lunes, 18 de junio de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE IV)

1. Posible retrato del Conde de Oropesa hacia 1685, obra de Claudio Coello. Paradero desconocido.

Como afirmaba Tomás y Valiente, no puede considerarse al Conde de Oropesa como a un “valido” en el mismo sentido que lo fueron el Duque de Lerma o el Conde-Duque de Olivares, aunque, sin duda, las fronteras son muy reducidas ya que, por muchas razones, don Manuel Joaquín se beneficiaba de un gran poder y de un acercamiento al Rey digno de un favorito. De hecho, muchos de los escritos de la época, no dudan en llamarlo claramente “valido”. No obstante se debe tener en cuenta un aspecto fundamental para explicar en cierta medida la relación particular que mantenían el Carlos II y su ministro, y éste es el cargo de Presidente del Consejo de Castilla que Oropesa obtuvo por dos mandatos, el primero desde el año 1684, como vimos, al año 1690 y el segundo, más reducido, de 1698 a 1699.

La preeminencia política del Presidente de Castilla dentro de la Monarquía daba a éste privilegios particulares en cuanto a los acontecimientos importantes de la vida de los soberanos y del Estado. Las decisiones políticas y administrativas eran tomadas por el Presidente sin hacer necesariamente una
consulta previa lo que acentuaba el poder de Oropesa. En un documento conservado en al BNM titulado "Memoria a Carlos II sobre el miserable estado de la Monarquía durante la presidencia del Conde de Oropesa" se decía:

"Él [Oropesa] tiene el manejo universal de los negocios y con él la Presidencia de Castilla no siendo para nada. La presidencia, señor, pide por si sola gran cabeza, desinterés, inteligencia, zelo (sic), incesante trabajo, […] y [Oropesa] conserva la Presidencia para ser absoluto en todo y que no se represente ni resuelva ni provea cosa sin su noticia".

Esta omnipresencia será una de las características más notables del gobierno de don Manuel Joaquín. En una de las cartas del Duque de Montalto, uno de los más esclarecidos analistas políticos de las época, a don Pedro Ronquillo, embajador en Inglaterra, éste afirma que ya desde las primeras apariciones de Oropesa en el seno de los asuntos del gobierno, en septiembre de 1685, se indica la particularidad de la función del Conde que “sin querer declararse primer Ministro, siéndolo en el común sentir, con que ni es Valido ni Presidente, siéndolo todo”.

Por su parte, del Marqués de Villars, embajador francés en la Corte de Carlos II, afirmaba:

"El Presidente de Castilla no visita a nadie y no da siquiera la mano en su despacho…[una vez terminada la sesión del Consejo] el presidente de Castilla entra con el Rey en otro cuarto y se entrevistan solos sobre las cosas que tocan a su servicio y al gobierno…".

El embajador veneciano Sebastiano Foscarini, quien residió en España entre 1682 y 1686, afirma en su "Relazione di Spagna" que Oropesa no quería de ningún modo perder el título de Presidente del Consejo de Castilla “por ser el más superior de todos los títulos”, lo que explicaría de hecho su rechazo al título de primer ministro o a la designación de valido.

El Conde de Oropesa mantuvo el afecto de Carlos II hasta el final de su segundo mandato (1699) y puede decirse que incluso que hasta el final de la propia vida del Rey. En una carta de febrero de 1700 Carlos II le escribe: “He querido decirte aquí la seguridad con que puedes estar de mi satisfacción a tus grandes méritos y de que en cuanto se ofrezca a tu persona y casa se experimentará lo que siempre te he querido y lo que te estimo”.

Pronto don Manuel Joaquín, y como antes lo fueron Lerma y el Conde-Duque de Olivares, fue objeto de los reproches que le acusaban de una ambición desmedida por enriquecerse aprovechándose de su privilegiado cargo para conseguir facilidades en los gastos de su casa, carrozas, vestidos, caballerizas, en suma, de su mantenimiento y el de su familia, así como de favorecer a sus más allegados. En este sentido destaca la concesión en enero de 1687 del puesto de Superintendente de Hacienda a su primo don Fernando Fajardo, Marqués de los Vélez, quien previamente había sido Virrey de Nápoles hasta 1683 y había formado parte del Consejo de Indias. Este órgano de nueva creación venía a sustituir en sus funciones al Consejo de Hacienda y sería uno de los pilares de la política reformista de Oropesa, que fiaba a uno de sus más cercanos.

COTINUARÁ...

BIBLIOGRAFÍA:


  • Martino, Aurora; y Rodríguez Rebollo, Mª Patricia: "Fernando Joaquín Fajardo, marqués de los Vélez, virrey de Nápoles (1675-1683)" en "Los señoríos en la Andalucía Moderna. El Marquesado de los Vélez", coord. por Francisco Andújar Castillo, Julián Pablo Díaz López, 2007, págs. 321-335.
  • Testino-Zafiropoulos, Alexandra: "Querellas políticas en torno al Conde de Oropesa en las postrimerías del reinado de Carlos II". Atlante. Revue d’études romanes, 2, 2015, p. 264-291.

miércoles, 30 de mayo de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE III)

1. Detalle de la Adoración de la Sagrada Forma de Gorkum por Carlos II y su Corte, obra de Claudio Coello (1690). Sacristía del Real Monasterio de El Escorial. 

El 17 de septiembre de 1679 moría don Juan José de Austria. Apenas dos meses después, el 31 de agosto, Carlos II contraía matrimonio por poderes con María Luisa de Orléans en Fontainebleau. La boda, ya con los dos contrayentes juntos, tendría lugar el 19 de noviembre en la burgalesa villa de Quintanapalla.

