domingo, 1 de diciembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VI)


1. Alegoría del matrimonio entre Carlos II y Mariana de Neoburgo. Anónimo (h. 1690). Stadtmuseum Landeshauptstadt Düsseldorf.


De vuelta en la Corte, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera fue una figura destacada en los actos fúnebres celebrados el 12 de febrero de 1689 en honor de la reina María Luisa de Orleans, y poco a poco fue convirtiéndose en una figura destacada en el círculo decisorio de la Monarquía. En las instrucciones de Luis XIV a su nuevo embajador le encargaba insinuarse a Melgar ya "que era uno de los que gozaban de más crédito en la Corte". Melgar pronto se convirtió en hombre de confianza de la nueva reina Mariana de Neoburgo, quien gozaba de un enorme ascendiente sobre el Rey. Así, Melgar comenzó a formar parte de las intrigas palaciegas, siendo la principal aquella que llevó a la caída del gobierno del Conde de Oropesa el 24 de junio de 1691, para ser dos días después nombrado por Real Decreto consejero de Estado (26 de junio). Esto constituyó una caso excepcional ya que padre (el Almirante) e hijo (el Conde de Melgar) fueron consejeros al mismo tiempo, no obstante esta situación duró poco porque don Juan Gaspar fallecía poco después, el 25 de septiembre. Carlos II por cédula dada en El Retiro el 22 de octubre concedió entonces a don Juan Tomás el oficio de Almirante de Castilla con las mismas calidades y prerrogativas por toda su vida, con voz y voto en la venticuatría de Sevilla, anejo a dicho oficio. Por otra parte, se declaraba consumido el Almirantazgo de Granada como se hizo con su padre, pero conservaba los derechos de los demás oficios. Además, heredaba de su padre el Ducado de Medina de Rioseco (VII) con sus condados, señoríos, juros y rentas vinculadas, siéndole además concedida la encomienda de Piedrabuena de la Orden de Alcántara que había disfrutado su padre y que rentaba 91.870 reales al año.

El nuevo título de Almirante acrecentó la posición, el prestigio y la riqueza de don Juan Tomás en un momento clave en el que el problema sucesorio comenzaba a mostrarse en toda su gravedad. Tras la caída de Oropesa, la Península se dividió entre cuatro Lugartenientes Generales para una mejor administración: el Duque de Montalto a cargo de Castilla la Nueva, el Condestable de Castilla a cargo de Castilla la Vieja, al Almirante le tocaba Andalucía y Canarias, y al Conde de Monterrey la Corona de Aragón; pero como éste declinó el cargo por problemas de salud, se modificó la división en tres partes, correspondiendo al nuevo Almirante la que comprendía Andalucía, Extremadura, Canarias y el Norte de África. La autoridad de estos tres hombres se declaró superior a la de los Tribunales y Consejos y a la de los virreyes. Tenían la calidad de Tenientes Generales del Rey y se preveía, con el fin de armonizar sus funciones, que se reunieran dos veces por semana.

En la reuniones de Tenientes y en las del Consejo de Estado presididas por el Rey, don Juan Tomás fue mostrando sus conocimientos y dotes oratorias que le hacían superior a sus colegas, incluso al que se consideraba el nombre más destacado, el Duque de Montalto, favorito de Carlor II. Baste como ejemplo su voto del 20 de enero de 1694:

"Lo que V.M. mandó el 11 de noviembre fue tener presente la relazión de lo sucedido en Europa desde que el rey rompió la tregua considerando que el rey Guillermo de cuyas armas nos hemos valido para detener el ímpetu de la Francia no habrá podido hacer más de lo que hizo aunque al mismo tiempo se puede recelar que por sus ocultas máximas que son comprehensibles no aya obrado más dando a entender con mayor claridad lo que ha pasado este año con sus armas marítimas que el Sr. Emperador yendo con tanta felicidad hasta ahora estas conquistas del turco ha tenido el contratiempo de Belgrado".

Tanto en las relaciones de los embajadores venecianos como franceses, se consideraba al Almirante "el más hábil, el más fino, el más político de los del Consejo". No obstante a raíz de su ascenso político en la Corte los enemigos aumentaron y comenzaron a circular libelos injuriosos con la clara intencionalidad de minar su ascendiente.

En lo relativo a las cuestiones de paz y a la sucesión de la Monarquía don Juan Tomás se mostraba partidario de tratar de evitar, hasta que fuera forzoso, hacer ningún tipo de declaración pero dejando clara su oposición a cualquier tipo de entendimiento con Francia. Por otra parte, su cercanía a la Reina y la defensa que hizo de su camarilla ante el Consejo frente a las acusaciones del Cardenal Portocarrero le acabaron valiendo su designación como Caballerizo Mayor del Rey el 9 de enero de 1695 por influencia de la misma.

A pesar de todo, los excesos cometidos por la camarilla de la reina Mariana de Neoburgo hicieron que el Secretario del Despacho Universal, don Alonso Carnero, sugiriera al Rey que fuera a Zaragoza "publicando que iba a defender Cataluña...y que desde allí mandase orden de sacar de los Reinos a esas sabandijas". La respuesta que obtuvo fue su propia sustitución siendo remplazado por Juan Larrea, por influencia del Almirante quien con paciencia y cautela iba rodeando a Carlos II de hechuras suyas. El confesor del Rey, fray Pedro Matilla, protestó por la destitución de Carnero y Carlos II buscó una solución al conflicto pidiendo al secretario Wiser que dejara la Corte. El Almirante lo despidió con el regalo de dos "hermosos caballos" para el viaje que iniciaba hacia Parma, junto a la hermana de la Reina, la duquesa Dorotea Sofía.

Algunos meses después, en diciembre, el Almirante consiguió restituir en su Archidiócesis al Arzobispo de Zaragoza y colocar en el Gobierno del Consejo de Castilla a don Antonio Argüelles. Una vez obtenido el favor del Rey, mediante la intermediación de la Reina, don Juan Tomás se impuso a todos y según los venecianos Venier y Mocenigo, gobernó, manejó y dispuso, no teniendo competencia en su nivel ni en otro superior si se da crédito a la voz popular. Según Luis Ribot: "A mediados de 1695, al menos, el Almirante parecía ser el hombre más poderoso en los círculos políticos de la Corte". El embajador Venier (1695-1698) dice que formó su partido y que eran criaturas del Almirante varios personajes. Sin embargo Portocarrero, en un papel que escribió en la época, decía que él estaba como Caballerizo Mayor porque ellos lo habían conducido a ese lugar para usarlo en su beneficio.

