sábado, 23 de abril de 2011

LA FAMILIA DEL REY, LOS TÍOS DE CARLOS II: EL CARDENAL-INFANTE DON FERNANDO DE AUSTRIA (PARTE XVIII)

El Cardenal-Infante ecuestre, taller de Van Dyck. Museo del Louvre de París.

El 30 de septiembre de 1635, los embajadores españoles en Viena, Oñate y Castañeda, consiguieron un nuevo acuerdo con el Emperador, mediante el cual Viena, a cambio de cuantiosas subvenciones españolas, se comprometía a invadir Francia, daba permiso a Felipe IV para levantar tropas en el Imperio y finalmente también aceptaba que partes del ejército español establecieran sus cuarteles de invierno en territorio imperial. Todo parecía suponer que la invasión imperial de Francia, largo tiempo esperada, llegaría pronto. En marzo de 1636 el Emperador declaró la guerra a Francia a título personal, aunque al poco tiempo los problemas logísticos y financieros dejaron claro que la formación de un ejército de invasión iba a resultar muy difícil. Los constantes combates con los ejércitos franceses y protestantes en la Renania detenían a los efectivos disponibles. Para Viena, el Cardenal-Infante debía tomar la iniciativa de invasión de Francia y es que Fernando II no se atrevía a emprender dicha invasión con sus solas fuerzas, demasiado limitadas.


Estos hechos obligaron a Bruselas a reorientar la estrategia. Si a finales de enero de 1636, el Cardenal-Infante estaba totalmente convencido de que la ofensiva contra las Provincias Unidas era el único camino acertado (1), unos meses después cambió la prioridad. El residente español en Baviera, don Diego de Saavedra, no había conseguido convencer al duque Maximiliano de ceder tropas de la Liga Católica para atacar el flanco oriental de la República y Oñate hizo saber que el Emperador también descartaba esta posibilidad (2). A finales de abril, Felipe IV tenía la seguridad de que Schenckenschans estaba perdido (3) y que la invasión imperial de Francia, que debía evitar un eventual intento de Luis XIII de atacar los Países Bajos, se retrasaba considerablemente. Sin la asistencia del Imperio, con Schenckenschans en manos de las Provincias Unidas y sabiendo que las tropas neerlandesas en el Ducado de Cleves tenían fuerzas suficientes para hacerles frente, don Fernando se dio cuenta de que valdría más la pena reservar los planes de entrar en la Betuwe y la Veluwe. Pero también sabía que Federico Enrique necesitaba tiempo para recuperarse y que esta campaña no sería capaz de empezar una nueva ofensiva. Por todo eso, parecía más oportuno dirigir la mirada hacia el sur.


A lo largo del mes de mayo, don Fernando, asesorado por sus principales consejeros (4), decidió dar el paso: una parte de su ejército, bajo el mando del príncipe Tomás de Saboya, junto con los regimientos de Piccolomini, los de la Liga Católica bajo el mando de Jean de Werth y las tropas del Duque de Lorena cruzarían la fronteras francesa. El ejército aliado de invasión contaría con 43.000 soldados y consistiría en gran medida en unidades de Caballería. El Duque de Feria, maestre de campo general, se quedaría en los Países Bajos con 11.000 soldados de Infantería y 4.000 de Caballería a fin de poder detener un eventual ataque de las Provincias Unidas (5).


La invasión de Francia se hizo expresamente, no para conquistar territorios, sino para causar agitación, alimentar las disensiones internas y disminuir la presión francesa en el Imperio y en el norte de Italia, obligando a Luis XIII a utilizar sus tropas en defensa de su propio territorio.


Inicialmente, el confesor de don Fernando, fray Juan de San Agustín, no estimaba aconsejable que el Cardenal-Infante dirigiese personalmente la invasión. Tomando algunas plazas y fortificándolas, de modo que la Caballería pudiese hacer incursiones en territorio francés, se podría alcanzar plenamente el objetivo propuesto. La presencia del Cardenal-Infante en territorio francés provocaría un contraataque masivo de Luis XIII que resultaría en una confrontación franco-española a gran escala en el norte de Francia, muy cerca de los Países Bajos, cuando el objetivo era incitar a los ejércitos imperiales bajo el mando del Rey de Hungría a invadir Francia desde el este, mediante una operación española limitada (6). El objetivo final era la guerra total entre París y Viena.


