lunes, 14 de mayo de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE II)

1. Retrato de don Fernando de Valenzuela, Marqués de Villasierra, obra de Claudio Coello. Real Maestranza de Ronda.


Durante la privanza de Fernando de Valenzuela (1674-1677), el Conde de Oropesa, al igual que el Duque de Medinaceli, se mostró contrario al meteórico ascendo del advenedizo privado de doña Mariana de Austria. El verano de 1676, ambos, junto a don Pascual de Aragón, el Conde de Medellín, auspiciados por el Conde de Villaumbrosa (Presidente del Consejo de Castilla) y apoyados, en principio tangencialmente, por don Juan José de Austria, habrían iniciado una serie de contactos a través de misivas cifradas y reuniones secretas con el objetivo de convencer al joven Rey por medios persuasivos de su error e incluso encantamientos al mantener a su lado a Valenzuela y acatar sin réplica alguna las órdenes de su madre.

Medinaceli, Sumiller de Corps del Rey y Oropesa, gentilhombre de cámara, cortesanos muy cercanos a Carlos II fueron los encargados de dirigir el intento de atracción de la voluntad real hacia la causa nobiliaria. Sin embargo, los esfuerzos se rebelaron inútiles. Tomás Carbonell, confesor del Rey, certificó el hechizo de Carlos II, sin embargo, en una carta de escrita por don Manuel Joaquín a Pascual de Aragón, Arzobispo de Toledo, el Conde de Oropesa confesaba que él no pensaba que el aturdimiento del monarca se debiera a los hechizos sino más bien a su inexperiencia e infantilismo:

"…pero haviendo conferido con el duque de Medina y conmigo el confesor este miserable estado en que hay tanta sospecha de maleficio aunque yo me personado a que puede ser de la poca hedad y inexperiencias que da lugar y disposición a que se impriman y obren en el los influxos dela Reina y Valenzuela" (1). 

Los buenos modos orientados a conseguir el beneplácito de Carlos II habían fracasado, por lo que Oropesa y Medinaceli optaron en última instancia por el recurso a la violencia y la colaboración militar de don Juan José, que también intentó convencer al Arzobispo  de Toledo de su participación en la expulsión de Valenzuela. Sin embargo, ambos nobles, como expertos cortesanos, jugaron con la disimulación y la ambigüedad, mostrándose favorables a la expulsión del privado de la Reina, pero nunca demostrándolo abiertamente. 

En noviembre de 1676 la nobleza protagonizó lo que el profesor Antonio Álvarez Ossorio ha denominado “Huelga de Grandes”, cuando éstos se negaron en rotundo a incluir a Valenzuela en su selecto círculo. De este modo, en un acto de desobediencia al Rey sin precedentes en la monarquía de los Austrias, el día 4 de noviembre, día de San Carlos y onomástica del Rey, los Grandes dejaron a Valenzuela solo en el banco de la Capilla Real, reservado para las altas dignidades y, el día del cumpleaños de Carlos II, el 6 de noviembre, sólo acudieron a la ceremonia del besamanos cinco de los Grandes como protesta ante el reciente ascenso del adevnedizo. Incuso Medinaceli se disculpó por malestar físico en la audiencia pública de Valenzuela el día 10 de noviembre. 

Este descontento se plasmaría el 15 de diciembre con el llamado "Manifiesto de los Grandes", documento que certificó la rebeldía de la nobleza y su respaldo incondicional a las milicias de don Juan de Austria que se dirigían hacia Madrid con un único objetivo: derrocar a Valenzuela y expulsarle de la Corte. Entre los signatarios se encontraban los Duques de Alba, Osuna, Pastrana, Veragua, Gandía, Híjar, Camiña, Infantado, Lemos, Oñate o Medina-Sidonia. Sin embargo, dos de los nobles más destacados, Medinaceli y Oropesa, se negaron a estampar su nombre en tan comprometedor documento para evitar que les salpicaran las posibles represalias que pudieran venir de uno u otro bando, calibrando fríamente las consecuencias y decidiendo no firmar por lo que pudiera ocurrir. En caso de triunfo de don Juan, como así fue, ambos podrías argumentar sus intentos pasados por "liberar" a Carlos II. Tampoco estamparon sus nombres en el documento el Almirante, el Condestable o don Pascual de Aragón.

Finalmente, don Juan José de Austria entraría en la capital de la Monarquía el 23 de enero de 1677 haciéndose con las riendas del gobierno, mientras que Valenzuela, que se había refugiado en El Escorial, fue capturado por los juanistas encabezados por don Antonio de Toledo, hijo del Duque de Alba, y mandado al exilio en Filipinas.

CONTINUARÁ...

NOTAS: 

(1) Carta del Conde de Oropesa al Arzobispo de Toledo. Correspondencia del Arzobispo de Toledo. BNM. Mss 2043. pp. 295-297.


BIBLIOGRAFÍA:
  • Oliván Santaliestra, Laura: "Mariana de Austria en la encrucijada política del siglo XVII". Tesis inédita. Universidad Complutense de Madrid, 2006.

martes, 8 de mayo de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE I)

1. Escudo de los Álvarez de Toledo en la contraportada del Castillo-Palacio de los Condes de Oropesa en Jarandilla de la Vera (Cáceres). Foto del autor.


Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal (h.1642-1707) era el hijo de don Duarte Fernando Álvarez de Toledo Portugal Monroy y Ayala (1620-1671), VII Conde de Oropesa, de Deleitosa, de Belvís, de Alcaudete y de Almuras, Marqués de Frechilla, Villarramiel y Grande de España; y de doña Ana Mónica Fernández de Córdoba y de Zúñiga, VI Condesa de Alcaudete y II Marquesa de Villar de Grajanejos, que pertenecía a una rama menor de los Conde-Duques de Benavente con quien estaba emparentada por línea paterna.

Tras la muerte de su hermano mayor a poco de iniciarse la regencia de doña Mariana de Austria,  don Manuel Joaquín heredó el título de Marqués de Jarandilla, como sería conocido hasta el óbito de su padre el 1 de julio de 1671, cuando heredará los título paternos y pasará a intitularse como Conde de Oropesa (1671-1707).

FAMILIA:

Su padre fue Virrey de Navarra y Capitán General de la Provincia de Guipúzcoa (1641-1645) y Virrey de Valencia (1645-1650) y ejerciendo este puesto sería el primero en besar la mano de la nueva reina Mariana de Austria a su llegada a Denia (1649) y siendo el encargado de acompañarla hasta la frontera de Castilla. Después fue nombrado Virrey y Capitán General de Cerdeña y embajador extraordinario en Roma, puestos que debió ocupar entre 1650 y 1654, si bien durante poco tiempo el primero ya que figura que el 3 de julio de 1652 cobraba el estipendio por su puesto de embajador. Por esas fechas debió ser recibido como gentilhombre de cámara del Rey y en junio de 1654 fue nombrado capitán general de Toledo y Castilla la Nueva. En 1663 fue nombrado Presidente del Consejo de Órdenes, puesto que ocupaba al inicio de la Regencia y que mantendrá hasta la fecha de su promoción a la presidencia de Italia (1669), donde permanecerá hasta su muerte acaecida dos años después.

