lunes, 10 de diciembre de 2018

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE I)

1. Grabado de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar (h.1675). Museo di Capodimonte, Nápoles.


Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, X Conde de Melgar, VII Duque de Medina de Rioseco y XI y último Almirante de Castilla, entre otros títulos, vino al mundo el 21 de diciembre de 1646 en Génova. Su madre, doña Elvira de Toledo Ossorio Ponce de León, se encontraba de paso en dicha ciudad en su camino de regreso desde Nápoles junto a su abuelo paterno Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, IX Almirante de Castilla, que cesaba en aquel virreinato. En su escala en Génova el Duque de Tursi les ofreció fastuosa hospitalidad en el Palacio de los Doria donde doña Elvira dio a luz. El niño fue bautizado el 6 de enero siguiente en la Parroquia de Santa María Magdalena. Por el día del santo del alumbramiento y el de su padre, recibió los nombres de Juan Tomás, solemnizando más el acto la concesión que le hizo la República de los honores de noble de ella, en obsequio a la familia.

Su padre fue el X Almirante de Castilla, don Juan Gaspar Enríquez de Cabrera y Sandoval, que también fuera V Duque de Medina de Rioseco y otras posesiones heredadas, caballero de la Orden de Alcántara, Comendador de Piedrabuena de la misma Orden, Gentilhombre de Cámara de Felipe IV, Caballerizo Mayor de Carlos II, de sus Consejos de Estado y Guerra, y Grande de España de primera clase.

La familia del Almirante vivía en su fastuoso palacio del Prado de Recoletos Agustinos rodeado de una magnífica huerta en la calle que aun hoy recuerda su nombre, allí don Juan Gaspar se hacía acompañar de poetas y literatos de Corte con los que acostumbraba a competir. Pero además, el X Almirante fue un gran amante de la pintura, su colección contaba con más de mil cuadros, solo superada por las Colecciones Realas y la del Marqués del Carpio. Entre ese millar largo de pinturas abundaban las atribuidas a los artistas flamencos e italianos más prestigiosos, como Tiziano, Rafael, Rubens, Tintoretto, Correggio, o los españoles Ribera, Orrente y Pereda.

La inteligencia del pequeño don Juan Tomás era notable de acuerdo con los testimonios de sus contemporáneos, recibiendo una educación acorde a su condición nobiliaria que incluía formación en armas y letras. Parece que estudió en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid. Se distinguió en la equitación y la esgrima. Además, su padre le inculcó el gusto por las artes, las letras y el valor del mecenazgo. Con una sólida formación formación humanística avalada por la riqueza de la biblioteca paterna, tuvo también afición por las tertulias y las reuniones culturales. Por tanto, el amor por la pintura, la escultura, la música, la literatura e incluso la floricultura, hicieron del futuro Almirante un hombre culto y refinado, al que el cronista borbónico Marqués de San Felipe definió como de ingenio agudo, con facilidad de palabra y que estaba dotado de inteligencia.

Por otra parte, los testimonios de la época coinciden en describir a don Juan Tomás como un hombre de grandes atractivos físicos: alto, de buena figura, elocuente y galante. Las fuentes también hablan del extremado y meticuloso cuidado que ponía en su apariencia y en su aspecto, lo que se recogió en una sátira de la época: muchos bucles tenía, es aseado y aun se aprecia ser anarcisado.

Hasta que heredó el Almirantazgo, don Juan Tomás utilizó el título de Conde de Melgar. Sus años de juventud no fueron precisamente tranquilos. Amigo de peleas y disputas, era frecuente encontrarlo en refriegas callejeras como un sonado incidente que protagonizaron los clientes del Almirante con los del Conde de Oropesa y que luego se supo que había sido instigado por los Conde de Melgar y Cifuentes. El Consejo de Estado propuso el destierro de los Condes. Don Juan Tomás quiso servir en la Armada del Mar Océano, pero su padre logró disuadirlo y promovió su matrimonio con Ana Catalina de la Cerda y Enríquez de Ribera, hija del Duque de Medinaceli, en 1662 cuando tenía poco más de 17 años. Pero el matrimonio tampoco le hizo asentar la cabeza. En 1664 la reina regente doña Mariana de Austria le nombró gentilhombre de cámara. Por esas mismas fechas quiso incorporarse al ejército de Flandes, a lo que su padre se opuso de nuevo. En cambio don Juan Gaspar sí apoyó el ingreso de Melgar en la recién creada Guardia Chamberga, como capitán de una de sus compañías. Otros capitanes de compañía serían el Conde de Fuensalida, el Marqués de Jarandilla (futuro Conde de Oropesa), el Marqués de las Navas (futuro Conde de Santisteban), el Duque de Abrantes, el Conde de Caltassinetta (futuro Duque de Montalto) y el Conde de Cifuentes. Como se ve la Chamberga fue el nido de donde salieron los principales ministros que dirigieron la política de la Monarquía entre 1685 y 1699: el Conde de Oropesa, el Duque de Montalto y el Almirante, que alcanzarían el favor del Rey o de la reina Mariana de Noeburgo en el caso del Almirante, mediante el servicio en las casas reales. A ellos se sumaría el Conde de Santisteban, virrey de Cerdeña, Sicilia y Nápoles entre 1675 y 1695.

CONTINUARÁ...


BIBLIOGRAFÍA:


  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La Chamberga: el regimiento de la guardia del rey y la salvaguarda de la majestad (1668-1677)", en "Carlos II y el arte de su tiempo", coord. por A. Rodríguez G. de Ceballos y A. Rodríguez Rebollo, Madrid, 2013, pp. 23-106.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española: el Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.


lunes, 3 de diciembre de 2018

Meléndez y la construcción de Felipe V "El Animoso"

1. Felipe V ecuestre, atribuido a Miguel Jacinto Meléndez. Colección Conde de Revilla.

Aunque nacido en Oviedo a finales del siglo XVII, en cierto modo se puede considerar a Miguel Jacinto Meléndez como el prototipo del pintor madrileño del primer tercio del siglo XVIII. Su vida y su obra estuvieron marcadas por las circunstancias históricas que le tocó vivir: el advenimiento de la nueva dinastía borbónica con Felipe V y la Guerra de Sucesión (1702-1714). Su producción pictórica es un fiel reflejo del panorama artístico en el Madrid de los primeros años del nuevo siglo, aunando una serie de corrientes barrocas tardías: española, italiana, flamenca y francesa. 

Aunque Elena María Santiago afirma que Meléndez partió de una formación precaria ya que no pudo aprender trabajando junto a ninguno de los grandes artistas del barroco madrileño, parece que éste sí que se formó el taller de José García Hidalgo, antiguo discípulo de Juan Carreño de Miranda, y en la Academia del Conde de Buena Vista del modo tradicional: copiando estampas y dibujos, luego al natural y, finalmente, copiando cuadros de grandes maestros del siglo XVII. Después del fallecimiento de los últimos tres grandes pintores del barroco en la corte de los Austrias, Juan Carreño de Miranda, Francisco Rizi y Francisco de Herrera "El Modo" y de la vuelta de Luca Giordano a Nápoles en 1702, Miguel Jacinto se consolidó al captar el estilo de los citados maestros, cumpliendo así satisfactoriamente los encargos de una clientela aferrada a los gustos tradicionales y que, en cierto modo, hacía gala de "españolidad" frente a los nuevos gustos traídos por los pintores franceses imperantes en la Corte. 

