domingo, 22 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE IX)

1. "Alegoría de la Vanidad", obra de Antonio de Pereda (1635). Fue una de las obras que el Almirante se llevó consigo a Lisboa. Considerada entonces como una de las obras más bellas de la pintura española. es seguro que don Juan Tomás al contemplarla desde el exilio encontraría mayor sentido a esta alegoría de lo efímero del poder terrenal.

Felipe V entró en Madrid el 18 de febrero de 1701. El Juramento y Pleito Homenaje del Rey y de los Reinos de Castilla y León se celebró, como fue costumbre bajo la Casa de Austria en el Real Convento de San Jerónimo de Madrid el domingo 8 de mayo. El Almirante de Castilla, como la enorme mayoría de Grandes y títulos, aceptó inicialmente al nuevo monarca Borbón prestándole juramento de fidelidad durante aquella ceremonia. 

Poco antes, tras tras la proclamación de Felipe V (24 de noviembre de 1700), el cardenal Portocarrero que ejercía como Gobernador del Reino hasta la llegada del nuevo Rey, reorganizó la Corte y destituyó al Almirante de su puesto de Caballerizo Mayor así como de otros cargos y honores que había disfrutado como Teniente General de Andalucía o General de la Mar y le retiró la llave de gentilhombre en ejercicio, aunque le mantuvo como consejero de Estado.

Cuando el embajador francés Conde de Marcin llegó a Madrid en el verano de 1701, tenía instrucciones muy claras sobre el Almirante: "que era Consejero de Estado; tiene mucha inteligencia, habla bien, afecta predilección por los hombres de letras...Lo peligroso sería colocarlo en los primeros puestos, pues se asegura que si se acercara al rey de España, difícilmente se libraría el príncipe de los artificios que pronto lo habían de conducir a resolver muchas cosas por su voluntad".

2. Detalle de la relación de Grandes y títulos que prestaron juramento e Felipe V el 8 de mayo de 1701 y en la que puede leerse el nombre de el Almirante, en "JURAMENTO Y PLEYTO OMENAGE QUE LOS REYNOS DE CASTILLA Y LEÓN, por medio de sus Capitulares y los Prelados, Grandes, y Títulos, y otras personas, hizieron el día 8 de Mayo de 1701 en el Real Convento de S. Gerónimo, Extramuros de la Villa de Madrid, A EL REY NUESTRO SEÑOR DON PHELIPE QUINTO [...]", escrita por el secretario don Antonio de Ubilla. Biblioteca Nacional de Madrid.

La posición preeminente alcanzada por don Juan Tomás en el reinado anterior, en la que había demostrado una clara inclinación hacia la causa austriaca ahora le pasaba factura. Un año después de la llegada de Felipe V, Marcin informaba que "el Almirante, viendo que desde principios del nuevo reinado se le tenía por sospechoso ha manifestado vivos deseos de venir a Francia en calidad de embajador. El Rey juzgó sería bueno no dejarlo en España". Por eso, Felipe V , poco antes de embarcar rumbo a Nápoles en abril de 1702, firmó el decreto que lo nombraba embajador extraordinario en la Corte de su abuelo Luis XIV para así tenerle alejado de Madrid, aunque no conviene olvidar lo dicho anteriormente: fue el propio don Juan Tomás quien solicitó dicho nombramiento, quizás como subterfugio para llevar a cabo su plan de huida a Portugal. De hecho, si atendemos a lo que cuenta Francisco de Castellví en sus "Narraciones históricas", el Almirante habría dado muestras de su intención de pasar a Portugal antes de su marcha. Así cuando Portocarrero le dijo "La embajada de V.E. será bien extraordinaria”, respondió “Sí, lo será muy mucho”, y “otro día, bajando de palacio diferentes personas le iban cortejando y se volvió hacia ellos, tomando el brazo del conde de la Puebla, que su apellido era Portugal. Les dijo no se cansen que tengo bastante con Portugal. Usó otros muchos términos equívocos sobre su embajada, que nadie penetró”.

Antes de partir el Almirante realizó diversas gestiones para reunir capital que se vieron perjudicadas por la degradación de la categoría de la embajada de extraordinaria a ordinaria, orquestada por Portocarrero, que supuso la reducción del sueldo de don Juan Tomás, quien usando este pretexto solicitó poder tomar 150.000 reales sobre su Casa y estados en Castilla. Por otra parte, solicitó permiso de la reina gobernadora Mª Luisa Gabriela de Saboya para llevar consigo una parte de las obras de arte que albergaba su Palacio situado en el Prado de Recoletos  y cuya colección de pinturas, 989 lienzos según el inventario de 1691 realizado a la muerte de padre, constituía una de las pinacotecas más importantes de Europa con destacadas obras de Tiziano, Rafael, Correggio, Rubens, Van Dyck, Tintoretto, Cambiaso, Veronese, etc (1). Finalmente, el 13 septiembre de 1702 el Almirante inició su viaje, en el que estaría acompañado por el Conde de la Corzana, su confesor jesuita padre Carlos Antonio Casnedi, el también jesuita y diplomático padre Álvaro Cienfuegos, todos ellos futuras figuras importante del austracismo; su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera (2), y un nutrido entourage de unas 300 personas que se desplazaban en 150 carros, 38 de los cuales contenían las algo más de 200 pinturas, 10 juegos de tapices y colgaduras, joyas y plata.

Al despedirse de la Reina pidió una carta especial de recomendación para Luis XIV. El correo que dejó dispuesto para que, corriendo la posta, le alcanzara en el camino la carta, le dio la oportunidad de despedirse de su hermano, don Luis Enríquez de Cabrera, Marqués consorte de Alcañices, que residía en Medina de Rioseco y sirvió de pretexto para desviarse y detenerse en Tordesillas. Cuando recibió el pliego de la Reina, tras tres días de viaje, manifestó contrariedad porque tendría que cambiar el rumbo y leyó a sus acompañantes otro que tenía preparado para esa ocasión haciéndolo pasar por una orden de Mª Luisa Gabriela para pasar a Portugal, en calidad de embajador extraordinario, con motivo de las negociaciones originadas por la presencia en Cádiz de la armada anglo-holandesa para así asegurar el apoyo portugués. Los mismos argumentos esgrimió en Zamora para explicar su presencia en la ciudad, pero éstos no fueron convincentes para el gobernador don Francisco Pinel y Monroy, quien despachó correo a la Corte pidiendo instrucciones.

El Cardenal Portocarrero y el presidente don Manuel Arias tuvieron dudas o pensaron que se trataba de una huida voluntaria que iba a librarlos de futuros problemas y no hicieron nada para evitar que el Almirante atravesara la frontera por Alcañices. Una vez en territorio portugués manifestó que no estaba en contra del Rey, pero consideraba oportuno alejarse hasta que Felipe V pudiera tener mejor información de su inocencia sin las tergiversaciones que recibía de parte de sus enemigos, declarando estar convencido que la embajada en Francia se la dieron para tenerle dominado y conseguir su ruina. A pesar de ello, dio libertad a sus criados para seguir con él o volverse a España. Su secretario, Miguel de San Juan, y algunos otros volvieron a España, sin embargo Cienfuegos, Casnedi y Juan Ignacio de Aguirre, comensal; el Conde de la Corzana; el médico de la casa, Gabriel Joli; su secretario particular; su mayordomo, caballerizos, etc, así como su sobrino don Pascual, continuaron el viaje junto a él.