Por su parte, cabe destacar que su tía materna, doña María Engracia de Toledo y Portugal, Marquesa viuda de los Vélez desde 1647 tras morir su marido, el V Marqués de los Vélez, fue aya del príncipe Felipe Próspero y de la infanta Margarita Teresa. Tras la muerte del pequeño príncipe el 1 de noviembre de 1661, y el nacimiento del futuro Carlos II, cinco días más tarde, pasó a ejercer el mismo cargo con el nuevo heredero. Su marido fue mayordomo mayor de Felipe IV y ella cobraba como viuda, los gajes íntegros que correspondían a dicho asiento, dos millones de maravedís.

Bajo la protección de su padre y de su tía, ambos personas de confianza de la reina regente doña Mariana de Austria, empezaría el Marqués de Jarandilla su carrera política.


EL MARQUÉS DE JARANDILLA (1665-1671):

Casi nada se sabe de los primeros años de don Manuel Joaquín. Debió nacer hacia 1642 en el Palacio Real de Pamplona, residencia de los virreyes navarros, durante el gobierno de su madre en aquellas tierras.  El Marqués de Jarandilla se casó en 1664 con doña Isabel Téllez Girón Pacheco, nieta del III Conde de la Puebla de Montalbán, mayordomo más antiguo de Felipe IV. 

Su carrera política se inició cuando es nombrado capitán de una de las compañías de la recién creada Guardia Chamberga (1669), confirmándose así su cercanía a la reina regente doña Mariana de Austria en su pugna contra don Juan José de Austria, de la misma manera que su padre y su tía. 

En julio de 1671 don Manuel Joaquín, que contaba con 29 años de edad, comunicaba a la Reina que había sucedido en sus estados a su difunto padre. Además de los títulos, heredaría el cargo de Capitán General del Reino de Toledo que antes tuviera aquel. El cargo lo recibió como una merced expresa por los servicios de su padre: 

"y atendiendo a los agradables y particulares servicios que hizo en los puestos que ocupó, y a que todos recaen en Vos Don Manuel Joachín García Álvarez de Toledo, Portugal Córdova y Pimentel, su hijo primogénito, Conde de Oropesa, Belvís y Deleytossa, Marqués de Jarandilla y Frechilla, e resuelto elexiros y nombraros (como por la presente os elijo y nombro) por mi Capitán General del Reyno de Toledo, en la misma forma y manera que lo tenía vuestro padre" (1).

Por estas fechas debió recibir también la encomienda de Abanilla de la Orden de Calatrava, de la que era caballero.

Cuando se dispuso la formación de su Casa de Carlos II, el Conde de Oropesa obtuvo una plaza de gentilhombre de cámara que juró el 9 de febrero de 1675 en manos del Duque de Medinaceli, Sumiller de Corps del Rey. Esto le permitió ganarse la confianza del joven Rey. Con la mayoría de edad de Carlos II (noviembre de 1675) don Manuel Joaquín era ya uno de los aristócratas cortesanos más influyentes y cercanos a la persona del Rey. 

CONTINUARÁ...

NOTAS:

(1) A.N. Frías, c.1268, doc. 3


BIBLIOGRAFÍA:


  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La Chamberga: El regimiento de la guardia del rey y la salvaguarda de la majestad (1668-1677)" en "Carlos II y el arte de su tiempo" coord. por Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, Angel Rodríguez Rebollo, 2013.
  • Crespi De Valldaura Cardenal, Diego: "Nobleza y corte en la regencia de Mariana de Austria (1665-1675)". Tesis doctoral inédita, leída en la Universidad Autónoma de Madrid. Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Historia Moderna (2013).



jueves, 26 de abril de 2018

La estancia de Carlos III de Austria en Madrid (1710)

1. Carlos III de Austria (futuro emperador Carlos VI), obra de Francesco Solimena (c.1707). Galleria Nazionale Capodimonte de Nápoles.


La campaña de Carlos III de Austria (archiduque Carlos) del año 1710, cuando hacía ya 6 años que el conflicto sucesorio se extendía por tierras ibéricas, se inició con los sonoros triunfos aliados en Almenar y Zaragoza (27 de julio y 20 de agosto respectivamente) que dejaron el camino expedito hacia el norte del Ebro y la Villa y Corte de Madrid. El empeño británico por adentrarse en Castilla, decisión que posteriormente sería criticada con dureza por el propio Carlos III al no consolidarse el avance paralelo hacia Navarra para interceptar la entrada de las tropas de Luis XIV, fue tomado con optimismo por gran parte del séquito carolino y de los exiliado en la Corte de Barcelona. Las muestras de alegría y convencimiento de un rápido y feliz desenlace para las águilas austriacas en el conflicto sucesorio se incrementarían con la llegada de nuevas sobre al entrada del rey Carlos en la Villa y Corte.

A diferencia de la primera entrada aliada en Madrid el año 1706, la mayor parte de los cortesanos y oficiales reales abandonó la Villa en dirección a Valladolid tras las órdenes imperativas de Felipe V. La despoblación de la Corte generó desde los instantes previos a la entrada una honda preocupación en el campo aliado. Pese a que el general británico Stanhope y gran parte de la opinión pública dejaba entrever que con su acceso a Madrid "quedará todo ganado", Carlos III se mostró escéptico en sus cartas a su secretario de Estado navarro Marqués de Erendazu, afirmándole que "de milagros ninguno deve discurrir ni fiar". A fines de septiembre, con el séquito regio a las afueras de la Villa, las palabras del Rey dieron visos de realismo. El abandono de la élite administrativa y política de la Monarquía, con la excepción de un reducido grupo de Grandes, títulos españoles e italianos y algunos criptoaustriacos y prisioneros de Estado, presentaba un panorama desalentador. La conciencia del mal recibimiento pesó en el monarca antes de cruzar los umbrales madrileños. Por carta del 26 de septiembre, informaría al Marqués de Erendazu que, frente a la mayoría de voces, se negó a condescender con los ruegos universales "aun no estoy en hazerlo, y lo más que yo haga será entrar por la puerta más cercana a Atocha, allí oyr misa y bolver, pues me pareze no conviene ni merezen más".