Es difícil determinar en qué medida usó a sus relaciones o fue usado por su entorno. Lo que se puede comprobar es que, al comienzo de 1695, el Almirante había reunido en su persona los siguientes oficios: 1. Teniente General de las Andalucías y posesiones de África; 2. Consejero de Estado, calificado como apto para estudiar y entender como ponente en los asuntos más arduos de la política exterior; 3. Caballerizo Mayor, asistiendo al Rey en el desempeño de sus funciones, extensivas a los actos de decoro y ostentación pública de la Corte y a los de solaz y diversión del monarca, que requerían asidua presencia en Palacio.

Los cargos que disfrutaba le permitieron estar cerca del Rey, ambición imprescindible para todo cortesano que tuviera aspiraciones de poder. Esta proximidad le ofreció la capacidad de hablar con él de situaciones cotidianas y de darle su parecer acerca de aquellas que le preocuparan. El hecho de que pudiera despachar a su voluntad, colocó al Almirante en una situación privilegiada que no podían explicar muchos observadores aunque estuvieran acostumbrados a emitir juicios sobre los sucesos y los actores de la Corte. El embajador Venier escribía al Senado:

"El Almirante, aparentando siempre no querer disponer de nada, todo lo determina como si fuera Primer Ministro, teniendo a su dependencia Ministros, Virreyes, Embajadores, y el caso es que el Rey despacha con consulta suya los negocios más graves, por la estimación en que tiene a su capacidad. Con este proceder tiende  dos fines: mantener su superioridad y esquivar las imputaciones de malos sucesos. Va por su camino y con sagacísimo genio y superior disimulo (que se adjudica a su aprendizaje italiano de las artes de Maquiavelo) si no a todos engaña, engaña a muchos, o al menos parecen engañados los que por necesidad tienen que estarle sometidos".

En las instrucciones al embajador francés se aseguraba que "Ha sido elevado a la autoridad de Primer Ministro aunque sin título y sin ejercer todas las funciones". Esta situación hacía difícil a los contemporáneos encontrar semejanzas entre su posición y la de los privados de los anteriores Reyes. El Almirante disponía de poder, pero no se atrevía a asumirlo abiertamente pues aunque tenía el apoyo de la Reina, no desconocía por referencias a su aliada la Condesa de Berlips, la fragilidad de esta relación debido a la facilidad con que Mariana de Neoburgo cancelaba favores y beneficios ante la menor diferencia o resistencia a cumplir sus deseos. Evidentemente él quería tener su propio campo de decisiones, tenía un proyecto la lograr poder e influencia y no aceptaba pasar de un terreno en el que podía aceptar ciertas concesiones, a la sumisión sin reservas para convertirse en mero instrumento de una camarilla.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera". Cuadernos monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, Nº 42. Madrid, 2003.






domingo, 15 de septiembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE V)


1. Retrato de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar, en un grabado de Cesare Fiori y Georges Tasniere (h.1684). Biblioteca Nacional de Madrid.


Tras recibir la noticia de su nombramiento como embajador en Roma, Melgar respondió que a pesar de las razones que tenía para no aceptar, se plegaba a la voluntad regia, aunque no tenía medios para poner su casa en la ciudad papal con la decencia conveniente y mucho menos para mantenerse en una Corte tan cara, bajo el supuesto que su sueldo se iba a consignar en Nápoles, "donde las repetidas órdenes de V.M. para el pan de munición de Italia no han sido poderosas a enmendar lo que en ello se ha faltado". A vista de esto y lo que estaba sucediendo con algunos ministros de las embajadas, "con grave perjuicio para el real servicio y decoro de la representación de sus ministros en teatros tan públicos", pidió que sus asignaciones se señalasen en la forma en que se pagaba a los miembros del Consejo de Italia, pues de otra forma no podía ir a Roma.

El Consejo aplaudió la aceptación de Melgar, pero no pudo ofrecerle ninguna garantía del puntual abono de los diez mil escudos que le habían concedido de ayuda de costa para el viaje ni del resto de sus asistencias por hallarse las rentas de Nápoles muy deterioradas y correr de su cuenta los gastos de la embajada de Roma. En los meses siguientes don Juan Tomás continuó haciendo representaciones al Virrey de Nápoles para que le ofreciese seguridades del cobro de sus asistencias, pero solo pudo garantizarle los diez mil escudos de ayuda de costa y otros trece mil al año para sueldos y gastos "cuando su cantidad importaba cerca de cuarenta mil". El 5 de septiembre el Rey ordenó a Melgar que fuese a Roma para encargarse de los asuntos de la embajada, a lo que respondió que estaba resignado a obedecer y a tomar la posta para hacer el viaje, pero le pidió que le diese órdenes oportunas para que hiciesen efectivo su sueldo y los demás gastos, "para poder servir el cargo con decoro y no experimentar la extrema necesidad a que se ven reducidos los ministros que dependen de las asistencias de Nápoles".

Ante los continuos reparos del Conde de Melgar para pasar a Roma, Carlos II nombró embajador al Marqués de Cogolludo, don Luis de la Cerda y Aragón, que tenía 27 años y era hijo primogénito del recién caído Primer Ministro Duque de Medinnaceli. Por su parte, don Juan Tomás fue detenido y mandado preso al Castillo de Coca por haber venido a Madrid sin permido y desobedecido al Rey como escribía Juan Bautista Lancier, embajador de Baviera, al elector Maximiliano II Manuel en carta del 21 de noviembre:

"[...] el Conde e Melgar ha venido sin permiso y el Rey le ha enviado con un alcalde al castillo de Coca, fortaleza que está a diez leguas de Madrid. A las instancias que se han hecho para pedir su indulto ha contestado Su Majestad que tiene ya veinte y cinco años y sabe lo que debe hacer. En ninguna otra Corte se le habría tratado con tanta clemencia"

No duró mucho su castigo ya que a los dos meses se le permitió postrarse a los pies del Rey quien le perdonó y le reintegró en la Corte pese a la opinión de Oropesa. Una vez de vuelta en la Corte parece ser que hizo gran amistad con la Reina lo que no era bien visto por el Primer Ministro quien aprovechando que los asuntos en Cataluña (revuelta de los gorretes) no iban bien decidió su paso al Principado en calidad de Virrey según nombramiento del Rey de mayo de 1688. Un revelación del Gabinete de Francia decía así: 

"Hombre capaz y que ha brillado mucho durante su permanencia en la  Corte es el Conde de Melgar. Nadie hablaba con más libertad al Rey ni era más favorablemente escuchado, por lo que el Conde de Oropesa le envió de Virrey a Cataluña. Era muy adicto a la Reina, opuesto en esto a su padre, partidario declarado de la Reina madre"

Melgar llegaría al Principado el 8 de junio de 1688 jurando las Constituciones en plena revuelta de los gorretes (1687-1689). Las primeras impresiones del nuevo Virrey dan una idea de la situación en el campo catalán aquel verano. Las causas del tumulto no habían desaparecido, con el peligro de la llegada de los segadores y de quienes se dedicaban a matar la langosta, al tiempo que los comunes apenas contribuían para mantener la caballería, cundiendo la miseria en el ejército. La situación era de alto riesgo y Melgar acabó desesperándose por no recibir ayuda de la Corte, pues los soldados de caballería desertaban masivamente. En junio, el Rey mantenía prácticamente en solitario un ejército de 6.825 hombres, cuyo cuarto de paga mensual montaba poco mas de 257.000 reales de plata, sin contar el gasto en fortificaciones, hospitales o la remonta de la caballería.