2. Retrato de Felipe V, obra de Miguel Jacinto Meléndez (1716/1717). Palacio de Viana, Córdoba.

Las circunstancias históricas del cambio dinástico y la llegada de Felipe V le brindaron una oportunidad que supo aprovechar convirtiéndose en Pintor del Rey, con la consiguiente autorización para retratar al monarca y su familia, y así atender a los numerosos encargos de particulares e instituciones que solicitaban disponer de la efigie del soberano. De este modo, Meléndez  intentó crear un modelo que satisfaciera a una clientela tradicional y a quienes gustaban de los nuevos gustos imperantes en la Corte, aunque no hay constancia de que se le encargara ningún retrato real desde Palacio.

En fecha tan temprana como 1703, Meléndez creo un prototipo de retrato de Felipe V caracterizado por un rostro alargado con una mandíbula algo prognática terminada en una barbilla redonda y acusada, con un hoyuelo pronunciado, los ojos azules muy achinados, algo juntos, la nariz bastante afilada y labios ondulados, sobresaliendo el inferior. Un Felipe V muy Austria que buscaba legitimar al nuevo Rey. Posteriormente el ovetense comenzó poco a poco a cambiar el rostro de Felipe V: los ojos menos achinados y más separados, la nariz toma una forma más equina, acentuada por unos toques de brillo muy característicos del pintor, la boca se vuelve algo más regular y con el labio inferior menos sobresaliente. Es el inicio de un proceso de idealización del monarca que se ve ya claramente en el retrato del Museo Cerralbo (1712), más evidente aun en el del Palacio de Viana del Córdoba y que finaliza en el de la Biblioteca Nacional. 

Pero lo que ahora nos interesa analizar es la construcción de Felipe V como Rey Guerrero, como Felipe "El Animoso", que llevó a cabo Meléndez durante la contienda sucesoria.


FELIPE "EL ANIMOSO":

La Guerra de Sucesión estalla en 1702 en el norte Italia con varios encontronazos entre los ejércitos borbónicos e imperiales. Tras su paso por Cataluña (septiembre 1701-abril 1702) Felipe V se embarcó hacia tierras italianas, desembarcando primero en Nápoles para luego trasladarse a Lombardía y unirse al ejército. Allí participaría con arrojo en la famosa Batalla de Luzzara (15 de agosto de 1702). Más tarde, el joven monarca acaudillaría sus tropas en la campaña de Portugal (1704). Todo esto le valdrían el apelativo de "El Animoso" y le granjearían la admiración y el cariño de sus vasallos. Era pues importante transmitir esa imagen del Rey como Guerrero al mando de sus tropas.

Es posible, aunque difícil de probar hasta que aparezca algún ejemplar firmado, que sea Meléndez el autor de tres lienzos que representan a Felipe V a caballo en los que se ha copiado un prototipo de retrato ecuestre utilizado en España desde el siglo XVII, diferenciado de otros retratos ecuestres del Rey que aparecieron en los almanaques franceses de 1702, 1703 y 1704; y del que dibujó Teodoro Ardemans y que grabó Edelinck para ilustrar la obra del secreatrio Antonio de Ubilla "Succesión de el Rey D. Phelipe V...en la corona de España" (1704).

3. Retrato ecuestre de Felipe V, atribuido a Miguel Jacinto Meléndez. Ayuntamiento de Sepúlveda.

En los tres retratos citados el prototipo del rostro del Rey se aproxima bastante al creado por Meléndez y el tipo de pinceladas también se ajustan a las suyas. Son de distinto tamaño, el más pequeño procede de la Colección Torrecilla y luego del Conde de Villagonzalo; el segundo procede de la Colección Conde de Revilla y el de mayor tamaña y calidad se encuentra en el salón principal del ayuntamiento segoviano de Sepúlveda, procedente de la casa del Marqués de Quintanar. Éste título fue concedido por Felipe V al primer titular el 28 de agosto de 1714 y en la ejecutoria correspondiente figura una miniatura muy semejante del Rey. En éste último retrato aparece una inscripción posterior que reza "Don Carlos, Príncipe de Asturias a la edad de 17 años", en la que el autor confundió a Felipe V con Carlos III o Carlos IV cuando eran príncipes.

3. Felipe IV ecuestre, copia del original del Rubens perdido en el incencio del Alcázar. Galleria degli Uffizi, Florencia. 

Estos retratos, encargados por la nobleza fiel a Felipe V como muestra de su lealtad durante la contienda sucesoria están claramente inspirados por el Felipe IV ecuestre de Rubens que éste pinto durante su estancia en Madrid entre 1628 y 1629 perdido en el incendio del Alcázar de 1734 y del que se conserva una copia en la Galleria degli Uffizi de Florencia. El retrato de Rubens estaba situado en el Salón Nuevo del Alcázar frente al Carlos V en la Batalla de Mühlberg de Tiziano. Este prototipo de rey español al frente de sus tropas, con traje militar y sobre un brioso caballo en posición de corveta, difícil ejercicio ecuestre que supone un total dominio del animal por parte del jinete, al igual que un buen gobernante sostiene las riendas del poder, se consolida y se adapta de manera que años más tarde Luca Giordano vuelve a utilizar la misma composición para los retratos ecuestres de reducidas dimensiones de Carlos II; y que de nuevo hará Jean Ranc en el de Felipe V, ambos en el Museo del Prado.

Meléndez copia con fidelidad el modelo de Rubens, simplificándolo al máximo en los dos cuadros de menor tamaño antes citados (colección Torrecilla y Revilla), y en el de Sepúlveda, sustituyendo las brillantes figuras de la Justicia divina y la Iglesia del lienzo de Rubens por dos angelotes que entregan a Felipe V el Toisón de Oro y un globo terráqueo. El mensaje es claro: el Cielo entrega el trono de España a su legítimo dueño, Felipe V, frente al candidato austracista, apoyado por las fuerzas herejes anglo-holandesas.


BIBLIOGRAFÍA:

  • Santiago Páez, Elena María, "Miguel Jacinto Meléndez (1679-1734) pintor de Felipe V" en "Philippe V d'Espagne et l'art de son temps", actas del coloquio, Sceaux, Le Musée, 1995, pp. 179-188.
  • Santiago Páez, Elena María: "Miguel Jacinto Meléndez: pintor, 1679-1734". Arco Libros, 2012.

jueves, 22 de noviembre de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE IX y FINAL)

1. Posible retrato de don Vicente Pedro Álvarez de Toledo y Portugal, IX Conde de Oropesa e hijo del VIII Conde, o del hijo del primero, don Pedro Vicente, X Conde de Oropesa y nieto de don Manuel Joaquín.