La tibieza de las opiniones y lealtades madrileñas pusieron sobre la mesa un rápido abandono e incluso su inmediato paso a Toledo o Granada. El 28 de septiembre, tras el consabido Te Deum en la iglesia real de Atocha y un cortejo solemne hacia la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, Carlos de Austria abandonó la Corte y se fortificó en la quinta del Conde de Aguilar, en el lugar de Canillejas. A los pocos días el real séquito pasó al Palacio de El Pardo. Las continuas acciones punitivas de los cuerpos de caballería filipinos que a punto estuvieron de capturar a Carlos III le movieron a retirarse del epicentro de la Monarquía y pasar hacia el valle del Manzanares y el Tajo.

La evacuación de Madrid el 11 de noviembre siguiente en dirección a Toledo, Molina de Aragón y Cataluña, supuso un punto de no retorno en el conflicto sucesorio. La fidelidad de la mayor parte de las poblaciones de Castilla a Felipe V y el colapso militar británico en Brihuega, paliado con un éxito táctico del Conde Starhemberg en Villaviciosa, alejaron definitivamente a Carlos III de la sucesión íntegra de la Monarquía de España. La rápida y consistente recuperación de Felipe V hacia el interior de Aragón y Cataluña preludiaron el fin del "sogno spagnolo" de Carlos de Austria.


Fuentes:


  • Quirós Rosado, Roberto: "Monarquía de Oriente: la corte de Carlos III y el gobierno de Italia durante la Guerra de Sucesión Española". Marcial Pons, 2017.


domingo, 25 de marzo de 2018

José I y el archiduque Carlos frente a la sucesión española: los acuerdos de 1703 y el Estado de Milán

1. Miniatura que que representa la cesión de de sus derechos a la Corona de España por parte de Leopoldo I y José I al archiduque Carlos, obra de Charles Boit (1703). Kunsthistorisches Museum de Viena.


Tras la entronización de Felipe V, la diplomacia francesa obtuvo al principio el éxito de concertar una alianza con Portugal en 1701. En la misma línea, Luis XIV proyectó el matrimonio de su nieto con María Luisa Gabriela de Saboya. Durante el invierno de 1701-1702 los dispositivos bélicos se intensificaron. A comienzos de 1702 los aliados instaron a Leopoldo I para que acelerase los preparativos para el conflicto. El 15 de mayo Austria, Inglaterra y las Provincias Unidas declararon la guerra a Francia. Durante algún tiempo, el Emperador pudo escapar a a las presiones inglesas para que se iniciase la guerra en España. La irresolución propia de Leopoldo y de sus hijos, a veces, se convertía en una táctica política. No obstante, la división de la Corte vienesa en los primeros años de la Guerra de Sucesión fue particularmente perjudicial para la Casa de Austria, ya que esto impidió que se realizase el esfuerzo bélico debido, disminuyó la efectividad diplomática y dañó el prestigio imperial. En esta época la dirección de la diplomacia austriaca recaía en el bohemio Wratislaw, quien durante muchos meses defendió que la conquista de Italia debía preceder a la de España. Pero en la Corte imperial también existían voces discrepantes de esta política, especialmente en el círculo próximo al archiduque Carlos. El antiguo embajador español en la Corte de Vena, el Duque de Moles, animaba a que se tomase la iniciativa en España. Compartía en esta opinión el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, último virrey de Cataluña del reinado de Carlos II, que llegó a Viena en 1702 camino de Inglaterra tras ser relevado de su puesto por Felipe V. Los cortesanos que rodeaban al hijo menor de Leopoldo I no querían quedar a la sombra del hermano mayor, el rey de romanos José I, y el mismo Carlos no tardó en demostrar que tenía su propia personalidad.

En este contexto, Leopoldo I no acababa, pese a las presiones inglesas, de proclamar a su hijo segundo como heredero de la Corona de España. Sin duda fue el Tratado de Methuen con Portugal en 1703, al que Viena se adhirió de mala gana por las cesiones territoriales que Inglaterra hacía al monarca portugués en nombre del Rey de España (plazas en Extremadura, Galicia e Indias), así como el temor a un gran ataque francés en Europa central, lo que obligó a Leopoldo I a ceder a las presiones de las potencias marítimas. El 16 de mayo de 1703 se firmaron dos tratados, uno defensivo entre el Rey de Portugal, Inglaterra y los Estados Generales de Holanda; otro de alianza ofensiva y defensiva de la que formaba parte el Imperio. Por último, el 27 de diciembre el embajador inglés Methuen llegaba a un acuerdo con Portugal de carácter económico, de importantes consecuencias durante el siglo XVIII.

A partir de este momento , Inglaterra y Holanda apremiaron a Leopoldo para que enviase lo antes posible a Carlos hacia España porque la ofensiva portuguesa no empezaría hasta que el Archiduque no llegase a Portugal. En el mismo sentido escribió el Almirante de Castilla al Emperador desde su exilio en Lisboa. El rey Pedro II ya había manifestado que no iba a reducir sus demandas si participaba en el conflicto porque, como dijo a los otros aliados, para la Casa de Austria "el principal propósito era quedarse con Italia". Finalmente, el archiduque Carlos fue proclamado en Viena como Rey de España con el nombre de Carlos III el 12 de septiembre de 1703, tras la cesión de los derechos a la Corona de España del emperador Leopoldo I y del rey de romanos José I. En este acto, Carlos se comprometió a "conservar fueros y privilegios a todos los reinos y provincias, comunes y particulares, de los dominios de España", siguiendo la recomendación hecha por Carlos II en su testamento. En la ceremonia solemne que tuvo lugar en el Palacio de La Favorita a la una de la tarde asistieron, entre otros, cinco príncipe del Imperio y los presidentes de los Consejos y todos los consejeros de Estado. El nuevo Rey fue cumplimentado también por los embajadores y por los ministros de los príncipes aliados, así como por los españoles que se encontraban en la Corte.