El 21 de febrero de 1680 Carlos II nombraba primer ministro a don Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, VIII Duque de Medinaceli, mediante un billete que rezaba así:

"Habiendo pedido a Dios me alumbre los medios de que deseo valerme para cumplir con mi obligación en el expediente de tanto como está a mi cargo, he reconocido que la formalidad del Gobierno de mi Monarquía y las ocurrencias de ahora necesitan de Primer Ministro, y habiendo de tenerle, he dado en encargarte me ayudes en esta forma, así por tus grandes obligaciones como por lo que en ti he experimentado. Por lo cual he mandado a mi Confesor te exprese este mi ánimo, y espero de tu buena ley te sacrificarás a mi obediencia, seguro de que conozco cuánto harás en esto por mi servicio. A 21 de febrero de 1680. Yo, el Rey"

A finales de ese mismo año ingresaría en el Consejo de Estado, don Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, Conde de Oropesa, junto a otros aristócratas como el nuevo Duque de Alburquerque, el de Villahermosa y los Marqueses de Mancera y los Vélez, primo éste último de don Manuel Joaquín. 

Pronto surgiría el enfrentamiento entre la nueva Reina y Medinaceli. A finales de 1681 el Primer Ministro había conseguido el cese del Marqués de Villars, embajador de Francia, que parecía ejercer, por medio de su mujer, una negativa influencia sobre la joven Reina. Sin embargo, el principal motivo de enfrentamiento entre la Reina y Medinaceli fue el beligeranete V Duque de Osuna, don Gaspar Téllez-Girón, Caballerizo Mayor de María Luisa y declarado enemigo del Primer Ministro.

En 1683, aprovechando las polémicas y costosas obras de remodelación de la residencia de Osuna en Madrid, el Duque de Medinaceli, a través del Presidente de Castilla, consiguió que don Gaspar tuviese que abonar una multa de veinte mil ducados y, en el plazo de tres días, salir desterrado al Alcázar de Segovia, donde permanecería encerrado hasta nueva orden. En la Villa y Corte, a nadie se le escapaba la implicación del Primer Ministro en la súbita defenestración del de Osuna. Por su parte, la reina María Luisa de Orléans entendió el destierro de su Caballerizo Mayor como un ataque contra su propia persona, lo que constituía un nuevo escalón en la política ostensiblemente francófoba del Duque de Medinaceli.

La lacerante crisis económica, el fracaso de la política exterior (Tregua de Ratisbona de 1684 contra Francia que supuso la pérdida de Luxemburgo) y las desavenencias con la Reina madre y la Reina consorte favorecieron pronto el despliegue de estrategias cortesanas encaminadas a la destitución de Medinaceli, desplazado por el pujante brío del Conde de Oropesa. Además, a la creciente debilidad del partido de Medinaceli en la Corte se venía a sumar a la debilidad de su propio cuerpo, seriamente mermado por un severo ataque de hemiplejía que estuvo a punto de costarle la vida a mediados de 1683.

Ante esta situación, Medinaceli comenzó a preparar su sucesión, y así, junio de 1684, hizo que el Conde de Oropesa, que contaba con un amplio apoyo en la Corte, fuera nombrado Presidente del Consejo de Castilla en sustitución de fray Juan Asensio, Obispo de Ávila. El puesto de Presidente de Castilla era el segundo del Estado en importancia inmediatamente después del soberano (y el valido). El presidente del Consejo de Castilla era también presidente de las Cortes de Castilla, jefe de la cámara, responsable de la sala de alcaldes de Casa y Corte que estaba bajo su entera dependencia, tenía el derecho de elegir a los responsables de las diferentes comisiones del Estado como la de los abastos, la aduana, los hospitales, etc. Era por todo esto responsable del orden público de la Corte.

En 18 abril de 1685, agotado y habiendo perdido muchos de sus apoyos, el Duque de Medinaceli presentaba su dimisión a Carlos II. El Rey le contestó en los siguientes términos:

"La licencia que me pediste el viernes de la semana pasada para apartarte de tu empleo, es negocio de tales circunstancias que haviendo menester todo el tiempo que e tomado para pensarle siendo para mi de mucho sentimiento tus achaques conozco la racon que te dan ellos para tu instancia y que Dios me muestra quiere que la carga que se sirbio de darme recaiga sobre mi aplicación sin el alivio de Primer Ministro, y assi te conzedo la licencia que me pides assegurandote que mi atencion y voluntad correspondera siempre a tu amor y servicios que me an sido mui gratos y de mi sactisfacion y assi lo esperimentaras en todas tus dependencias".

Poco más tarde, el 9 de junio, Carlos II se dirigió nuevamente al Duque ordenándole retirarse a sus estados de Cogolludo, privado de todos sus empleos (Primer Ministro, Caballerizo Mayor del Rey, Sumiller de Corps del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Indias) por considerar que existían muchos inconvenientes para su permanencia en la Corte.

Había llegado la hora del Conde de Oropesa.

CONTINUARÁ...