3. Vista del Paço da Ribeira de Lisboa, residencia de los reyes portugueses, a comienzos del s.XVIII.


Finalmente, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, VII Duque de Medina de Rioseco y XI Almirante de Castilla, acompañado de sus más fieles, haría su entrada en Lisboa el 23 de octubre de 1702. Pasaría a residir en una casa de campo junto el río Tajo en Belém conocida como Quinta do Conde de São Laurenço. El 7 de diciembre sería recibido en audiencia privada en el Paço de Corte-Real por el rey Pedro II de Portugal y al día siguiente por la Reina viuda de Inglaterra, Catalina de Bragança. Días antes había escrito al Conde de Waldstein embajador extraordinario del Emperador, comunicándole su llegada al reino luso y mostrando su disposición a cumplir con sus grandes obligaciones con la Casa de Austria. Pedro II consideró que sería más prudente que el Almirante no declarara abiertamente los fines de su viaje. Así, don Juan Tomás mantuvo comunicación con el embajador imperial pero con la discreción necesaria para no molestar al Rey y para mantener ocultos los verdaderos fines de su viaje a Portugal.

Mientras tanto, el embajador de Felipe V en Lisboa, el napolitano Marqués de Capecelatro, tuvo conversaciones secretas con el sobrino del Almirante, el citado Pascual Enríquez, y lo ayudó para que volviera a España. La Reina lo aprobó con satisfacción y recibió una carta de agradecimiento del Marqués de Alcañices. La familia no le fue fiel a don Juan Tomás, la conveniencia fue más fuerte que las convicciones o los sentimientos de solidaridad familiar y eso les acabó repercutiendo de manera positiva en el futuro, permiténdoles reclamar los derechos como sucesores de su herencia, ya que el Almirante no tuvo hijos. Este argumento había sido parte de la justificación que Capecelatro hizo en su intermediación para conseguir el regreso del sobrino del Almirante. Para los Enríquez era fundamental mantener una buena relación con Felipe V ya que de ello dependía su propia subsistencia.

Una de las primeras cartas que había escrito don Juan Tomás desde Portugal fue el 13 de octubre para su hermano, el Marqués de Alcañices, quien le contestó el 6 de noviembre de 1703 en estos duros términos:

"Vista vuestra resolución y oydo vuestra carta quisiera daros a entender el dolor que crecio en semejante novedad teniendo por inciertas sus verdaderas noticias hasta que me las acreditais con unas frivolas disculpas en cuya inteligencia quisiera que las voces primeras de mi respuesta correspondieran al tratamiento de unas obras no hallando modo de empezar esta carta sino con pluma humediza del corazon en mis ojos escribe mi congoja, dicta mi pena y sella mi quebranto, pues si os llamo pariente, infamo mi linaje, si amigo me acuso de desleal, si Señor, desdoro mi grandeza, si para este fin comenzare por vuestro nombre, si porque ya vos sois vos".

Alcañices no ocultaba su temor a que la huida de su hermano a Portugal fuera perjudicial para los intereses de su Casa, pues ya el día 10 de octubre se había decretado el embargo y secuestro de todos los estados, bienes y rentas libres y de mayorazgo, así como de los papeles del archivo y contaduría del Almirante de Castilla. El 1 noviembre se notificaba ya que el embargo de los bienes de don Juan Tomás en las casas de los Mostenses y el Prado había finalizado y que se continuaría en las casas de San Joaquín, llamadas de don Pedro de Aragón.

CONTINUARÁ...


Notas:

(1) Cédula de la Reina Gobernadora permitiendo al Almirante sacar bienes del Reino. 12 de septiembre de 1702. Se le autoriza a “extraer de estos Reinos en 38 carromatos, una galera y 14 acémilas, diferentes cajones y cofres que llevan diez tapicerías y colgaduras, 22 arcas de agua y vino, 200 pinturas, su ropa y vestidos usados de su persona y mesa y la de los criados que van con él y la plata labrada de su servicio”.

(2) Pascual Enríquez de Cabrera (Madrid, 1682- id.1736), era hijo don Luis Enríquez de Cabrera Toledo, VIII Duque de Medina de Rioseco (desde 1705) y de doña Teresa Enríquez Enríquez, VIII Marquesa de Alcañices. Tras la muerte de su padre en 1713 se convierte en IX Duque de Medina de Rioseco, además de XII Conde de Melgar, IX Marqués de Alcañices y IV Oropesa, Señor de Aguilar de Campos, Bolaños, Castroverde, Mansilla, Palenzuela, Tamariz, Tarifa, Torrelobatón y Villabrágima. Fue además heredero de los bienes de su tío. Al volver a España fue perdonado por Felipe V y el 30 de abril de 1726 tomó posesión de la famosa huerta de Recoletos, que permanecerían poco tiempo en el patrimonio familiar, ya que 7 años después su hermana María Almudena Enríquez de Cabrera (†1741) la vendió al abogado y miembro del Consejo de Hacienda don Juan Brancacho, mientras que él ocupaba las casas de los Mostenses. Don Pascual murió sin hijos y al no poderle suceder su hermana ya que la sucesión estaba sujeta a agnación rigurosa, tras largo pleito el Consejo de Castilla dictamina el 23 de octubre de 1756 adjudicar la sucesión al Conde de Benavente, al tener el derecho por la línea de Alonso Enríquez, I señor de Medina de Rioseco, cuya hija, Leonor Enríquez, casó con Rodrigo Alonso Pimentel, II conde de Benavente.


Bibliografía:

  • Agüero Carnerero, Cristina: "El ocaso de los Enríquez de Cabrera. La confiscación de sus propiedades y la supresión del almirantazgo de Castilla". Tiempos modernos: Revista Electrónica de Historia Moderna, Vol. 8, Nº. 33, 2016.
  • Delaforce, Ángela: "From Madrid to Lisbon and Vienna : the journey of the celebrated paintings of Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla". Burlington magazine, Vol. 149, Nº 1249, 2007, págs. 246-255.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: don Juan Tomás Enríquez de Cabrera", en Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 42. Madrid, 2003.

domingo, 1 de marzo de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VIII)

1. Retrato del Cardenal Portocarrero en la Sala Capitular de la Catedral de Toledo. Siglo XIX.


En la madrugada del 5 al 6 de febrero de 1699, a los pocos meses de hacerse público el testamento de Carlos II, moría en Bruselas el príncipe electoral José Fernando de Baviera a los 6 años de edad. Este hecho rompía la vía intermedia y pacto por la sucesión entre los dos hombres fuertes de la Corte: el Conde de Oropesa y el Cardenal Primado Portocarrero. A partir de aquí y coincidiendo con una fase alcista del precio del pan, Portocarrero maniobraría para lograr la caída de Oropesa y de los afines a a la Reina, encabezados por el Almirante de Castilla. 

En 28 de abril de 1699, tras un incidente que tuvo lugar en la Plaza Mayor entre el corregidor Francisco de Vargas y una mujer a cuento del precio del pan, se inició un levantamiento popular que ha pasado a la historia como Motín de los Gatos y que fue utilizado por el Cardenal Primado, Francisco Ronquillo Briceño, antiguo Corregidor de Madrid; y el Conde de Benavente, Sumiller de Corps, entre otros, para lanzar a la masa enfurecida contra Oropesa, Presidente de Castilla, y el Almirante de Castilla, a los que responsabilizaban de sus miserias.

El 9 de mayo y ante la gravedad de los disturbios, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos. La Presidencia del Consejo de Castilla a fue ofrecida entonces a Portocarrero, quien no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo, que a sus vez había sido nombrado de nuevo Corregidor de Madrid durante los tumultos.

Días después, el 23 de mayo, Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, al que se le permitía elegir un lugar a treinta leguas de la Corte y se le ordenaba no acercarse ni volverse sin licencia por convenir a su servicio y "a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones". Antes de salir de Madrid, el Almirante se reunió con el resto de componentes del partido austriaco y se decidió que el nuevo cabeza fuese el Conde de Aguilar. Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera salió el 24 de mayo a las 11 de la mañana en coche de Palacio, permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse rumbo a Andalucía.

