto: subsídios para a história dos bairros ocidentais de Lisboa". Academia das sciências de Lisboa (1916).


Notas:

(1) Estas son las palabras que el Marqués de San Felipe pone en boca del Almirante en su obra "Comentarios de la Guerra de España e Historia de su Rey Phelipe V el Animoso" (1725).

martes, 28 de abril de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE XI)

1. Acto de proclamación del archiduque Carlos como Rey de España en un grabado alemán de la época

Como se comentó en la entrada anterior, una vez pudo instalarse en la Corte lisboeta, el Almirante fue recibido con la pompa que correspondía a su elevado rango y al prestigio del que gozaba en Castilla. Pronto reemplazó al príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, antiguo Virrey de Cataluña (1698-1701), como figura representativa de la España disidente y hasta cierto punto como representante del Emperador. El Almirante no llegaría a sustituir al embajador imperial Waldstein, pero desde su llegada a la capital portuguesa, Leopoldo I centraba en él todas las negociaciones con Inglaterra y Holanda. También fue notable la consideración que recibió el Conde de la Corzana.

El Almirante, si bien no se le enviaron credenciales, participó por deseo del Emperador en las conversaciones que se llevaban a cabo con Portugal para su ingreso en la Alianza anti-borbónica, así como en las posibles cesiones de territoriales en Extremadura, Galicia e Indias a los Bragança. También participó don Juan Tomás de las discusiones con Methuen sobre un acuerdo comercial con España. Waldstein por su parte proponía a Pedro II entrar en el bando aliado asegurando que la guerra por Extremadura sería la manera más efectiva de entrar en Castilla y en esta operación los lusos obtendrían ganancias territoriales importantes. A estos intentos del embajador imperial se unieron las afirmaciones del Almirante y el Conde de la Corzana, quienes aseguraban que la conquista de España era posible no solo por su estado de indefensión sino también por el gran número de partidarios de la Casa de Austria entre los principales aristócratas y el pueblo castellano. Finalmente, como ya se vio, el monarca portugués acabó adhiriéndose a la Alianza.

Las hostilidades no habían comenzado pero la guerra estaba declarada. Don Juan Tomás levantaría en junio un regimiento de infantería con armas compradas en Inglaterra y 560 españoles, oficiales que pasaron a Portugal, desertores y otros naturales de España, cuyo mando dio al malagueño don Juan de Ahumada y Cárdenas (1669-1726), capitán de caballería en tiempos de Carlos II que al finalizar la Guerra de Sucesión pasaría a Italia y luego a Hungría adoptando el pie imperial para combatir contra el Turco. La bandera de este regimiento tuvo en el anverso las armas de Castilla y León con el lema “PRO LEGE REGE ET PATRIA” ( Por la Ley, el Rey y la Patria), y en el reverso la imagen de Santiago con el lema “SANCTUS JACOBUS HIAPANIAE PATRONUS” (Santiago, protector de España) y al pie de la imagen las armas del Almirante de Castilla.

Además y a causa de la próxima partida del embajador imperial hacia Viena, el Almirante, en unión con el Conde de la Corzana y otros interesados, realizó el 19 de mayo de 1703 en manos del Conde de Waldstein un juramento de fidelidad al Archiduque, al Emperador y a su Casa. Un mes antes la emperatriz Eleonor de Nenurgo le había escrito: "Vra. generosa resolutiones...ad exemplum a pradecesoribus familia vra fidelisime praetirorum".

En este contexto y tras la firma de acuerdo con Portugal, Inglaterra y Holanda apremiaron a Leopoldo I para que enviase lo antes posible a Carlos hacia España porque la ofensiva portuguesa no empezaría hasta que el Archiduque llegase a Portugal. En el mismo sentido escribió el Almirante de Castilla al Emperador desde Lisboa. Todo apunta a que la influencia de don Juan Tomás en la decisión final del Emperador fue decisiva. Ya en enero de ese mismo año Leopoldo señalaba al embajador inglés en Viena, Mr. Stepney, su deseo de que el Almirante de Castilla fuese consultado y de que su parecer sirviese de base para las negociaciones de la Liga con el Rey de Portugal. 

Al fin Leopoldo I se decidió a proclamar a su hijo como Rey en un solemne acto que tuvo lugar el el palacio imperial de La Favorita a la una de la tarde del 12 de septiembre de ese 1703 a la que asistieron, entre otros, cinco Príncipes del Imperio, los presidentes de los Consejos y todos los consejeros de Estado. El nuevo Rey fue cumplimentado también por los embajadores y por los ministros de los príncipes aliados, así como por los españoles que se encotraban en la Corte. Previamente tanto el Emperador como el rey de romanos José, habían renunciado a sus derechos en favor de Carlos.

Leopoldo trató de armonizar los intereses de sus hijos, llamados a asumir la dobles aspiración de la Casa de Austria en Italia y en España. El rey de romanos José y su hermano Carlos rubricaron delante de su padre un acuerdo familiar secreto pocos días antes de la proclamación real por el cual la Agustísima Casa apoyaría las aspiraciones de Carlos a la Corona de España a cambio de ceder éste el Ducado de Milán y el Marquesado de Finale a José. Al mismo tiempo, ambos hermanos firmaron el Pactum Mutuae Successionis en los que se acordaba que Carlos heredaría a José en los estados patrimoniales de la Casa de Austria, en Hungría y en Bohemia y si ninguno tenía hijos varones, la sucesión pasaría a la hija del hermano mayor que hubiera ocupado el trono. Se establecía así la primacía de los hijos varones sobre las hijas, y en ausencia de varones, las hijas de José precederían a las hijas de Carlos en la sucesión, tanto española como austriaca.

El acuerdo secreto se ocultó a los españoles pero debió ser conocido por algunos ministros de la Corte de Viena mucho antes de que Carlos lo revelase en 1713 para zanjar la cuestión de la precedencia de sus sobrinas sobre su propia descendencia femenina con la Pragmática Sanción.

El día 19 de septiembre tras comer con sus padres y sus hermanas las archiduquesas, Carlos partió de Viena acompañado por el embajador inglés Stepney y por el príncipe Antonio de Liechtenstein, su principal consejero y al que el nuevo Rey profesaba un profundo afecto. Tras atravesar Centroeuropa y el Imperio, y llegar a las Provincias Unidas, se dirigió a Londres a donde llegó el 8 de enero, para luego ser recibido por la reina Ana en Windsor con especial cordialidad. El 13 de febrero de 1704 fue despachado don Pío Ravizza con destino a Lisboa para comunicar al Almirante de Castilla la próxima llegada del rey Carlos.

2. Desembarco del archiduque Carlos en Lisboa en un grabado alemán de la época.

A bordo del velero inglés Royal Catherine y escoltado por una imponente flota capitaneada por el Almirante Rooke se dirigió a Portugal, entrando en el estuario del Tajo el 6 de marzo de 1704. Esa misma noche subirían a bordo el Duque de Cadaval, en nombre de Pedro II, y Paul Methuen, en representación de la reina Ana y en sustitución de su padre John, indispuesto por un ataque de gota, para cumplimentarle por su feliz llegada. No obstante, parece que fue el Almirante de Castilla, el más destacado de los españoles exiliados en Lisboa, el primero en ir a besar la mano de Carlos III.