Leopoldo trató de armonizar los intereses de sus dos hijos, llamados a asumir la doble aspiración de la Casa de Austria en Italia y en España, y llegó a un acuerdo con ellos. Temía que su hijo menor Carlos se convirtiera en un rehén de unos aliados poco seguros y que incluso pudiera volverse en contra de su familia en defensa de los intereses españoles, por eso promovió una serie de acuerdos, sellados en el mes de septiembre, poco antes de la renuncia pública de Leopoldo y su primogénito a la Corona de España del día 12. El Rey de Romanos José y Carlos  rubricaron delante de su padre, el emperador Leopoldo, un acuerdo familiar secreto por el cual la Agustísima Casa apoyaría las aspiraciones de Carlos a la Corona de España a cambio de ceder éste el Estado de Milán y el Marquesado de Finale a José. Leopoldo I había decidido atribuir estos territorios a José y a sus herederos y, de este modo, a los Austria de Viena. El archiduque Carlos tuvo que aceptar la dudosa tesis jurídica defendida por Leopoldo de que el Ducado de Milán tenía que haber seguido bajo la soberanía imperial tras la abdicación de Carlos V apuntando elementos de conveniencia, proximidad y economía para arrebatar a la Monarquía Hispánica lo que deseaba reservarse a sí. Pero las pretensiones imperiales sobre Italia se vieron afectadas por la firma del Tratado con Saboya. Las negociaciones con el Duque de Saboya, que se habían iniciado a finales de 1701, no concluyeron hasta noviembre de 1703. El precio ofrecido por Leopoldo I a Víctor Amadeo II de Saboya incluía ciertas zonas de la Lombardía (el Alessandrino, Valsesia, Lomellina, el Novarese...). De este modo, la política vienesa encerraba una doble decepción para los españoles: la cesión de Milán al Imperio y, a su vez, la entrega de una importante zona de aquel Estado a los Saboya.

Al mismo tiempo, José y Carlos firmaron el "Pactum Mutuae Successionis". El Emperador abordaba con este pacto el problema que podría plantear el reconocimiento de Carlos como presunto heredero de los archiducados austriacos, dado que José no tenía hijos varones. Lo también llamados "decretos leopoldinos" preveían que Carlos heredaría a José en los estados patrimoniales de la Casa de Austria, en Hungría y en Bohemia y, si ninguno tenía hijos varones, la sucesión pasaría a la hija del hermano mayor que hubiera ocupado el trono. Se establecía la primacía de los hijos varones sobre las hijas y, en ausencia de varones, las hijas de José precederían a las de Carlos en la sucesión, tanto en la española como en la austriaca. Del mismo modo, Carlos y sus hijos se antepondrían a las hijas de su hermano en Austria y en los demás territorios de la Agustísima Casa en Europa Central, donde las disposiciones sucesorias eran diversas. La sucesión quedaba restringida y la unidad de la Casa de Austria a salvo. El acuerdo secreto se ocultó a los españoles, pero debió de ser conocido por algunos ministros de la Corte de Viena mucho antes de que Carlos lo revelase en 1713 para zanjar la cuestión de la precedencia de sus sobrinas sobre su propia descendencia femenina con la Pragmática Sanción. El pacto aumentó el recelo que ya existía entre los hermanos. José, que nunca aceptó la partición impuesta por su padre, sólo sintió celos y desconfianza hacia su hermano menor, a quien despachó a España y quien, tras su marcha, no volverá a ver nunca más. Carlos, en cambio, como Rey de España proclamado tampoco aceptó de buen grado desgajar de su herencia el Ducado de Milán.


Fuentes:

  • Ingrao, Charles W.: "In Quest and Crisis: Emperor Joseph I and the Habsburg Monarchy". Purdue University Press, 1979.
  • León Sanz, Virginia: "Carlos VI. El emperador que no pudo ser rey de España". Aguilar, 2003.
  • León Sanz, Virginia: "El archiduque Carlos y los austracistas". Editorial Arpegio, 2014.


lunes, 12 de febrero de 2018

Francisco Antonio de Borja: un cardenal efímero en la Guerra de Sucesión

Por: Alberto Martín Monge



La vida de don Francisco Antonio de Borja-Centelles y Ponce de León, a pesar de su posición, sufre de un vacío historiográfico debido, en gran parte, a su repentina muerte cuando más alto estaba en el escalafón eclesiástico y en un momento histórico, la Guerra de Sucesión española, en el que podría haber alcanzado un gran protagonismo político. Nació en Cerdeña el 27 de marzo de 1659, de donde procedía parte de su familia. Era hijo de Francisco Carlos de Borja, IX Duque de Gandía, y de María Ana Ponce de León (1). Descendía de unas de las grandes familias nobiliarias de España: por su rama paterna era nieto del VIII Duque de Gandía y de Artemisia Doria Colonna (que unía dos de las Casas italianas más importantes al servicio de la Monarquía Católica); por su rama materna era nieto de Rodrigo Ponce de León, IV Duque de Arcos y virrey de Nápoles, y de Ana Francisca de Córdoba y Aragón, hija de los Duques de Segorbe. 

El ambiente italiano debió siempre influir en él, puesto que, además de nacer en Cerdeña, de dominio hispánico, ya sus padres, siendo Marqueses de Lombay (2), acompañaron a los Duques de Arcos al virreinato napolitano en 1647 (3). Asimismo, como es lógico, Roma debió estar muy marcada en su mundo por descender de San Francisco de Borja y, más recientemente, haber sido su tío-bisabuelo el cardenal don Gaspar de Borja (1580-1645), al que algunas fuentes atribuyen la donación de su fortuna a su sobrino Gandía (4), abuelo de nuestro biografiado, aunque en el primer testamento (1635) del cardenal nombra heredera a la Iglesia Colegiata de Gandía, y el Duque solo figura como albacea (5).

Como hijo segundón accedió a la carrera eclesiástica, puesto que su hermano mayor Pascual sería el X Duque de Gandía al heredar los títulos de la Casa a la muerte de su padre en 1665 (6), llevándose a cabo durante su jefatura de la canonización de san Francisco de Borja, «su quinto aguelo», en 1672, realizándose un festejo en el que se dispuso «un carro triunfal de 22 palmos de largo y 12 de ancho», donde colocarían diversos elementos simbólicos de la Casa, como el toro, y aparecerían versos relativos al santo familiar (7). Pascual de Borja merece un estudio más detallado, sobre todo por su múltiple correspondencia relativa a la Guerra de Sucesión, militando en el bando felipista junto a su familia, y convirtiéndose en adalid de la reconstrucción de Valencia tras la terrible situación económica y demográfica en que quedó después la guerra (8).

Otro de los hermanos, Carlos, también llegó a cardenal en 1720, apareciendo en una entrañable carta de nuestro Francisco Antonio, siendo capellán en Toledo, a Pascual, fechada en agosto de 1689, en la que se muestra realmente contento por haberlo visto y, en un tono emotivo, reitera al Duque que «los tengo a Vuestras Excelencias por amiguitos», respondiendo éste último que «sus sobrinos le envían sus abrazos» (9). Pese a la distancia, parece que los hermanos se mantuvieron unidos, como así demuestra el amor que profesaba en otra carta de 1701 a una de sus hermanas, Jesualda, monja clarisa en Gandía: «A las parientas dirá VE. todo lo que las debe respetar mi veneración. A mi querida Jesualda un millón de cosas», hablándole también al duque de su hija Ignacia (casada con el conde-duque de Benavente) y de temas relacionados con Felipe V (10).