FUENTES:


  • Echavarren, Arturo: "El gran destierro de Gaspar Téllez-Girón, V Duque de Osuna". Bulletin Hispanique, Tome 116, n° 1 - juin 2014 - p. 169-189. 
  • Font de Villanueva, Cecilia: "La estabilización monetaria de 1680-1686. Pensamiento y política económica". Estudios de Historia Económica N.º 52. Banco de España, 2008.
  • Testino-Zafiropoulos, Alexandra: "Querellas políticas en torno al Conde de Oropesa en las postrimerías del reinado de Carlos II". Atlante. Revue d’études romanes, 2, 2015, p. 264-291.

lunes, 14 de mayo de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE II)

1. Retrato de don Fernando de Valenzuela, Marqués de Villasierra, obra de Claudio Coello. Real Maestranza de Ronda.


Durante la privanza de Fernando de Valenzuela (1674-1677), el Conde de Oropesa, al igual que el Duque de Medinaceli, se mostró contrario al meteórico ascendo del advenedizo privado de doña Mariana de Austria. El verano de 1676, ambos, junto a don Pascual de Aragón, el Conde de Medellín, auspiciados por el Conde de Villaumbrosa (Presidente del Consejo de Castilla) y apoyados, en principio tangencialmente, por don Juan José de Austria, habrían iniciado una serie de contactos a través de misivas cifradas y reuniones secretas con el objetivo de convencer al joven Rey por medios persuasivos de su error e incluso encantamientos al mantener a su lado a Valenzuela y acatar sin réplica alguna las órdenes de su madre.

Medinaceli, Sumiller de Corps del Rey y Oropesa, gentilhombre de cámara, cortesanos muy cercanos a Carlos II fueron los encargados de dirigir el intento de atracción de la voluntad real hacia la causa nobiliaria. Sin embargo, los esfuerzos se rebelaron inútiles. Tomás Carbonell, confesor del Rey, certificó el hechizo de Carlos II, sin embargo, en una carta de escrita por don Manuel Joaquín a Pascual de Aragón, Arzobispo de Toledo, el Conde de Oropesa confesaba que él no pensaba que el aturdimiento del monarca se debiera a los hechizos sino más bien a su inexperiencia e infantilismo:

"…pero haviendo conferido con el duque de Medina y conmigo el confesor este miserable estado en que hay tanta sospecha de maleficio aunque yo me personado a que puede ser de la poca hedad y inexperiencias que da lugar y disposición a que se impriman y obren en el los influxos dela Reina y Valenzuela" (1). 

Los buenos modos orientados a conseguir el beneplácito de Carlos II habían fracasado, por lo que Oropesa y Medinaceli optaron en última instancia por el recurso a la violencia y la colaboración militar de don Juan José, que también intentó convencer al Arzobispo  de Toledo de su participación en la expulsión de Valenzuela. Sin embargo, ambos nobles, como expertos cortesanos, jugaron con la disimulación y la ambigüedad, mostrándose favorables a la expulsión del privado de la Reina, pero nunca demostrándolo abiertamente. 

En noviembre de 1676 la nobleza protagonizó lo que el profesor Antonio Álvarez Ossorio ha denominado “Huelga de Grandes”, cuando éstos se negaron en rotundo a incluir a Valenzuela en su selecto círculo. De este modo, en un acto de desobediencia al Rey sin precedentes en la monarquía de los Austrias, el día 4 de noviembre, día de San Carlos y onomástica del Rey, los Grandes dejaron a Valenzuela solo en el banco de la Capilla Real, reservado para las altas dignidades y, el día del cumpleaños de Carlos II, el 6 de noviembre, sólo acudieron a la ceremonia del besamanos cinco de los Grandes como protesta ante el reciente ascenso del adevnedizo. Incuso Medinaceli se disculpó por malestar físico en la audiencia pública de Valenzuela el día 10 de noviembre. 

Este descontento se plasmaría el 15 de diciembre con el llamado "Manifiesto de los Grandes", documento que certificó la rebeldía de la nobleza y su respaldo incondicional a las milicias de don Juan de Austria que se dirigían hacia Madrid con un único objetivo: derrocar a Valenzuela y expulsarle de la Corte. Entre los signatarios se encontraban los Duques de Alba, Osuna, Pastrana, Veragua, Gandía, Híjar, Camiña, Infantado, Lemos, Oñate o Medina-Sidonia. Sin embargo, dos de los nobles más destacados, Medinaceli y Oropesa, se negaron a estampar su nombre en tan comprometedor documento para evitar que les salpicaran las posibles represalias que pudieran venir de uno u otro bando, calibrando fríamente las consecuencias y decidiendo no firmar por lo que pudiera ocurrir. En caso de triunfo de don Juan, como así fue, ambos podrías argumentar sus intentos pasados por "liberar" a Carlos II. Tampoco estamparon sus nombres en el documento el Almirante, el Condestable o don Pascual de Aragón.

Finalmente, don Juan José de Austria entraría en la capital de la Monarquía el 23 de enero de 1677 haciéndose con las riendas del gobierno, mientras que Valenzuela, que se había refugiado en El Escorial, fue capturado por los juanistas encabezados por don Antonio de Toledo, hijo del Duque de Alba, y mandado al exilio en Filipinas.

CONTINUARÁ...

NOTAS: 

(1) Carta del Conde de Oropesa al Arzobispo de Toledo. Correspondencia del Arzobispo de Toledo. BNM. Mss 2043. pp. 295-297.


BIBLIOGRAFÍA:
  • Oliván Santaliestra, Laura: "Mariana de Austria en la encrucijada política del siglo XVII". Tesis inédita. Universidad Complutense de Madrid, 2006.

martes, 8 de mayo de 2018

El VIII Conde de Oropesa, una breve biografía (PARTE I)

1. Escudo de los Álvarez de Toledo en la contraportada del Castillo-Palacio de los Condes de Oropesa en Jarandilla de la Vera (Cáceres). Foto del autor.


Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal (h.1642-1707) era el hijo de don Duarte Fernando Álvarez de Toledo Portugal Monroy y Ayala (1620-1671), VII Conde de Oropesa, de Deleitosa, de Belvís, de Alcaudete y de Almuras, Marqués de Frechilla, Villarramiel y Grande de España; y de doña Ana Mónica Fernández de Córdoba y de Zúñiga, VI Condesa de Alcaudete y II Marquesa de Villar de Grajanejos, que pertenecía a una rama menor de los Conde-Duques de Benavente con quien estaba emparentada por línea paterna.