Don Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal se convirtió una figura clave en los inicios de la nueva monarquía de Carlos III de Austria (1706-1707). Su experiencia de gobierno durante el reinado de Carlos II, donde ejerció como Presidente de Castilla y primer ministro de facto (1685-1691 / 1698-1699), le convirtieron en un hombre imprescindible para la definición de la monarquía carolina en el oriente español (Cataluña y Levante). A él se debe el establecimiento del sistema de Secretaría de Estado al estilo de Madrid, aunque sus rivales políticos consiguiesen que dicha secretaría se dividiese en dos: una para los asuntos italianos tras la conquista de Milán y Nápoles, y otras para la Corona de Aragón y la Guerra en España. En las dos secretarías Oropesa incluyó a castellanos. Con estos cambios, así como con el alejamientos de Zinzerling y Günter, el Conde consiguió "españolizar" el entorno del rey Carlos.

Pese al escaso afecto que muestra por él, el cronista del exilio austracista Francisco de Castellví decía de don Manuel Joaquín: "El Conde de Oropesa, a quien en las cosas de España adhería la Corte por los grandes empleos que había ocupado y conocimiento de géneros en la diversidad de las provincias que hay en España" (1).

Una vez establecidas las dos Secretarías de Estado dirigidas por Romeo (Italia) y Vilana Perlas (Aragón), Oropesa procedió a impulsar el sistema polisinodial mediante la formación de los primeros Consejos: el Consejo de Aragón e Italia. La relación con Flandes, bajo dominio aliados desde 1706 fue muy escasa. En Valencia, también por iniciativa del Conde de Oropesa, el 2 de enero de 1707 se publicó la gracia de secretarios y seguidamente la formación del Consejo de Aragón en el que se incluyeron a "los sujetos más distinguidos en su servicio en los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña". Los nombramientos para el Consejo de Italia también comenzaron pronto, si bien  fue una Junta de Italia la que inició su trabajo con regularidad. No fue hasta 1710, muerto ya don Manuel Joaquín, cuando Carlos tras la segunda incursión aliada en Castilla decide completar el organigrama del Consejo siguiendo la propuesta de Oropesa de 1706.

El Conde de Oropesa fue además uno de los considerados, junto a la emperatriz viuda y madre de Carlos III, Eleonor de Neoburgo, como posible candidato a ejercer el cargo de Virrey de Nápoles tras la conquista austriaca del Reino partenopeo en 1707, aunque finalmente el cargo sería ejercido por el conde Wirich Philipp von Daun.

Oropesa podría haber desempeñado un papel más decisivo en la Corte pero murió pronto. El Conde. que sufría una larga enfermedad y había comenzado poco a poco a retirarse del gabinete carolino, falleció de una apoplejía fulminante el 23 de diciembre de 1707. Su exequias, celebradas en la iglesia barcelonesa de San Francisco, se hicieron "con grande autoridad y grandeza, celebrando de pontifical el obispo de Albarrazín", y dieron cuenta de la desaparición del hombre de Estado de mayor representación en dicha Corte. La muerte convirtió a Oropesa, a decir de los cronistas castellanos afines a Carlos III de Austria, en un "héroe digno de memoria eterna por su zelo i aplicación a la pública utilidad en los ministerios" y por su fidelidad al monarca austriaco.

Tras la muerte de su marido, la condesa viuda de Oropesa, doña Isabel Pacheco Téllez-Girón, se encontró con una difícil situación económica que amenazaba su status debido a la confiscación de sus estados en Castilla, Extremadura y Andalucía por parte de Felipe V. Ésto llevó a Carlos III a concederle una renta en 1708 de 12.000 reales sobre los bienes de los partidarios borbónicos en el Reino de Nápoles para que la señora se mantuviese "con la decencia que pide su calidad y representazión". No debió ser fácil su percepción pues en 1710 la Junta de Italia consultó una petición de la Condesa por la cesión de la administración y jurisdicción del Estado de Ferrandina, feudo situado en la Basilicata secuestrado al Duque de Montalto, lejano pariente de su marido, y en donde se había fijado su asignación. Doña Isabel lo justificaba porque de este modo se facilitaba "que con menos dispendio y más prontitud perciba la porción que Vuestra Magestad le tiene situada sobre él". La condesa viuda de Oropesa otorgaría codicilio y última voluntad el 7 de octubre de 1712 en Barcelona.

A don Manuel Joaquín le sucedió como Conde de Oropesa (IX) su hijo primogénito don Vicente Pedro Álvarez de Toledo y Portugal (1685-1728). Don Vicente Pedro fue uno de los nobles designados por Carlos III en 1708 para formar la comitiva que se trasladó a Génova para acompañar a su esposa Isabel Cristina a Barcelona. En 1711 viajó con el rey Carlos a Frankfurt para su coronación imperial y al año siguiente se encontraba en Viena siendo uno de los exiliados austracistas más destacados y a quien se le otorgaría el Toisón de Oro como reconocimiento a su fidelidad y la de su padre a la causa carolina. El IX Conde de Oropesa llegó a ser Presidente del Consejo de Flandes que se formó en la capital imperial, regresando a España tras la Paz de Viena (1725) entre Felipe V y Carlos V. El IX Conde de Oropesa casó con doña Encarnación Fernández de Córdoba y la Cerda Aragón Figueroa, hermana del Marqués de Priego y Duque de Medinaceli.

Su hija segunda, doña Josefa Antonia, se casó en 1697 con su primo Manuel Gaspar Alonso Gómez de Sandoval y Rojas, futuro V Duque de Uceda, en cuya descendencia recaerá más tarde el Condado de Oropesa, estrechando aun más el vínculo entre las Casas de Oropesa y Uceda. El tercer hijo, don Antonio Álvarez de Toledo y Portugal, Conde de Alcaudete, hizo carrera militar al servicio del Emperador luchando contra el Turco en Hungría al mando del Regimiento Imperial Nº50 o Alcaudete. A diferencia de su hermano mayor, don Antonio siguió fiel a Carlos VI después de la Paz de Viena, quien le otorgó la Grandeza de España y el Toisón de Oro. Murió en Praga el año 1734.

La última hija del matrimonio entre don Manuel Joaquín y doña Isabel Pacheco fue sor Agustina de Jesús, que en 1699, a la edad de seis años, ingresó en el convento de Religiosas Agustinas Recoletas, situado en Calzada de Oropesa y fundado por su padre en 1674; en 1714 fue elegida priora de la Comunidad.


CONCLUSIÓN:

Con la muerte del VIII Conde de Oropesa desaparecían casi 40 años de historia de España, 40 años de servicio a la Casa de Austria desde que comenzara a servir en 1669 como capitán de una de las compañías Guardia Chamberga durante la regencia de doña Mariana de Austria. Desde allí y gracias a su ilustre sangre (pertenecía al linaje de los Álvarez de Toledo y era familia de los reyes portugueses, Casa Braganza-Portugal) fue ascendiendo hasta llegar a ser Presidente de Castilla (1684), el primer puesto del Reino, y primer ministro de facto tras la caída del Duque de Medinceli. La llegada de la nueva reina Mariana de Neoburgo le apartó largo tiempo de la Corte (1691-1698), pero volvería a finales de siglo para asentar la sucesión bávara que finalmente se vería frustrada por la muerte del pequeño Príncipe Electoral (1699). Después sería, junto al Almirante de Castilla y otros pro-imperiales, víctimas del Golpe d Estado encubierto por el motín popular de los gatos que le alejaría para siempre de la Corte. Tras la muerte de Carlos II permanecerá retirado en el Palacio del Infantado de Guadalajara hasta que la llegada del archiduque Carlos en 1706 haga pública su desafección con el nuevo régimen borbónico. Junto a Carlos III de Austria se convertirá en una figura clave, gracias a su amplia experiencia de Gobierno, para definir la nueva monarquía oriental hispano-italiana al modo de España. Su temprana muerte le impedirá alcanzar mayores cotas de poder, pero su legado será duradero y perceptible en la estructura de la nueva "España" austracista.