Lo cierto es que Cataluña contribuía con lo justo para dar cobijo a las tropas, pero ya no pagaba dinero. Como de la Corte se enviaba el numerario con cuentagotas, Melgar se vio aún mas impelido a demandar ayuda para su gente. En una carta a Haro, secretario del Consejo de Aragón, decía con ironía:

"si con el cuidado que se tiene de asistir a este ejército comieran los soldados o si pudieran pasar sin comer y sin todo lo demas que es menester y falta, yo y todos quedaríamos sin ninguna, y a este paso
creo que sucedera lo mesmo pues no habra de qué tenerle, y nos cargaremos de lastima, y aún ésta creo ha de faltar, pues la continuación la ha de hacer tan familiar que mudara de substancia".

Don Juan Tomás no podía ocultar la sensación de abandono que ya había abatido a sus predecesores Bournonville y Leganés. Como aquéllos, Melgar decidió dejarlo todo, en una especie de huelga o protesta, y marcharse a la zona de Vic, por su clima, alegando motivos de salud. El Consejo de Estado también pedía insistentemente a Carlos II que se enviasen mas asistencias a Cataluña.

La actitud y las demandas del virrey Melgar tuvieron una cierta respuesta en el Principado: entre septiembre y noviembre de 1688 se hicieron algunos donativos que ayudaron a paliar tibiamente la situación del ejército. En noviembre Melgar hizo valer de nuevo su intención de dejar el cargo alegando motivos de salud. El autor de "Sucessos de Cataluña" apunta que no deseaba gobernar sin medios, pero para otros se marchó porque aspiraba al puesto de Caballerizo Mayor del Rey. Sea como fuere el caso es que Carlos II finalmente le concedió el retiro. El relevo se produjo en diciembre, resultando elegido para el cargo el Duque de Villahermosa. En los "Anals Consulars" se reproduce una poesía referida a la actuación política de don Juan Tomás en Cataluña:

"El gran conde de Melgar
al tiempo de su partir
dejó mucho que decir
pero poco que contar". 

CONTINUARÁ...


BIBLIOGRAFÍA:


  • Barrio Gozalo, Maximiliano: "La embajada de España en Roma durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Universidad de Valladolid, 2013.
  • Espino López, Antonio: "El frente catalán en la Guerra de los Nueve Años (1689-1697)". Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Barcelona, 1994.
  • Fernández Duro, Cesáreo: "El último Almirante de Castilla: Don Juan Tomás Enrízquez de Cabrera". Real Academia de la Historia, 1902.

jueves, 18 de abril de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE IV)


1. Retrato de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar, en un grabado de Cesare Fiori y Georges Tasniere (h.1680). Biblioteca Nacional de Madrid.

El 17 de septiembre de 1679 moría en el Real Alcázar de Madrid don Juan José de Austria. Hasta entonces el Conde de Melgar venía desempeñando el cargo de Gobernador de Milán de forma interina, circunstancia que erosionaba su autoridad con respecto a los tribunales y al conjunto de la sociedad política lombarda. La muerte de don Juan afianzó su posición ya que implicaba el regreso a la Corte de su padre, el Almirante de Castilla, y la reina Mariana de Austria, en cuyo partido los Enríquez venían militando fielmente durante la última y agitada década. Por otra parte, el 21 de febrero de 1680 Carlos II nombraba primer ministro a don Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, VIII Duque de Medinaceli. El nuevo Primer Ministro era cuñado de don Juan Tomás. El conde de Melgar había contraído matrimonio con doña Ana Catalina de la Cerda (†1696), hermana del que después sería Duque de Medinaceli. Estos estrechos lazos de parentesco pronto se traducirían en una señal inequívoca de la confianza del Rey: en julio de 1680 Carlos II concedió a Melgar el gobierno "en propiedad" del Estado de Milán.

2. Medalla conmemorativa de la defensa de Génova frente a la armada francesa por parte del Conde de Melgar (1684), obra de Cesare Fiori.


Con la confirmación de Melgar se abre una nueva etapa en la vinculación del Conde con Milán. Desde su llegada en febrero de 1671 a la metrópoli lombarda el joven Conde de Melgar se dedicó a estrechar sus relaciones con las principales parentelas aristocráticas que llegó incluso a encabezar en su enfrentamiento con el Duque de Osuna. Durante los siguientes seis años (1680-1686) don Juan Tomás obtuvo aquello que era más preciado para quien aspiraba a convertirse en un gran patrón de la Corte regia: dinero y amigos. Los ingresos monetarios derivados de su cargo de Gobernador (tanto el sueldo como la prima extraordinaria de campaña y el acceso a los fondos de gastos secretos) le permitieron disponer de una notable liquidez a la hora de practicar la virtud política de la liberalidad a una escala que no podía ser emulada por otros nobles castellanos. Por otra parte, en Milán Melgar conoció a muchos de los amigos y clientes que le acompañaron en su azarosa trayectoria política hasta que asumió en la década de los noventa la jefatura del partido austríaco en Madrid.

Además, durante estos años de Gobierno el Conde de Melgar pudo acceder a la gloria militar en la defensa de su ciudad natal, Génova, frente a la armada francesa: el 17 de mayo de 1684 una gran escuadra francesa se presentaba frente al puerto de la ciudad al mando del Marqués de Seignelay y el almirante Abraham Duquesne, compuesta por unos 160 barcos, entre los que destacaban 10 "galiotes à bombes", 20 galeras y 16 navíos. El bombardeo empezó a la noche del día siguiente y continuó durante los días 19 y 20. Numerosos edificios cayeron bajos las bombas galas, entre ellos el salón del Palacio Ducal. Los tesoros de San Lorenzo y del Banco de San Giorgio fueros sacados de la línea de fuego y puestos a salvo. Finalmente, el día 25, la infantería francesa compuesta por unos 3.500 hombres puso pie en Sampierdarena. A ellos se enfrentaron las milicias locales, reforzadas con voluntarios de la cercana Val Polcevera. Protegidos por las bombas, los franceses avanzaron quemando los palacios de aquella que era una zona de villas de recreos del patriciado urbano. A pesar de todo, los galos fueron finalmente detenidos por los refuerzos españoles que la República había solicitado urgentemente y que finalmente había sido enviados por el gobernador Melgar. Las fuerzas enviadas por don Juan Tomás, unos mil hombres, especialmente un tercio reclutado en Nápoles, no solo contribuyeron a mantener el orden en la ciudad y a escoltar el tesoro de San Giorgio, sino que obligaron a los franceses a embarcarse dejando en el terreno numerosos muertos y heridos, entre ellos el contralmirante Lhéry, unos de los principales hombres de Duquesne. Tras esta intentona, la armada de Luis XIV siguió bombardeando hasta la noche del 28 de mayo para finalmente retirarse a la mañana del día siguiente.