Como se comentó arriba, Carlos desembarcó en Portugal acompañado del príncipe Antonio de Liechtenstein quien, desde su llegada a Lisboa, despertó pocas simpatías y, sin duda, fue el responsable no solo del distanciamiento inicial de nuevo Rey con los españoles, sino también de la división en el círculo cortesano carolino. En seguida el príncipe Antonio hizo causa común con el príncipe Darmstadt contra el Almirante, a quien ambos veían como rival. De este modo se formaron dos partidos en la Corte de Carlos III en Lisboa: los que seguían al Almirante y los que se agruparon en torno al Príncipe Darmstadt. Se atribuye a don Juan Tomás el comentario de que "en la Corte del rey Carlos sólo tres tenían juicio: el rey, aunque muy joven, el enano y el caballo". Está división se plasmó también en el terreno de la estrategia de guerra a seguir.

Desde la llegada de Carlos a Portugal, Lichtenstein se sintió celoso del Almirante porque el Rey de Portugal le había asignado "apartamento en el mismo Palacio muy contiguo al del rey Carlos". Éste hizo patentes desaires a don Juan Tomás que esperaba obtener del joven Rey el puesto de Caballerizo Mayor, el mismo que había tenido en tiempos de Carlos II. Sin embargo, la primera vez que salió Carlos en público, al entrar el Príncipe en la carroza se puso en la derecha, dejando la izquierda al Almirante, lo que causó gran desagrado a los españoles y portugueses y, por su puesto, al propio don Juan Tomás.

El Almirante de Castilla se convirtió en el principal confidente y asesor de Carlos III desde la llegada de éste a Lisboa por el profundo conocimiento que tenía de los asuntos españoles tras sus 30 años de servicio bajo Carlos II. Además alardeaba de su fuga presentándola como un sacrificio que había realzado por el Rey y la Agustísima Casa de Austria.

CONTINUARÁ...


Bibliografía:


  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.
  • Martín Marcos, David: "Ter o Archiduque por vezinho. La jornada a Lisboa de Carlos III en el marco del conflicto sucesorio de la Monarquía de España".  Hispania: Revista española de historia. Vol. 72, Nº 241, 2012, págs. 453-474.
  • Sorando Muzás, Luis: "El ejército español del archiduque Carlos (1704-1715) y sus banderas", en Revista de Historia Militar, número extraordinario II (2014), pp. 193-211.


jueves, 9 de abril de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE X)

1. Ejemplar del Manifiesto en lengua inglesa. Biblioteca Nacional de Madrid.


Tras el embargo y secuestro de sus bienes en octubre de 1702, el Consejo de Estado de Madrid determinó el 17 de agosto de 1703 que el Almirante había incurrido en pena de lesa majestad por haber faltado al juramente de fidelidad al monarca y como resultado se le condenaba a la pena capital. Culminaba así la causa por infidelidad y desobediencia contra don Juan Tomás y sus cómplices iniciada tras conocerse su paso a Portugal. A pesar de ello, el 11 de noviembre el Almirante escribía a uno de sus criados en Madrid solicitándole que le librara en Lisboa alguna cantidad correspondiente a sus rentas. Y es que aunque al ser nombrado embajador en Francia aseguró que no pesaba ningún pleito de acreedores sobre su Casa, lo cierto es que a su marcha dejó deudas que en 1703 ascendían a más 275 mil ducados, sin contar los censos impuestos sobre los bienes inmuebles. Por ello, en paralelo al proceso de confiscación se inició un concurso de acreedores sobre sus bienes que tuvo como resultado la dispersión del sobresaliente patrimonio reunido por los Enríquez de Cabrera a lo largo de siglos, de manera que el castigo a la desobediencia de Juan Tomás pasó por menoscabar su capital y fama personales y con ellos los de su linaje.

Conocida la finalización de su causa en Madrid y habiendo jurado fidelidad al archiduque Carlos de Austria, el Almirante decidió declarar los motivos de su decisión, publicando en Lisboa en la segunda mitad de 1703, un Manifiesto que se repartió por distintos lugares de Europa impreso en diversas lenguas como el castellano, el portugués o el inglés. El Manifiesto del Almirante es un extenso escrito en tercera persona en el que don Juan Tomás lleva  a cabo una enumeración de las vejaciones y atropellos de que considera fue víctima y cómo las soportó esperando un tratamiento acorde a sus méritos por parte del Rey.

Su intención era a aclarar a todos aquellos que leyesen el Manifiesto que no le movía ningún sentimiento particular en su defección, sino causas superiores. Éstas causas son primordiales y guardan relación con la lealtad al príncipe natural y a la defensa de la patria, que considera el principio de todas las acciones nobiliarias. De este modo se alza como defensor de todo el Reino. Protesta que desde el primer momento Felipe V, al que se dirige siempre como "Duque de Anjou", sospechó de él ya que siempre lo miró a través de la desconfianza fomentadas por el Cardenal Portocarrero o Manuel Arias. De esta manera, fue despojado gradualmente de los puestos que disponía: Caballerizo Mayor, Teniente General en los reinos de Toledo y Andalucía, General de la Mar, la llave de Gentilhombre de la Cámara y de los sueldos que gozaba, un componente nada despreciable en su protesta.

También proclama su desacuerdo, como otros Grandes, con el decreto que les igualaba con los Pares de Francia. Esta decisión, dice, rebajaba la dignidad de Grande de España en comparación con lo que la había elevado la Casa de Austria en toda Europa. No obstante, ninguna de estas ofensas lo hubieran movido a abandonar el Reino, para dejar sus posiciones y mucho menos para lo que después ha hecho, sino hubiera visto la servidumbre a que se ha reducido a España. Súbditos convertidos en siervos y Rey dominado, constituyen una causa de rebelión por cuanto son una violación del pacto que dio origen a la relación (un recordatorio de que la Monarquía de España era una monarquía pactada Rey-Reino).

La primera reacción de Madrid fue la publicación "Respuesta breve fácil y evidente a un papel que se descubrió con título de Manifiesto, disculpando la resolución de D. Juan Tomás Enríquez de Cabrera. Escribióla para desengaño A.. B. L.". En ella se repiten las sátiras contra el Almirante desde su vuelta de Milán (1686), acusándole de engaño, traición y perjurio, asegurando que no estaba molesto por la embajada de Francia sino por haber sido alejado del gobierno mientras él pensaba que se le harían grandes ofrecimientos con tal de conseguir su alianza. Finaliza argumentando que de haber conseguido mantener el cargo de Caballerizo Mayor, algunas rentas del Patrimonio sin demasiado esfuerzo, entrada en el Gabinete y posibilidad de acomodar a media docena de hechuras, no se hubiera pasado a Portugal olvidando pagar a acreedores y pidiendo dinero a descuidados. Con todo esto se habría olvidado, dice, de la Casa de Austria, de sus familiares y hasta de su padre y se conformaría con el tiempo sin importarle quien fuera Rey alejándose de la publicación de papeles para revolver a todo el mundo.