Tras la muerte de su hermano mayor a poco de iniciarse la regencia de doña Mariana de Austria,  don Manuel Joaquín heredó el título de Marqués de Jarandilla, como sería conocido hasta el óbito de su padre el 1 de julio de 1671, cuando heredará los título paternos y pasará a intitularse como Conde de Oropesa (1671-1707).

FAMILIA:

Su padre fue Virrey de Navarra y Capitán General de la Provincia de Guipúzcoa (1641-1645) y Virrey de Valencia (1645-1650) y ejerciendo este puesto sería el primero en besar la mano de la nueva reina Mariana de Austria a su llegada a Denia (1649) y siendo el encargado de acompañarla hasta la frontera de Castilla. Después fue nombrado Virrey y Capitán General de Cerdeña y embajador extraordinario en Roma, puestos que debió ocupar entre 1650 y 1654, si bien durante poco tiempo el primero ya que figura que el 3 de julio de 1652 cobraba el estipendio por su puesto de embajador. Por esas fechas debió ser recibido como gentilhombre de cámara del Rey y en junio de 1654 fue nombrado capitán general de Toledo y Castilla la Nueva. En 1663 fue nombrado Presidente del Consejo de Órdenes, puesto que ocupaba al inicio de la Regencia y que mantendrá hasta la fecha de su promoción a la presidencia de Italia (1669), donde permanecerá hasta su muerte acaecida dos años después.

Por su parte, cabe destacar que su tía materna, doña María Engracia de Toledo y Portugal, Marquesa viuda de los Vélez desde 1647 tras morir su marido, el V Marqués de los Vélez, fue aya del príncipe Felipe Próspero y de la infanta Margarita Teresa. Tras la muerte del pequeño príncipe el 1 de noviembre de 1661, y el nacimiento del futuro Carlos II, cinco días más tarde, pasó a ejercer el mismo cargo con el nuevo heredero. Su marido fue mayordomo mayor de Felipe IV y ella cobraba como viuda, los gajes íntegros que correspondían a dicho asiento, dos millones de maravedís.

Bajo la protección de su padre y de su tía, ambos personas de confianza de la reina regente doña Mariana de Austria, empezaría el Marqués de Jarandilla su carrera política.


EL MARQUÉS DE JARANDILLA (1665-1671):

Casi nada se sabe de los primeros años de don Manuel Joaquín. Debió nacer hacia 1642 en el Palacio Real de Pamplona, residencia de los virreyes navarros, durante el gobierno de su madre en aquellas tierras.  El Marqués de Jarandilla se casó en 1664 con doña Isabel Téllez Girón Pacheco, nieta del III Conde de la Puebla de Montalbán, mayordomo más antiguo de Felipe IV. 

Su carrera política se inició cuando es nombrado capitán de una de las compañías de la recién creada Guardia Chamberga (1669), confirmándose así su cercanía a la reina regente doña Mariana de Austria en su pugna contra don Juan José de Austria, de la misma manera que su padre y su tía. 

En julio de 1671 don Manuel Joaquín, que contaba con 29 años de edad, comunicaba a la Reina que había sucedido en sus estados a su difunto padre. Además de los títulos, heredaría el cargo de Capitán General del Reino de Toledo que antes tuviera aquel. El cargo lo recibió como una merced expresa por los servicios de su padre: 

"y atendiendo a los agradables y particulares servicios que hizo en los puestos que ocupó, y a que todos recaen en Vos Don Manuel Joachín García Álvarez de Toledo, Portugal Córdova y Pimentel, su hijo primogénito, Conde de Oropesa, Belvís y Deleytossa, Marqués de Jarandilla y Frechilla, e resuelto elexiros y nombraros (como por la presente os elijo y nombro) por mi Capitán General del Reyno de Toledo, en la misma forma y manera que lo tenía vuestro padre" (1).

Por estas fechas debió recibir también la encomienda de Abanilla de la Orden de Calatrava, de la que era caballero.

Cuando se dispuso la formación de su Casa de Carlos II, el Conde de Oropesa obtuvo una plaza de gentilhombre de cámara que juró el 9 de febrero de 1675 en manos del Duque de Medinaceli, Sumiller de Corps del Rey. Esto le permitió ganarse la confianza del joven Rey. Con la mayoría de edad de Carlos II (noviembre de 1675) don Manuel Joaquín era ya uno de los aristócratas cortesanos más influyentes y cercanos a la persona del Rey. 

CONTINUARÁ...

NOTAS:

(1) A.N. Frías, c.1268, doc. 3


BIBLIOGRAFÍA:


  • Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "La Chamberga: El regimiento de la guardia del rey y la salvaguarda de la majestad (1668-1677)" en "Carlos II y el arte de su tiempo" coord. por Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, Angel Rodríguez Rebollo, 2013.
  • Crespi De Valldaura Cardenal, Diego: "Nobleza y corte en la regencia de Mariana de Austria (1665-1675)". Tesis doctoral inédita, leída en la Universidad Autónoma de Madrid. Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Historia Moderna (2013).



jueves, 26 de abril de 2018

La estancia de Carlos III de Austria en Madrid (1710)

1. Carlos III de Austria (futuro emperador Carlos VI), obra de Francesco Solimena (c.1707). Galleria Nazionale Capodimonte de Nápoles.