En la promoción de Coronas del 21 de junio de 1700, el Papa Inocencio XII nombraba cardenal a Francisco Antonio de Borja, que contaba entonces con 41 años. Su pariente el Conde de Chinchón, Julio Savelli y Peretti, sobrino, a su vez, del cardenal Montalto, se holgaba mucho, desde Roma, donde tenía información de primera mano, de este nombramiento “que ha sido en esta Corte con aplauso” (11). Otro partidario borbónico, el I Marqués de Castelldosrius, embajador en París, nada más llegar a la Corte francesa el nombramiento, hacía igual elogio del reciente cardenal (12). El Marqués de Albayda también felicitaba al Duque de Gandía por el capelo de su hermano, recordando que su Casa fue fundada por el cardenal Milá (Luis de Milá y Borja), sobrino de Calixto III y primo de Alejandro VI (13).

A los pocos meses, el 1 de noviembre, fallecía Carlos II y comenzaba un periodo de inestabilidad y guerra en el que nuestro cardenal se posicionaba del lado del nuevo Rey y de la nueva dinastía. El 9 de junio de 1701 se emitía la Real Orden de presentación del cardenal Borja para el obispado de Calahorra (14), donde su antepasado san Francisco de Borja había predicado y donde dejó gran huella (15). En noviembre de 1701 ya se da cuenta al cabildo de Burgos del nombramiento del cardenal Borja como nuevo arzobispo, cantándose un Te Deum y enviándose diputados a Madrid a darle la enhorabuena (16). La carrera de Borja era meteórica tras la entronización del nuevo monarca.

Sin b, en 1702 se empieza a resentir de manera grave su salud, y en marzo de ese año sufre una apoplejía (17), lo que hace saltar las alarmas del cabildo por si Felipe V nombraba a otro arzobispo que desmembrara el territorio cántabro de las Montañas Bajas, que pertenecía hasta ahora al arzobispado burgalés (18), pero unos días después, el 1 de abril, parecía que mejoraba de sus «ataques de alferecías» (similar a la epilepsia), dando unas esperanzas que se volvían a acabar tres días después, considerándosele ya al borde de la muerte (19).

Fallece finalmente el cardenal Francisco Antonio de Borja el 4 de abril de 1702, enterrándose en la iglesia de la Compañía de Jesús en Madrid junto a san Francisco de Borja, realizándose las honras fúnebres con toda solemnidad en Burgos el 8 de julio, siendo invitada toda la ciudad (20).

Haría falta un estudio más completo sobre este personaje que, si bien no ha dejado una inmensa huella historiográfica, merece la pena por el contexto en el que se enmarcó y por la familia de la que era miembro.


Notas:

  1.  Archivo Histórico de la Nobleza (en adelante, AHNobleza), Osuna, C. 537, D. 2. Capitulaciones matrimoniales de Francisco de Borja y María Ponce de León. Gandía, 17 de octubre de 1650.
  2.  Sobre este marquesado valenciano pueden consultarse: Gonzálbez Esteve, Elia: Análisis de un señorío valenciano. El marquesado de Lombay, tesis doctoral inédita, Universidad de Alicante, 1991. Ardit, Manuel: “La evolución de la renta feudal en el marquesado de Llombai (siglos XVI-XIX), en Revista de historia moderna: Anales de la Universidad de Alicante, nº. 24, 2006, pp. 11-30.
  3.  AHNobleza, Osuna, C. 128, D. 277, fol. 97. Libro de cuentas del IV duque de Arcos durante su estancia en Nápoles.
  4.  Soler Salcedo, Juan Miguel: Nobleza española. Grandeza inmemorial 1520. Visión Libros, Madrid, 2008, p. 236.
  5.  AHNobleza, Osuna, C. 540, D. 20, fols. 3r y 4v. Testamento otorgado por Gaspar de Borja y Velasco, cardenal arzobispo de Toledo. Roma, 18 de noviembre de 1635.
  6.  AHNobleza, Osuna, C. 540, D. 143-149. Traslados, copias simples y testamento autógrafo de Francisco Carlos de Borja Centelles [Doria Colonna], IX duque de Gandía.
  7. AHNobleza, Osuna, C. 538, D. 68. Informe sobre los festejos y actos organizados por Pascual Francisco de Borja Centelles, duque de Gandía, para la celebración de la canonización de Francisco de Borja duque de Gandía, ca. 1672. 
  8. En 1683, el arzobispo de Valencia, Tomás de Rocabertí, dio licencia para que don Pascual levantara una ermita en honor del santo: AHN, Osuna, C. 579, D. 17. Valencia, 16 de diciembre de 1683.
  9.   AHNobleza, Osuna, CT. 136, D. 41. 
  10.   AHNobleza, Osuna, CT. 113, D. 5. Francisco de Borja a su hermano Pascual de Borja, Toledo a 16 de agosto de 1689 / Gandía a 29 de agosto de 1698.
  11.   AHNobleza, Osuna, CT. 125, D. 1-4. El cardenal Borja al duque de Gandía, agosto de 1701.
  12.   AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 183. El conde de Chinchón al duque de Gandía, Roma a 21 de junio de 1700.
  13.   AHNobleza, Osuna, CT. 151, D.7. El marqués de Castelldosrius al duque de Gandía, París a 11 de julio de 1700.
  14.   AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 157-159. El marqués de Albayda al duque de Gandía, Valencia a 13 de julio de 1700.  Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Fondo Santa Sede, leg. 250, fol. 5v. Reales Órdenes, 1701-1716, presentación para obispados, etc.
  15.   Alcalde Arenzana, Miguel Ángel: “Tres generales jesuitas de talla internacional en Calahorra (II): Francisco de Borja”, en Kalakorikos: Revista para el estudio, defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y cultural de Calahorra y su entorno, nº. 12, 2007, pp. 363-376.
  16.   Archivo Histórico de la Catedral de Burgos (en  adelante, AHCB), RR. 92, fols. 406v-408, 409v.-411 y 414. 
  17.   AHCB, lib. 118, fols. 509-510. Fernando de Castro, abad de San Millán, al cabildo de Burgos, Madrid a 22 de marzo de 1702.
  18.   Ibídem, RR, 92, fols. 487v.-489, Burgos a 30 de marzo de 1702. Para entender el tema de las Montañas Bajas: Cofiño Fernández, Isabel: Arquitectura religiosa en Cantabria, 1685-1754. Las Montañas Bajas del arzobispado de Burgos, Universidad de Cantabria, Santander, 2004.
  19.   Ibídem, lib. 118, fols. 513-514. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Madrid a 1 de abril de 1702;  Ibídem, RR. 92, fols. 489v-492. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Burgos a 3 de abril de 1702.
  20.   Ibídem, lib. 118, fols. 517-518. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Madrid a 5 de abril de 1702;  Ibídem, RR. 92, fols. 541v-545. El conde de Chinchón envía sus condolencias al duque de Gandía, aprovechando para que intercediera por él ante Felipe V: AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 185.