1. "Portugalliae et Algarbiae cum finitimis Hispaniae regnis", obra de Johann Baptist Homann (1710)


El paso del Almirante de Castilla a tierras lusas hizo que las dudas sobre la neutralidad del gobierno de Pedro II de disparasen en la corte española. Su marcha "tem causado aquí grande ruido e brevemente se veram as consequencias", advertía Diogo Corte Real, entonces embajador del Bragança en Madrid. Su llegada a Lisboa acabaría influyendo en que Pedro II se sumase a la conquista de España planeada por los aliados pese a sus reticencias iniciales y de sus elevadas demandas territoriales.

Don Juan Tomás encarnaba a la Grandeza castellana cuyo poder estaba amenazado por el nuevo Rey, Era reconocida su influencia en Castilla y sus importantes relaciones con Andalucía, por sus cargos y sus casamientos, sin olvidar Cataluña, donde había sido Virrey, y por supuesto Milán donde, tras sus 16 años en tierras lombardas, había tejido una poderosa red de amistades y hechuras. Su llegada a tierras lusas se producía en el momento en que la armada anglo-holandesa dirigida George Rooke a fines de agosto se retiraba hacia el estuario del Tajo después de atacar el Puerto de Santa María, el intento de toma de Cádiz y tras destrozar la flota franco-española proveniente de Indias en Vigo el 23 de setiembre.

El Almirante tuvo en el Emperador un protector poderoso que le confió el cumplimiento de importantes funciones. Por otra parte, su presentación pública en Lisboa fue celebrada por los componentes de la Gran Alianza como señal de buenos sucesos, aprobando los consejos y proyectos que les ofrecía. Pero los portugueses no aceptaban las sugerencias del Almirante con tanta facilidad y Pedro II mantuvo inicialmente una actitud difidente. No obstante, la insistente labor de don Juan Tomás, sumada a las presiones del embajador inglés John Methuen y la amenazante presencia de la armada del Almirante Rooke, acabarían haciendo que Pedro II, más por temor que por convicción, se sumase a la Gran Alianza el 16 de mayo de 1703.

Sin que los embajadores de Felipe V y Luis XIV en Lisboa, Capecelatro y Chateneuf, pudiesen hacer nada, el Bragança suscribió el 16 de mayo un tratado por el que reconocía a archiduque Carlos como Rey de España a cambio de jugosas compensaciones territoriales. Con la firma de estos acuerdos se conseguía una puerta para la entrada en la Península usando como base de operaciones la desembocadura del Tajo. El Almirante, como promotor de todo, insistió en la necesidad de que el Archiduque viniera a Portugal para dirigir personalmente la campaña, tomar contacto con sus partidarios y para que las cortes europeas pudieran ver al pretendiente al trono español.

Aunque el embajador de Felipe V mantuvo un aparente disimulo antes estos hechos durante varios meses, era cuestión de tiempo y no pasaría demasiado para que, por fin, el 21 de noviembre, Capecelatro se decidiese a abandonar la ciudad y acabase con el teatro. Con una operación que se sellaba con la invitación al representante portugués en Madrid, Diogo Corte Real, a dejar también él la Corte, se cerraba un ciclo de cordialidad. Ambos embajadores se cruzarían el día 14 de diciembre en la frontera de Badajoz a las dos de la tarde. Las puertas del templo de Marte estaban a punto de abrirse.

CONTINUARÁ...


Bibliografía:


  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • González Mezquita, María Luz: "Elites de poder y disidencias estratégicas. La corte portuguesa a comienzos del siglo XVIII". X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional del Rosario. Departamento de Historia de la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional del Litoral, Rosario (2005).
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.
  • Martín Marcos, David: "Ter o Archiduque por vezinho. La jornada a Lisboa de Carlos III en el marco del conflicto sucesorio de la Monarquía de España".  Hispania: Revista española de historia. Vol. 72, Nº 241, 2012, págs. 453-474.

domingo, 22 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE IX)

1. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española. es seguro que don Juan Tomás al contemplarla desde el exilio encontraría mayor sentido a esta alegoría de lo efímero del poder terrenal.

Felipe V entró en Madrid el 18 de febrero de 1701. El Juramento y Pleito Homenaje del Rey y de los Reinos de Castilla y León se celebró, como fue costumbre bajo la Casa de Austria en el Real Convento de San Jerónimo de Madrid el domingo 8 de mayo. El Almirante de Castilla, como la enorme mayoría de Grandes y títulos, aceptó inicialmente al nuevo monarca Borbón prestándole juramento de fidelidad durante aquella ceremonia. 

Poco antes, tras tras la proclamación de Felipe V (24 de noviembre de 1700), el cardenal Portocarrero que ejercía como Gobernador del Reino hasta la llegada del nuevo Rey, reorganizó la Corte y destituyó al Almirante de su puesto de Caballerizo Mayor así como de otros cargos y honores que había disfrutado como Teniente General de Andalucía o General de la Mar y le retiró la llave de gentilhombre en ejercicio, aunque le mantuvo como consejero de Estado.

Cuando el embajador francés Conde de Marcin llegó a Madrid en el verano de 1701, tenía instrucciones muy claras sobre el Almirante: "que era Consejero de Estado; tiene mucha inteligencia, habla bien, afecta predilección por los hombres de letras...Lo peligroso sería colocarlo en los primeros puestos, pues se asegura que si se acercara al rey de España, difícilmente se libraría el príncipe de los artificios que pronto lo habían de conducir a resolver muchas cosas por su voluntad".

2. Detalle de la relación de Grandes y títulos que prestaron juramento e Felipe V el 8 de mayo de 1701 y en la que puede leerse el nombre de el Almirante, en "JURAMENTO Y PLEYTO OMENAGE QUE LOS REYNOS DE CASTILLA Y LEÓN, por medio de sus Capitulares y los Prelados, Grandes, y Títulos, y otras personas, hizieron el día 8 de Mayo de 1701 en el Real Convento de S. Gerónimo, Extramuros de la Villa de Madrid, A EL REY NUESTRO SEÑOR DON PHELIPE QUINTO [...]", escrita por el secretario don Antonio de Ubilla. Biblioteca Nacional de Madrid.

La posición preeminente alcanzada por don Juan Tomás en el reinado anterior, en la que había demostrado una clara inclinación hacia la causa austriaca ahora le pasaba factura. Un año después de la llegada de Felipe V, Marcin informaba que "el Almirante, viendo que desde principios del nuevo reinado se le tenía por sospechoso ha manifestado vivos deseos de venir a Francia en calidad de embajador. El Rey juzgó sería bueno no dejarlo en España". Por eso, Felipe V , poco antes de embarcar rumbo a Nápoles en abril de 1702, firmó el decreto que lo nombraba embajador extraordinario en la Corte de su abuelo Luis XIV para así tenerle alejado de Madrid, aunque no conviene olvidar lo dicho anteriormente: fue el propio don Juan Tomás quien solicitó dicho nombramiento, quizás como subterfugio para llevar a cabo su plan de huida a Portugal. De hecho, si atendemos a lo que cuenta Francisco de Castellví en sus "Narraciones históricas", el Almirante habría dado muestras de su intención de pasar a Portugal antes de su marcha. Así cuando Portocarrero le dijo "La embajada de V.E. será bien extraordinaria”, respondió “Sí, lo será muy mucho”, y “otro día, bajando de palacio diferentes personas le iban cortejando y se volvió hacia ellos, tomando el brazo del conde de la Puebla, que su apellido era Portugal. Les dijo no se cansen que tengo bastante con Portugal. Usó otros muchos términos equívocos sobre su embajada, que nadie penetró”.