NOTAS:

(1) Castellví, Francisco: "Narraciones históricas...", III, p. 339.


FUENTES:


  • Canal, Jordi: "Exilios: los éxodos políticos en la historia de España, siglo XV-XX". Silex Ediciones, 2007.
  • Ferrero, Remedios; y Guia, Lluìs (eds): "Corts i parlaments de la Corona d'Aragó: unes institucions emblemàtiques en una monarquia composta". Universitat de València, 2008.
  • León Sánz,Virginia: "Felipe V y la sociedad catalana al finalizar la Guerra de Sucesión". Revista Pedralbes Nº 23, 2003, 271-294.
  • León Sánz,Virginia: "Acuerdos de la Paz de Viena de 1725 sobre exiliados de la Guerra de Sucesión". Revista Pedralber Nº 12, 1992, págs. 293-312.
  • Quirós Rosado, Roberto: "Monarquía de Oriente. La corte de Carlos III y el gobierno de Italia durante la guerra de Sucesión española". Marcial Pons, 2017.


martes, 30 de octubre de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE VIII)


1. Grabado que representa la entrada triunfal de Felipe V en Madrid el 14 d abril de 1701.


En el momento de la muerte de Carlos II el 1 de noviembre de 1700, don Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal se encontraba aislado de las redes cortesanas. Las consecuencias del Motín de los Gatos de abril del año anterior le habían defenestrado del poder. Por tanto, tras la llegada Felipe V a Madrid en febrero de 1701 el Conde de Oropesa carecía de posibilidades de mostrarse ante el nuevo Rey como un imprescindible hombre político.

Retirado primero a sus posesiones señoriales y, cuatro años después, al Palacio de los Duques del Infantado en Guadalajara, el Conde de Oropesa parecía entonces una sombra del poderoso ministro que había llegado a ser durante el reinado de Carlos II. En 1705 surgieron voces sobre la posibilidad de su retorno a Madrid, donde por un tiempo estuvo retirada su mujer. Con motivo de la penetración anglo-portuguesa en Castilla para apoyar la causa del archiduque Carlos, tanto el Conde como sus vasallos otorgarían incluso un inicial apoyo pecuniario y humano a Felipe V.

La entrada a finales de junio de 1706 de los aliados en Madrid, comandados por el Conde de Galway y el Marqués das Minas, mostraron la abierta colaboración del ministerio y las casas reales con la causa de Carlos III. No obstante, la estancia aliada en la Corte fue efímera y ni siquiera el propio monarca austriaca pudo llegar a entrar en ella durante su marcha desde Aragón. A pesar de todo, este hecho sí serviría para perfilar el cuerpo de ministros y oficiales reales que articularían la inicial administración carolina durante la estancia del Archiduque en Valencia en el otoño-invierno de 1706-1707 y luego ya en Barcelona. Así, siguiendo la retirada aliada de la capital y su periplo por Castilla la Nueva, se fueron sumando al rey Carlos un gran número de aristócratas, letrados, militares y hombres de plumas contrarios a Felipe V (1). Entre ellos el Conde de Oropesa, que reconocería a Carlos III de Austria en Guadalajara, algo que daban por descontado en la Corte de Versalles. Oropesa entraría entonces en la primera larga conferencia que el monarca austriaco hizo con los generales aliados y el príncipe Anton Florian von Liechtenstein, su Mayordomo Mayor y hombre de confianza desde que Carlos era un niño y ejercía como su ayo. 

Tras el acceso de Oropesa a las reuniones militares, éste no dejó de concurrir en los encuentros y negociados que garantizarían el correcto curso de la campaña hacia las plazas fuertes levantinas, la financiación  y el aprovisionamiento del ejército y, asimismo, el gobierno de los reinos y señoríos fieles al rey Carlos. La enorme confianza que el soberano austriaco mostró hacia su persona le permitió alzarse hacia cotas de poder que solo había acaparado hasta entonces el propio Liechtenstein. Desde ahí pudo imponer su criterio a la hora de construir el nuevo ministerio carolino. 

Los avisos relativos al nuevo ascenso político de don Manuel Joaquín llegaron a todas las cancillerías europeas. Desde Milán, donde se encontraba por orden expresa del Emperador, el Duque de Parete escribió a Carlos III dándole noticias sobre las prendas del aristócrata. Escribía que bajo Carlos II había alcanzado por dos veces el Primer Ministerio. Parete, que conocía de primera mano la Corte madrileña, le retrataba como un hombre de mala salud y débil de complexión, pero de alta capacidad, trato suave, conciencia timorata y actividad en el trabajo. Aunque era un consumado erudito y conocedor teórico de los sistemas políticos de su tiempo, no haber salido a ejercer cargos fuera de España le dificultaba convertirse en "un ministro del primo ordine". A ello se sumaría el gusto de su influente esposa, doña Isabel Pacheco Téllez-Girón, por introducirse en los asuntos públicos y recibir abiertamente regalos.

Por otra parte, Francesc Castellví (1682-1757), uno de los cronistas mejor informados del exilio austracista en Viena posterior a la contienda sucesoria, definía a Oropesa como "paradigma de los españoles nuevamente venidos al partido que aspiraban a hacer la primera representación haciendo renacer la que habían gozado en el antecedente reinado". Los servicios prestados a la Casa de Austria antes de 1699 le habían ganado el afecto de la cábala germánica. Comenzando por la captación del "débil" príncipe Liechtenstein, don Manuel Joaquín ideó el establecimiento de la Secretaría de Estado que debía convertirse en la guía política de la nueva Monarquía de Carlos de Austria. Para ello Oropesa tuvo que alejar a Franz Adolfo von Zinzerling, antiguo secretario de la embajada imperial en Madrid y que ahora ocupaba la secretaría germánica del Rey; y a Heinrich Günter, custodio del real sello. El primero fue enviado como diplomático a las Provincias Unidas, Flandes y el Palatinado, mientras al segundo se le mandó de vuelta a Viena. Tras esto situó a su hechura navarra, Juan Antonio Romeo y Anderaz (1660-1716) (2), como Secretario del Despacho Universal recreando dicha secretaría al "modo de España". Solo la resistencia de los cortesanos provenientes de la Corona de Aragón impidió que el modelo de covachuela madrileño se materializase, al segregarse el despacho en dos oficinas bajo la planta tradicional de las secretarías de Estado, dotadas de negociados privativos para cada una de ellas. Romeo se encargaría de gestionar los asuntos italianos (Milán se había conquistado a finales de 1706 y Nápoles en el verano de 1707) y un notario catalán, que pronto se convertirá en figura clave del exilio austracista y persona de confianza de Carlos III, Ramón de Vilana Perlás (1663-1741), los tocantes a guerra en España y la gestión de la corona aragonesa. 