Con motivo de la defensa de Génova el Conde de Melgar hizo labrar una medalla conmemorativa (imagen 2) a uno de sus artistas protegidos, Cesare Fiore (1). En el anverso de la medalla puede verse el retrato de don Juan Tomás con amplia peluca, media armadura y corbata a la francesa y a su alrededor la inscripción "IO · THOM · HENRIQ · CABRERA · ET · TOL · CO · MELGAR · PRO · HISP · REG · IN INSVB · IMP", en el reverso el Conde de Melgar sobre un caballo en cabrioleta con bastón de mando, a la derecha, se dirige, seguido de tres figuras ecuestres coronadas, hacia otro grupo ecuestre situado a la izquierda. Al fondo la ciudad de Génova bombardeada desde la costa y a alrededor la inscripción "PROVIDENTIS ET FORTITVDINE IANVA SERVATA".

En abril de 1685, coincidiendo con la caída de su cuñado el Duque de Medinaceli y el inicio de un nuevo ministerio, el del Conde de Oropesa, el conde de Melgar solicitó que le nombrasen sucesor y licencia para retornar a la Corte Real. La respuesta de Carlos II, seguramente influida por Oropesa, se retrasaría prudentemente hasta encontrar otro destino alejado de Madrid para un poderoso aristócrata con ambiciones de poder. Así, el 3 de diciembre el Rey informaba al Consejo de Italia que había confiado a Melgar la embajada en Roma (tradicional antesala al puesto de virrey de Nápoles) y que se le propusieran sucesores para el gobierno de Milán. El Consejo renunció a presentar una terna conjunta y cada uno presentó una nómina particular. Para el cargo de Gobernador habían surgido numerosos pretendientes entre la Grandeza de España. El presidente Duque de Alba propuso al Duque de Uceda, al Marqués de Leganés y al Duque de Ciudad Real, nombres que, si bien en diferente orden, se repetirían en otros votos junto a los de nuevos candidatos como el Conde de Monterrey, el Marqués de Balbases, el Duque de Medinasidonia, don Antonio de Toledo (primogénito del Duque de Alba), el Duque de Villahermosa y el Conde de Cifuentes. Carlos II y Oropesa optaron por ignorar esta extensísima nómina al elegir al Conde de Fuensalida, del que no se había acordado ningún regente. Con todo, Fuensalida tardaría algunos meses en tomar posesión de su cargo por lo que en Milán continuó el gobierno del conde de Melgar hasta abril de 1686.


CONTINUARÁ...


Notas:
  1. Cesare Fiori (1636-1702) fue un artista polifacético: pintor, grabador, medallista y arquitecto, además de bailarín, maestro de esgrima y alférez de las milicias urbanas. Entre sus pinturas se puede citar "La nascita di San Carlo" en el Duomo de Milán, encargo de los Condes de Melgar, así como diversos retratos en grabado de don Juan Tomás durante su gobierno milanés (1678-1686). Por desgracia existen pocas noticias de su vida y obra.

Fuentes:
  • Almagro-Gorbea, Martín; Pérez Alcorta, María Cruz; y Moneo, Teresa: "Medallas españolas". RAH, Catálogo del Gabinete de Antigüedades, 2005.
  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La república de las parentelas: la corte de Madrid y el gobierno del estado de Milan durante el reinado de Carlos II". Universidad Autónoma de Madrid, 1994.
  • Bitossi, Carlo: "1684. La Reppublica sfida il Re Sole". Editori Laterza. 2015.


lunes, 4 de marzo de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE III)

1. "Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melagar y Gobernador y Capitán General del Estado de Milán", grabado obra de Cesare Fiori y Georges Tasniere (1680). Biblioteca Nacional de Austria.


El Conde de Melgar convirtió al Estado de Milán en el espacio primordial donde acumularía a la vez méritos en el servicio real y recursos personales que serían fundamentales en su largo "cursus honorum" que culminaría con su privanza junto a la reina Mariana de Neoburgo. En 1675, tras volver a Madrid con licencia, continuaría su ascenso en tierras lombardas al ser nombrado General de Caballería, uno de los puestos más prestigiosos de la estructura militar del Estado. 

El 14 de agosto de 1676, Carlos II le nombra, tras consulta al Consejo de Estado, Embajador Extraordinario en Roma ante el cónclave que debía elegir al nuevo Papa una vez muerto Clemente X (22 de junio). Aunque el Marqués de Carpio había sido elegido embajador ordinario en 1672, éste dilataría su viaje a la urbe papal hasta 1677 tratando de conseguir la privanza real, mientras tanto era el cardenal Nithard quien ejercía dicha función y en unión al cual el nuevo embajador extraordinario Melgar debería trabajar para la elección de un papa afecto a España. El Consejo de Estado ordenó a Melgar y al cardenal Nithard que apoyasen la elección del cardenal Odescalchi a quien el Consejo definía como "un ángel de costumbres, apartado de todo interés [..]". Éste finalmente subiría al solio pontificio con el nombre de Inocencio XI ante la alegría de Madrid. 

No obstante, el cambio definitivo en la vida de don Juan Tomás tendría lugar tras la llegada al poder de don Juan José Austria. El nuevo Primer Ministro cesó de manera fulminante al Príncipe de Ligne como Gobernador de Milán tras la firma de la Paz de Nimega (20 de agosto de 1678). Desde el real sitio de San Lorenzo Carlos II dispuso el 16 de octubre por decreto decisivo el nombramiento del General de la Caballería Conde de Melgar como nuevo Gobernador "en interim". Al día siguiente el Consejo de Italia tuvo que expedir a toda prisa el nuevo título de Gobernador, tras haberse saltado el Rey la habitual presentación de nómina por los regentes provinciales.

El asombro en Milán fue mayúsculo. El 6 de noviembre llegó a tierras lombardas el decreto real en el correo ordinario de España. Por entonces, el Príncipe de Ligne se encontraba en el lugar de recreación de Cussano en compañía de toda la Corte. Mientras, el Conde de Melgar actuó con rapidez en Milán. Al día siguiente de recibir la inesperada orden del Rey, don Juan Tomás convocó al Consejo Secreto en su residencia cerca de la Puerta Oriental de la ciudad. Tras recibir las felicitaciones de los consejeros, Melgar escribió a Ligne refiriéndole lo ocurrido.