Antes de partir el Almirante realizó diversas gestiones para reunir capital que se vieron perjudicadas por la degradación de la categoría de la embajada de extraordinaria a ordinaria, orquestada por Portocarrero, que supuso la reducción del sueldo de don Juan Tomás, quien usando este pretexto solicitó poder tomar 150.000 reales sobre su Casa y estados en Castilla. Por otra parte, solicitó permiso de la reina gobernadora Mª Luisa Gabriela de Saboya para llevar consigo una parte de las obras de arte que albergaba su Palacio situado en el Prado de Recoletos  y cuya colección de pinturas, 989 lienzos según el inventario de 1691 realizado a la muerte de padre, constituía una de las pinacotecas más importantes de Europa con destacadas obras de Tiziano, Rafael, Correggio, Rubens, Van Dyck, Tintoretto, Cambiaso, Veronese, etc (1). Finalmente, el 13 septiembre de 1702 el Almirante inició su viaje, en el que estaría acompañado por el Conde de la Corzana, su confesor jesuita padre Carlos Antonio Casnedi, el también jesuita y diplomático padre Álvaro Cienfuegos, todos ellos futuras figuras importante del austracismo; su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera (2), y un nutrido entourage de unas 300 personas que se desplazaban en 150 carros, 38 de los cuales contenían las algo más de 200 pinturas, 10 juegos de tapices y colgaduras, joyas y plata.

Al despedirse de la Reina pidió una carta especial de recomendación para Luis XIV. El correo que dejó dispuesto para que, corriendo la posta, le alcanzara en el camino la carta, le dio la oportunidad de despedirse de su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices, que residía en Medina de Rioseco y sirvió de pretexto para desviarse y detenerse en Tordesillas. Cuando recibió el pliego de la Reina, tras tres días de viaje, manifestó contrariedad porque tendría que cambiar el rumbo y leyó a sus acompañantes otro que tenía preparado para esa ocasión haciéndolo pasar por una orden de Mª Luisa Gabriela para pasar a Portugal, en calidad de embajador extraordinario, con motivo de las negociaciones originadas por la presencia en Cádiz de la armada anglo-holandesa para así asegurar el apoyo portugués. Los mismos argumentos esgrimió en Zamora para explicar su presencia en la ciudad, pero éstos no fueron convincentes para el gobernador don Francisco Pinel y Monroy, quien despachó correo a la Corte pidiendo instrucciones.

El Cardenal Portocarrero y el presidente don Manuel Arias tuvieron dudas o pensaron que se trataba de una huida voluntaria que iba a librarlos de futuros problemas y no hicieron nada para evitar que el Almirante atravesara la frontera por Alcañices. Una vez en territorio portugués manifestó que no estaba en contra del Rey, pero consideraba oportuno alejarse hasta que Felipe V pudiera tener mejor información de su inocencia sin las tergiversaciones que recibía de parte de sus enemigos, declarando estar convencido que la embajada en Francia se la dieron para tenerle dominado y conseguir su ruina. A pesar de ello, dio libertad a sus criados para seguir con él o volverse a España. Su secretario, Miguel de San Juan, y algunos otros volvieron a España, sin embargo Cienfuegos, Casnedi y Juan Ignacio de Aguirre, comensal; el Conde de la Corzana; el médico de la casa, Gabriel Joli; su secretario particular; su mayordomo, caballerizos, etc, así como su sobrino don Pascual, continuaron el viaje junto a él.

3. Vista del Paço da Ribeira de Lisboa, residencia de los reyes portugueses, a comienzos del s.XVIII.


Finalmente, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, VII Duque de Medina de Rioseco y XI Almirante de Castilla, acompañado de sus más fieles, haría su entrada en Lisboa el 23 de octubre de 1702. Pasaría a residir en una casa de campo junto el río Tajo en Belém conocida como Quinta do Conde de São Laurenço. El 7 de diciembre sería recibido en audiencia privada en el Paço de Corte-Real por el rey Pedro II de Portugal y al día siguiente por la Reina viuda de Inglaterra, Catalina de Bragança. Días antes había escrito al Conde de Waldstein embajador extraordinario del Emperador, comunicándole su llegada al reino luso y mostrando su disposición a cumplir con sus grandes obligaciones con la Casa de Austria. Pedro II consideró que sería más prudente que el Almirante no declarara abiertamente los fines de su viaje. Así, don Juan Tomás mantuvo comunicación con el embajador imperial pero con la discreción necesaria para no molestar al Rey y para mantener ocultos los verdaderos fines de su viaje a Portugal.

Mientras tanto, el embajador de Felipe V en Lisboa, el napolitano Marqués de Capecelatro, tuvo conversaciones secretas con el sobrino del Almirante, el citado Pascual Enríquez, y lo ayudó para que volviera a España. La Reina lo aprobó con satisfacción y recibió una carta de agradecimiento del Marqués de Alcañices. La familia no le fue fiel a don Juan Tomás, la conveniencia fue más fuerte que las convicciones o los sentimientos de solidaridad familiar y eso les acabó repercutiendo de manera positiva en el futuro, permiténdoles reclamar los derechos como sucesores de su herencia, ya que el Almirante no tuvo hijos. Este argumento había sido parte de la justificación que Capecelatro hizo en su intermediación para conseguir el regreso del sobrino del Almirante. Para los Enríquez era fundamental mantener una buena relación con Felipe V ya que de ello dependía su propia subsistencia.

Una de las primeras cartas que había escrito don Juan Tomás desde Portugal fue el 13 de octubre para su hermano, el Marqués de Alcañices, quien le contestó el 6 de noviembre de 1703 en estos duros términos:

"Vista vuestra resolución y oydo vuestra carta quisiera daros a entender el dolor que crecio en semejante novedad teniendo por inciertas sus verdaderas noticias hasta que me las acreditais con unas frivolas disculpas en cuya inteligencia quisiera que las voces primeras de mi respuesta correspondieran al tratamiento de unas obras no hallando modo de empezar esta carta sino con pluma humediza del corazon en mis ojos escribe mi congoja, dicta mi pena y sella mi quebranto, pues si os llamo pariente, infamo mi linaje, si amigo me acuso de desleal, si Señor, desdoro mi grandeza, si para este fin comenzare por vuestro nombre, si porque ya vos sois vos".

Alcañices no ocultaba su temor a que la huida de su hermano a Portugal fuera perjudicial para los intereses de su Casa, pues ya el día 10 de octubre se había decretado el embargo y secuestro de todos los estados, bienes y rentas libres y de mayorazgo, así como de los papeles del archivo y contaduría del Almirante de Castilla. El 1 noviembre se notificaba ya que el embargo de los bienes de don Juan Tomás en las casas de los Mostenses y el Prado había finalizado y que se continuaría en las casas de San Joaquín, llamadas de don Pedro de Aragón.

CONTINUARÁ...