jueves, 18 de enero de 2018

El sitio de Gerona de 1684, un efímero éxito hispano

1. Grabado alemán que representa a Alejandro de Bournonville.

Tras la firma de la Paz de Nimega (1678), el gobierno de Madrid, dirigido por don Juan José de Austria, nombró al flamenco Alejandro de Bournonville, Duque de Bournonville (1612-1690) como nuevo virrey de Cataluña. Sin duda, el Duque era un hombre de experiencia militar, factor que no siempre se dio en los virreyes del momento: desde 1626 estaba en el ejército, luchando en los de la Monarquía Hispánica y el Imperio hasta 1656, progresando en su carrera. De 1665 a 1672 gobernó el Artois; de 1672 a 1675 cubrió la baja por enfermedad de Montecuccoli al frente del ejército imperial con el grado de mariscal general. Su llegada a Cataluña se produjo en 1676 con el grado de gobernador de las armas, persuadiendo al Príncipe de Parma, a la sazón virrey de Cataluña, sobre la necesidad de atacar el Rosellón; desde el Principado pasó momentáneamente a Sicilia para recuperar Mesina (1677), regresando ya como virrey de Cataluña en octubre de 1678.

Los años posteriores a Nimega fueron de guerra fría con Francia, debido a la política de reuniones llevada a cabo por Luis XIV. Finalmente la toma de Estrasburgo por parte de las armas galas (septiembre de 1681) y las pretensiones del Cristianísimo sobre Luxemburgo, hicieron que la Monarquía Hispánica declarase la guerra a Francia (26 de octubre de 1683), comenzando la así llamada Guerra de Luxemburgo (1683-1684).

Tras el inicio oficial de la hostilidades en noviembre de 1683, el virrey Bournonville se aprestó a afrontar los momentos más difíciles de su larga trayectoria política en el Principado. La mayor insistencia del Virrey durante los años anteriores de su mandato se centraba en la indefensión de Cataluña sin unas fortificaciones que cubriesen el terreno y los medios en hombres y dinero para guarnecerlas, formando un cuerpo de ejército ofensivo al mismo tiempo. La situación hispana contrastaba con los preparativos galos. Bournonville aseguraba que los franceses esperaban refuerzos de 2.000 infantes y 4.000 de caballería, disponiendo de almacenes de harina y grano en Perpiñán, Villafranca del Conflent, Colliure y Elna. Por otra parte el Virrey, bien informado de los movimiento de su oponente, el Mariscal Bellefonds, comentando que este disponía de unos 16.000 hombre que atacarían con toda probabilidad Cadaqués y Roses con su armada, así como Montellà, Canprodón y Girona por la parte de la montaña. Sin embargo, la Corte le tildaba de alarmista.

Los acontecimientos se precipitaron a finales de abril. Bournonville estaba dispuesto a salir a campaña, sin más refuerzos que 113 hombres llegados de Valencia, "gente de bonísima calidad sin que se halle un solo muchacho", pero sin rastro del resto de las tropas prometidas desde Madrid, faltándole además 63.800 reales para acabar las fortificaciones y montar el tren de artillería.

El 2 de mayo se produjo la entrada francesa por el Ampurdán. Bournonville marchó con sus tropas hacia Hostalric, debiendo hacer frente a unos 10.500 infantes y 4.500 caballos de los franceses; presumiblemente éstos se dirigían hacia Gerona, donde esperaría que su armada hiciera alguna incursión para desviar tropas del Virrey hacia la costa y de guarnición a Barcelona. La disyuntiva de Bournonville era frenar al enemigo en Gerona, introduciendo en aquella plaza parte de sus tropas, o volver a Barcelona para defenderla. Los acontecimiento mostrarán que, a pesar de la llegada de 1.500 hombres de los tercios del Casco y Costa de Granada, la inferioridad numérica de las huestes hispanas hacía imposible frenar al rival en campo abierto.

2. Vista de Gerona (1694-1695) donde se pueden observar sus fortificaciones. Ayuntamiento de Gerona.

Bournonville al saber que Bellefonds había instalado su campo en Báscara, a tres leguas de Gerona, ordenó sacar dos tercios y dos escuadrones de las guarniciones de la montaña para llevarlos a dicha ciudad. Cuando el enemigo se puso en movimiento intentó detenerlo con la fortificación del vado del río Ter en Pont-Major, levantando una cortadura y colocando una batería, mientras la caballería se encargaba del cierre de los pasos cercanos de la montaña. Bournonville  disponía de 3.000 infantes y 2.000 de caballería para frenar al enemigo, manteniendo la posición durante varias tentativas de vadeo del río por los franceses, que únicamente lo consiguieron de noche, pero sin impedir la retirada ordenada de las tropas hispanas a Gerona.

Bellefonds se apoderó de Pont-Major y lo fortificó, iniciando el cerco de Gerona colocando destacamentos en todos los pasos. Con la artillería que recibió le llegaron refuerzos, evaluando Bournonville en 16.000 o 17.000 plazas al ejército galo. Ante la inminencia del asalto a Gerona, el Virrey pidió a Barcelona un refuerzo de un tercio de socorro. La ciudad contestó levando un nuevo tercio de 600 hombres, más una compañía de 60 para cubrir las bajas del levado con anterioridad. La nueva agrupación salió de la Ciudad Condal el 25 de mayo, 6 días después de la petición de Bournonville. Barcelona accedió a pagar la defensa de Gerona para intentar llegar ella misma a idéntica situación.

El Virrey dejó en Gerona de guarnición poco más de 3.400 hombres, sin contar los paisanos que defendieron su ciudad y otros llegados de refuerzo del Ampurdán. Por su parte, según una relación del 22 de mayo, los franceses contaban con un total de 13.920 hombres entre infantería y caballería que, con los migueletes y el somatén del Rosellón, llegaban a más de 16.000 plazas.

El día 20 de mayo inició el enemigo sus trabajos. En la madrugada del día 22 se comenzó a batir el lienzo de muralla entre las medias lunas de Santa Clara y la del Gobernador, continuándose el bombardeo hasta el día 24, disparando entre 1.500 y 2.000 cañonazos. Se abrieron dos brechas, una de veinte pies de ancho y otra aún mayor de subida fácil por los cascotes caídos. Para prevenir el asalto, los sitiados levantaron una cortadura desde el baluarte de Santa Clara hasta el Rec Monar, en la media luna del Gobernador, sacando gente de ambas medias lunas para colocarla en la defensa de la cortadura. Esta estuvo protegida por los 2.000 mejores mosqueteros de la guarnición.