La campaña de Carlos III de Austria (archiduque Carlos) del año 1710, cuando hacía ya 6 años que el conflicto sucesorio se extendía por tierras ibéricas, se inició con los sonoros triunfos aliados en Almenar y Zaragoza (27 de julio y 20 de agosto respectivamente) que dejaron el camino expedito hacia el norte del Ebro y la Villa y Corte de Madrid. El empeño británico por adentrarse en Castilla, decisión que posteriormente sería criticada con dureza por el propio Carlos III al no consolidarse el avance paralelo hacia Navarra para interceptar la entrada de las tropas de Luis XIV, fue tomado con optimismo por gran parte del séquito carolino y de los exiliado en la Corte de Barcelona. Las muestras de alegría y convencimiento de un rápido y feliz desenlace para las águilas austriacas en el conflicto sucesorio se incrementarían con la llegada de nuevas sobre al entrada del rey Carlos en la Villa y Corte.

A diferencia de la primera entrada aliada en Madrid el año 1706, la mayor parte de los cortesanos y oficiales reales abandonó la Villa en dirección a Valladolid tras las órdenes imperativas de Felipe V. La despoblación de la Corte generó desde los instantes previos a la entrada una honda preocupación en el campo aliado. Pese a que el general británico Stanhope y gran parte de la opinión pública dejaba entrever que con su acceso a Madrid "quedará todo ganado", Carlos III se mostró escéptico en sus cartas a su secretario de Estado navarro Marqués de Erendazu, afirmándole que "de milagros ninguno deve discurrir ni fiar". A fines de septiembre, con el séquito regio a las afueras de la Villa, las palabras del Rey dieron visos de realismo. El abandono de la élite administrativa y política de la Monarquía, con la excepción de un reducido grupo de Grandes, títulos españoles e italianos y algunos criptoaustriacos y prisioneros de Estado, presentaba un panorama desalentador. La conciencia del mal recibimiento pesó en el monarca antes de cruzar los umbrales madrileños. Por carta del 26 de septiembre, informaría al Marqués de Erendazu que, frente a la mayoría de voces, se negó a condescender con los ruegos universales "aun no estoy en hazerlo, y lo más que yo haga será entrar por la puerta más cercana a Atocha, allí oyr misa y bolver, pues me pareze no conviene ni merezen más".

La tibieza de las opiniones y lealtades madrileñas pusieron sobre la mesa un rápido abandono e incluso su inmediato paso a Toledo o Granada. El 28 de septiembre, tras el consabido Te Deum en la iglesia real de Atocha y un cortejo solemne hacia la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, Carlos de Austria abandonó la Corte y se fortificó en la quinta del Conde de Aguilar, en el lugar de Canillejas. A los pocos días el real séquito pasó al Palacio de El Pardo. Las continuas acciones punitivas de los cuerpos de caballería filipinos que a punto estuvieron de capturar a Carlos III le movieron a retirarse del epicentro de la Monarquía y pasar hacia el valle del Manzanares y el Tajo.

La evacuación de Madrid el 11 de noviembre siguiente en dirección a Toledo, Molina de Aragón y Cataluña, supuso un punto de no retorno en el conflicto sucesorio. La fidelidad de la mayor parte de las poblaciones de Castilla a Felipe V y el colapso militar británico en Brihuega, paliado con un éxito táctico del Conde Starhemberg en Villaviciosa, alejaron definitivamente a Carlos III de la sucesión íntegra de la Monarquía de España. La rápida y consistente recuperación de Felipe V hacia el interior de Aragón y Cataluña preludiaron el fin del "sogno spagnolo" de Carlos de Austria.


Fuentes:


  • Quirós Rosado, Roberto: "Monarquía de Oriente: la corte de Carlos III y el gobierno de Italia durante la Guerra de Sucesión Española". Marcial Pons, 2017.


domingo, 25 de marzo de 2018

José I y el archiduque Carlos frente a la sucesión española: los acuerdos de 1703 y el Estado de Milán

1. Miniatura que que representa la cesión de de sus derechos a la Corona de España por parte de Leopoldo I y José I al archiduque Carlos, obra de Charles Boit (1703). Kunsthistorisches Museum de Viena.


Tras la entronización de Felipe V, la diplomacia francesa obtuvo al principio el éxito de concertar una alianza con Portugal en 1701. En la misma línea, Luis XIV proyectó el matrimonio de su nieto con María Luisa Gabriela de Saboya. Durante el invierno de 1701-1702 los dispositivos bélicos se intensificaron. A comienzos de 1702 los aliados instaron a Leopoldo I para que acelerase los preparativos para el conflicto. El 15 de mayo Austria, Inglaterra y las Provincias Unidas declararon la guerra a Francia. Durante algún tiempo, el Emperador pudo escapar a a las presiones inglesas para que se iniciase la guerra en España. La irresolución propia de Leopoldo y de sus hijos, a veces, se convertía en una táctica política. No obstante, la división de la Corte vienesa en los primeros años de la Guerra de Sucesión fue particularmente perjudicial para la Casa de Austria, ya que esto impidió que se realizase el esfuerzo bélico debido, disminuyó la efectividad diplomática y dañó el prestigio imperial. En esta época la dirección de la diplomacia austriaca recaía en el bohemio Wratislaw, quien durante muchos meses defendió que la conquista de Italia debía preceder a la de España. Pero en la Corte imperial también existían voces discrepantes de esta política, especialmente en el círculo próximo al archiduque Carlos. El antiguo embajador español en la Corte de Vena, el Duque de Moles, animaba a que se tomase la iniciativa en España. Compartía en esta opinión el príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, último virrey de Cataluña del reinado de Carlos II, que llegó a Viena en 1702 camino de Inglaterra tras ser relevado de su puesto por Felipe V. Los cortesanos que rodeaban al hijo menor de Leopoldo I no querían quedar a la sombra del hermano mayor, el rey de romanos José I, y el mismo Carlos no tardó en demostrar que tenía su propia personalidad.