Notas:

(1) Cédula de la Reina Gobernadora permitiendo al Almirante sacar bienes del Reino. 12 de septiembre de 1702. Se le autoriza a “extraer de estos Reinos en 38 carromatos, una galera y 14 acémilas, diferentes cajones y cofres que llevan diez tapicerías y colgaduras, 22 arcas de agua y vino, 200 pinturas, su ropa y vestidos usados de su persona y mesa y la de los criados que van con él y la plata labrada de su servicio”.

(2) Pascual Enríquez de Cabrera (Madrid, 1682- id.1736), era hijo don Luis Enríquez de Cabrera Toledo, VIII Duque de Medina de Rioseco (desde 1705) y de doña Teresa Enríquez Enríquez, VIII Marquesa de Alcañices. Tras la muerte de su padre en 1713 se convierte en IX Duque de Medina de Rioseco, además de XII Conde de Melgar, IX Marqués de Alcañices y IV Oropesa, Señor de Aguilar de Campos, Bolaños, Castroverde, Mansilla, Palenzuela, Tamariz, Tarifa, Torrelobatón y Villabrágima. Fue además heredero de los bienes de su tío. Al volver a España fue perdonado por Felipe V y el 30 de abril de 1726 tomó posesión de la famosa huerta de Recoletos, que permanecerían poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que 7 años después su hermana María Almudena Enríquez de Cabrera (†1741) la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que él ocupaba las casas de los Mostenses. Don Pascual murió sin hijos y al no poderle suceder su hermana ya que la sucesión estaba sujeta a agnación rigurosa, tras largo pleito el Consejo de Castilla dictamina el 23 de octubre de 1756 adjudicar la sucesión al Conde de Benavente, al tener el derecho por la línea de Alonso Enríquez, I señor de Medina de Rioseco, cuya hija, Leonor Enríquez, casó con Rodrigo Alonso Pimentel, II conde de Benavente.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Ángela: "From Madrid to Lisbon and Vienna : the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.

domingo, 1 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VIII)

1. Retrato del Cardenal Portocarrero en la Sala Capitular de la Catedral de Toledo. Siglo XIX.


En la madrugada del 5 al 6 de febrero de 1699, a los pocos meses de hacerse público el testamento de Carlos II, moría en Bruselas el príncipe electoral José Fernando de Baviera a los 6 años de edad. Este hecho rompía la vía intermedia y pacto por la sucesión entre los dos hombres fuertes de la Corte: el Conde de Oropesa y el Cardenal Primado Portocarrero. A partir de aquí y coincidiendo con una fase alcista del precio del pan, Portocarrero maniobraría para lograr la caída de Oropesa y de los afines a a la Reina, encabezados por el Almirante de Castilla. 

En 28 de abril de 1699, tras un incidente que tuvo lugar en la Plaza Mayor entre el corregidor Francisco de Vargas y una mujer a cuento del precio del pan, se inició un levantamiento popular que ha pasado a la historia como Motín de los Gatos y que fue utilizado por el Cardenal Primado, Francisco Ronquillo Briceño, antiguo Corregidor de Madrid; y el Conde de Benavente, Sumiller de Corps, entre otros, para lanzar a la masa enfurecida contra Oropesa, Presidente de Castilla, y el Almirante de Castilla, a los que responsabilizaban de sus miserias.

El 9 de mayo y ante la gravedad de los disturbios, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos. La Presidencia del Consejo de Castilla a fue ofrecida entonces a Portocarrero, quien no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo, que a sus vez había sido nombrado de nuevo Corregidor de Madrid durante los tumultos.

Días después, el 23 de mayo, Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, al que se le permitía elegir un lugar a treinta leguas de la Corte y se le ordenaba no acercarse ni volverse sin licencia por convenir a su servicio y "a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones". Antes de salir de Madrid, el Almirante se reunió con el resto de componentes del partido austriaco y se decidió que el nuevo cabeza fuese el Conde de Aguilar. Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera salió el 24 de mayo a las 11 de la mañana en coche de Palacio, permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse rumbo a Andalucía.

Don Juan Tomás fue privado del oficio de Caballerizo Mayor, así como de los cargos de Teniente General de Andalucía y de General de Mar e incluso de  lallave dorada de Gentilhombre de Cámara, aunque se le mantuvo plaza de Consejero de Estado.

El alejamiento de Palacio suponía alejarse de su lugar privilegiado junto al Rey y el cese de su capacidad de influir en la voluntad regia. El Almirante se dejó contagiar entonces de un humor bucólico. Así se refería el 14 de julio de 1699 en carta al Príncipe de Vaudémont, Gobernador de Milán y hechura suya, desde la ciudad de Granada: "Mi ausencia de la Corte la motivó aquel ridículo motín de que no te hablo más largo por considerarte con distintas noticias de él. Yo no sé si me ha sido de más satisfacción que de disgusto".

El calor de Granada en pleno estío se mezclaron con la aparente resignación del patrón desterrado quien de nuevo a carta a Vaudémont 22 de septiembre escribía de este modo: "te gozarás de tenerme fuera de la Corte en un tiempo tan lleno de confusión, desbarato y sin decoro. Yo paso aquí la vida bien divertido en el paraje más ameno buscando el ejercicio y hallando la salud en el campo, pudiendo decirte con verdad que ha muchos años que no paso días tan sosegados, tan serenos y tan gustosos".

Meses después y con Carlos II al borde de la muerte, éste pidió el 2 de octubre de 1700 al Cardenal Portocarrero que redactara un documento en los términos en que su padre redacto el suyo, solicitó que todos se retiraran y se quedó a solas con el Primado quien requirió la presencia de don Manuel Arias para redactar los principales artículos del testamento asistido por don Sebastián Cortez. A pesar de mantenerse oculto a la Reina, parece ser que el Conde de Aguilar lo descubrió y junto a los partidarios de la causa imperial trató de impedir su firma. A pesar de todo el Rey rubricó el testamento y lo ratificó en un codicilio del 10 de octubre. El mismo rezaba así:

"declaro ser mi sucesor (en el caso que Dios me lleve sin dejar hijos) al Duque de Anjou, segundo hijo del Delfín; y como tal le llamo a la sucesión de todos mis reinos, y dominios sin excepción de ninguna parte de ellos".

La muerte del Rey se produjo el 1 de noviembre. El embajador imperial Harrach, tras escuchar la lectura del testamento, escribió a su padre: "Todo esto es consecuencia de la traición de la Reina y de sus lados".

Las noticias de la muerte del Rey y de su indulto sorprendieron al Almirante en Granada de donde pasó a Sanlúcar de Barrameda y luego a la Corte. La Real Chancillería que vino a saber de su viaje le pidió que suspendiera la marcha hasta que la provisión Real le fuera notificada, pero éste hizo caso omiso y cuando en Antequera le alcanzó el Alcalde Mayor que la llevaba excusó el cumplimiento escribiendo a la Chancillería el día 5 de noviembre que estaba dispuesto a cumplir lo que el Tribunal estimase del servicio del Rey pero que siendo ya público su deseo de pasar a Sanlúcar le sería satisfactorio se le permitiera ejecutarlo ya que no podían "que no podían dejar de estar muy en su reverente memoria las demostraciones con que la soberana grandeza del Rey había querido desde el primer día honrar su persona, casa y grados que se sirvió conferirle, con distinciones tan hijas de su Real benignidad e inerrable soberanía, como proporcionadas a su propio decoro y al  que piden los caracteres del ministerio en que tanto interesa el ser vicio de S. M.". Finalmente la Chancillería no sólo se autorizó la continuación del viaje, sino que se dieron órdenes para facilitarle auxilios y escolta si la necesitase.