Sin embargo, el ejército de invasión estaba constituido por unidades muy diversas y los soldados alemanes hicieron saber que no estaban dispuestos a aceptar el mando ni del príncipe Tomás ni del Duque de Lorena (7). Hacía falta, pues, una autoridad indiscutible para coordinar el ejército. Cuando a principios de junio se supo que un ejército francés al mando de Condé había empezado a sitiar Dole, hecho por el cual se podía perder todo el Franco Condado, el Cardenal-Infante, aconsejado por sus asesores, decidió no esperar el visto bueno de Madrid y cruzar él mismo la frontera encabezando la fuerza multinacional a fin de supervisar la salvación de Dole (8). Además, tenía el aliciente de seguir incrementando su gloria militar.


El 26 de mayo, don Fernando informó al Rey de su propósito, esperando que en Madrid se entendiera hasta qué punto las circunstancias habían cambiado (9). Sin embargo, lo que no pudieron entender de ninguna manera Felipe IV y Olivares fue la pérdida de Schenckenschans. Durante las sesiones del Consejo de Estado del 23 de mayo y del 17 de junio, el Conde-Duque, decepcionado, se quejó de la falta de esfuerzos, tanto por parte del mando militar supremo como por parte del propio gobernador general, por mantener el fuerte en manos españolas. Don Fernando y el príncipe Tomás ni siquiera se habían molestado en inspeccionar el fuerte, lo que era todo menos un estímulo para los soldados que tenían que defenderlo. Además, en muchas leguas a la redonda de la cabeza de puente no se habían realizado las obras de fortificación necesarias, a pesar de las órdenes repetidas y muy explícitas del Rey. Olivares afirmaba “aunque el señor infante se vee lo que ha hecho y lo que haze, su edad no sufre toda la aplicacion a las materias que alli penden de su govierno que seria menester” (10). En una carta personal a don Fernando, el Conde-Duque escribía: “no puedo negar a Vuestra Alteza que se me ha caido el corazon a los pies, mas que en quantas perdidas hemos hecho jamas, porque veo el sentimiento del rey muy de cerca, y no ay, señor, quien no llegue a Su Majestad con lisonja o con verdad a decirle que se perdio por esto y por lo otro, y es atravesarle una saeta el corazon”. Ahora que Schenckenschans había vuelto a manos de las Provincias Unidas se había “perdido la mayor joya que el rey nuestro señor tenia en esos estados para poder acomodar sus cossas con gloria” (11).


A mediados de junio el Rey seguía insistiendo en que se tenían que mantener a toda costa las posiciones en el nordeste, reconquistarlas si era preciso, y continuar la ofensiva contra la República (12). Pero al recibir, a principios de julio, los nuevos proyectos con una copia de los numerosos dictámenes emitidos, Felipe IV dio su consentimiento para invadir Francia. El Rey reconocía que la situación actual era muy distinta de cuando se había diseñado la estrategia nororiental. De esta manera, el Cardenal-Infante, de acuerdo con sus consejeros, había hecho bien en dejar de lado las órdenes superadas y el Rey esperaba que de ahora en adelante siguiese pesando así los pros y los contras de todas las directrices procedentes de Madrid (13). De hecho, la presión francesa sobre Milán se había hecho tan fuerte que tanto Olivares como Felipe IV pidieron con insistencia a don Fernando que la invasión de Francia se iniciase cuanto antes (14). Sin embargo, los proyectos para levantar también una fuerza de invasión en Cataluña para amenazar el sur de Francia quedaron en nada (15). La esperanza de la Corte se concentraba ahora en los esfuerzos de Bruselas y Viena.