Don Juan Tomás fue privado del oficio de Caballerizo Mayor, así como de los cargos de Teniente General de Andalucía y de General de Mar e incluso de  lallave dorada de Gentilhombre de Cámara, aunque se le mantuvo plaza de Consejero de Estado.

El alejamiento de Palacio suponía alejarse de su lugar privilegiado junto al Rey y el cese de su capacidad de influir en la voluntad regia. El Almirante se dejó contagiar entonces de un humor bucólico. Así se refería el 14 de julio de 1699 en carta al Príncipe de Vaudémont, Gobernador de Milán y hechura suya, desde la ciudad de Granada: "Mi ausencia de la Corte la motivó aquel ridículo motín de que no te hablo más largo por considerarte con distintas noticias de él. Yo no sé si me ha sido de más satisfacción que de disgusto".

El calor de Granada en pleno estío se mezclaron con la aparente resignación del patrón desterrado quien de nuevo a carta a Vaudémont 22 de septiembre escribía de este modo: "te gozarás de tenerme fuera de la Corte en un tiempo tan lleno de confusión, desbarato y sin decoro. Yo paso aquí la vida bien divertido en el paraje más ameno buscando el ejercicio y hallando la salud en el campo, pudiendo decirte con verdad que ha muchos años que no paso días tan sosegados, tan serenos y tan gustosos".

Meses después y con Carlos II al borde de la muerte, éste pidió el 2 de octubre de 1700 al Cardenal Portocarrero que redactara un documento en los términos en que su padre redacto el suyo, solicitó que todos se retiraran y se quedó a solas con el Primado quien requirió la presencia de don Manuel Arias para redactar los principales artículos del testamento asistido por don Sebastián Cortez. A pesar de mantenerse oculto a la Reina, parece ser que el Conde de Aguilar lo descubrió y junto a los partidarios de la causa imperial trató de impedir su firma. A pesar de todo el Rey rubricó el testamento y lo ratificó en un codicilio del 10 de octubre. El mismo rezaba así:

"declaro ser mi sucesor (en el caso que Dios me lleve sin dejar hijos) al Duque de Anjou, segundo hijo del Delfín; y como tal le llamo a la sucesión de todos mis reinos, y dominios sin excepción de ninguna parte de ellos".

La muerte del Rey se produjo el 1 de noviembre. El embajador imperial Harrach, tras escuchar la lectura del testamento, escribió a su padre: "Todo esto es consecuencia de la traición de la Reina y de sus lados".

Las noticias de la muerte del Rey y de su indulto sorprendieron al Almirante en Granada de donde pasó a Sanlúcar de Barrameda y luego a la Corte. La Real Chancillería que vino a saber de su viaje le pidió que suspendiera la marcha hasta que la provisión Real le fuera notificada, pero éste hizo caso omiso y cuando en Antequera le alcanzó el Alcalde Mayor que la llevaba excusó el cumplimiento escribiendo a la Chancillería el día 5 de noviembre que estaba dispuesto a cumplir lo que el Tribunal estimase del servicio del Rey pero que siendo ya público su deseo de pasar a Sanlúcar le sería satisfactorio se le permitiera ejecutarlo ya que no podían "que no podían dejar de estar muy en su reverente memoria las demostraciones con que la soberana grandeza del Rey había querido desde el primer día honrar su persona, casa y grados que se sirvió conferirle, con distinciones tan hijas de su Real benignidad e inerrable soberanía, como proporcionadas a su propio decoro y al  que piden los caracteres del ministerio en que tanto interesa el ser vicio de S. M.". Finalmente la Chancillería no sólo se autorizó la continuación del viaje, sino que se dieron órdenes para facilitarle auxilios y escolta si la necesitase.

Finalmente, el Almirante llegaría a Madrid el 6 de noviembre. Allí comenzó a hacer ostentación de su cargo de Caballerizo Mayor, con la librea y las carrozas del Rey. Esta actitud fue mal vista y le aconsejaron que moderara su presentación en público. No mantenía su buena relación con la Reina viuda y suponía que había sido sacrificado por ser incondicional de su servicio mientras que ella le recriminaba por haberle atraído el odio público por tenerle a su servició.

Como vimos, no parece que don Juan Tomás realizase en Granada actividades fuera de lo previsible, pero sí hizo viajes a sus posesiones y siguió preocupándose por las cuestiones políticas. En carta fechada el 30 de julio de 1700 escribía desde Medina de Rioseco al Duque de Medinaceli, Virrey de Nápoles, una premonitoria carta:

"Vine de Andalucía a estos terrones de Castilla donde se vive con alguna diversión de la caza y con más quietud de la que cabe en tan lastimosa hora...Por acá todos son discursos o lamento sobre la común ruina y viendo este tamaño mal aun es mucho mayor la infamia que la pérdida de todo y no se puede tener otra esperanza del remedio que la que pende únicamente de la providencia porque nuestros pasos son lentos o tan ningunos hacia las disposiciones necesarias que mirados de este retiro y desde el mayor desengaño lastiman no poco. Si tienes altar obligaciones que no dudo, tomarás las medidas que te debes a ti mismo, al honor de tan grande vasallo...te he de seguir en todo pues tus resoluciones son las que se encaminan a la honra, la obligación y acierto...en todo estoy contigo...Vencer o Morir. El Almirante".


CONTINUARÁ...



  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Prevenir la sucesión. El príncipe de Vaudémont y la red del Almirante en Lombardía", en Estudis: Revista de historia moderna, Nº 33, 2007, págs. 61-91.
  • Cremonini, Cinzia: "La parábola del Príncipe de Vaudémont, entre austracismos e intereses personales", en Espacio, Tiempo y Forma, Nº 31, 2018, págs. 103-121.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y Disidencia en la Guerra de Sucesión Española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

viernes, 24 de enero de 2020

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VII)

1. Retrato de Carlos II. atribuido a Jan van Kessel II (h. 1696). Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid.

1696 fue un annus horribilis para la familia real, a las graves enfermedades de Carlos II y la reina Mariana de Neoburgo que a punto estuvieron a costarles la vida, se sumó la muerte de la reina madre doña Mariana de Austria el 16 de mayo. En septiembre y tras una recaída en la que se le llegó a administrar el viático tuvo lugar por instigación del cardenal primado Portocarrero la firma por parte del Rey de su primer testamento redactado en junio y por el que se declaraba como heredero universal de toda la Monarquía al príncipe electoral José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano II Manuel y de la archiduquesa María Antonia, y bisnieto, por tanto, de Felipe IV y Mariana de Austria . Estos hechos se producirían a espaldas de la reina Mariana Neoburgo que por estas fechas también se encontraba gravemente enferma y seguramente también de don Juan Tomás.

Tras la muerte de su primera esposa, Ana Catalina de la Cerda Enríquez de Ribera, en febrero de 1696, don Juan Tomás volvería a contraer matrimonio en junio de 1697 con la sobrina de aquella, Ana Catalina de la Cerda y Aragón, hija del VIII Duque de Medinaceli y viuda de don Pedro Antonio de Aragón (†1690).

En estas fechas el Almirante parecía disfrutar de atribuciones de virtual valido, de hecho, en enero había conseguido sustituir al Gobernador del Consejo de Castilla, don Manuel Arias, por Antonio Argüelles, una hechura suya. Esta posición preeminente le ganó grandes enemigos en la Corte, siendo el más destacado de ellos el cardenal primado Portocarrero que en un memorial al Rey del 8 de diciembre le acusaba le ejercer una "privanza misteriosa y envidiada" y de rodear al monarca de sus hechuras.