Finalmente, el Almirante llegaría a Madrid el 6 de noviembre. Allí comenzó a hacer ostentación de su cargo de Caballerizo Mayor, con la librea y las carrozas del Rey. Esta actitud fue mal vista y le aconsejaron que moderara su presentación en público. No mantenía su buena relación con la Reina viuda y suponía que había sido sacrificado por ser incondicional de su servicio mientras que ella le recriminaba por haberle atraído el odio público por tenerle a su servició.

Como vimos, no parece que don Juan Tomás realizase en Granada actividades fuera de lo previsible, pero sí hizo viajes a sus posesiones y siguió preocupándose por las cuestiones políticas. En carta fechada el 30 de julio de 1700 escribía desde Medina de Rioseco al Duque de Medinaceli, Virrey de Nápoles, una premonitoria carta:

"Vine de Andalucía a estos terrones de Castilla donde se vive con alguna diversión de la caza y con más quietud de la que cabe en tan lastimosa hora...Por acá todos son discursos o lamento sobre la común ruina y viendo este tamaño mal aun es mucho mayor la infamia que la pérdida de todo y no se puede tener otra esperanza del remedio que la que pende únicamente de la providencia porque nuestros pasos son lentos o tan ningunos hacia las disposiciones necesarias que mirados de este retiro y desde el mayor desengaño lastiman no poco. Si tienes altar obligaciones que no dudo, tomarás las medidas que te debes a ti mismo, al honor de tan grande vasallo...te he de seguir en todo pues tus resoluciones son las que se encaminan a la honra, la obligación y acierto...en todo estoy contigo...Vencer o Morir. El Almirante".


CONTINUARÁ...



  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Prevenir la sucesión. El príncipe de Vaudémont y la red del Almirante en Lombardía", en Estudis: Revista de historia moderna, Nº 33, 2007, págs. 61-91.
  • Cremonini, Cinzia: "La parábola del Príncipe de Vaudémont, entre austracismos e intereses personales", en Espacio, Tiempo y Forma, Nº 31, 2018, págs. 103-121.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

viernes, 24 de enero de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VII)

1. Retrato de Carlos II. atribuido a Jan van Kessel II (h. 1696). Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid.

1696 fue un annus horribilis para la familia real, a las graves enfermedades de Carlos II y la reina Mariana de Neoburgo que a punto estuvieron a costarles la vida, se sumó la muerte de la reina madre doña Mariana de Austria el 16 de mayo. En septiembre y tras una recaída en la que se le llegó a administrar el viático tuvo lugar por instigación del cardenal primado Portocarrero la firma por parte del Rey de su primer testamento redactado en junio y por el que se declaraba como heredero universal de toda la Monarquía al príncipe electoral José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano II Manuel y de la archiduquesa María Antonia, y bisnieto, por tanto, de Felipe IV y Mariana de Austria . Estos hechos se producirían a espaldas de la reina Mariana Neoburgo que por estas fechas también se encontraba gravemente enferma y seguramente también de don Juan Tomás.

Tras la muerte de su primera esposa, Ana Catalina de la Cerda Enríquez de Ribera, en febrero de 1696, don Juan Tomás volvería a contraer matrimonio en junio de 1697 con la sobrina de aquella, Ana Catalina de la Cerda y Aragón, hija del VIII Duque de Medinaceli y viuda de don Pedro Antonio de Aragón (†1690).

En estas fechas el Almirante parecía disfrutar de atribuciones de virtual valido, de hecho, en enero había conseguido sustituir al Gobernador del Consejo de Castilla, don Manuel Arias, por Antonio Argüelles, una hechura suya. Esta posición preeminente le ganó grandes enemigos en la Corte, siendo el más destacado de ellos el cardenal primado Portocarrero que en un memorial al Rey del 8 de diciembre le acusaba le ejercer una "privanza misteriosa y envidiada" y de rodear al monarca de sus hechuras.

Para finales de año la salud de la real pareja se recobró y el Almirante mantuvo su influencia. En mayo de 1697 llegaría a la Corte como embajador imperial por segunda vez el Conde de Harrach que tenía como objetivo reconstruir el partido imperial de la mano de don Juan Tomás, la Reina y otros destacados nobles como el Conde de Aguilar o el Marqués de Mancera. El embajador logró que Carlos II solicitase a Leopoldo I el envío del archiduque Carlos a la Península con 12.000 hombres para proteger Barcelona, pero la caída de la capital catalana dejó todo en papel mojado. 

El avance de las tropas francesas en Cataluña y, sobre todo, la citada caída de Barcelona el 10 de agosto, llevaron a la conformación de un triunvirato de gobierno compuesto por el cardenal Portocarrero, el Almirante y el Duque de Montalto. No obstante, el triunvirato se disolvió rápidamente. Como señala Luis Ribot, se trataba de un gabinete de crisis ante las malas expectativas de la guerra con Francia. En octubre el Duque de Montalto fue desterrado a veinte leguas de la Corte por su enemistad con la Reina, y diciembre el Almirante, que era prácticamente Primer Ministro, pasó a residir en Palacio en el llamado cuarto de los Príncipes con el pretexto de salvaguardar su seguridad tras ser desafiado por el Marqués de Alconchel.

Por otra parte, y con el fin de reforzar su posición en la Corte, en noviembre de 1697 el Almirante había respaldado la creación de un regimiento 800 hombres para crear una guardia personal del Rey, que según sus propias palabras debía servir a la Majestad de "antemural de su decoro". El puesto de coronel de este regimiento se entregó al príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, primo de la Reina que había llegado a España en 1695 al mando de un contingente imperial para defender Cataluña y a quien también se le había nombrado Grande de primera clase, se le había otorgado el Toisón, la llave de Gentilhombre durante su estancia en la Corte aquel año, y que gozaba de gran popularidad entre el pueblo; por su parte para el puesto de teniente coronel se eligió al Conde de Urs, hechura de don Juan Tomás. La formación del regimiento suscitó una intensa polémica en la Corte, de forma que diversos consejeros y aristócratas se posicionaron públicamente a favor de reformarlo.

El embajador Harrach en carta al Emperador del 28 de septiembre de 1698 afirmaba:

"Prácticamente es Primer Ministro el Almirante, puesto que dispone de todos los nombramientos, tiene a su devoción a los Presidentes de Indias y Hacienda y maneja a su gusto las rentas reales, aunque sea para su provecho o el de sus partidarios. Se le ha entregado además una parte del Regimiento de la Guarda, confiriéndole el mando sobre ella sin sujeción al Consejo de Guerra, lo cual, por cierto, origina toda clase comentarios y algunos peligrosos, porque se supone lo va a completar con mil caballos y otros tantos infantes, para disponer a su antojo de toda esa fuerza. Es creencia general que ha subido demasiado alto para no caer pronto, y a esto ayudan cuanto pueden sus enemigos, que son muchos y muy encarnizados. Pero hasta ahora nada han conseguido en el ánimo de la Reina, tan absolutamente suyo, que por causa de él se entibiaron las relaciones que mantenía con los Embajadores alemanes".