A finales de junio, el ejército aliado se puso en movimiento. El príncipe Tomás de Saboya asedió el fuerte fronterizo de La Capelle que se rindió después de cuatro días y avanzó hacia el sur en dirección a Vervins. La ciudad, que no ofreció mucha resistencia, se tomó sin problemas. El 24 de julio, Le Catelet cayó igualmente en manos españolas. Por prudencia, se evitaron fortificaciones como San Quintín y Guisa, mejor defendidas por el Conde de Soissons a quien se había encargado la defensa del norte de Francia. A principios de agosto, el ejército aliado consiguió cruzar el Somme cerca de Bray. Los regimientos de Caballería de Piccolomini y Werth ocuparon Roye y a partir de allí pudieron emprender impunemente correrías por el campo circundante. La guarnición de Corbie se rindió al príncipe Tomás después de un asedio de nueve días. Amiens estaba al alcance de la mano. Incluso parecía abierto el camino a París, lo que causó un gran nerviosismo en la capital francesa y sus alrededores.


A pesar de la insistencia de los oficiales alemanes, el Cardenal-Infante, desde su cuartel general de Cambrai, decidió conformarse con su proyecto inicial no penetrar demasiado lejos en territorio enemigo (16). Debido a las disensiones continuas dentro del mando superior de los diversos componentes del ejército aliado y a la consiguiente falta de una actuación conjunta (eran sobre todo las tropas de Jean de Wetrth las que iban a su aire), hasta la fecha la campaña había estado llena de dificultades. Avanzar más lejos haría peligrar las líneas de aprovisionamiento y expondría las tropas a ser atacadas por la espalda. Además, el Rey de Hungría y su general en jefe Gallas no parecían dispuestos a atacar Francia desde el este, por lo cual don Fernando se vio obligado a mandar unidades bajo el mando del Duque de Lorena al Franco Condado con el fin de liberar Dole.


El sitio de Dole por parte de las tropas de Condé.

Mientras tanto, París hizo lo que pudo para tratar de detener el avance español. Se volvieron a llamar a los ejércitos al mando del cardenal La Valette y de Bernardo de Sajonia-Weimar y Condé recibió órdenes de abandonar el sitio de Dole. El retroceso de Condé corrió parejo al avance del duque Carlos IV de Lorena que el 15 de agosto entró triunfante en la capital del Franco Condado y después empezó la persecución del ejército en retirada. Cuando, a finales de agosto, los franceses abandonaron sus posiciones en el norte de Alsacia, disminuyendo así la amenaza en Renania, Gallas no parecía tener más motivos para seguir retrasando la invasión de Francia. A lo largo del mes de octubre, pero mucho más lentamente de lo que habría deseado el Cardenal-Infante, su ejército penetró en el Ducado de Borgoña, pero se limitó a atacar la pequeña ciudad de Saint-Jean-de-Losne, justo pasada la frontera al oeste de Dole. Cuando resultó que la resistencia era mayor de la esperada y que Condé se acercó con un ejército de liberación, Gallas se retiró el 3 de noviembre. Así, la invasión de Francia terminó casi antes de que hubiera empezado. Gallas volvió a cruzar el Rin y se refugió en el Imperio. Como la invasión desde el Imperio se hizo esperar, el ejército aliado del Cardenal-Infante tuvo que resistir una contraofensiva francesa durante la cual se hubo de abandonar Roye y Corbie. Después se retiró a los Países Bajos. Los franceses también cesaron las actividades bélicas. Las tropas de Federico Enrique, que casi no se habían movido en todo el verano, se retiraron a su vez a sus cuarteles de invierno en el mes de noviembre.


Así terminó la campaña de 1636. El Cardenal-Infante había perdido Schenckenschans y las posiciones avanzadas en el Ducado de Cleves pero había ganado La Capelle, Le Catelet y Vervins. Se había evitado la toma del Franco Condado. Luis XIII había tenido que abandonar algunas posiciones en Alsacia y no había podido mandar el apoyo suficiente a sus tropas que operaban en el norte de Italia, por lo cual se había detenido su avance en Lombardía. Los efectivos del Ejército de Flandes se habían mantenido en un nivel operativo, gracias también a la llegada reciente de nuevos refuerzos de la Península. El 1 de septiembre había atracado en Mardique una flota que había salido 12 días antes de La Coruña con 4.5000 soldados frescos y millón y medio de escudos a bordo, que había conseguido eludir los bloqueos neerlandeses. Cuando el Rey Católico e Inglaterra firmaron la paz de 1630, la ruta marítima volvió a estar disponible. A pesar de la amenaza persistente de buques de guerra holandeses, España cambiaba cada vez más a menudo ( y a partir de la caída de Breisach no le quedaría más remedio que hacerlo) el tradicional “Camino Español” por la comunicación marítima más rápida.