Para finales de año la salud de la real pareja se recobró y el Almirante mantuvo su influencia. En mayo de 1697 llegaría a la Corte como embajador imperial por segunda vez el Conde de Harrach que tenía como objetivo reconstruir el partido imperial de la mano de don Juan Tomás, la Reina y otros destacados nobles como el Conde de Aguilar o el Marqués de Mancera. El embajador logró que Carlos II solicitase a Leopoldo I el envío del archiduque Carlos a la Península con 12.000 hombres para proteger Barcelona, pero la caída de la capital catalana dejó todo en papel mojado. 

El avance de las tropas francesas en Cataluña y, sobre todo, la citada caída de Barcelona el 10 de agosto, llevaron a la conformación de un triunvirato de gobierno compuesto por el cardenal Portocarrero, el Almirante y el Duque de Montalto. No obstante, el triunvirato se disolvió rápidamente. Como señala Luis Ribot, se trataba de un gabinete de crisis ante las malas expectativas de la guerra con Francia. En octubre el Duque de Montalto fue desterrado a veinte leguas de la Corte por su enemistad con la Reina, y diciembre el Almirante, que era prácticamente Primer Ministro, pasó a residir en Palacio en el llamado cuarto de los Príncipes con el pretexto de salvaguardar su seguridad tras ser desafiado por el Marqués de Alconchel.

Por otra parte, y con el fin de reforzar su posición en la Corte, en noviembre de 1697 el Almirante había respaldado la creación de un regimiento 800 hombres para crear una guardia personal del Rey, que según sus propias palabras debía servir a la Majestad de "antemural de su decoro". El puesto de coronel de este regimiento se entregó al príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, primo de la Reina que había llegado a España en 1695 al mando de un contingente imperial para defender Cataluña y a quien también se le había nombrado Grande de primera clase, se le había otorgado el Toisón, la llave de Gentilhombre durante su estancia en la Corte aquel año, y que gozaba de gran popularidad entre el pueblo; por su parte para el puesto de teniente coronel se eligió al Conde de Urs, hechura de don Juan Tomás. La formación del regimiento suscitó una intensa polémica en la Corte, de forma que diversos consejeros y aristócratas se posicionaron públicamente a favor de reformarlo.

El embajador Harrach en carta al Emperador del 28 de septiembre de 1698 afirmaba:

"Prácticamente es Primer Ministro el Almirante, puesto que dispone de todos los nombramientos, tiene a su devoción a los Presidentes de Indias y Hacienda y maneja a su gusto las rentas reales, aunque sea para su provecho o el de sus partidarios. Se le ha entregado además una parte del Regimiento de la Guarda, confiriéndole el mando sobre ella sin sujeción al Consejo de Guerra, lo cual, por cierto, origina toda clase comentarios y algunos peligrosos, porque se supone lo va a completar con mil caballos y otros tantos infantes, para disponer a su antojo de toda esa fuerza. Es creencia general que ha subido demasiado alto para no caer pronto, y a esto ayudan cuanto pueden sus enemigos, que son muchos y muy encarnizados. Pero hasta ahora nada han conseguido en el ánimo de la Reina, tan absolutamente suyo, que por causa de él se entibiaron las relaciones que mantenía con los Embajadores alemanes".

El partido del Almirante fue heterogéneo, a él pertenecieron religiosos como el jesuita Álvaro Cienfuegos, militares como el Conde de la Corzana y hombres de pluma, como su secretario Juan Antonio Romero y Anderaz, todos ellos destinados con el tiempo a desempeñar un relevante papel en el gobierno austracista durante la Guerra de Sucesión. La apuesta de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera por convertirse en árbitro de la sucesión implicaba que tuviese especial interés en controlar el nombramiento de los "pro reges" en dos de los antemurales de la Monarquía donde de encontraba la mayor parte de los efectivos del ejército, junto con los Países Bajos: el Estado de Milán y el Principado de Cataluña. Consciente de que la pugna sucesoria se jugaba en Europa y que desbordaba el alcance de la aristocracia española, el Almirante favoreció para estos puestos a las candidaturas de príncipes del Sacro Imperio, capaces de movilizar relaciones y recursos en los territorios situados entre Francia y los territorios de la Casa de Austria vienesa: el ya citado Príncipe de Hesse-Darmstadt se convirtió en virrey de Cataluña tras la Paz de Rijswijk; y Carlos Enrique de Lorena, Príncipe de Vaudémont, y muy apreciado por el rey Guillermo III de Inglaterra al que conoció durante las campañas en Flandes, fue elegido Gobernador de Milán a comienzos de 1698, territorio en el que además el Almirante había paso 15 años y donde tenía una extensa red de clientes y hechuras.

Tras la firma de la paz con Francia, llegaría a la Corte el nuevo embajador de Luis XIV, el Marqués de Harcourt, que tenía como misión crear un partido favorable a la sucesión borbónica usando para ello ingentes cantidades de dinero y favores, en oposición al partido pro-imperial comandado por el Almirante de Castilla y la Reina, y a la posición intermedia defendida por Portocarrero y aprobada por el Rey en 1696: la sucesión bávara.

En estos momentos se produjo también el retorno del Conde de Oropesa a la Corte. Fue la Reina, principal culpable de su caída en 1691, la que en marzo de 1698 por recomendación del Almirante y del partido austriaco, ya que pensaban que don Manuel Joaquín podría con su fuerte personalidad y su larga experiencia gubernamental favorecer la causa del Emperador, la que favoreció su retorno. No obstante, lo cierto es que el nuevo gobierno del Conde de Oropesa fue el responsable de promulgar el segundo testamento de Carlos II el 14 de noviembre de 1698, en que coincidiendo sustancialmente con el primero dado en junio de 1696, se nombraba heredero al príncipe José Fernando de Baviera:

"[...] Declaro por mi legítimo sucesor en todos mis Reynos, Estados y Señoríos al príncipe Electoral Joseph Maximiliano, hijo único de la archiduquesa María Antonia mi sobrina y del elector duque de Baviera, hija también única que fue de la emperatriz Margarita mi Hermana, que casó con el emperador mi tío, primera llamada a la sucesión de todos mis Reynos, por el testamento del Rey mi señor y mi padre, por las leyes de ellos; supuesto dicho es la exclusión de la Reyna de Francia mi hermana, por lo qual el dicho Príncipe electoral Joseph Maximiliano como único heredero de este derecho varón. Más propincuo a mí y de la más inmediata línea, es mi legítimo sucesor en todos ellos, así los pertenecientes a la Corona de Castilla, como de la de Aragón y Navarra y todos los que tengo dentro y fuera de España [...]".

Tiempo después el embajador Harrach escribía a Leopoldo I que Mariana de Neoburgo "estaba pesarosa de los hecho (llamar de vuelta a Oropesa) porque no podría quitarse de encima aquel piojo". Lo cierto es que el Almirante también tuvo que ser consciente de este testamento, ya que tanto él como Oropesa, asistieron a la sesión del Consejo de Estado donde se deliberó sobre este asunto en el que el Rey se mostró siempre favorable a seguir la línea marcada por el testamento de Felipe IV, es decir la de priorizar a la descendencia de su hermana la emperatriz Margarita Teresa.

Paradójicamente, el relevo en el gobierno de Milán promovido por el propio Almirante acabaría contribuyendo con el paso del tiempo a acelerar su caída en desgracia. El Gobernador saliente, el III Marqués de Leganés, regresó a Madrid y en la Corte acabaría encabezando un partido que se mostraba partidario de la Casa de Austria en la sucesión. Leganés instó al embajador imperial Harrach para que se actuase con medios contundentes a fin de alejar de palacio al Almirante y a las criaturas de la Reina, a las que consideraba causantes de desprestigio de la causa imperial.


CONTINUARÁ...