El partido del Almirante fue heterogéneo, a él pertenecieron religiosos como el jesuita Álvaro Cienfuegos, militares como el Conde de la Corzana y hombres de pluma, como su secretario Juan Antonio Romero y Anderaz, todos ellos destinados con el tiempo a desempeñar un relevante papel en el gobierno austracista durante la Guerra de Sucesión. La apuesta de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera por convertirse en árbitro de la sucesión implicaba que tuviese especial interés en controlar el nombramiento de los "pro reges" en dos de los antemurales de la Monarquía donde de encontraba la mayor parte de los efectivos del ejército, junto con los Países Bajos: el Estado de Milán y el Principado de Cataluña. Consciente de que la pugna sucesoria se jugaba en Europa y que desbordaba el alcance de la aristocracia española, el Almirante favoreció para estos puestos a las candidaturas de príncipes del Sacro Imperio, capaces de movilizar relaciones y recursos en los territorios situados entre Francia y los territorios de la Casa de Austria vienesa: el ya citado Príncipe de Hesse-Darmstadt se convirtió en virrey de Cataluña tras la Paz de Rijswijk; y Carlos Enrique de Lorena, Príncipe de Vaudémont, y muy apreciado por el rey Guillermo III de Inglaterra al que conoció durante las campañas en Flandes, fue elegido Gobernador de Milán a comienzos de 1698, territorio en el que además el Almirante había paso 15 años y donde tenía una extensa red de clientes y hechuras.

Tras la firma de la paz con Francia, llegaría a la Corte el nuevo embajador de Luis XIV, el Marqués de Harcourt, que tenía como misión crear un partido favorable a la sucesión borbónica usando para ello ingentes cantidades de dinero y favores, en oposición al partido pro-imperial comandado por el Almirante de Castilla y la Reina, y a la posición intermedia defendida por Portocarrero y aprobada por el Rey en 1696: la sucesión bávara.

En estos momentos se produjo también el retorno del Conde de Oropesa a la Corte. Fue la Reina, principal culpable de su caída en 1691, la que en marzo de 1698 por recomendación del Almirante y del partido austriaco, ya que pensaban que don Manuel Joaquín podría con su fuerte personalidad y su larga experiencia gubernamental favorecer la causa del Emperador, la que favoreció su retorno. No obstante, lo cierto es que el nuevo gobierno del Conde de Oropesa fue el responsable de promulgar el segundo testamento de Carlos II el 14 de noviembre de 1698, en que coincidiendo sustancialmente con el primero dado en junio de 1696, se nombraba heredero al príncipe José Fernando de Baviera:

"[...] Declaro por mi legítimo sucesor en todos mis Reynos, Estados y Señoríos al príncipe Electoral Joseph Maximiliano, hijo único de la archiduquesa María Antonia mi sobrina y del elector duque de Baviera, hija también única que fue de la emperatriz Margarita mi Hermana, que casó con el emperador mi tío, primera llamada a la sucesión de todos mis Reynos, por el testamento del Rey mi señor y mi padre, por las leyes de ellos; supuesto dicho es la exclusión de la Reyna de Francia mi hermana, por lo qual el dicho Príncipe electoral Joseph Maximiliano como único heredero de este derecho varón. Más propincuo a mí y de la más inmediata línea, es mi legítimo sucesor en todos ellos, así los pertenecientes a la Corona de Castilla, como de la de Aragón y Navarra y todos los que tengo dentro y fuera de España [...]".

Tiempo después el embajador Harrach escribía a Leopoldo I que Mariana de Neoburgo "estaba pesarosa de los hecho (llamar de vuelta a Oropesa) porque no podría quitarse de encima aquel piojo". Lo cierto es que el Almirante también tuvo que ser consciente de este testamento, ya que tanto él como Oropesa, asistieron a la sesión del Consejo de Estado donde se deliberó sobre este asunto en el que el Rey se mostró siempre favorable a seguir la línea marcada por el testamento de Felipe IV, es decir la de priorizar a la descendencia de su hermana la emperatriz Margarita Teresa.

Paradójicamente, el relevo en el gobierno de Milán promovido por el propio Almirante acabaría contribuyendo con el paso del tiempo a acelerar su caída en desgracia. El Gobernador saliente, el III Marqués de Leganés, regresó a Madrid y en la Corte acabaría encabezando un partido que se mostraba partidario de la Casa de Austria en la sucesión. Leganés instó al embajador imperial Harrach para que se actuase con medios contundentes a fin de alejar de palacio al Almirante y a las criaturas de la Reina, a las que consideraba causantes de desprestigio de la causa imperial.


CONTINUARÁ...


Bibliografía:

Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Prevenir la sucesión. El Príncipe de Vaudémont y la red del Almirante en Lombardía" en  Estudis: Revista de historia moderna, Nº 33, 2007.

Baviera, Príncipe Adalberto y Maura Gamazo, Gabriel: "Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España", Volumen II. Madrid, 2004.

González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VI)


1. Alegoría del matrimonio entre Carlos II y Mariana de Neoburgo. Anónimo (h. 1690). Stadtmuseum Landeshauptstadt Düsseldorf.


De vuelta en la Corte, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera fue una figura destacada en los actos fúnebres celebrados el 12 de febrero de 1689 en honor de la reina María Luisa de Orleans, y poco a poco fue convirtiéndose en una figura destacada en el círculo decisorio de la Monarquía. En las instrucciones de Luis XIV a su nuevo embajador le encargaba insinuarse a Melgar ya "que era uno de los que gozaban de más crédito en la Corte". Melgar pronto se convirtió en hombre de confianza de la nueva reina Mariana de Neoburgo, quien gozaba de un enorme ascendiente sobre el Rey. Así, Melgar comenzó a formar parte de las intrigas palaciegas, siendo la principal aquella que llevó a la caída del gobierno del Conde de Oropesa el 24 de junio de 1691, para ser dos días después nombrado por Real Decreto consejero de Estado (26 de junio). Esto constituyó una caso excepcional ya que padre (el Almirante) e hijo (el Conde de Melgar) fueron consejeros al mismo tiempo, no obstante esta situación duró poco porque don Juan Gaspar fallecía poco después, el 25 de septiembre. Carlos II por cédula dada en El Retiro el 22 de octubre concedió entonces a don Juan Tomás el oficio de Almirante de Castilla con las mismas calidades y prerrogativas por toda su vida, con voz y voto en la venticuatría de Sevilla, anejo a dicho oficio. Por otra parte, se declaraba consumido el Almirantazgo de Granada como se hizo con su padre, pero conservaba los derechos de los demás oficios. Además, heredaba de su padre el Ducado de Medina de Rioseco (VII) con sus condados, señoríos, juros y rentas vinculadas, siéndole además concedida la encomienda de Piedrabuena de la Orden de Alcántara que había disfrutado su padre y que rentaba 91.870 reales al año.