Para evitar que Vilana Perlás escapase a su control, Oropesa insertó entre los plumistas a sus propias criaturas: Manuel de Ochoa Aperregui, uno de los navarros con más proyección ministerial en el cambio de siglo, y el joven castellano Juan Amor de Soria, natural de Lagartera. Tras formarse en la Universidad de Salamanca, en 1705 don Juan ejerció en Madrid, en materia forense, a la par que escribía opúsculos propagandísticos a favor de la causa austriaca. Con ocasión de la entrada portuguesa en Madrid, pasó al séquito carolino bajo la protección de su patrón. Ya en Barcelona sirvió al Conde de Oropesa como su agente personal y posteriormente, ya exiliado en Viena, se convertirá en el gran teórico del austracismo.

...CONTINUARÁ


NOTAS:

(1) Junto a Oropesa, destacan las figuras del Conde de Haro, primogénito del Condestable de Castilla, los vástagos del Marqués de Móndejar y otros sujetos de menos rango, como caballeros de hábito, regidores concejiles y administradores de rentas reales.

(2) Juan Antonio Romeo y Anderaz inició su carrera en Lombadía en 1675 bajo la protección de Juan Tomás Enríquez de Cabrera, futuro Almirante de Castilla y entonces Conde de Melgar y General de la Artillería de Milán, a quien acompañó también en su embajada extraordinaria a Roma. De Milán pasaría junto a Melgar a Madrid, siempre a la sombra de su patrón, aunque antes (1695) sería enviado a Sicilia como procurador general del Almirante para el Condado e Modica. En 1697, de vuelta a Madrid aparece como secretario personal de don Juan Tomás. En 1698 sería nombrado secretario del Rey que juraría en 16999, y oficial supernumerario de la Secretario de Estado parte de Italia. El Motín de los Gatos de abril de 1699 que supuso el fin político de su patrón no frenó su ascenso. A finales de ese año fue nombrado secretario de la negociación de Milán en el Consejo de Italia. Felipe V, que siguió confiando en su amplia experiencia italiana, le concedió también el negociado de Sicilia (1703-1705). Tras la ocupación de Madrid ejercería como secretario del Marqués das Minas desvelándose su austracismo y abandonando la Corte para integrarse en el séquito de Carlos III, quien le otorgará el título de Marqués de Erendazu y para quien dirigiría la Secretaria de Italia desde la corte carolina en Barcelona, convirtiéndose en un poderoso e influyente hombre.


BIBLIOGRAFÍA:
  • Quirós Rosado, Roberto: "Monarquía de Oriente. La corte de Carlos III y el gobierno de Italia durante la guerra de Sucesión española". Marcial Pons, 2017.

martes, 16 de octubre de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE VII)

1. Retrato del príncipe electoral José Fernando de Baviera, obra de Joseph Vivien (1698). Königliches Schloss Berchtesgaden.

El 20 de septiembre de 1697, apenas dos meses después de la caída de Barcelona en poder de los ejércitos de Luis XIV, las coronas de España y Francia firmaban la paz en Ryswick. El monarca galo devolvía a Carlos II Barcelona (que fue desalojada en febrero de 1698) y el resto de la Cataluña ocupada (Gerona, Urgel, Palamós, Rosas...), así como el Ducado de Luxemburgo y las plazas de Charleroi, Mons, Ath y Courtrai. Carlos II por su parte cedía a Francia la mitad oriental de la Isla de Santo Domingo. 

En enero de 1698 llegaba a la Corte el nuevo embajador de Luis XIV, el Marqués de Harcourt, que tenía como misión crear un partido favorable a la sucesión borbónica de Carlos II usando para ello ingentes cantidades de dinero y favores, en oposición al partido pro-imperial comandado por el don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla y la reina Mariana de Neoburgo y a la posición intermedia defendida por Portocarrero y aprobada por el Rey en 1696: la sucesión en la persona del príncipe electoral José Fernando de Baviera.

En estos complicados momentos finiseculares es cuando se produce el retorno de Oropesa a la Corte. Fue la reina Mariana de Neoburgo, la principal culpable de su caída en 1691, la que ahora en marzo de 1698, con la recomendación del Almirante, volvía a reintegrarlo como Presidente de Castilla y Primer Ministro de facto. El partido imperial integrado, además de por la propia Reina y don Juan Tomás, por otros destacados miembros como el Conde de la Corzana, el Marqués de Leganés o el Conde de Cifuentes, quería contar con don Manuel Joaquín para oponer su fuerte personalidad y su larga experiencia gubernamental a los intentos de asaltar el poder por parte de los "francófilos".

A pesar de esto, lo cierto es que el nuevo gobierno del Conde de Oropesa fue el responsable de promulgar el segundo testamento de Carlos II el 14 de noviembre de 1698, en que coincidiendo sustancialmente con el primero dado en junio de 1696, se nombraba heredero al príncipe José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano II Manuel de Baviera y de la archiduquesa María Antonia de Austria, sobrina de Carlos II. Dada la minoría de edad del príncipe bávaro se nombraba Regente a su padre, a la sazón Gobernador General de los Países Bajos desde 1692. En el interregno se harían cargo del gobierno el propio Oropesa y el Secretario del Despacho Universal, Antonio de Ubilla. El Rey habría firmado el testamento el 11 de noviembre, solo un mes después de que se conociese el Tratado de Partición entre Luis XIV y Guillermo III de Inglaterra, y al parecer Oropesa y Ubilla lo llevaron en secreto para que ni la Reina, ni el Almirante, tuvieran conocimiento del mismo.

Para el profesor José Manuel de Bernardo Ares la posición del cardenal Portocarrero fue de disgusto hacia este testamento ya que temía el relevante papel que Oropesa iba a tener en la sucesión bávara. No obstante, Antonio Ramón Peña Izquierdo afirma que Portocarrero tuvo un relevante papel en las negociaciones del Consejo para decantar el voto hacia el testamento en la persona de José Fernando de Baviera y que existió un pacto Oropesa-Portocarrero para sacar adelante el testamento y oponerse al partido imperial liderado por la reina Mariana de Neoburgo, el virrey de Cataluña Darmastadt y el Almirante de Castilla. 

2. Muerte de José Fernando de Baviera en una ilustración del s.XIX.

Sea como fuere, en la madrugada del 5 al 6 de febrero de 1699, a los pocos meses de hacerse público el testamento, moría en Bruselas el pequeño José Fernando de Baviera a los 6 años de edad. Esta muerte rompía la vía intermedia y pacto por la sucesión entre los dos hombres fuertes de la Corte: Oropesa-Portocarrero, dejando solo dos posibles candidatos: el hijo segundogénito del delfín Luis y el segundogénito del emperador Leopoldo I, Felipe de Anjou y Carlos de Austria.