Al atardecer del día 24 se presentó un tambor de parte del mariscal Bellefonds pidiendo la rendición o no habría cuartel salvo para las mujeres y los niños guarecidos en las iglesias. Ante la falta de respuesta llegó otro tambor marchando finalmente ambos con una negativa a tal requerimiento. Antes de una hora se produjo el avance francés con 5.000 o 6.000 hombres. En las embestidas sucesivas cayeron las medias lunas del Gobernador y de Santa Clara; la primera tomada por un regimiento suizo, vio masacrar a sus defensores; la guarnición de la segunda, conquistada por un regimiento alemán, tuvo mejor suerte al dar éstos cuartel y tomarlos prisioneros. Desde la muralla se les repelió varias veces tirándoles mosquetazos y cargas de pólvora, pero se parapetaron con cadáveres y materiales derribados y resistieron. La brecha principal aguantó hasta cuatro avances enemigos, entrando una vez hasta 200 hombres, aunque fueron rechazados. Tras ello, algunos destacamentos hispanos atacaron las medias luchas disparando desde la muralla y consiguieron desalojar al enemigo.

Los franceses perdieron sus tropas más veteranas. Se les tomaron nueve banderas y tuvieron 3.000 bajas. Del lado hispano se evaluaron las bajas en 100 muertos y unos 500 heridos. Posiblemente el mariscal galo había perdido desde el inicio de la campaña cerca de una tercera parte de sus hombres, unos 5.000. Bellefonds necesitó varios días para enterrar sus muertos y llevarse todos sus heridos a Figueras y Bàscara, donde tenía sus hospitales. mientras los naturales y las tropas se dedicaban al despojo de los cadáveres. El mariscal llegó a comentar que "si el rey de España tuviera este género de vasallos en Flandes, no se perdieran tantas plaças...".

A pesar de esta derrota francesa a las puertas de Gerona, la situación de la campaña no mejoró ostensiblemente ya que Bellefonds se mantenía en el Ampurdán con 11.000 hombres y la posibilidad de un ataque de la armada gala a Barcelona infundía pánico a la ciudad. Por otra parte, tras un corto sitio, Cadaqués se rendía el 26 de junio. Los conselleres de Barcelona, por otra parte, escribían preocupados a la Corte pidiendo más dinero y hombres para impedir la caída de Rosas y Camprodón, plazas sin las cuales todo el norte de Cataluña estaba irreversiblemente perdido. Pronto iniciaron las tiranteces entre la Generalitat y el Virrey por lo que la primera consideraba inacción del segundo. Sin embargo, la realidad era que la falta de medios limitaba completamente cualquier acción ofensiva por parte de Bournonville.

Justo cuando la situación era más delicada comenzaron los rumores de tregua. Bellefonds paralizó todas sus operaciones por tierra, dejando el bloqueo marítimo de Rosas en suspenso. El 31 de agosto Bellefonds envió a Bournonville  los artículos de la Tregua de Ratisbona, proponiendo en vista de ello el cese de las hostilidades y la retirada a sus alojamiento de las tropas de una y otra parte. 

Aunque el Consejo de Aragón llegó a apoyar decididamente a Bournonville para renovarle un trienio más en el Virreinato, el Consejo de Estado no fue del mismo parecer quejándose de la inoperancia de éste al contar, según su parecer, con tropas suficientes. En el ámbito particular, don Pedro Antonio de Aragón defendió al Virrey, pues se había conseguido la retirada del enemigo y, se presumía, debería retornar intacta la fortaleza de Cadaqués. El Duque de Alba recordó el sitio de Gerona y calificó al Virrey como uno de los últimos talentos militares que le quedaban a la Monarquía. En cambio, el Condestable de Castilla se erigió como líder de la oposición a la reelección de Bournonville. A la postre, esta facción obtuvo el nombramiento del Marqués de Leganés para el Virreinato de Cataluña.


Fuentes:


  • Espino López, Antonio: "El frente catalán en la Guerra de los Nueve Años, 1689-1697". Tesis doctoral (1994) de la UAB.
  • Espino López, Antonio: "Cataluña durante el reinado de Carlos II. Política y guerra en la frontera catalana, 1679-1697". UAB. 1999.


sábado, 18 de noviembre de 2017

El motín madrileño de 1699 y el golpe de estado del Cardenal Portocarrero

Fig. 1. Posible retrato de Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, VIII Conde de Oropesa (h.1685). Obra de Claudio Coello (?). Paradero desconocido.


El 6 de febrero de 1699 fallecía el príncipe electoral José Fernando de Baviera, nombrado heredero por Carlos II en su testamento de 1696. Este hecho dejaba la sucesión española en una situación crítica ya que la vía intermedia de conciliación ente Austrias y Borbones y el pacto Oropesa-Portocarrero desparecía. Estos hechos políticos coincidieron además con una fase alcista en el precio del pan, alimento fundamental en la dieta de aquel entonces (1).

Por lo que respecta al primer punto, tras el fallecimiento de José Fernando de Baviera, el Cardenal Primado Portocarrero, hombre fuerte de la Corte y líder de los bavieristas, intentó construir un nuevo pacto alto-nobiliario que tenía como objetivos la caída del Conde de Oropesa (Presidente de Castilla desde 1698 y primer ministro de facto) y la consecución de un nuevo consenso acerca de la sucesión.

Para acabar con Oropesa y su gobierno Portocarrero actuó de varias formas. Por un lado, dirigió diversos memoriales a Carlos II exponiendo la grave situación en la que se encontraba la Monarquía. El Primado señalaba como culpables de esta situación a la Reina y su camarilla alemana, al partido germanófilo (encabezado por el Almirante de Castilla) y al gobierno títere de Oropesa. Por otra parte, Portocarrero atacaba a los Grandes y Títulos por su "desmedida ambición y enriquecimiento" y se postulaba con un nuevo Cisneros capaz de salvar a la Monarquía: "la púrpura me obliga a denunciar todo esto y por eso unos y otros me atacan y promueven papeles y atacándome atacan a Su Magestad, a la Monarquía y a la Religión [...] dicen que ojalá ahora hubiera otro Cisneros [...] y digo que lo hay (en referencia a él mismo)". Finalmente, el Cardenal Portocarrero se propuso organizar un golpe de estado contra el actual gobierno. Dicha conspiración tenía su centro de operaciones en la casa del Marqués de Leganés (sobrino del Cardenal). A estas reuniones acudían, entre otros, los Condes de Monterrey y Benavente. Paralelamente, el embajador francés Harcourt se reunía con el Conde de Monterrey en La Zarzuela planeando un levantamiento popular.