En este contexto, Leopoldo I no acababa, pese a las presiones inglesas, de proclamar a su hijo segundo como heredero de la Corona de España. Sin duda fue el Tratado de Methuen con Portugal en 1703, al que Viena se adhirió de mala gana por las cesiones territoriales que Inglaterra hacía al monarca portugués en nombre del Rey de España (plazas en Extremadura, Galicia e Indias), así como el temor a un gran ataque francés en Europa central, lo que obligó a Leopoldo I a ceder a las presiones de las potencias marítimas. El 16 de mayo de 1703 se firmaron dos tratados, uno defensivo entre el Rey de Portugal, Inglaterra y los Estados Generales de Holanda; otro de alianza ofensiva y defensiva de la que formaba parte el Imperio. Por último, el 27 de diciembre el embajador inglés Methuen llegaba a un acuerdo con Portugal de carácter económico, de importantes consecuencias durante el siglo XVIII.

A partir de este momento , Inglaterra y Holanda apremiaron a Leopoldo para que enviase lo antes posible a Carlos hacia España porque la ofensiva portuguesa no empezaría hasta que el Archiduque no llegase a Portugal. En el mismo sentido escribió el Almirante de Castilla al Emperador desde su exilio en Lisboa. El rey Pedro II ya había manifestado que no iba a reducir sus demandas si participaba en el conflicto porque, como dijo a los otros aliados, para la Casa de Austria "el principal propósito era quedarse con Italia". Finalmente, el archiduque Carlos fue proclamado en Viena como Rey de España con el nombre de Carlos III el 12 de septiembre de 1703, tras la cesión de los derechos a la Corona de España del emperador Leopoldo I y del rey de romanos José I. En este acto, Carlos se comprometió a "conservar fueros y privilegios a todos los reinos y provincias, comunes y particulares, de los dominios de España", siguiendo la recomendación hecha por Carlos II en su testamento. En la ceremonia solemne que tuvo lugar en el Palacio de La Favorita a la una de la tarde asistieron, entre otros, cinco príncipe del Imperio y los presidentes de los Consejos y todos los consejeros de Estado. El nuevo Rey fue cumplimentado también por los embajadores y por los ministros de los príncipes aliados, así como por los españoles que se encontraban en la Corte.

Leopoldo trató de armonizar los intereses de sus dos hijos, llamados a asumir la doble aspiración de la Casa de Austria en Italia y en España, y llegó a un acuerdo con ellos. Temía que su hijo menor Carlos se convirtiera en un rehén de unos aliados poco seguros y que incluso pudiera volverse en contra de su familia en defensa de los intereses españoles, por eso promovió una serie de acuerdos, sellados en el mes de septiembre, poco antes de la renuncia pública de Leopoldo y su primogénito a la Corona de España del día 12. El Rey de Romanos José y Carlos  rubricaron delante de su padre, el emperador Leopoldo, un acuerdo familiar secreto por el cual la Agustísima Casa apoyaría las aspiraciones de Carlos a la Corona de España a cambio de ceder éste el Estado de Milán y el Marquesado de Finale a José. Leopoldo I había decidido atribuir estos territorios a José y a sus herederos y, de este modo, a los Austria de Viena. El archiduque Carlos tuvo que aceptar la dudosa tesis jurídica defendida por Leopoldo de que el Ducado de Milán tenía que haber seguido bajo la soberanía imperial tras la abdicación de Carlos V apuntando elementos de conveniencia, proximidad y economía para arrebatar a la Monarquía Hispánica lo que deseaba reservarse a sí. Pero las pretensiones imperiales sobre Italia se vieron afectadas por la firma del Tratado con Saboya. Las negociaciones con el Duque de Saboya, que se habían iniciado a finales de 1701, no concluyeron hasta noviembre de 1703. El precio ofrecido por Leopoldo I a Víctor Amadeo II de Saboya incluía ciertas zonas de la Lombardía (el Alessandrino, Valsesia, Lomellina, el Novarese...). De este modo, la política vienesa encerraba una doble decepción para los españoles: la cesión de Milán al Imperio y, a su vez, la entrega de una importante zona de aquel Estado a los Saboya.

Al mismo tiempo, José y Carlos firmaron el "Pactum Mutuae Successionis". El Emperador abordaba con este pacto el problema que podría plantear el reconocimiento de Carlos como presunto heredero de los archiducados austriacos, dado que José no tenía hijos varones. Lo también llamados "decretos leopoldinos" preveían que Carlos heredaría a José en los estados patrimoniales de la Casa de Austria, en Hungría y en Bohemia y, si ninguno tenía hijos varones, la sucesión pasaría a la hija del hermano mayor que hubiera ocupado el trono. Se establecía la primacía de los hijos varones sobre las hijas y, en ausencia de varones, las hijas de José precederían a las de Carlos en la sucesión, tanto en la española como en la austriaca. Del mismo modo, Carlos y sus hijos se antepondrían a las hijas de su hermano en Austria y en los demás territorios de la Agustísima Casa en Europa Central, donde las disposiciones sucesorias eran diversas. La sucesión quedaba restringida y la unidad de la Casa de Austria a salvo. El acuerdo secreto se ocultó a los españoles, pero debió de ser conocido por algunos ministros de la Corte de Viena mucho antes de que Carlos lo revelase en 1713 para zanjar la cuestión de la precedencia de sus sobrinas sobre su propia descendencia femenina con la Pragmática Sanción. El pacto aumentó el recelo que ya existía entre los hermanos. José, que nunca aceptó la partición impuesta por su padre, sólo sintió celos y desconfianza hacia su hermano menor, a quien despachó a España y quien, tras su marcha, no volverá a ver nunca más. Carlos, en cambio, como Rey de España proclamado tampoco aceptó de buen grado desgajar de su herencia el Ducado de Milán.