A partir de aquí y coincidiendo con una fase alcista del precio del pan, el Cardenal Primado maniobró para lograr la caída de Oropesa y de los afines a a la Reina, encabezados por el Almirante y la camarilla alemana. Para ello, según Ramón Peña Izquierdo, se propuso organizar un golpe de estado. Dicha conspiración tenía su centro de operaciones en la casa del Marqués de Leganés (sobrino del Cardenal). A estas reuniones acudían, entre otros, los Condes de Monterrey y Benavente. Paralelamente, el embajador francés Harcourt se reunía con el Conde de Monterrey en La Zarzuela planeando un levantamiento popular.

En 28 de abril de 1699, tras un incidente que tuvo lugar en la Plaza Mayor entre el corregidor Francisco de Vargas y una mujer a cuento del precio del pan, se inició un levantamiento popular que al grito de "pan, pan, pan" se dirigió hacia el Real Alcázar tratando de conseguir la presencia de Carlos II para asegurarse la promesa de bajar los precios. No pudieron ver al Rey pero sí al Conde de Benavente, Sumiller de Corps y unos de los conjurados contra Oropesa, que les dijo "que acudiesen al Presidente de Castilla (el Conde de Oropesa), que él les haría justicia". En este momento, la violenta turba se encaminó hacia el palacio del presidente Oropesa situado en la Plazuela de Santo Domingo al que cercaron al grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno" y "muera, muera el perro que nos ha traído esta miseria", al tiempos que se pedía por la baratura del pan y se exigía el nombramiento de don Francisco Ronquillo como nuevo Corregidor. Los congregados forzaron las puertas, lo asaltaron y lo saquearon. Los hombres de Oropesa respondieron abriendo fuego y causando varios muertos, lo que encendió aun más los ánimos.

Ante la gravedad de los hechos, el Gobierno se vio obligado a nombrar a Ronquillo como nuevo Corregidor, quien montando a caballo y con un crucifijo en la mano se dirigió a la residencia de don Manuel Joaquín consiguiendo sacar al Conde y su familia de incógnito, que se refugiaron en las casas del Inquisidor General Tomás de Rocabertí. Entonces Carlos II desde el balcón de Palacio, se dirigió a la muchedumbre, la cual dejó de gritar y le pidieron perdón. El Rey dijo "sí, os perdono, perdonadme vosotros también a mí porque no sabía de vuestra necesidad y daré las órdenes necesarias para remediarla". Por la noche continuaron algunos disturbios, pero los soldados acabaron despejando las calles y haciendo muchas detenciones. El médico real Geleen, en carta al Elector Palatino, escribía que pese a todo Madrid seguía llena de pasquines contra Oropesa y otros germanófilos como el Almirante o el Conde de Aguilar, así como contra la camarilla de la Reina.

Pocos días después, el 9 de mayo, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos y, aunque don Manuel Joaquín, según informó el embajador imperial Harrach, solicitó con sumiso fervor ser restituido en su puesto, fueron vanas sus diligencias y se vio obligado a salir de la Corte el día 13 camino de sus estados. Aunque se ofreció la presidencia del Consejo de Castilla a Portocarrero, éste no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo y Monterrey.

Días después, el 23 de mayo de 1699 Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, quien salió el día siguiente a las 11 de la mañana en un coche de Palacio. Permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse a Andalucía.

Con los destierros de Oropesa y el Almirante, en los que permanecerían hasta la muerte de Carlos II, el partido imperial quedaría completamente debilitado al perder a sus dos principales cabezas, mientras que la reina Mariana de Neoburgo quedaba acorralada y prácticamente sola al verse obligada a deshacerse de su camarilla, conservando solo a su confesor Gabriel de Chiusa. De esta manera, el Cardenal Portocarrero se hacía con las riendas del poder, consiguiendo agrupar en torno a sí a todo un grupo de Grandes y Títulos, así como entrando en negociaciones con el embajador francés Harcourt, para predisponer al Rey hacia la sucesión en la persona del Duque de Anjou, nieto de Luis XIV, como así acabaría sucediendo en el último testamento de Carlos II del 2 de octubre de 1700.

Desde el sosiego que dan el tiempo transcurrido y desde la quietud de su destierro, Oropesa escribirá el 29 de diciembre de 1699 un largo y sentido memorial para lamentarse ante Carlos II de todo lo acontecido. En él no identificaba sino vagamente a los responsables últimos de la acción política contra él: "...no dejé de reconocer se movía alguna malicia para alterar los ánimos con el motivo del precio del pan...o que la ínfima plebe actuó "algo apoyada de un eclesiástico", sin apuntar a nadie en concreto. Alude "a los que instaron a V.M. a esta resolución (el destierro)" y añade "no será juicio malicioso el creer le atizaron (el tumulto) con la especie de que no era desagrado de V.M...". Pero nada más, ninguna acusación a nadie. Al revés, señala las altas cualidades de quienes concurrieron en el Consejo de Estado, pero no por ello deja sentir su incomprensión hacia el que desde hacía décadas había sido un fiel servidor.


CONTINUARÁ...



  • Bernardo Ares, José Manuel de: "Luis XIV Rey de España,de los imperios plurinacionales a los Estados unitarios (1665-1714)". Madrid, 2008.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española:el Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • Peña Izquierdo, Antonio Ramón: "La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobirno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)". Univesidad de Córdoba, 2004
  • Ribot García, Luis A.y Enciso Recio, Luis Miguel: "Orígenes políticos del testamento de Carlos II, la gestación del cambio dinástico en España". RAH, 2010.

lunes, 17 de septiembre de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE VI)

1. Portada del Palacio de los Condes de Montalbán en la Puebla de Montalbán (Toledo), lugar de residencia del Conde de Oropesa entre 1692-1696.


Cuando quedó vacante la presidencia del Consejo de Italia, en junio de 1690, por la muerte del Duque de Alba, don Manuel Joaquín la solicitó, prefiriendo abandonar la presidencia de Castilla, que requería más tiempo. Oropesa participó además en la elección de su sucesor, don Antonio Ibáñez de la Riva Herrera, que fue colocado al frente del Consejo de Castilla, con el título de gobernador, el 25 de agosto de 1690.

Por otra parte, tras la muerte de la reina María Luisa de Orleáns en febrero de 1689, Oropesa perdió uno de sus más importantes apoyos e la Corte. La nueva esposa de Carlos II, Mariana de Neoburgo, que había llegado a Madrid a principios de 1690 pronto se mostró totalmente opuesta a Oropesa. Con su influencia y la de la facción cortesana opuesta a don Manuel Joaquín y que encabezaba don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar y futuro Almirante de Castilla, su gobierno entró en declive hasta que el 24 de junio de 1691 Carlos II le retiró su confianza en una carta que, no obstante, expresaba el cariño y el respeto que el Rey sentía por él:

"Oropesa: Bien sabes que me has dicho muchas veces que para contigo no he menester cumplimientos; y así, viendo de la manera que está esto, que es como tú sabes, y que si por justos juicios de Dios y por nuestros pecados quiere castigarnos con su pérdida, que no lo espero de su infinita misericordia, por lo que te estimo y te estimaré mientras viviere, no quiero que sea en tus manos; y así, tu verás la manera que hace de ser, pues nadie como tú, por tu gran juicio y amor a mis servicio, lo sabrá mejor. Y puedes creer que siempre te tendré en mi memoria para todo lo que fuere de satisfacción tuya y de tu familia. YO EL REY".