La mañana del 28 de abril de 1699, a eso de las siete, el corregidor don Francisco de Vargas acudió a la Plaza Mayor en visita de inspección. Al reconocerle, una mujer le increpó, en su casa le esperaban el marido parado, seis hijos hambrientos, imposibles de saciar con el pan, caro y negro, que acababa de comprar a doce cuartos. Ante estas palabras el Corregidor le espetó que "diese gracias Dios de que no le costaba dos reales de plata", a lo que añadió en tono burlón "haced castrar a vuestro marido para que no os haga tantos hijos". Un sacerdote que andaba por allí le reprendió por lo inoportuno de sus palabras, mientras que otros comenzaron a insultar al Corregidor. La orden de arresto inmediata contra alguien que se distinguió en los insultos suscitó la reacción espontánea de la gente que se liaron a pedradas y golpes contra el Corregidor que hubo de refugiarse en una tienda. Este fue el detonante del motín. 

La turba al grito de "pan, pan, pan" se dirigió hacia el Real Alcázar tratando de conseguir la presencia de Carlos II para asegurarse la promesa de bajar los precios. No pudieron ver al Rey pero sí al Conde de Benavente, Sumiller de Corps del rey y unos de los conjurados contra Oropesa, que les dijo "que acudiesen al Presidente de Castilla (el Conde de Oropesa), que él les haría justicia". Conviene recordar que, entre sus incontables competencias, el Consejo de Castilla, era responsable del abastecimiento de la Villa y su Presidente que se había acogido a este cargo para, en la práctica, ejercer como Primer Ministro desde su vuelta a la Corte (mandado llamar por la Reina) en marzo de 1698. Por tanto, dirigirse a él significaba dirigirse contra el actual gobierno. En este momento, una violenta turba se encaminó hacia el palacio del Presidente Oropesa situado en la Plazuela de Santo Domingo al que cercaron al clásico grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno" y "muera, muera el perro que nos ha traído esta miseria", al tiempos que se pedía por la baratura del pan y se exigía el nombramiento de don Francisco Ronquillo como nuevo Corregidor. Los congregados forzaron las puertas, lo asaltaron y lo saquearon. Los hombres de Oropesa respondieron abriendo fuego y causando varios muertos, lo que encendió aun más los ánimos.

El médico real Christian Geelen narraba así lo que aconteció a continuación al Elector Palatino: ante la gravedad de los hechos, el Gobierno se vio obligado a nombrar a Ronquillo como nuevo Corregidor, quien montando a caballo y con un crucifijo en la mano se dirigió a la residencia de Oropesa consiguiendo sacar al Conde y su familia de incógnito, que se refugiaron en las casas del Inquisidor General Tomás de Rocabertí. Al tiempo la reina Mariana de Neoburgo salió al balcón y la turba congregada frente al Palacio la increpó hasta que, llorando, tuvo que retirarse. Entonces salió Carlos II y la muchedumbre dejó de gritar y le pidieron perdón. El Rey dijo "sí, os perdono, perdonadme vosotros también a mí porque no sabía de vuestra necesidad y daré las órdenes necesarias para remediarla". Por la noche continuaron algunos disturbios, pero los soldados acabaron despejando las calles y haciendo muchas detenciones. Geleen añadía que pese a todo Madrid seguía llena de pasquines contra Oropesa y otros germanófilos como el Almirante o el Conde de Aguilar, así como contra la camarilla de la Reina.

Fig.2. Retrato de Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla (1702?), obra de Cesare Fiori y Georges Tasniere. Biblioteca Nacional de Madrid.

Pocos días después, el 9 de mayo, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos y, aunque el Conde, según informó el embajador imperial Harrach, solicitó con sumiso fervor ser restituido en su puesto, fueron vanas sus diligencias y se vio obligado a salir de la Corte el día 13 camino de sus estados. Aunque se ofreció la presidencia del Consejo de Castilla a Portocarrero, éste no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo y Monterrey.

Aloisio Harrach se dirigía a su padre Fernando describiendo los hechos desde una perspectiva política. La situación era crítica para el partido imperial o germanófilo. El Almirante tenía tanto miedo que desde el motín estaba encerrado en su casa con 3.000 hombres de armas. Solo salía para ir a Palacio acompañado por un retén de 100 soldados. Por su parte, la situación del Conde de Aguilar y el resto de miembros del Gobierno, así como de Grandes y Títulos, era similar. El 22 de el mismo Harrach informaba a Leopoldo I reseñando la intriga política que había detrás del motín madrileño y como Portocarrero había dado un golpe de estado.

El 23 de mayo de 1699 Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, al que se le permitía elegir un lugar a treinta leguas de la Corte y se le ordenaba no acercarse ni volverse sin licencia por convenir a su servicio y "a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones". Antes de salir de Madrid, el Almirante se reunió con el resto de imperiales y se decidió que el nuevo cabeza del partido fuese el Conde de Aguilar. El Almirante salió el 24, a las 11 de la mañana, en un coche de Palacio. Permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse a Andalucía. Estar apartado del centro decisional de la Monarquía era perder su lugar privilegiado cerca del Rey y su capacidad de influir cerca de él.

Con los destierros de Oropesa y el Almirante, en los que permanecerían hasta la muerte de Carlos II, el partido imperial quedaría completamente debilitado al perder a sus dos principales cabezas, mientras que la reina Mariana de Neoburgo quedaba acorralada y prácticamente sola al verse obligada a deshacerse de su camarilla, conservando solo a su confesor Gabriel de Chiusa. De esta manera, el Cardenal Portocarrero se hacía con las riendas del poder, consiguiendo agrupar en torno a sí a todo un grupo de Grandes y Título, así como entrando en negociaciones con el embajador francés Harcourt, para predisponer al Rey hacia la sucesión en la persona del Duque de Anjou, nieto de Luis XIV, como así acabaría sucediendo en el último testamento de Carlos II del 2 de octubre de 1700.


Notas:

(1) La causa de este aumento de los precios se debió a la desastrosa cosecha del año anterior. El precio del trigo sufrió en el año 1699 subidas de más del 100%, esto supuso una escasez (el pan no solo era caro y malo) que llegó a afectar incluso a los mejor dotados económicamente, por ejemplo el embajador inglés Stanhope se tenía que proveer diariamente en el mercado de Vallecas, distante dos leguas de la Villa, y si llegaba a su casa era gracias a la fuerte escolta protectora de los portadores.


Fuentes:
  • García Hernán, Enrique - Maffi, Davide; editores: "Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700)". Ediciones del Laberinto. Madrid, 2006.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • Peña Izquierdo, Antonio Ramón: "La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobirno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)". Univesidad de Córdoba, 2004.