Fuentes:

  • Ingrao, Charles W.: "In Quest and Crisis: Emperor Joseph I and the Habsburg Monarchy". Purdue University Press, 1979.
  • León Sanz, Virginia: "Carlos VI. El emperador que no pudo ser rey de España". Aguilar, 2003.
  • León Sanz, Virginia: "El archiduque Carlos y los austracistas". Editorial Arpegio, 2014.


lunes, 12 de febrero de 2018

Francisco Antonio de Borja: un cardenal efímero en la Guerra de Sucesión

Por: Alberto Martín Monge



La vida de don Francisco Antonio de Borja-Centelles y Ponce de León, a pesar de su posición, sufre de un vacío historiográfico debido, en gran parte, a su repentina muerte cuando más alto estaba en el escalafón eclesiástico y en un momento histórico, la Guerra de Sucesión española, en el que podría haber alcanzado un gran protagonismo político. Nació en Cerdeña el 27 de marzo de 1659, de donde procedía parte de su familia. Era hijo de Francisco Carlos de Borja, IX Duque de Gandía, y de María Ana Ponce de León (1). Descendía de unas de las grandes familias nobiliarias de España: por su rama paterna era nieto del VIII Duque de Gandía y de Artemisia Doria Colonna (que unía dos de las Casas italianas más importantes al servicio de la Monarquía Católica); por su rama materna era nieto de Rodrigo Ponce de León, IV Duque de Arcos y virrey de Nápoles, y de Ana Francisca de Córdoba y Aragón, hija de los Duques de Segorbe. 

El ambiente italiano debió siempre influir en él, puesto que, además de nacer en Cerdeña, de dominio hispánico, ya sus padres, siendo Marqueses de Lombay (2), acompañaron a los Duques de Arcos al virreinato napolitano en 1647 (3). Asimismo, como es lógico, Roma debió estar muy marcada en su mundo por descender de San Francisco de Borja y, más recientemente, haber sido su tío-bisabuelo el cardenal don Gaspar de Borja (1580-1645), al que algunas fuentes atribuyen la donación de su fortuna a su sobrino Gandía (4), abuelo de nuestro biografiado, aunque en el primer testamento (1635) del cardenal nombra heredera a la Iglesia Colegiata de Gandía, y el Duque solo figura como albacea (5).

Como hijo segundón accedió a la carrera eclesiástica, puesto que su hermano mayor Pascual sería el X Duque de Gandía al heredar los títulos de la Casa a la muerte de su padre en 1665 (6), llevándose a cabo durante su jefatura de la canonización de san Francisco de Borja, «su quinto aguelo», en 1672, realizándose un festejo en el que se dispuso «un carro triunfal de 22 palmos de largo y 12 de ancho», donde colocarían diversos elementos simbólicos de la Casa, como el toro, y aparecerían versos relativos al santo familiar (7). Pascual de Borja merece un estudio más detallado, sobre todo por su múltiple correspondencia relativa a la Guerra de Sucesión, militando en el bando felipista junto a su familia, y convirtiéndose en adalid de la reconstrucción de Valencia tras la terrible situación económica y demográfica en que quedó después la guerra (8).

Otro de los hermanos, Carlos, también llegó a cardenal en 1720, apareciendo en una entrañable carta de nuestro Francisco Antonio, siendo capellán en Toledo, a Pascual, fechada en agosto de 1689, en la que se muestra realmente contento por haberlo visto y, en un tono emotivo, reitera al Duque que «los tengo a Vuestras Excelencias por amiguitos», respondiendo éste último que «sus sobrinos le envían sus abrazos» (9). Pese a la distancia, parece que los hermanos se mantuvieron unidos, como así demuestra el amor que profesaba en otra carta de 1701 a una de sus hermanas, Jesualda, monja clarisa en Gandía: «A las parientas dirá VE. todo lo que las debe respetar mi veneración. A mi querida Jesualda un millón de cosas», hablándole también al duque de su hija Ignacia (casada con el conde-duque de Benavente) y de temas relacionados con Felipe V (10).

En la promoción de Coronas del 21 de junio de 1700, el Papa Inocencio XII nombraba cardenal a Francisco Antonio de Borja, que contaba entonces con 41 años. Su pariente el Conde de Chinchón, Julio Savelli y Peretti, sobrino, a su vez, del cardenal Montalto, se holgaba mucho, desde Roma, donde tenía información de primera mano, de este nombramiento “que ha sido en esta Corte con aplauso” (11). Otro partidario borbónico, el I Marqués de Castelldosrius, embajador en París, nada más llegar a la Corte francesa el nombramiento, hacía igual elogio del reciente cardenal (12). El Marqués de Albayda también felicitaba al Duque de Gandía por el capelo de su hermano, recordando que su Casa fue fundada por el cardenal Milá (Luis de Milá y Borja), sobrino de Calixto III y primo de Alejandro VI (13).

A los pocos meses, el 1 de noviembre, fallecía Carlos II y comenzaba un periodo de inestabilidad y guerra en el que nuestro cardenal se posicionaba del lado del nuevo Rey y de la nueva dinastía. El 9 de junio de 1701 se emitía la Real Orden de presentación del cardenal Borja para el obispado de Calahorra (14), donde su antepasado san Francisco de Borja había predicado y donde dejó gran huella (15). En noviembre de 1701 ya se da cuenta al cabildo de Burgos del nombramiento del cardenal Borja como nuevo arzobispo, cantándose un Te Deum y enviándose diputados a Madrid a darle la enhorabuena (16). La carrera de Borja era meteórica tras la entronización del nuevo monarca.