Durante el mes de noviembre se sucedieron los actos de toma de posesión del nuevo Gobernador. El Conde de Melgar concedió las tradicionales audiencias a los tribunales, embajadores de las ciudades lombardas y enviados de los potentados limítrofes. Todo esto en un latente estado de tensión entre la sociedad lombarda a consecuencia de la supresión general de plazas supernumerarias en los tribunales y a la formación de una Junta de Visita General decretada por el nuevo gobierno juanista. Melgar se vio privado de cualquier mínima colaboración de su predecesor en el gobierno. Esto solo sería el preámbulo de otras manifestaciones poco reverentes con el Gobernador interino, destacando el delicado enfrentamiento con Senado a cuenta de la reforma de las plazas supernumerarias a consecuencia de la cual muchos primogénitos de algunos senadores habían perdido sus cuestoratos. A finales del año, durante el rito de la concesión de indultos en el Senado por Navidades, los senadores hicieron esperar en exceso al Gobernador quien se quejó de inmediato al Rey por la "indecorosa" actitud del tribunal.

La actitud del Senado contrasta con la de la Junta de Visita cuya colaboración con Melgar sería estrecha, manteniendo el Gobernador una larga amistad con alguno de sus miembros como Francesco Moles. El cese de Ligne supuso un nuevo impulso a la Visita porque a partir de entonces la Junta asumía en la práctica la máxima representación del Rey en el Estado de Milán a no poder ser eclipsada por un Gobernador interino. Por otra parte, el deseo de Melgar de colaborar con la Visita para afianzar su precario mandato también contribuía a reforzar la autoridad de la Junta frente a los ministros locales. El Conde de Melgar conocía a fondo la realidad socio-política lombarda desde los tiempos de su contienda con el Duque de Osuna. Sin embargo, don Juan Tomás tenía un notable impedimento para ejercer el puesto de Gobernador: se dudaba que estuviese respaldado a fondo en la Corte ya que su padre, el Almirante de Castilla, había sido uno de los enemigos más acérrimos y constantes de don Juan José de Austria que era quien ahora dirigía la Monarquía. Una de las principales medidas de don Juan cuando asumió el Gobierno fue desterrar de Madrid al Almirante y en la Corte parecía claro que éste no regresaría mientras el hermano del Rey fuese Primer Ministro. Por ello sorprendió la designación de Melgar para el gobierno "en interim" de Milán, aunque parece que la decisión obedecía en gran medida a la intención de mantener el puesto de Gobernador en perfil bajo mientras durase la Visita.

En mayo de 1679 Carlos II decidió que el gobernador Conde de Melgar pudiese servirse de dinero recaudado por las condenas de la Visita, una vez cubiertos los gastos precisos de la Junta, por lo que la misma perdía una parcela de poder que asumía el Gobernador interino: la gestión y depósito de los fondos ingresados por las multas y confiscaciones. A finales de mayo el contador de la Visita Francesco Fomo Zermelli entregaba en la Tesorería General cuarenta mil libras en moneda de Milán, quedando esta suma, no excesivamente cuantiosa, a disposición del Gobernador. El Conde de Melgar comenzaba a afianzarse en su puesto supremo sin que los miembros de la Junta milanesa pudiesen considerarse desairados.


...CONTINUARÁ

Fuentes:

  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La república de las parentelas: la corte de Madrid y el gobierno del estado de Milan durante el reinado de Carlos II". Universidad Autónoma de Madrid, 1994.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española: el Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

lunes, 21 de enero de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE II)

1. Retrato de don Gaspar Téllez-Girón y Sandoval, V Duque de Osuna, en "Teatro de la gloria: consagrado a la excelentisima señora doña Felice de Sandoval Enriquez, duquesa de Vceda difunta. Por el excelentisimo señor don Gaspar Tellez Giron, duque de Osuna, conde de Vreña, gouernador del estado de Milan y capitan general en Italia, en sus solemnes esequias celebradas en Milan" (1671).

Los frecuentes alborotos cortesanos de don Juan Tomás terminaron en 1670 cuando se le concedió el mando de un Tercio en Lombardía con el título de Maestre de Campo. En Milán se produciría una cambio fundamental en su vida al madurar gracias a la dirección de las tropas que se le habían encargado y crecer culturalmente junto a la refinada nobleza lombarda.

El Conde de Melgar llegaría a la urbe ambrosiana en febrero de 1671. La relevancia política de su padre, uno de los más cercanos hombres a la Reina regente, hizo que su llegada fuese recibida con gran expectación por una nobleza molesta con el polémico gobernador Duque de Osuna, don Gaspar Téllez-Girón (1625-1694), que comenzaba a seguir el camino de la disidencia. En el Conde de Melgar encontraron las grandes parentelas lombardas que se oponían a Osuna a un líder idóneo al que servir y del que servirse.

La conducta de Melgar con respecto a la aristocracia milanesa fue diametralmente contraria a la seguida por el Gobernador, mostrándose accesible, cortés y obsequioso. El mismo Duque de Osuna trató de ganarse su alianza. Le agasajó con los mayores honores cuando don Juan Tomás entró en el Estado, enviándole las compañías de las guardias del Gobernador para que le acompañasen y disponiendo que se hiciesen salvas de artillería a su paso por Tortona y Pavía. Los Conde de Melgar fueron alojados por Osuna en el Palacio Regio-Ducal, en el cuarto reservado a los potentados. Durante las visitas de bienvenida que le hicieron los principales aristócratas milaneses los Condes de Melgar se mostraron cordiales y complacientes, dispuestos a agasajar al máximo según la calidad y posición de cada persona. Pero los mayores honores posibles los practicó el Conde de Melgar  con el Presidente del Senado Bartolomeo Arese, el hombre más poderoso del Estado y líder de una poderosa clientela.

En las fiestas de baile privadas, que se celebraban en las habitaciones del Gobernador y en las públicas de Palacio se produjo un manifiesto contraste entre la actitud desdeñosa de la hija de Osuna, la Condesa de Montalbán, que rechazaba bailar con algunos caballeros de la máxima calidad, algo muy mal visto, y el comportamiento afable de la Condesa de Melgar que bailó con todos los caballeros indistintamente que se lo pidieron. Todo este cúmulo de señales externas iba lanzando un mensaje que no pasó desapercibido para las casas nobles lombardas: los Condes de Melgar reunían las condiciones necesarias para concitar sus simpatías y llegar a encabezas una corriente de oposición al poder del Duque de Osuna.