Bibliografía:

Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Prevenir la sucesión. El Príncipe de Vaudémont y la red del Almirante en Lombardía" en  Estudis: Revista de historia moderna, Nº 33, 2007.

Baviera, Príncipe Adalberto y Maura Gamazo, Gabriel: "Documentos inéditos referentes a las postrimerías de la Casa de Austria en España", Volumen II. Madrid, 2004.

González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE VI)


1. Alegoría del matrimonio entre Carlos II y Mariana de Neoburgo. Anónimo (h. 1690). Stadtmuseum Landeshauptstadt Düsseldorf.


De vuelta en la Corte, don Juan Tomás Enríquez de Cabrera fue una figura destacada en los actos fúnebres celebrados el 12 de febrero de 1689 en honor de la reina María Luisa de Orleans, y poco a poco fue convirtiéndose en una figura destacada en el círculo decisorio de la Monarquía. En las instrucciones de Luis XIV a su nuevo embajador le encargaba insinuarse a Melgar ya "que era uno de los que gozaban de más crédito en la Corte". Melgar pronto se convirtió en hombre de confianza de la nueva reina Mariana de Neoburgo, quien gozaba de un enorme ascendiente sobre el Rey. Así, Melgar comenzó a formar parte de las intrigas palaciegas, siendo la principal aquella que llevó a la caída del gobierno del Conde de Oropesa el 24 de junio de 1691, para ser dos días después nombrado por Real Decreto consejero de Estado (26 de junio). Esto constituyó una caso excepcional ya que padre (el Almirante) e hijo (el Conde de Melgar) fueron consejeros al mismo tiempo, no obstante esta situación duró poco porque don Juan Gaspar fallecía poco después, el 25 de septiembre. Carlos II por cédula dada en El Retiro el 22 de octubre concedió entonces a don Juan Tomás el oficio de Almirante de Castilla con las mismas calidades y prerrogativas por toda su vida, con voz y voto en la venticuatría de Sevilla, anejo a dicho oficio. Por otra parte, se declaraba consumido el Almirantazgo de Granada como se hizo con su padre, pero conservaba los derechos de los demás oficios. Además, heredaba de su padre el Ducado de Medina de Rioseco (VII) con sus condados, señoríos, juros y rentas vinculadas, siéndole además concedida la encomienda de Piedrabuena de la Orden de Alcántara que había disfrutado su padre y que rentaba 91.870 reales al año.

El nuevo título de Almirante acrecentó la posición, el prestigio y la riqueza de don Juan Tomás en un momento clave en el que el problema sucesorio comenzaba a mostrarse en toda su gravedad. Tras la caída de Oropesa, la Península se dividió entre cuatro Lugartenientes Generales para una mejor administración: el Duque de Montalto a cargo de Castilla la Nueva, el Condestable de Castilla a cargo de Castilla la Vieja, al Almirante le tocaba Andalucía y Canarias, y al Conde de Monterrey la Corona de Aragón; pero como éste declinó el cargo por problemas de salud, se modificó la división en tres partes, correspondiendo al nuevo Almirante la que comprendía Andalucía, Extremadura, Canarias y el Norte de África. La autoridad de estos tres hombres se declaró superior a la de los Tribunales y Consejos y a la de los virreyes. Tenían la calidad de Tenientes Generales del Rey y se preveía, con el fin de armonizar sus funciones, que se reunieran dos veces por semana.

En la reuniones de Tenientes y en las del Consejo de Estado presididas por el Rey, don Juan Tomás fue mostrando sus conocimientos y dotes oratorias que le hacían superior a sus colegas, incluso al que se consideraba el nombre más destacado, el Duque de Montalto, favorito de Carlor II. Baste como ejemplo su voto del 20 de enero de 1694:

"Lo que V.M. mandó el 11 de noviembre fue tener presente la relazión de lo sucedido en Europa desde que el rey rompió la tregua considerando que el rey Guillermo de cuyas armas nos hemos valido para detener el ímpetu de la Francia no habrá podido hacer más de lo que hizo aunque al mismo tiempo se puede recelar que por sus ocultas máximas que son comprehensibles no aya obrado más dando a entender con mayor claridad lo que ha pasado este año con sus armas marítimas que el Sr. Emperador yendo con tanta felicidad hasta ahora estas conquistas del turco ha tenido el contratiempo de Belgrado".

Tanto en las relaciones de los embajadores venecianos como franceses, se consideraba al Almirante "el más hábil, el más fino, el más político de los del Consejo". No obstante a raíz de su ascenso político en la Corte los enemigos aumentaron y comenzaron a circular libelos injuriosos con la clara intencionalidad de minar su ascendiente.

En lo relativo a las cuestiones de paz y a la sucesión de la Monarquía don Juan Tomás se mostraba partidario de tratar de evitar, hasta que fuera forzoso, hacer ningún tipo de declaración pero dejando clara su oposición a cualquier tipo de entendimiento con Francia. Por otra parte, su cercanía a la Reina y la defensa que hizo de su camarilla ante el Consejo frente a las acusaciones del Cardenal Portocarrero le acabaron valiendo su designación como Caballerizo Mayor del Rey el 9 de enero de 1695 por influencia de la misma.

A pesar de todo, los excesos cometidos por la camarilla de la reina Mariana de Neoburgo hicieron que el Secretario del Despacho Universal, don Alonso Carnero, sugiriera al Rey que fuera a Zaragoza "publicando que iba a defender Cataluña...y que desde allí mandase orden de sacar de los Reinos a esas sabandijas". La respuesta que obtuvo fue su propia sustitución siendo remplazado por Juan Larrea, por influencia del Almirante quien con paciencia y cautela iba rodeando a Carlos II de hechuras suyas. El confesor del Rey, fray Pedro Matilla, protestó por la destitución de Carnero y Carlos II buscó una solución al conflicto pidiendo al secretario Wiser que dejara la Corte. El Almirante lo despidió con el regalo de dos "hermosos caballos" para el viaje que iniciaba hacia Parma, junto a la hermana de la Reina, la duquesa Dorotea Sofía.

Algunos meses después, en diciembre, el Almirante consiguió restituir en su Archidiócesis al Arzobispo de Zaragoza y colocar en el Gobierno del Consejo de Castilla a don Antonio Argüelles. Una vez obtenido el favor del Rey, mediante la intermediación de la Reina, don Juan Tomás se impuso a todos y según los venecianos Venier y Mocenigo, gobernó, manejó y dispuso, no teniendo competencia en su nivel ni en otro superior si se da crédito a la voz popular. Según Luis Ribot: "A mediados de 1695, al menos, el Almirante parecía ser el hombre más poderoso en los círculos políticos de la Corte". El embajador Venier (1695-1698) dice que formó su partido y que eran criaturas del Almirante varios personajes. Sin embargo Portocarrero, en un papel que escribió en la época, decía que él estaba como Caballerizo Mayor porque ellos lo habían conducido a ese lugar para usarlo en su beneficio.

Es difícil determinar en qué medida usó a sus relaciones o fue usado por su entorno. Lo que se puede comprobar es que, al comienzo de 1695, el Almirante había reunido en su persona los siguientes oficios: 1. Teniente General de las Andalucías y posesiones de África; 2. Consejero de Estado, calificado como apto para estudiar y entender como ponente en los asuntos más arduos de la política exterior; 3. Caballerizo Mayor, asistiendo al Rey en el desempeño de sus funciones, extensivas a los actos de decoro y ostentación pública de la Corte y a los de solaz y diversión del monarca, que requerían asidua presencia en Palacio.