Considerada en su conjunto, el desarrollo de la campaña de verano no había sido tan desfavorable, pero tampoco esta vez se había producido el gran avance, ni contra las Provincias Unidas ni contra Francia. La presencia militar en Alsacia y las preparaciones de la Dieta Imperial de Ratisbona, en la cual el Emperador quería volver a intentar que su hijo Fernando saliera elegido Rey de Romanos, podían justificar un retraso de unos meses, pero, avanzado el verano de 1636, la amenaza francesa ya no constituía un impedimento. Y aún así, Gallas siguió tardando. El Cardenal-Infante se quejó de ello al Rey y al Conde-Duque que tampoco podían entender porqué Viena no había respetado los acuerdos (17). El embajador imperial en Madrid proporcionó la información necesaria. En diciembre declaró a Olivares que Gallas no había querido avanzar porque Oñate no había pagado las subvenciones acordadas por Madrid. Contrariamente a su colega Castañeda, Oñate, partiendo de su experiencia previa, era escéptico con respecto a las promesas imperiales de que, una vez en posesión del dinero español, se comprometerían activamente en la guerra contra Francia. El Conde, responsable de las finanzas de la embajada vienesa, desconfiaba y hasta que no viera progresar las preparaciones de la invasión, no estaba dispuesto a liberar los fondos necesarios. La actuación del diplomático causó irritación y retrasos en la ejecución de los planes y finalmente su remisión. Olivares estaba furioso por la forma de actuar arbitrariamente de Oñate y juró que no habría una segunda vez.


No cabe duda de que estas divergencias financieras tuvieron un papel clave en la renuncia a la invasión de Francia por parte imperial, pero resulta más que probable que las circunstancias internas del propio Imperio también fueron decisivas. La elección crucial del Rey de Hungría don Fernando como Rey de Romanos y, por tanto, como Emperador electo tendría lugar sólo el 22 de diciembre y en esta perspectiva Fernando II no quería arriesgarse en complicaciones suplementarias. La pacificación del Imperio seguía siendo demasiado frágil. Además, los príncipes electores se negaban a que el Imperio entrara en guerra con Francia: sólo querían apoyar las acciones cuyo objetivo fuese rechazar a los franceses en Alsacia y Lorena; una guerra ofensiva a gran escala contra Francia estaba fuera de toda discusión ya que podría poner en peligro el trabajo de años y se tardaría aún bastante en acabar con el enemigo sueco que estaba poniendo en marcha una nueva ofensiva en el otoño de 1636. Una vez más, el Emperador y los príncipes electores tenían prioridades diferentes a las del Rey Planeta.




Fuentes principales:


* Bouza, Femando: “Locos, enanos y hambres de placer en la corte de los Austrias”. Temas de Hoy, Madrid 1991.


* Sánchez Portillo, Paloma: “En torno a las Meninas: algunas noticias de Nicolás Pertusato”. Universidad Complutense de Madrid. Anales de historia del arte, 2002.



Notas:


(1) Don Fernando a Castañeda, 20 de enero de 1636 (CCE VI, nº 978). El 12 de marzo, Felipe IV volvió a repetir que el ataque combinado de la Casa de Austria contra el noreste de la República tenía prioridad absoluta (Felipe IV a don Fernando, 12 de marzo de 1636; AGS Estado, 2243, s.f.).


(2) Saavedra a Felipe IV, 14 de abril de 1636 (CCE VI, nº 990); Oñate a don Fernando, 29 de abril de 1636 (CCE VI, nº 991).

(3) Don Fernando a Felipe IV, 30 de abril de 1636 (SEG 214, f. 301).