Durante los siguientes dos años los Condes de Melgar fueron consolidando sus buenas relaciones y alianzas con una parte importante de la cúspide estamental de Milán. Destacaron en este bando los Príncipes Trivulzio y los Marqueses de Borgomanero, pero también el Príncipe de Castiglione (cuya hija estaba casada con el hijo de Borgomanero), el castellano Conde de Fuensalida, general de hombres de armas de Milán; los Marqueses de Trano y Grassi o el teniente del maestre de campo general José de Córdoba. La oposición el gobernador Osuna se encarnó en la constitución de una especia de Corte alternativa encabezada por el Conde de Melgar. Dos grandes ejes vertebrarían esta nueva "Corte": por una lado, la expectativa de algunas casas lombardas de conseguir mercedes gracias al patronazgo de Melgar y su influencia en Madrid; y por otro, la rivalidad con el Palacio Regio-Ducal en cuanto a la organización de fiestas y celebraciones.

En conflicto que se había venido madurando durante 1672 acabó estallando durante el Carnaval de 1673. En una carta del 1 de febrero que Osuna escribió a la Reina, éste se quejaba de la conducta de las Condesas de Melgar y Fuensalida, y de la Princesa de Trivulzio, las cuales se negaban a acudir a las funciones que tenían lugar en Palacio, lo cual constituía claramente un boicot al Gobernador. Quince días después, en otras misiva con tono aun más grave, Osuna nombraba ya claramente a los principales opositores: el Conde de Melgar, el Conde de Fuensalida, el Marqués de Bedmar, el Príncipe de Trivulzio, el Marqués de Borgomanero y el hijo de éste, el Marqués de Porlezza, acusándoles de controlar sus barrios con criados armados, por lo que mandó desterrar a Trivulzio y Porlezza.

Mientras tanto, la facción de Melgar reaccionó con la realización de fiestas en competencia con las del Palacio Regio-Ducal. En la residencia de don Juan Tomás se organizarían cenas, bailes y máscaras midiéndose la fuerza real de cada bando por la asistencia y participación en los mismos de las damas, hijas y esposas de los ministros supremos y nobles titulados del Estado. El Presidente Arese actuó como correo del Gobernador al acudir a la residencia de los Melgar, intentando persuadir al Conde de que cejase en su rivalidad de fastos con el Palacio Regio-Ducal, pero fue en vano.

2. Vista del patio del Palaco Regio-Ducal de Milán en una de las estampas que ilustraban el libro "Descrizione di Milano", obra de Serviliano Latuada (1737-1738).

La influencia del padre del Melgar, el Almirante de Castilla, ante el favor real era la razón última que justificaba el relevante papel de un simple maestro de campo como era don Juan Tomás, entre cuyos seguidores se encontraban militares de mucha mayor graduación y aristócratas con rango de Grande de España. El combate político frente a Osuna se acompañaba de una negociación para conseguir altos puestos en el ejército. La efectividad demostrada de este patronazgo permitió al Conde mantener la unidad de su bando pese a las medidas implacables del Gobernador.

A principios de marzo de 1673 el Conde de Melgar, junto a alguno de sus partidarios, abandonó la ciudad de Milán sin licencia de su superior militar, el capitán general Duque de Osuna, atravesando las fronteras lombardas para dirigirse a Génova desde donde solicitaron permiso a la Reina para viajar a Madrid. El encargado de hacer llegar a Mariana de Austria esta petición fue el propio padre de Melgar, el Almirante de Castilla, quien había permanecido al tanto de los últimos sucesos. Sin embargo, la Reina era consciente de que acceder a la pretensión del Conde de Melgar equivalía a legitimar su proceder y desautorizar totalmente al Gobernador en ejercicio. Antes de tomar una decisión de semejante gravedad, intentó reconciliar a los dos rivales. La Reina ordenó a Melgar que retornase a Milán y obedeciese a su Capitán General, a la vez que envió una carta a Osuna en la que le advertía que debe favorecer a los que le servían "y mui particularmente a los sugetos de la esfera del conde". El Consejo de Estado se ocupo en los primeros días de abril de 1673 de esta misma cuestión acudiendo el propio Almirante de Castilla por expresa voluntad de la Regente, pese a estar prohibida la presencia de parientes hasta cuarto grado de los afectados por las consultas. Los consejeros se expresaron de forma ambigua ante la incómoda presencia del padre de Melgar. El bloqueo de la situación obligó a Mariana de Austria a recurrir al procedimiento de votos secretos. A mediados de abril Melgar regresó a la capital lombarda, pero la actuación en Madrid de las parentelas y clientes de las casas del Almirante y sus aliadas de Fuensalida, Castiglione, Este, etc habían dado un golpe de muerte a la continuidad de Osuna en el Gobierno de Milán.

Ya en 1672 el Consejo de Estado había sopesado ya la posibilidad de sustituir al Duque de Osuna, ante una situación de creciente tensión entre Saboya, cuyo Duque estaba enemistado con el Gobernador por cuestiones de tratamiento, y la República de Génova. Pero además don Gaspar mantenía tensas relaciones con otros potentados italianos como el Duque de Mantua e incluso con el emperador Leopoldo I, recordemos hermano de la Reina regente, a consecuencia del feudo de Malgrate, cuya nueva investidura el Gobernador entendía que correspondía al Rey Católico mientras que el Emperador defendía las competencia del Consejo Aúlico.

Esta hostilidad latente del Emperador y los potentados del norte de Italia por fronteras y tratamientos sirvió de argumento decisivo a la facción de Melgar en julio de 1673. Con la acusación de que todos los potentados limítrofes habían retirado a sus residentes en Milán y la del aprovechamiento ilegal de los recursos del Estado, el Almirante acudió el 26 de julio a una audiencia personal con la Reina, representando la injusta persecución que sufría su hijo y sus "amigos". Tras sondear de manera informal de sus ministros de mayor confianza, Mariana de Austria adoptó finalmente una resolución el 31 de julio de 1673: "Por haver más de tres años que el duque de Osuna está sirviendo el Govierno de Milán, he tenido por conveniente que se le embie succesor", ordenando a los Consejos de Estado e Italia que le propusieran candidatos. Finalmente el elegido sería el Príncipe de Ligne, que ejercerá el cargo hasta 1678. No obstante, las ocupaciones de Ligne en Sicilia, donde ejercía como virrey, dilatarían aun un año su llegada a Milán, período durante el cual Osuna pudo seguir ejerciendo gran poder. A pesar de todo, estos hechos constituían un primer triunfo en la que sería dilatada carrera política de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera , condolidándole como un gran patrón.


CONTINUARÁ...