Los cargos que disfrutaba le permitieron estar cerca del Rey, ambición imprescindible para todo cortesano que tuviera aspiraciones de poder. Esta proximidad le ofreció la capacidad de hablar con él de situaciones cotidianas y de darle su parecer acerca de aquellas que le preocuparan. El hecho de que pudiera despachar a su voluntad, colocó al Almirante en una situación privilegiada que no podían explicar muchos observadores aunque estuvieran acostumbrados a emitir juicios sobre los sucesos y los actores de la Corte. El embajador Venier escribía al Senado:

"El Almirante, aparentando siempre no querer disponer de nada, todo lo determina como si fuera Primer Ministro, teniendo a su dependencia Ministros, Virreyes, Embajadores, y el caso es que el Rey despacha con consulta suya los negocios más graves, por la estimación en que tiene a su capacidad. Con este proceder tiende  dos fines: mantener su superioridad y esquivar las imputaciones de malos sucesos. Va por su camino y con sagacísimo genio y superior disimulo (que se adjudica a su aprendizaje italiano de las artes de Maquiavelo) si no a todos engaña, engaña a muchos, o al menos parecen engañados los que por necesidad tienen que estarle sometidos".

En las instrucciones al embajador francés se aseguraba que "Ha sido elevado a la autoridad de Primer Ministro aunque sin título y sin ejercer todas las funciones". Esta situación hacía difícil a los contemporáneos encontrar semejanzas entre su posición y la de los privados de los anteriores Reyes. El Almirante disponía de poder, pero no se atrevía a asumirlo abiertamente pues aunque tenía el apoyo de la Reina, no desconocía por referencias a su aliada la Condesa de Berlips, la fragilidad de esta relación debido a la facilidad con que Mariana de Neoburgo cancelaba favores y beneficios ante la menor diferencia o resistencia a cumplir sus deseos. Evidentemente él quería tener su propio campo de decisiones, tenía un proyecto la lograr poder e influencia y no aceptaba pasar de un terreno en el que podía aceptar ciertas concesiones, a la sumisión sin reservas para convertirse en mero instrumento de una camarilla.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.

León Sánz, Virginia: "El fin del Almirantazgo de Castilla: Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera". Cuadernos monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, Nº 42. Madrid, 2003.






domingo, 15 de septiembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE V)


1. Retrato de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar, en un grabado de Cesare Fiori y Georges Tasniere (h.1684). Biblioteca Nacional de Madrid.


Tras recibir la noticia de su nombramiento como embajador en Roma, Melgar respondió que a pesar de las razones que tenía para no aceptar, se plegaba a la voluntad regia, aunque no tenía medios para poner su casa en la ciudad papal con la decencia conveniente y mucho menos para mantenerse en una Corte tan cara, bajo el supuesto que su sueldo se iba a consignar en Nápoles, "donde las repetidas órdenes de V.M. para el pan de munición de Italia no han sido poderosas a enmendar lo que en ello se ha faltado". A vista de esto y lo que estaba sucediendo con algunos ministros de las embajadas, "con grave perjuicio para el real servicio y decoro de la representación de sus ministros en teatros tan públicos", pidió que sus asignaciones se señalasen en la forma en que se pagaba a los miembros del Consejo de Italia, pues de otra forma no podía ir a Roma.

El Consejo aplaudió la aceptación de Melgar, pero no pudo ofrecerle ninguna garantía del puntual abono de los diez mil escudos que le habían concedido de ayuda de costa para el viaje ni del resto de sus asistencias por hallarse las rentas de Nápoles muy deterioradas y correr de su cuenta los gastos de la embajada de Roma. En los meses siguientes don Juan Tomás continuó haciendo representaciones al Virrey de Nápoles para que le ofreciese seguridades del cobro de sus asistencias, pero solo pudo garantizarle los diez mil escudos de ayuda de costa y otros trece mil al año para sueldos y gastos "cuando su cantidad importaba cerca de cuarenta mil". El 5 de septiembre el Rey ordenó a Melgar que fuese a Roma para encargarse de los asuntos de la embajada, a lo que respondió que estaba resignado a obedecer y a tomar la posta para hacer el viaje, pero le pidió que le diese órdenes oportunas para que hiciesen efectivo su sueldo y los demás gastos, "para poder servir el cargo con decoro y no experimentar la extrema necesidad a que se ven reducidos los ministros que dependen de las asistencias de Nápoles".

Ante los continuos reparos del Conde de Melgar para pasar a Roma, Carlos II nombró embajador al Marqués de Cogolludo, don Luis de la Cerda y Aragón, que tenía 27 años y era hijo primogénito del recién caído Primer Ministro Duque de Medinnaceli. Por su parte, don Juan Tomás fue detenido y mandado preso al Castillo de Coca por haber venido a Madrid sin permido y desobedecido al Rey como escribía Juan Bautista Lancier, embajador de Baviera, al elector Maximiliano II Manuel en carta del 21 de noviembre:

"[...] el Conde e Melgar ha venido sin permiso y el Rey le ha enviado con un alcalde al castillo de Coca, fortaleza que está a diez leguas de Madrid. A las instancias que se han hecho para pedir su indulto ha contestado Su Majestad que tiene ya veinte y cinco años y sabe lo que debe hacer. En ninguna otra Corte se le habría tratado con tanta clemencia"

No duró mucho su castigo ya que a los dos meses se le permitió postrarse a los pies del Rey quien le perdonó y le reintegró en la Corte pese a la opinión de Oropesa. Una vez de vuelta en la Corte parece ser que hizo gran amistad con la Reina lo que no era bien visto por el Primer Ministro quien aprovechando que los asuntos en Cataluña (revuelta de los gorretes) no iban bien decidió su paso al Principado en calidad de Virrey según nombramiento del Rey de mayo de 1688. Un revelación del Gabinete de Francia decía así: 

"Hombre capaz y que ha brillado mucho durante su permanencia en la  Corte es el Conde de Melgar. Nadie hablaba con más libertad al Rey ni era más favorablemente escuchado, por lo que el Conde de Oropesa le envió de Virrey a Cataluña. Era muy adicto a la Reina, opuesto en esto a su padre, partidario declarado de la Reina madre"

Melgar llegaría al Principado el 8 de junio de 1688 jurando las Constituciones en plena revuelta de los gorretes (1687-1689). Las primeras impresiones del nuevo Virrey dan una idea de la situación en el campo catalán aquel verano. Las causas del tumulto no habían desaparecido, con el peligro de la llegada de los segadores y de quienes se dedicaban a matar la langosta, al tiempo que los comunes apenas contribuían para mantener la caballería, cundiendo la miseria en el ejército. La situación era de alto riesgo y Melgar acabó desesperándose por no recibir ayuda de la Corte, pues los soldados de caballería desertaban masivamente. En junio, el Rey mantenía prácticamente en solitario un ejército de 6.825 hombres, cuyo cuarto de paga mensual montaba poco mas de 257.000 reales de plata, sin contar el gasto en fortificaciones, hospitales o la remonta de la caballería.

Lo cierto es que Cataluña contribuía con lo justo para dar cobijo a las tropas, pero ya no pagaba dinero. Como de la Corte se enviaba el numerario con cuentagotas, Melgar se vio aún mas impelido a demandar ayuda para su gente. En una carta a Haro, secretario del Consejo de Aragón, decía con ironía:

"si con el cuidado que se tiene de asistir a este ejército comieran los soldados o si pudieran pasar sin comer y sin todo lo demas que es menester y falta, yo y todos quedaríamos sin ninguna, y a este paso
creo que sucedera lo mesmo pues no habra de qué tenerle, y nos cargaremos de lastima, y aún ésta creo ha de faltar, pues la continuación la ha de hacer tan familiar que mudara de substancia".

Don Juan Tomás no podía ocultar la sensación de abandono que ya había abatido a sus predecesores Bournonville y Leganés. Como aquéllos, Melgar decidió dejarlo todo, en una especie de huelga o protesta, y marcharse a la zona de Vic, por su clima, alegando motivos de salud. El Consejo de Estado también pedía insistentemente a Carlos II que se enviasen mas asistencias a Cataluña.