Sin b, en 1702 se empieza a resentir de manera grave su salud, y en marzo de ese año sufre una apoplejía (17), lo que hace saltar las alarmas del cabildo por si Felipe V nombraba a otro arzobispo que desmembrara el territorio cántabro de las Montañas Bajas, que pertenecía hasta ahora al arzobispado burgalés (18), pero unos días después, el 1 de abril, parecía que mejoraba de sus «ataques de alferecías» (similar a la epilepsia), dando unas esperanzas que se volvían a acabar tres días después, considerándosele ya al borde de la muerte (19).

Fallece finalmente el cardenal Francisco Antonio de Borja el 4 de abril de 1702, enterrándose en la iglesia de la Compañía de Jesús en Madrid junto a san Francisco de Borja, realizándose las honras fúnebres con toda solemnidad en Burgos el 8 de julio, siendo invitada toda la ciudad (20).

Haría falta un estudio más completo sobre este personaje que, si bien no ha dejado una inmensa huella historiográfica, merece la pena por el contexto en el que se enmarcó y por la familia de la que era miembro.


Notas:

  1.  Archivo Histórico de la Nobleza (en adelante, AHNobleza), Osuna, C. 537, D. 2. Capitulaciones matrimoniales de Francisco de Borja y María Ponce de León. Gandía, 17 de octubre de 1650.
  2.  Sobre este marquesado valenciano pueden consultarse: Gonzálbez Esteve, Elia: Análisis de un señorío valenciano. El marquesado de Lombay, tesis doctoral inédita, Universidad de Alicante, 1991. Ardit, Manuel: “La evolución de la renta feudal en el marquesado de Llombai (siglos XVI-XIX), en Revista de historia moderna: Anales de la Universidad de Alicante, nº. 24, 2006, pp. 11-30.
  3.  AHNobleza, Osuna, C. 128, D. 277, fol. 97. Libro de cuentas del IV duque de Arcos durante su estancia en Nápoles.
  4.  Soler Salcedo, Juan Miguel: Nobleza española. Grandeza inmemorial 1520. Visión Libros, Madrid, 2008, p. 236.
  5.  AHNobleza, Osuna, C. 540, D. 20, fols. 3r y 4v. Testamento otorgado por Gaspar de Borja y Velasco, cardenal arzobispo de Toledo. Roma, 18 de noviembre de 1635.
  6.  AHNobleza, Osuna, C. 540, D. 143-149. Traslados, copias simples y testamento autógrafo de Francisco Carlos de Borja Centelles [Doria Colonna], IX duque de Gandía.
  7. AHNobleza, Osuna, C. 538, D. 68. Informe sobre los festejos y actos organizados por Pascual Francisco de Borja Centelles, duque de Gandía, para la celebración de la canonización de Francisco de Borja duque de Gandía, ca. 1672. 
  8. En 1683, el arzobispo de Valencia, Tomás de Rocabertí, dio licencia para que don Pascual levantara una ermita en honor del santo: AHN, Osuna, C. 579, D. 17. Valencia, 16 de diciembre de 1683.
  9.   AHNobleza, Osuna, CT. 136, D. 41. 
  10.   AHNobleza, Osuna, CT. 113, D. 5. Francisco de Borja a su hermano Pascual de Borja, Toledo a 16 de agosto de 1689 / Gandía a 29 de agosto de 1698.
  11.   AHNobleza, Osuna, CT. 125, D. 1-4. El cardenal Borja al duque de Gandía, agosto de 1701.
  12.   AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 183. El conde de Chinchón al duque de Gandía, Roma a 21 de junio de 1700.
  13.   AHNobleza, Osuna, CT. 151, D.7. El marqués de Castelldosrius al duque de Gandía, París a 11 de julio de 1700.
  14.   AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 157-159. El marqués de Albayda al duque de Gandía, Valencia a 13 de julio de 1700.  Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Fondo Santa Sede, leg. 250, fol. 5v. Reales Órdenes, 1701-1716, presentación para obispados, etc.
  15.   Alcalde Arenzana, Miguel Ángel: “Tres generales jesuitas de talla internacional en Calahorra (II): Francisco de Borja”, en Kalakorikos: Revista para el estudio, defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y cultural de Calahorra y su entorno, nº. 12, 2007, pp. 363-376.
  16.   Archivo Histórico de la Catedral de Burgos (en  adelante, AHCB), RR. 92, fols. 406v-408, 409v.-411 y 414. 
  17.   AHCB, lib. 118, fols. 509-510. Fernando de Castro, abad de San Millán, al cabildo de Burgos, Madrid a 22 de marzo de 1702.
  18.   Ibídem, RR, 92, fols. 487v.-489, Burgos a 30 de marzo de 1702. Para entender el tema de las Montañas Bajas: Cofiño Fernández, Isabel: Arquitectura religiosa en Cantabria, 1685-1754. Las Montañas Bajas del arzobispado de Burgos, Universidad de Cantabria, Santander, 2004.
  19.   Ibídem, lib. 118, fols. 513-514. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Madrid a 1 de abril de 1702;  Ibídem, RR. 92, fols. 489v-492. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Burgos a 3 de abril de 1702.
  20.   Ibídem, lib. 118, fols. 517-518. Fernando de Castro al cabildo de Burgos, Madrid a 5 de abril de 1702;  Ibídem, RR. 92, fols. 541v-545. El conde de Chinchón envía sus condolencias al duque de Gandía, aprovechando para que intercediera por él ante Felipe V: AHNobleza, Osuna, CT. 205, D. 185.