Fuentes:


  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Milán y el legado de Felipe II. Gobernadores y corte provincial en la Lombardía de los Austrias". Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE I)

1. Grabado de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar (h.1675). Museo di Capodimonte, Nápoles.


Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, X Conde de Melgar, VII Duque de Medina de Rioseco y XI y último Almirante de Castilla, entre otros títulos, vino al mundo el 21 de diciembre de 1646 en Génova. Su madre, doña Elvira de Toledo Ossorio Ponce de León, se encontraba de paso en dicha ciudad en su camino de regreso desde Nápoles junto a su abuelo paterno Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, IX Almirante de Castilla, que cesaba en aquel virreinato. En su escala en Génova el Duque de Tursi les ofreció fastuosa hospitalidad en el Palacio de los Doria donde doña Elvira dio a luz. El niño fue bautizado el 6 de enero siguiente en la Parroquia de Santa María Magdalena. Por el día del santo del alumbramiento y el de su padre, recibió los nombres de Juan Tomás, solemnizando más el acto la concesión que le hizo la República de los honores de noble de ella, en obsequio a la familia.

Su padre fue el X Almirante de Castilla, don Juan Gaspar Enríquez de Cabrera y Sandoval, que también fuera V Duque de Medina de Rioseco y otras posesiones heredadas, caballero de la Orden de Alcántara, Comendador de Piedrabuena de la misma Orden, Gentilhombre de Cámara de Felipe IV, Caballerizo Mayor de Carlos II, de sus Consejos de Estado y Guerra, y Grande de España de primera clase.

La familia del Almirante vivía en su fastuoso palacio del Prado de Recoletos Agustinos rodeado de una magnífica huerta en la calle que aun hoy recuerda su nombre, allí don Juan Gaspar se hacía acompañar de poetas y literatos de Corte con los que acostumbraba a competir. Pero además, el X Almirante fue un gran amante de la pintura, su colección contaba con más de mil cuadros, solo superada por las Colecciones Realas y la del Marqués del Carpio. Entre ese millar largo de pinturas abundaban las atribuidas a los artistas flamencos e italianos más prestigiosos, como Tiziano, Rafael, Rubens, Tintoretto, Correggio, o los españoles Ribera, Orrente y Pereda.

La inteligencia del pequeño don Juan Tomás era notable de acuerdo con los testimonios de sus contemporáneos, recibiendo una educación acorde a su condición nobiliaria que incluía formación en armas y letras. Parece que estudió en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid. Se distinguió en la equitación y la esgrima. Además, su padre le inculcó el gusto por las artes, las letras y el valor del mecenazgo. Con una sólida formación formación humanística avalada por la riqueza de la biblioteca paterna, tuvo también afición por las tertulias y las reuniones culturales. Por tanto, el amor por la pintura, la escultura, la música, la literatura e incluso la floricultura, hicieron del futuro Almirante un hombre culto y refinado, al que el cronista borbónico Marqués de San Felipe definió como de ingenio agudo, con facilidad de palabra y que estaba dotado de inteligencia.

Por otra parte, los testimonios de la época coinciden en describir a don Juan Tomás como un hombre de grandes atractivos físicos: alto, de buena figura, elocuente y galante. Las fuentes también hablan del extremado y meticuloso cuidado que ponía en su apariencia y en su aspecto, lo que se recogió en una sátira de la época: muchos bucles tenía, es aseado y aun se aprecia ser anarcisado.

Hasta que heredó el Almirantazgo, don Juan Tomás utilizó el título de Conde de Melgar. Sus años de juventud no fueron precisamente tranquilos. Amigo de peleas y disputas, era frecuente encontrarlo en refriegas callejeras como un sonado incidente que protagonizaron los clientes del Almirante con los del Conde de Oropesa y que luego se supo que había sido instigado por los Conde de Melgar y Cifuentes. El Consejo de Estado propuso el destierro de los Condes. Don Juan Tomás quiso servir en la Armada del Mar Océano, pero su padre logró disuadirlo y promovió su matrimonio con Ana Catalina de la Cerda y Enríquez de Ribera, hija del Duque de Medinaceli, en 1662 cuando tenía poco más de 17 años. Pero el matrimonio tampoco le hizo asentar la cabeza. En 1664 la reina regente doña Mariana de Austria le nombró gentilhombre de cámara. Por esas mismas fechas quiso incorporarse al ejército de Flandes, a lo que su padre se opuso de nuevo. En cambio don Juan Gaspar sí apoyó el ingreso de Melgar en la recién creada Guardia Chamberga, como capitán de una de sus compañías. Otros capitanes de compañía serían el Conde de Fuensalida, el Marqués de Jarandilla (futuro Conde de Oropesa), el Marqués de las Navas (futuro Conde de Santisteban), el Duque de Abrantes, el Conde de Caltassinetta (futuro Duque de Montalto) y el Conde de Cifuentes. Como se ve la Chamberga fue el nido de donde salieron los principales ministros que dirigieron la política de la Monarquía entre 1685 y 1699: el Conde de Oropesa, el Duque de Montalto y el Almirante, que alcanzarían el favor del Rey o de la reina Mariana de Noeburgo en el caso del Almirante, mediante el servicio en las casas reales. A ellos se sumaría el Conde de Santisteban, virrey de Cerdeña, Sicilia y Nápoles entre 1675 y 1695.

CONTINUARÁ...


BIBLIOGRAFÍA:


  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La Chamberga: el regimiento de la guardia del rey y la salvaguarda de la majestad (1668-1677)", en "Carlos II y el arte de su tiempo", coord. por A. Rodríguez G. de Ceballos y A. Rodríguez Rebollo, Madrid, 2013, pp. 23-106.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española: el Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.


lunes, 3 de diciembre de 2018

Meléndez y la construcción de Felipe V "El Animoso"

1. Felipe V ecuestre, atribuido a Miguel Jacinto Meléndez. Colección Conde de Revilla.

Aunque nacido en Oviedo a finales del siglo XVII, en cierto modo se puede considerar a Miguel Jacinto Meléndez como el prototipo del pintor madrileño del primer tercio del siglo XVIII. Su vida y su obra estuvieron marcadas por las circunstancias históricas que le tocó vivir: el advenimiento de la nueva dinastía borbónica con Felipe V y la Guerra de Sucesión (1702-1714). Su producción pictórica es un fiel reflejo del panorama artístico en el Madrid de los primeros años del nuevo siglo, aunando una serie de corrientes barrocas tardías: española, italiana, flamenca y francesa. 

Aunque Elena María Santiago afirma que Meléndez partió de una formación precaria ya que no pudo aprender trabajando junto a ninguno de los grandes artistas del barroco madrileño, parece que éste sí que se formó el taller de José García Hidalgo, antiguo discípulo de Juan Carreño de Miranda, y en la Academia del Conde de Buena Vista del modo tradicional: copiando estampas y dibujos, luego al natural y, finalmente, copiando cuadros de grandes maestros del siglo XVII. Después del fallecimiento de los últimos tres grandes pintores del barroco en la corte de los Austrias, Juan Carreño de Miranda, Francisco Rizi y Francisco de Herrera "El Modo" y de la vuelta de Luca Giordano a Nápoles en 1702, Miguel Jacinto se consolidó al captar el estilo de los citados maestros, cumpliendo así satisfactoriamente los encargos de una clientela aferrada a los gustos tradicionales y que, en cierto modo, hacía gala de "españolidad" frente a los nuevos gustos traídos por los pintores franceses imperantes en la Corte. 

