martes, 30 de mayo de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte V)

1. Retrato del cardenal Pedro Salazar Gutiérrez de Toledo.

El nuevo pontífice Alejandro VIII Ottoboni mostró pronto sus afinidades políticas al conceder la púrpura cardenalicia al francés Toussaint Forbin de Janson, Obispo de Beauvais, a pesar de la oposición del Emperador y de no dar ningún capelo a España, pues monseñor del Giudice era napolitano, aunque súbdito de Carlos II. Los cardenales Salazar, Aguirre y de Goes, y el Príncipe de Liechtenstein, embajador imperial, enviaron graves acusaciones contra Cogolludo a Madrid por haber apoyado la elección de Ottoboni y consentido la concesión de estos capelos, que estuvieron a punto de ocasionarle el destierro.

Como consecuencia de estas acusaciones, algunos autores indican que la cancillería imperial presionó para que le destituyeran por permitir la creación cardenalicia de Janson, y el representante del Elector de Baviera en Madrid comenta a su soberano, el 3 de mayo de 1690, que el Rey había llamado al Marqués de Cogolludo para que respondiese a las acusaciones que había contra él, entregando los papeles de la embajada al Cardenal Salazar. Pero lo único cierto es que Cogolludo envió a Juan Vélez de León a Madrid, de 27 de mayo de 1690, aunque no se sabe si para justificarse o para estar cerca de su padre que estaba gravemente enfermo, pues el Marqués continuó durante este tiempo en Roma al frente de la embajada.

El 1 de febrero de 1691 moría el Papa el embajador confesaba que tenía cierto miedo por no tener instrucciones concretas y no conocer las preferencias cortesanas, para no verse expuesto a nuevas acusaciones. En un principio consiguió que los cardenales españoles e imperiales caminasen unidos, sacrificando al servicio del Rey y el Emperador los disgustos que unos y otros le habían causado. Sin embargo, el Cardenal Salazar empezó a decir que tenía órdenes precisas del Rey para favorecer la elección del Cardenal Barbarigo, apoyado por el grupo de cardenales celantes. Ante la actitud de rebeldía, el embajador le escribió un billete pidiéndole explicaciones por su actuación y exigiéndole que mostrara con qué fundamentos y autoridad actuaba contra las indicaciones del Cardenal Medici, que era quien tenía la voz del Rey Católico en el cónclave y a quien tenía que obedecer. Salazar trató de justificarse con un largo escrito, pero no adujo ninguna prueba, se limitó a apelar a la conciencia y a hacer un elogio de Barbarigo. Unos meses después el embajador Cogolludo se sinceró con el Conde de Altamira del atrevimiento de "estos frailes", que perjudicaban al servicio del Rey, por lo que había despachado un correo extraordinario al monarca para quejarse de la actuación del Cardenal Salazar y de quienes le apoyaban, "pues no puede este fraile ser desvergonzado tan en extremo con otro fundamento que el de su apoyo".

En un principio se dijo que el Emperador quería hacer Papa al veneciano cardenal Barbarigo, el embajador manifestó su opinión y "los frailes" dijeron que había que hacerlo, pero luego llegó aviso de Viena que no lo querían y el Marqués de Cogolludo aprovechando su buena relación con los cardenales Altieri y Ottoboni, consiguió desbaratar su elección, con lo cual las cosas volvieron a estar como al principio. Aunque la lucha entre las distintas facciones estaba alargando e cónclave, el cansancio y el calor forzaron un acuerdo para elegir al cardenal napolitano Pignatelli, que subió al solio pontificio con el nombre de Inocencio XII y Cogolludo pudo vender como un triunfo para España la elección de este vasallo de Carlos II, aunque meses después calificaría negativamente su elección ya que pronto se descubriría la francofilia del nuevo pontífice.

La negativa que el Marqués tenía de Inocencio XII se fue acentuando a medida que pasaba el tiempo, pues solo prestaba atención a los negocios franceses, y en 1694 le llegó a decir que no era necesario que el Rey tuviera embajador, pues  con "un fraile le bastaba para lo que se ofreciese".

Sus penurias económicas el ansia de promover al Virreinato de Nápoles se fueron agudizando progresivamente. Por eso, cuando le llegaron noticias de que en la Corte pensaban prorrogar otro trienio al Conde de Satiesteban como virrey de Nápoles, se sinceraba con el Almirante de Castilla y le dice que quizás no había sabido servir bien al Rey en la embajada, a pesar de los negocios que había solucionado, y le advierte que sus empeños y ahogos eran tales que no podía pagar a sus acreedores y nadie le fiaba para comer de un día a otro. De esta forma, "si continuó aquí, expuesto a indecencias, como lo estoy, y sin poder hacer lo que es servicio del rey en una corte donde sólo se atiende al que más puede o más autoridad tiene, conocerás que ni por el servicio del rey ni por el mío puedo durar más aquí". Por ello le pide que trate de sacarle cuando antes de Roma, donde estaba cansado de servir bien y comer mal, y enviarle a Nápoles, pues de lo contrario estaba dispuesto a dejar la embajada y volverse a España, aunque le encerrasen en el castillo de Coca, que él había dejado tan honrado.

Todavía tuvo que esperar dos años más en la embajada romana, antes de ser promovido al virreinato napolitano. En los últimos días de 1695 tuvo noticia del nombramiento y, a principios de febrero, recibió los despachos e instrucciones para el nuevo cargo, adonde partió a mediados de marzo, siendo acompañado hasta la frontera del Reino por el Cardenal Spada, una compañía de caballos del Papa, y el barichel de camapaña del Estado Eclesiástico con cincuenta esbirros.




Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.


martes, 31 de enero de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte IV)

1. Retrato del papa Inocendio XI Odescalchi, obra de Giovanni Battista Gaulli "Il Baciccio". Galleria dell'Accademia di S. Luca, Roma.

Para orientarle de cómo debía gobernarse en el desempeño de su cargo, Cogolludo recibió una instrucción de carácter general y otra secreta. La primera glosa de forma general sobre los más diversos temas, desde cuestiones protocolarias y de comportamiento al análisis de la geopolítica italiana y la provisión de los obispados, recordándolo que su principal objetivo debía consistir en "ganarse la voluntad del papa, de sus parientes y de aquellos por cuya dirección corriesen los negocios del gobierno, pues este es el medio más seguro de que se encaminen los que pasasen por vuestra mano". En cambio la secreta se ocupa de algunos puntos más concretos: la forma de gobierno pontificio, el problema del cuartel (barrio) de la embajada, la dirección durante la sede vacante y la actitud ante la tregua o la paz con Francia (1).

En primer lugar, le advierten que el papa Inocencio XI Odescalchi era severo de condición y radical en sus dictámenes, de forma que su celo por la religión y el bien de la Iglesia hacía que tomase algunas decisiones más justas que convenientes; por ello debía actuar en las negociaciones con arte, maña y prudencia, presentando las súplicas con justificación y autoridad. Su máxima de gobierno consistía en conservar la paz en la Cristiandad, para lo que había condescendido con Francia "más de lo que hacía posible la razón de su natural y de su propia justificación". El hecho de no tener nepote y pretender publicar una bula para abolir este clásico sistema de gobierno papal, aunque era positivo para el bien de la Iglesia, no era tan conveniente para la Monarquía, porque los nepotes procuraban fundar casa y estados que igualasen en rentas y grandeza a las mayores de Italia, y como "no era fácil conseguirlo sin incluirse en mis dominios, había esta puerta por donde entrar a ganarlos y a que con atención mirasen a mis intereses". Por último, respecto al Cardenal Cybo, secretario de Estado, le indican que su concepto era mejor antes de entrar en el cargo que después, pero su sagacidad y el ministerio que desempeñaba obligaban a cuidar mucho la buena relación, no sólo por le presente sino también por el futuro porque tenía posibilidades de llegar al Pontificado.

En segundo lugar le informan de la situación del cuartel de la embajada, que el Papa había mandado allanar tras la marcha del Marqués del Carpio al virreinato de Nápoles, aunque el embajador de Francia lo seguía conservando, advirtiéndole que debía entrar en Roma sin pretenderlo, pero estando atento por sí se producía algún cambio en caso de sede vacante. Pues, si moría el Pontífice y el Duque d'Estrées lo mantenía, debía entrar en posesión del cuartel en la misma forma que lo tenía el embajador francés, "sin faltar ni exceder en nada de lo que él practicase, pues la igualdad de las coronas no permite que haya en esto ni en lo demás género alguno de diferencia".

En tercer lugar se centra en la posible sede vacante. En este punto se insta a Cogolludo a conocer a los cardenales, a la vez que le avanzan algunas notas sobre los purpurados Chigi, Altieri y Rospigliosi que eran las cabezas de las tres facciones existentes. El primero, de espíritu liberal y con máximas de príncipe más que de eclesiástico, siempre había sido afecto a la Corona. El segundo, que se llamaba Paluzzi degli Albertoni antes de que el papa Clemente X le declarase su nepote y cambiase su apellido por por el de Altieri en honor al Papa, era prudente y sagaz en los negocios políticos, y mantenía buena relación con Francia, aunque se podía dudar "si es afecto de disimulada política o concierto de una segura amistad". Y el tercero, sobrino de Clemente IX, estaba achacoso y retirado de los negocios, y aunque manifestado últimamente que tenía afecto a los intereses españoles era dudoso porque los suyos siempre habían apoyado a Francia. Le pide que confronte estas noticias con las que pudiera adquirir de todos los cardenales "manteniendo con seguridad a los de mi facción y a los que se juntaron a ellos en el cónclave último y los demás que se declarasen por servidores míos, y a todos en general y en particular", pues de ello dependía el buen acierto en el negocio que más importaba.

De acuerdo con las instrucciones recibidas, el Marqués de Cogolludo mantuvo buena relación con Inocencio XI, logró una solución airosa para el problema de la jurisdicción del cuartel de la embajada y procuró fortalecer el partido español con vistas a la próxima sede vacante, que se presentó el 12 de agosto de 1689 con la muerte de Inocencio XI. Reunido el cónclave, el Marqués pidió que se suspendiera la elección hasta que llegase el Cardenal de Goes con las órdenes del Emperador, como se había esperado a los cardenales franceses , pero el aviso solo sirvió para acelerar la elección del cardenal Ottoboni, apoyado por Venecia y Francia, y también por el embajador español, según indica el Marqués de Villagarcía, a la sazón embajador de Carlos II en Venecia. Pues le confiesa que, aunque los cardenales venecianos eran poco afectos a España, Ottoboni si que lo era. Por ello se muestra satisfecho con su elección, aunque confiesa que no podía adivinar su actuación como Papa.

CONTINUARÁ...
Notas:

(1) AGS, Estado, leg. 3142. "Instrucción que se dio al marqués de Cogolludo...", 1687.


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.