La actitud y las demandas del virrey Melgar tuvieron una cierta respuesta en el Principado: entre septiembre y noviembre de 1688 se hicieron algunos donativos que ayudaron a paliar tibiamente la situación del ejército. En noviembre Melgar hizo valer de nuevo su intención de dejar el cargo alegando motivos de salud. El autor de "Sucessos de Cataluña" apunta que no deseaba gobernar sin medios, pero para otros se marchó porque aspiraba al puesto de Caballerizo Mayor del Rey. Sea como fuere el caso es que Carlos II finalmente le concedió el retiro. El relevo se produjo en diciembre, resultando elegido para el cargo el Duque de Villahermosa. En los "Anals Consulars" se reproduce una poesía referida a la actuación política de don Juan Tomás en Cataluña:

"El gran conde de Melgar
al tiempo de su partir
dejó mucho que decir
pero poco que contar". 

CONTINUARÁ...


BIBLIOGRAFÍA:


  • Barrio Gozalo, Maximiliano: "La embajada de España en Roma durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Universidad de Valladolid, 2013.
  • Espino López, Antonio: "El frente catalán en la Guerra de los Nueve Años (1689-1697)". Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Barcelona, 1994.
  • Fernández Duro, Cesáreo: "El último Almirante de Castilla: Don Juan Tomás Enrízquez de Cabrera". Real Academia de la Historia, 1902.

jueves, 18 de abril de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE IV)


1. Retrato de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar, en un grabado de Cesare Fiori y Georges Tasniere (h.1680). Biblioteca Nacional de Madrid.

El 17 de septiembre de 1679 moría en el Real Alcázar de Madrid don Juan José de Austria. Hasta entonces el Conde de Melgar venía desempeñando el cargo de Gobernador de Milán de forma interina, circunstancia que erosionaba su autoridad con respecto a los tribunales y al conjunto de la sociedad política lombarda. La muerte de don Juan afianzó su posición ya que implicaba el regreso a la Corte de su padre, el Almirante de Castilla, y la reina Mariana de Austria, en cuyo partido los Enríquez venían militando fielmente durante la última y agitada década. Por otra parte, el 21 de febrero de 1680 Carlos II nombraba primer ministro a don Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, VIII Duque de Medinaceli. El nuevo Primer Ministro era cuñado de don Juan Tomás. El conde de Melgar había contraído matrimonio con doña Ana Catalina de la Cerda (†1696), hermana del que después sería Duque de Medinaceli. Estos estrechos lazos de parentesco pronto se traducirían en una señal inequívoca de la confianza del Rey: en julio de 1680 Carlos II concedió a Melgar el gobierno "en propiedad" del Estado de Milán.

2. Medalla conmemorativa de la defensa de Génova frente a la armada francesa por parte del Conde de Melgar (1684), obra de Cesare Fiori.


Con la confirmación de Melgar se abre una nueva etapa en la vinculación del Conde con Milán. Desde su llegada en febrero de 1671 a la metrópoli lombarda el joven Conde de Melgar se dedicó a estrechar sus relaciones con las principales parentelas aristocráticas que llegó incluso a encabezar en su enfrentamiento con el Duque de Osuna. Durante los siguientes seis años (1680-1686) don Juan Tomás obtuvo aquello que era más preciado para quien aspiraba a convertirse en un gran patrón de la Corte regia: dinero y amigos. Los ingresos monetarios derivados de su cargo de Gobernador (tanto el sueldo como la prima extraordinaria de campaña y el acceso a los fondos de gastos secretos) le permitieron disponer de una notable liquidez a la hora de practicar la virtud política de la liberalidad a una escala que no podía ser emulada por otros nobles castellanos. Por otra parte, en Milán Melgar conoció a muchos de los amigos y clientes que le acompañaron en su azarosa trayectoria política hasta que asumió en la década de los noventa la jefatura del partido austríaco en Madrid.

Además, durante estos años de Gobierno el Conde de Melgar pudo acceder a la gloria militar en la defensa de su ciudad natal, Génova, frente a la armada francesa: el 17 de mayo de 1684 una gran escuadra francesa se presentaba frente al puerto de la ciudad al mando del Marqués de Seignelay y el almirante Abraham Duquesne, compuesta por unos 160 barcos, entre los que destacaban 10 "galiotes à bombes", 20 galeras y 16 navíos. El bombardeo empezó a la noche del día siguiente y continuó durante los días 19 y 20. Numerosos edificios cayeron bajos las bombas galas, entre ellos el salón del Palacio Ducal. Los tesoros de San Lorenzo y del Banco de San Giorgio fueros sacados de la línea de fuego y puestos a salvo. Finalmente, el día 25, la infantería francesa compuesta por unos 3.500 hombres puso pie en Sampierdarena. A ellos se enfrentaron las milicias locales, reforzadas con voluntarios de la cercana Val Polcevera. Protegidos por las bombas, los franceses avanzaron quemando los palacios de aquella que era una zona de villas de recreos del patriciado urbano. A pesar de todo, los galos fueron finalmente detenidos por los refuerzos españoles que la República había solicitado urgentemente y que finalmente había sido enviados por el gobernador Melgar. Las fuerzas enviadas por don Juan Tomás, unos mil hombres, especialmente un tercio reclutado en Nápoles, no solo contribuyeron a mantener el orden en la ciudad y a escoltar el tesoro de San Giorgio, sino que obligaron a los franceses a embarcarse dejando en el terreno numerosos muertos y heridos, entre ellos el contralmirante Lhéry, unos de los principales hombres de Duquesne. Tras esta intentona, la armada de Luis XIV siguió bombardeando hasta la noche del 28 de mayo para finalmente retirarse a la mañana del día siguiente.

Con motivo de la defensa de Génova el Conde de Melgar hizo labrar una medalla conmemorativa (imagen 2) a uno de sus artistas protegidos, Cesare Fiore (1). En el anverso de la medalla puede verse el retrato de don Juan Tomás con amplia peluca, media armadura y corbata a la francesa y a su alrededor la inscripción "IO · THOM · HENRIQ · CABRERA · ET · TOL · CO · MELGAR · PRO · HISP · REG · IN INSVB · IMP", en el reverso el Conde de Melgar sobre un caballo en cabrioleta con bastón de mando, a la derecha, se dirige, seguido de tres figuras ecuestres coronadas, hacia otro grupo ecuestre situado a la izquierda. Al fondo la ciudad de Génova bombardeada desde la costa y a alrededor la inscripción "PROVIDENTIS ET FORTITVDINE IANVA SERVATA".

En abril de 1685, coincidiendo con la caída de su cuñado el Duque de Medinaceli y el inicio de un nuevo ministerio, el del Conde de Oropesa, el conde de Melgar solicitó que le nombrasen sucesor y licencia para retornar a la Corte Real. La respuesta de Carlos II, seguramente influida por Oropesa, se retrasaría prudentemente hasta encontrar otro destino alejado de Madrid para un poderoso aristócrata con ambiciones de poder. Así, el 3 de diciembre el Rey informaba al Consejo de Italia que había confiado a Melgar la embajada en Roma (tradicional antesala al puesto de virrey de Nápoles) y que se le propusieran sucesores para el gobierno de Milán. El Consejo renunció a presentar una terna conjunta y cada uno presentó una nómina particular. Para el cargo de Gobernador habían surgido numerosos pretendientes entre la Grandeza de España. El presidente Duque de Alba propuso al Duque de Uceda, al Marqués de Leganés y al Duque de Ciudad Real, nombres que, si bien en diferente orden, se repetirían en otros votos junto a los de nuevos candidatos como el Conde de Monterrey, el Marqués de Balbases, el Duque de Medinasidonia, don Antonio de Toledo (primogénito del Duque de Alba), el Duque de Villahermosa y el Conde de Cifuentes. Carlos II y Oropesa optaron por ignorar esta extensísima nómina al elegir al Conde de Fuensalida, del que no se había acordado ningún regente. Con todo, Fuensalida tardaría algunos meses en tomar posesión de su cargo por lo que en Milán continuó el gobierno del conde de Melgar hasta abril de 1686.