2. Retrato de Felipe V, obra de Miguel Jacinto Meléndez (1716/1717). Palacio de Viana, Córdoba.

Las circunstancias históricas del cambio dinástico y la llegada de Felipe V le brindaron una oportunidad que supo aprovechar convirtiéndose en Pintor del Rey, con la consiguiente autorización para retratar al monarca y su familia, y así atender a los numerosos encargos de particulares e instituciones que solicitaban disponer de la efigie del soberano. De este modo, Meléndez  intentó crear un modelo que satisfaciera a una clientela tradicional y a quienes gustaban de los nuevos gustos imperantes en la Corte, aunque no hay constancia de que se le encargara ningún retrato real desde Palacio.

En fecha tan temprana como 1703, Meléndez creo un prototipo de retrato de Felipe V caracterizado por un rostro alargado con una mandíbula algo prognática terminada en una barbilla redonda y acusada, con un hoyuelo pronunciado, los ojos azules muy achinados, algo juntos, la nariz bastante afilada y labios ondulados, sobresaliendo el inferior. Un Felipe V muy Austria que buscaba legitimar al nuevo Rey. Posteriormente el ovetense comenzó poco a poco a cambiar el rostro de Felipe V: los ojos menos achinados y más separados, la nariz toma una forma más equina, acentuada por unos toques de brillo muy característicos del pintor, la boca se vuelve algo más regular y con el labio inferior menos sobresaliente. Es el inicio de un proceso de idealización del monarca que se ve ya claramente en el retrato del Museo Cerralbo (1712), más evidente aun en el del Palacio de Viana del Córdoba y que finaliza en el de la Biblioteca Nacional. 

Pero lo que ahora nos interesa analizar es la construcción de Felipe V como Rey Guerrero, como Felipe "El Animoso", que llevó a cabo Meléndez durante la contienda sucesoria.


FELIPE "EL ANIMOSO":

La Guerra de Sucesión estalla en 1702 en el norte Italia con varios encontronazos entre los ejércitos borbónicos e imperiales. Tras su paso por Cataluña (septiembre 1701-abril 1702) Felipe V se embarcó hacia tierras italianas, desembarcando primero en Nápoles para luego trasladarse a Lombardía y unirse al ejército. Allí participaría con arrojo en la famosa Batalla de Luzzara (15 de agosto de 1702). Más tarde, el joven monarca acaudillaría sus tropas en la campaña de Portugal (1704). Todo esto le valdrían el apelativo de "El Animoso" y le granjearían la admiración y el cariño de sus vasallos. Era pues importante transmitir esa imagen del Rey como Guerrero al mando de sus tropas.

Es posible, aunque difícil de probar hasta que aparezca algún ejemplar firmado, que sea Meléndez el autor de tres lienzos que representan a Felipe V a caballo en los que se ha copiado un prototipo de retrato ecuestre utilizado en España desde el siglo XVII, diferenciado de otros retratos ecuestres del Rey que aparecieron en los almanaques franceses de 1702, 1703 y 1704; y del que dibujó Teodoro Ardemans y que grabó Edelinck para ilustrar la obra del secreatrio Antonio de Ubilla "Succesión de el Rey D. Phelipe V...en la corona de España" (1704).

3. Retrato ecuestre de Felipe V, atribuido a Miguel Jacinto Meléndez. Ayuntamiento de Sepúlveda.

En los tres retratos citados el prototipo del rostro del Rey se aproxima bastante al creado por Meléndez y el tipo de pinceladas también se ajustan a las suyas. Son de distinto tamaño, el más pequeño procede de la Colección Torrecilla y luego del Conde de Villagonzalo; el segundo procede de la Colección Conde de Revilla y el de mayor tamaña y calidad se encuentra en el salón principal del ayuntamiento segoviano de Sepúlveda, procedente de la casa del Marqués de Quintanar. Éste título fue concedido por Felipe V al primer titular el 28 de agosto de 1714 y en la ejecutoria correspondiente figura una miniatura muy semejante del Rey. En éste último retrato aparece una inscripción posterior que reza "Don Carlos, Príncipe de Asturias a la edad de 17 años", en la que el autor confundió a Felipe V con Carlos III o Carlos IV cuando eran príncipes.

3. Felipe IV ecuestre, copia del original del Rubens perdido en el incencio del Alcázar. Galleria degli Uffizi, Florencia. 

Estos retratos, encargados por la nobleza fiel a Felipe V como muestra de su lealtad durante la contienda sucesoria están claramente inspirados por el Felipe IV ecuestre de Rubens que éste pinto durante su estancia en Madrid entre 1628 y 1629 perdido en el incendio del Alcázar de 1734 y del que se conserva una copia en la Galleria degli Uffizi de Florencia. El retrato de Rubens estaba situado en el Salón Nuevo del Alcázar frente al Carlos V en la Batalla de Mühlberg de Tiziano. Este prototipo de rey español al frente de sus tropas, con traje militar y sobre un brioso caballo en posición de corveta, difícil ejercicio ecuestre que supone un total dominio del animal por parte del jinete, al igual que un buen gobernante sostiene las riendas del poder, se consolida y se adapta de manera que años más tarde Luca Giordano vuelve a utilizar la misma composición para los retratos ecuestres de reducidas dimensiones de Carlos II; y que de nuevo hará Jean Ranc en el de Felipe V, ambos en el Museo del Prado.

Meléndez copia con fidelidad el modelo de Rubens, simplificándolo al máximo en los dos cuadros de menor tamaño antes citados (colección Torrecilla y Revilla), y en el de Sepúlveda, sustituyendo las brillantes figuras de la Justicia divina y la Iglesia del lienzo de Rubens por dos angelotes que entregan a Felipe V el Toisón de Oro y un globo terráqueo. El mensaje es claro: el Cielo entrega el trono de España a su legítimo dueño, Felipe V, frente al candidato austracista, apoyado por las fuerzas herejes anglo-holandesas.


BIBLIOGRAFÍA:

  • Santiago Páez, Elena María, "Miguel Jacinto Meléndez (1679-1734) pintor de Felipe V" en "Philippe V d'Espagne et l'art de son temps", actas del coloquio, Sceaux, Le Musée, 1995, pp. 179-188.
  • Santiago Páez, Elena María: "Miguel Jacinto Meléndez: pintor, 1679-1734". Arco Libros, 2012.