El nuevo título de Almirante acrecentó la posición, el prestigio y la riqueza de don Juan Tomás en un momento clave en el que el problema sucesorio comenzaba a mostrarse en toda su gravedad. Tras la caída de Oropesa, la Península se dividió entre cuatro Lugartenientes Generales para una mejor administración: el Duque de Montalto a cargo de Castilla la Nueva, el Condestable de Castilla a cargo de Castilla la Vieja, al Almirante le tocaba Andalucía y Canarias, y al Conde de Monterrey la Corona de Aragón; pero como éste declinó el cargo por problemas de salud, se modificó la división en tres partes, correspondiendo al nuevo Almirante la que comprendía Andalucía, Extremadura, Canarias y el Norte de África. La autoridad de estos tres hombres se declaró superior a la de los Tribunales y Consejos y a la de los virreyes. Tenían la calidad de Tenientes Generales del Rey y se preveía, con el fin de armonizar sus funciones, que se reunieran dos veces por semana.

En la reuniones de Tenientes y en las del Consejo de Estado presididas por el Rey, don Juan Tomás fue mostrando sus conocimientos y dotes oratorias que le hacían superior a sus colegas, incluso al que se consideraba el nombre más destacado, el Duque de Montalto, favorito de Carlor II. Baste como ejemplo su voto del 20 de enero de 1694:

"Lo que V.M. mandó el 11 de noviembre fue tener presente la relazión de lo sucedido en Europa desde que el rey rompió la tregua considerando que el rey Guillermo de cuyas armas nos hemos valido para detener el ímpetu de la Francia no habrá podido hacer más de lo que hizo aunque al mismo tiempo se puede recelar que por sus ocultas máximas que son comprehensibles no aya obrado más dando a entender con mayor claridad lo que ha pasado este año con sus armas marítimas que el Sr. Emperador yendo con tanta felicidad hasta ahora estas conquistas del turco ha tenido el contratiempo de Belgrado".

Tanto en las relaciones de los embajadores venecianos como franceses, se consideraba al Almirante "el más hábil, el más fino, el más político de los del Consejo". No obstante a raíz de su ascenso político en la Corte los enemigos aumentaron y comenzaron a circular libelos injuriosos con la clara intencionalidad de minar su ascendiente.

En lo relativo a las cuestiones de paz y a la sucesión de la Monarquía don Juan Tomás se mostraba partidario de tratar de evitar, hasta que fuera forzoso, hacer ningún tipo de declaración pero dejando clara su oposición a cualquier tipo de entendimiento con Francia. Por otra parte, su cercanía a la Reina y la defensa que hizo de su camarilla ante el Consejo frente a las acusaciones del Cardenal Portocarrero le acabaron valiendo su designación como Caballerizo Mayor del Rey el 9 de enero de 1695 por influencia de la misma.

A pesar de todo, los excesos cometidos por la camarilla de la reina Mariana de Neoburgo hicieron que el Secretario del Despacho Universal, don Alonso Carnero, sugiriera al Rey que fuera a Zaragoza "publicando que iba a defender Cataluña...y que desde allí mandase orden de sacar de los Reinos a esas sabandijas". La respuesta que obtuvo fue su propia sustitución siendo remplazado por Juan Larrea, por influencia del Almirante quien con paciencia y cautela iba rodeando a Carlos II de hechuras suyas. El confesor del Rey, fray Pedro Matilla, protestó por la destitución de Carnero y Carlos II buscó una solución al conflicto pidiendo al secretario Wiser que dejara la Corte. El Almirante lo despidió con el regalo de dos "hermosos caballos" para el viaje que iniciaba hacia Parma, junto a la hermana de la Reina, la duquesa Dorotea Sofía.

Algunos meses después, en diciembre, el Almirante consiguió restituir en su Archidiócesis al Arzobispo de Zaragoza y colocar en el Gobierno del Consejo de Castilla a don Antonio Argüelles. Una vez obtenido el favor del Rey, mediante la intermediación de la Reina, don Juan Tomás se impuso a todos y según los venecianos Venier y Mocenigo, gobernó, manejó y dispuso, no teniendo competencia en su nivel ni en otro superior si se da crédito a la voz popular. Según Luis Ribot: "A mediados de 1695, al menos, el Almirante parecía ser el hombre más poderoso en los círculos políticos de la Corte". El embajador Venier (1695-1698) dice que formó su partido y que eran criaturas del Almirante varios personajes. Sin embargo Portocarrero, en un papel que escribió en la época, decía que él estaba como Caballerizo Mayor porque ellos lo habían conducido a ese lugar para usarlo en su beneficio.

Es difícil determinar en qué medida usó a sus relaciones o fue usado por su entorno. Lo que se puede comprobar es que, al comienzo de 1695, el Almirante había reunido en su persona los siguientes oficios: 1. Teniente General de las Andalucías y posesiones de África; 2. Consejero de Estado, calificado como apto para estudiar y entender como ponente en los asuntos más arduos de la política exterior; 3. Caballerizo Mayor, asistiendo al Rey en el desempeño de sus funciones, extensivas a los actos de decoro y ostentación pública de la Corte y a los de solaz y diversión del monarca, que requerían asidua presencia en Palacio.

Los cargos que disfrutaba le permitieron estar cerca del Rey, ambición imprescindible para todo cortesano que tuviera aspiraciones de poder. Esta proximidad le ofreció la capacidad de hablar con él de situaciones cotidianas y de darle su parecer acerca de aquellas que le preocuparan. El hecho de que pudiera despachar a su voluntad, colocó al Almirante en una situación privilegiada que no podían explicar muchos observadores aunque estuvieran acostumbrados a emitir juicios sobre los sucesos y los actores de la Corte. El embajador Venier escribía al Senado:

"El Almirante, aparentando siempre no querer disponer de nada, todo lo determina como si fuera Primer Ministro, teniendo a su dependencia Ministros, Virreyes, Embajadores, y el caso es que el Rey despacha con consulta suya los negocios más graves, por la estimación en que tiene a su capacidad. Con este proceder tiende  dos fines: mantener su superioridad y esquivar las imputaciones de malos sucesos. Va por su camino y con sagacísimo genio y superior disimulo (que se adjudica a su aprendizaje italiano de las artes de Maquiavelo) si no a todos engaña, engaña a muchos, o al menos parecen engañados los que por necesidad tienen que estarle sometidos".

En las instrucciones al embajador francés se aseguraba que "Ha sido elevado a la autoridad de Primer Ministro aunque sin título y sin ejercer todas las funciones". Esta situación hacía difícil a los contemporáneos encontrar semejanzas entre su posición y la de los privados de los anteriores Reyes. El Almirante disponía de poder, pero no se atrevía a asumirlo abiertamente pues aunque tenía el apoyo de la Reina, no desconocía por referencias a su aliada la Condesa de Berlips, la fragilidad de esta relación debido a la facilidad con que Mariana de Neoburgo cancelaba favores y beneficios ante la menor diferencia o resistencia a cumplir sus deseos. Evidentemente él quería tener su propio campo de decisiones, tenía un proyecto la lograr poder e influencia y no aceptaba pasar de un terreno en el que podía aceptar ciertas concesiones, a la sumisión sin reservas para convertirse en mero instrumento de una camarilla.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera". Cuadernos monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, Nº 42. Madrid, 2003.