CONTINUARÁ...


Notas:
  1. Cesare Fiori (1636-1702) fue un artista polifacético: pintor, grabador, medallista y arquitecto, además de bailarín, maestro de esgrima y alférez de las milicias urbanas. Entre sus pinturas se puede citar "La nascita di San Carlo" en el Duomo de Milán, encargo de los Condes de Melgar, así como diversos retratos en grabado de don Juan Tomás durante su gobierno milanés (1678-1686). Por desgracia existen pocas noticias de su vida y obra.

Fuentes:
  • Almagro-Gorbea, Martín; Pérez Alcorta, María Cruz; y Moneo, Teresa: "Medallas españolas". RAH, Catálogo del Gabinete de Antigüedades, 2005.
  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La república de las parentelas: la corte de Madrid y el gobierno del estado de Milan durante el reinado de Carlos II". Universidad Autónoma de Madrid, 1994.
  • Bitossi, Carlo: "1684. La Reppublica sfida il Re Sole". Editori Laterza. 2015.


lunes, 4 de marzo de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE III)

1. "Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melagar y Gobernador y Capitán General del Estado de Milán", grabado obra de Cesare Fiori y Georges Tasniere (1680). Biblioteca Nacional de Austria.


El Conde de Melgar convirtió al Estado de Milán en el espacio primordial donde acumularía a la vez méritos en el servicio real y recursos personales que serían fundamentales en su largo "cursus honorum" que culminaría con su privanza junto a la reina Mariana de Neoburgo. En 1675, tras volver a Madrid con licencia, continuaría su ascenso en tierras lombardas al ser nombrado General de Caballería, uno de los puestos más prestigiosos de la estructura militar del Estado. 

El 14 de agosto de 1676, Carlos II le nombra, tras consulta al Consejo de Estado, Embajador Extraordinario en Roma ante el cónclave que debía elegir al nuevo Papa una vez muerto Clemente X (22 de junio). Aunque el Marqués de Carpio había sido elegido embajador ordinario en 1672, éste dilataría su viaje a la urbe papal hasta 1677 tratando de conseguir la privanza real, mientras tanto era el cardenal Nithard quien ejercía dicha función y en unión al cual el nuevo embajador extraordinario Melgar debería trabajar para la elección de un papa afecto a España. El Consejo de Estado ordenó a Melgar y al cardenal Nithard que apoyasen la elección del cardenal Odescalchi a quien el Consejo definía como "un ángel de costumbres, apartado de todo interés [..]". Éste finalmente subiría al solio pontificio con el nombre de Inocencio XI ante la alegría de Madrid. 

No obstante, el cambio definitivo en la vida de don Juan Tomás tendría lugar tras la llegada al poder de don Juan José Austria. El nuevo Primer Ministro cesó de manera fulminante al Príncipe de Ligne como Gobernador de Milán tras la firma de la Paz de Nimega (20 de agosto de 1678). Desde el real sitio de San Lorenzo Carlos II dispuso el 16 de octubre por decreto decisivo el nombramiento del General de la Caballería Conde de Melgar como nuevo Gobernador "en interim". Al día siguiente el Consejo de Italia tuvo que expedir a toda prisa el nuevo título de Gobernador, tras haberse saltado el Rey la habitual presentación de nómina por los regentes provinciales.

El asombro en Milán fue mayúsculo. El 6 de noviembre llegó a tierras lombardas el decreto real en el correo ordinario de España. Por entonces, el Príncipe de Ligne se encontraba en el lugar de recreación de Cussano en compañía de toda la Corte. Mientras, el Conde de Melgar actuó con rapidez en Milán. Al día siguiente de recibir la inesperada orden del Rey, don Juan Tomás convocó al Consejo Secreto en su residencia cerca de la Puerta Oriental de la ciudad. Tras recibir las felicitaciones de los consejeros, Melgar escribió a Ligne refiriéndole lo ocurrido.

Durante el mes de noviembre se sucedieron los actos de toma de posesión del nuevo Gobernador. El Conde de Melgar concedió las tradicionales audiencias a los tribunales, embajadores de las ciudades lombardas y enviados de los potentados limítrofes. Todo esto en un latente estado de tensión entre la sociedad lombarda a consecuencia de la supresión general de plazas supernumerarias en los tribunales y a la formación de una Junta de Visita General decretada por el nuevo gobierno juanista. Melgar se vio privado de cualquier mínima colaboración de su predecesor en el gobierno. Esto solo sería el preámbulo de otras manifestaciones poco reverentes con el Gobernador interino, destacando el delicado enfrentamiento con Senado a cuenta de la reforma de las plazas supernumerarias a consecuencia de la cual muchos primogénitos de algunos senadores habían perdido sus cuestoratos. A finales del año, durante el rito de la concesión de indultos en el Senado por Navidades, los senadores hicieron esperar en exceso al Gobernador quien se quejó de inmediato al Rey por la "indecorosa" actitud del tribunal.

La actitud del Senado contrasta con la de la Junta de Visita cuya colaboración con Melgar sería estrecha, manteniendo el Gobernador una larga amistad con alguno de sus miembros como Francesco Moles. El cese de Ligne supuso un nuevo impulso a la Visita porque a partir de entonces la Junta asumía en la práctica la máxima representación del Rey en el Estado de Milán a no poder ser eclipsada por un Gobernador interino. Por otra parte, el deseo de Melgar de colaborar con la Visita para afianzar su precario mandato también contribuía a reforzar la autoridad de la Junta frente a los ministros locales. El Conde de Melgar conocía a fondo la realidad socio-política lombarda desde los tiempos de su contienda con el Duque de Osuna. Sin embargo, don Juan Tomás tenía un notable impedimento para ejercer el puesto de Gobernador: se dudaba que estuviese respaldado a fondo en la Corte ya que su padre, el Almirante de Castilla, había sido uno de los enemigos más acérrimos y constantes de don Juan José de Austria que era quien ahora dirigía la Monarquía. Una de las principales medidas de don Juan cuando asumió el Gobierno fue desterrar de Madrid al Almirante y en la Corte parecía claro que éste no regresaría mientras el hermano del Rey fuese Primer Ministro. Por ello sorprendió la designación de Melgar para el gobierno "en interim" de Milán, aunque parece que la decisión obedecía en gran medida a la intención de mantener el puesto de Gobernador en perfil bajo mientras durase la Visita.

En mayo de 1679 Carlos II decidió que el gobernador Conde de Melgar pudiese servirse de dinero recaudado por las condenas de la Visita, una vez cubiertos los gastos precisos de la Junta, por lo que la misma perdía una parcela de poder que asumía el Gobernador interino: la gestión y depósito de los fondos ingresados por las multas y confiscaciones. A finales de mayo el contador de la Visita Francesco Fomo Zermelli entregaba en la Tesorería General cuarenta mil libras en moneda de Milán, quedando esta suma, no excesivamente cuantiosa, a disposición del Gobernador. El Conde de Melgar comenzaba a afianzarse en su puesto supremo sin que los miembros de la Junta milanesa pudiesen considerarse desairados.


...CONTINUARÁ

Fuentes:

  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La república de las parentelas: la corte de Madrid y el gobierno del estado de Milan durante el reinado de Carlos II". Universidad Autónoma de Madrid, 1994.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española: el Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.