El Conde de Oropesa renunció también a la presidencia del Consejo de Italia y se retiró a la Puebla de Montalbán, residencia de su cuñado (1) el Conde de Montalbán y Duque consorte de Uceda, don Juan Francisco Pacheco Téllez-Girón. Se sabe que esta estancia fue larga, ya que en octubre de 1692 se encontraba en esta villa y el 13 de junio del año siguiente nació allí una de sus hijas, doña Ana Petronila, que fue bautizada en la parroquia local una semana después, siendo testigos don Jerónimo Sereno y Saavedra y don Antonio Calderón y Rivadeneira, criados de don Juan Francisco. En noviembre de 1693 muere en la villa uno de sus criados, y en diciembre de ese año una dama de la Condesa de Oropesa, de la que se dice que era natural de Palermo. Un año después, en diciembre de 1694, fallece don José Gamero y Calatrava, Camarero del Conde de Oropesa; otros criados del Conde de Oropesa en estas fechas que están en la Puebla de Montalbán con él, y aparecen como albaceas, son don Francisco Fernández de la Cuadra, Mayordomo; don Pedro Velarde, Caballerizo, y don Martín de Escarza, Tesorero. Todo ello parece indicar que la estancia de don Manuel Joaquín en la Puebla de Montalbán tuvo un carácter permanente durante estos años.

El año 1696 iba a ser un "annus horribilis" para Carlos II: el 16 de mayo moría la reina madre doña Mariana de Austria a consecuencia de un cáncer de pecho. La viuda de Felipe IV había sido la principal valedora de los derechos de su bisnieto, el príncipe electoral José Fernando de Baviera (2), a quien estando en su lecho de muerto hizo prometer a su hijo que nombraría heredero. Por otra parte, el Rey estuvo enfermo la mayor parte del año, pero los peores momentos se produjeron en junio y septiembre. El día 13 de junio, el estado de salud de Carlos II era tan grave que el Consejo de Estado, encabezado por el cardenal-arzobispo de Toledo Luis Manuel Fernández Portocarrero, se reunió de urgencia para llegar a un acuerdo sobre la Sucesión y redactar un testamento. En aquella reunión cobró fuerza la posición sucesoria intermedia del Príncipe Electoral.

La recaída de Carlos II volvió a producirse el viernes 13 de septiembre con cursos de vientre y vómitos que se repitieron durante todo el fin de semana. Al anochecer del martes ya deliraba y la Corte creyó que se moría por lo que el Consejo de Estado se volvió a reunir de urgencia a la una de la madrugada resolviendo obligar al Rey a firmar el testamento de junio, como de hecho hizo tras convencerle Portocarrero, quien previamente le había confesado y administrado el viático. Estos hechos se producirían a espaldas de la reina Mariana Neoburgo que por estas fechas también se encontraba gravemente enferma.

En este agitado contexto se produce la vuelta a la Corte del Conde de Oropesa, un episodio algo confuso. Al parecer, don Manuel Joaquín, según las disposiciones del testamento regio, debería ocuparse de gobernar el Reino de la mano del Primado Portocarrero y hasta la llegada del heredero designado.

El embajador embajador inglés Stanhope en carta al Conde de Galway escribía el 20 de septiembre:

"El 14 hizo el Rey testamento solemne, en la misma forma que su padre Felipe IV, respecto de la sucesión a la Corona, que recae en el joven Príncipe de Baviera. Aquella mañana el Conde de Oropesa sorprendió a toda la Corte apareciendo repentinamente en traje de montar a la puerta misma de la alcoba regia, donde fue admitido a besar la mano del Rey, con las mayores muestras de favor, y se le designó para gobernar la Monarquía, en caso de interregno, en unión del Cardenal Arzobispo de Toledo..."

Al parecer, la vuelta de Oropesa se debió a la mediación del Cardenal Portocarrero, quien debió pensar que la presencia de un experimentado hombre en los asuntos de Estado como era don Manuel Joaquín era fundamental para sostener al nuevo régimen bavierista.

No obstante, la estancia de don Manuel Joaquín en la Corte fue muy breve. Ya el 11 de octubre Standhope escribía a Lord Lexington afirmando que Carlos II, tras unos días de mejoría, había vuelto a empeorar. También le comunicaba que diez días antes (2 de Octubre), el Conde de Oropesa había pedido licencia al Rey para retirarse de la Corte y volver al campo (¿la Puebla de Montalbán?), lo cual aconteció esa misma tarde. Su repentina marcha, decía el embajador inglés, sorprendió tanto como su inesperada aparición durante la grave enfermedad del Rey.

Según el propio Standhope parece que motivo de la marcha de Oropesa fue la recuperación de la reina Mariana de Neoburgo, su gran opositora y propulsora de su caída en 1691. Escribía el embajador inglés a Mr. Vernon el 3 de octubre:

"That the Queen is likewise past all danger needs no other confirmation than the Conde de Oropesa's going yesterday to his Majesty to desire his leave to retire into the country".


CONTINUARÁ...


NOTAS:


  1. Como se vio en la primera entrada, el entonces Marqués de Jarandilla se casó en 1664 con doña Isabel Téllez Girón Pacheco, hermana del III Conde de la Puebla de Montalbán.
  2. José Fernando de Baviera (1692-1699) era hijo de la archiduquesa-electriz María Antonia de Austra, hija de la infanta-emperatriz Marharita Teresa, y del elector Maximiliano II Manuel de Baviera. Era por tanto, bisnieto de Mariana de Austria y Felipe IV, y sobrino-nieto de Carlos II.


FUENTES:
  • Canterbury, John Henry Thomas Manners-Sutton, Vizconde de: "The Lexington papers, or, Some account of the courts of London and Vienna at the conclusion of the seventeenth century : extracted from the official and private correspondence of Robert Sutton, Lord Lexington, British Minister at Vienna, 1694-1698". Londres, 1851.
  • Fayard, Janine: "Los miembros del consejo de Castilla (1621-1746)". Siglo Veintiuno de España Editores, 1982.
  • Huerta García, Florencio: "El señorío de Montalbán y la Casa de Uceda durante la Edad Moderna". Tesis inédita, UCM, 2009.


lunes, 3 de septiembre de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE V)



El primer gobierno del Conde de Oropesa (1685-1691) destaca por su carácter reformista. Don Manuel Joaquín quiso reformar y sanear las finanzas adoptando algunas medidas que resultaron muy poco populares como la de la reforma monetaria y sobre todo la de la reducción y simplificación de la burocracia que intentaba aminorar considerablemente algunos puestos administrativos. La crisis que se arrastraba desde comienzos del siglo XVII, así como las condiciones particularmente nefastas de las cosechas en aquellos años debidas a diversos estragos climáticos, no hicieron más que reforzar la hostilidad frente al principal hombre del Gobierno. Los sacrificios, las carestías, las necesidades, se hacían cada vez más palpables y con ello el descontento popular que se dejaba escuchar de manera repetida, constante e incluso violenta.

REFORMA MONETARIA DE 1686:

El 14 de octubre de 1686, el Conde de Oropesa, continuando la política reformista del Duque de Medinaceli (reforma monetaria de febrero de 1680), dictaba una pragmática que afectaba a las monedas de oro y plata. La plata fue modificada en un 25% (se pasaba de 67 a 84 piezas por marco, con la misma ley). El premio de la plata se mantenía en un 50%. Esta disposición real suponía un encarecimiento de la moneda de plata de un 25%, con lo que se facilitaba su salida al mercado. El real de a ocho de plata vieja, que con el premio del 50% reconocido valía 12 reales de vellón, pasaba a valer 15 y, en cambio, habrá un nuevo real de a ocho, con un 25% menos de peso, que se tasaba a 12 reales de vellón.

En noviembre del mismo año se tomaron medidas que equivalían a una elevación del precio del oro en un 5,28% pero, como existían subidas anteriores, la subida acabó por representar un 6,66%. Como consecuencia, la relación oro/plata pasaba a ser de 1 a 16,4, muy superior a la que existía en otros estados europeos, por lo que se facilitaba la entrada de oro en Castilla. Efectivamente, a partir de 1686 hubo más acuñaciones de oro en suelo castellano que antes.

La reforma monetaria llevada a cabo por Oropesa en 1686 dará una vuelta de tuerca a la reforma monetaria de Medinacali, como venían solicitando los arbitristas, al equiparar la moneda de plata de Castilla a sus homónimas europeas con la revalorización facial de las monedas de oro y plata respecto a su valor intrínseco, situando, además, el premio de la plata en relación al vellón en un 50%, de tal manera que los cambios internacionales ya no resultaban tan perjudiciales a la Corona y se impedía, por otro lado, su extracción del Reino, lo que no había conseguido erradicar el duque de Medinaceli en 1680, según la acertada valoración realizada por los embajadores venecianos Federico y Giovanni Cornaro en sus informes a la Serenísima. De cualquier modo, y pese a los sacrificios iniciales, la estabilidad monetaria surgida después de 1686 fue vital para la economía castellana e incluso para las
finanzas de la Monarquía, ya que contribuyó a reducir los costes en las transacciones al exterior y minimizar los riesgos en el relanzamiento del comercio interior, e incluso del exterior, máxime cuando se eliminaba la moneda falsa del circuito comercial.

INTENTOS DE REFORMA HACENDÍSTICA:

La Corona, desde el ascenso político de Juan José de Austria, va a promulgar un paquete de reformas fiscales dirigidas al fomento económico y al alivio de los vasallos, pero será a partir la Paz de Nimega (1678) y durante los ministerios de Medinaceli y Oropesa, cuando se produzca una espiral de reformas fiscales y económicas a todos los niveles.

Preocupados por el gran número de extorsiones que sufría el súbdito, debido al fraude de los poderosos, los gobernantes se plantearon la abolición de algunos tributos. De hecho, un año después de su llegada al poder, es decir, en 1686, Oropesa se planteó la subrogación de los millones. Con este motivo, se produjo un debate entre las instituciones implicadas. Una Junta de Medios, formada, como era habitual, en la posada del Presidente de Castilla, inicia una serie de estudios que pretenden sopesar la conveniencia y, sobre todo, la viabilidad de la subrogación de los millones. Lo poco útil de una contribución que solo sirve para "...la rapiña de los defraudadores de todos estados y ruina de los pueblos..." y en la que no participaban los eclesiásticos, convence a la Junta de las ventajas de que cese el servicio de millones, tal y como aconseja a Carlos II. No obstante, a pesar de lo mermado del monto de los millones, el Consejo de Hacienda reconoce su necesidad "...por la mucha estrecheza de la real hacienda".

Junto a la propuesta de erradicación del servicio de millones, la Junta sugería algunas alternativas como la de cargar con un 20 % las alcabalas vendidas desde el año 1634, y el servicio ordinario y extraordinario, vendido desde el año de 1635, en lo que se hubiese desempeñado en juros, cuyo monto ascendería a 24.800 ducados, a los que se agregan los 538.817 correspondientes a las Medias Annatas. Con ello, la Real Hacienda, ingresaría, supuestamente, 97.817 ducados más de lo que se perdería con la suspensión del tributo. Además se proponían una serie de reformas relativas a la concesión de juros. La propuesta impulsada por Oropesa se complementaba con el intento de establecer un control fiscal del orden eclesiástico, como correspondía a una política regalista de la Corona.

Por decreto de 31 de enero de 1687, Oropesa nombraba a su primo, el Marqués de los Vélez, antiguo virrey de Nápoles, superintendente general de la Real Hacienda. Con este nombramiento, se reunieron los caudales de la Hacienda, incluidos los de Indias, en una sola mano o vía. Con la introducción de dicho cargo, los presidentes del Consejo de Hacienda tuvieron a su lado un oficial de la secretaría de la Presidencia que corrió con la correspondencia de las cartas de oficio. Esto fue interpretado por algunos como una medida de espionaje para controlar las acciones del Consejo.

Vélez defenderá igualmente la necesidad de la supresión de los millones, bajo el supuesto de que ello redundaría en beneficio de la recuperación demográfica y económica del Reino, enfrentándose por ello al Consejo de Castilla.

REDUCCIÓN DEL PERSONAL ADMINISTRATIVO:

Ya desde tiempos de Felipe IV, y antes incluso, la reducción de ministros de Hacienda se había venido practicando como un ideal deseable. En 1683, Medinaceli había vuelto a hacer hincapié en la política reduccionista, apelando esta vez a la reforma del año 1677 (ocho consejeros). El Primer Ministro declaraba que no podían ser efectivas las plazas que habían quedado sin ejercicio. Por un decreto de 31 de enero de 1687, con Oropesa ya como hombre fuerte del Gobierno, por el que se nombraba gobernador a don Pedro de Oreytia, se insiste en la política reduccionista, quedando el Consejo reducido a seis consejeros y dos secretarios.

Finalmente, el 17 de julio de 1691, planeada por Oropesa y el Marqués de los Vélez, sin que el propio gobernador tuviese una participación directa se lleva a cabo una reforma que dispone para la Sala de
Gobierno lo que ya se había dispuesto en el decreto anterior de 1687, al quedar con su presidente, seis consejeros, dos secretarios y el fiscal, mientras que, para la Sala de Justicia, se recoge el decreto de 10 de agosto de 1677, al quedar con cinco oidores y el fiscal. Los demás ministros quedaban sin ejercicio y con la mitad de las retribuciones que percibían, dándoseles, como había venido haciéndose, la opción de entrar por antigüedad, a medida que se fuesen produciendo vacantes. La Sala de Millones permanecía sin cambios.


...CONTINUARÁ


FUENTES:

  • Cárceles de Gea, Beatriz: "Reforma y fraude fiscal en el reinado de Carlos II. La Sala de Millones (1658-1700)". Banco de España, Servicio de Estudios. Estudios de Historia Económica, Nº 31, 1995.
  • Sánchez Belén, Juan A.: "Arbitrismo y reforma monetaria en tiempos de Carlos II".  Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia moderna, Nº 5, 1992, págs. 135-176.
  • Santiago Fernández, Javier: "Política monetaria y moneda en el reinado de Carlos II. UNED, 2018.