(4) Roose no estaba de acuedo con la reorientación hacia Francia de los esfuerzos ofensivos. Según él, se trataba de un “desacierto”. A pesar de la pérdida de Schenckenschans, insistió en que se aprovechara la relativa debilidad de Federico Enrique para seguir amenazando la república.


(5) Don Fernando a Castel-Rodrigo, 2 de julio de 1636 (AHN Estado, libro 93, s.f.); instrucción al Duque de Feria, 2 de julio de 1636 (SE 215, f. 10-11).


(6) Voto de fray Juan de San Agustín, 18 de mayo de 1636 (SEG 214, f. 449-453).


(7) Don Martín de Axpe a Olivares, 21 de junio de 1636 (SEG 302, s.f.).


(8) Votos de fray Juan de San Agustín y el Duque de Feria, 28 de junio de 1636 (SEG 215, f. 57-64).


(9) Don Fernando a Felipe IV, 26 de mayo de 1636 (SEG 214, f. 445-447).


(10) Consulta del Consejo de Estado, 23 de mayo y 17 de junio de 1636 (AGS Estado, 2051, f. 42 y f. 25).


(11) Olivares a don Fernando, 25 de mayo de 1636 (BSM Codex Hispanicus 22, f. 17v-21v).


(12) Felipe IV a don Fernando, 13 y 15 de junio de 1636 (SEG 214, f.565; AGS Estado, 2243, s.f.).


(13) Felipe IV a don Fernando, 15 de julio de 1636 (SEG 215, f. 84-87).


(14) Felipe IV a don Fernando, 21 de julio de 1636 (SEG 215, f. 120).


(15) Elliott, J.H.: “La revuelta de los catalanes”, pp. 309-316.


(16) Don Fernando a Felipe IV, 10 de julio de 1636 (SEG 215, f. 50).


(17) Don Fernando a Felipe IV, 10 de octubre de 1636 (SEG 215, f. 280-281).

22 comentarios:

  1. La premura de Felipe IV en relación con la guerra contra Francia está claro que no eran compartida con la misma intensidad por todos. Cada uno arrimaba el ascua a su sardina según sus propios intereses.
    Veo que el tema de Alsacia y Lorena, el litigio territorial entre Francia y los territorios germanos que tanto dio que hablar desde la Paz de Frankfurt, cuando nació el II Reich, ya tenía su razón de ser en aquellos agitados tiempos.
    Un saludo.

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  2. Es curiosa la estrategia de atacar un país, no para conquistarlo, sino para usarlo en beneficio propio para sacarle rendimiento a otro. Está claro que las invasiones estaban planificadas. Una jugada de farol.
    Saludos¡

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  3. Ya en el capítulo anterior se apreciaba el tibio entusiasmo de Viena por los proyectos españoles y ahora, pese a los acuerdos firmados, sucede lo mismo. Sólo tropas y dinero llegadas desde la Coruña, por vía marítima, al teatro de operaciones parece que iba a ser la única ayuda importante para el cardenal infante, al fin al frente de todo. No sé si España, que se desangraba sola en un esfuerzo titánico, debía haber tomado en algún momento alguna acción contra Viena. Es sólo una opinión.
    Un abrazo.

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  4. Con las fiestas y los actos de Don Juan José, había perdido un poco el hilo de la historia del Cardenal-Infante, pero ya estoy al día. En política y materia bélica es bueno rectificar y el Cardenal reflexionó sobre la conveniencia o no de atacar a ultranza los Paises Bajos y, de momento, acertó; por otro lado, Francia siempre poniendo chinitas, siempre obstaculizando todos los pasos de nuestros tercios: cosas de los galos. Felíz domingo de resurrección, Majestad.

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  5. Son impresionantes estas sutilezas estratégicas.

    Saludos.

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  6. Cayetano: así es, la enemistad franco-alemana data de esta época y se incrementaría durante el siglo XVIII a consecuencia de la Guerra de Sucesión y posteriormente, con el nacimiento del poder prusiano, con el desplazamiento de la rivalidad París-Viena al enfrentamiento París-Berlín, que acabaría con el nacimiento del II Reich en el Salón de los Espejos de Versalles.

    Un saludo.

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  7. Javier: así es, Francia era un territorio demasiado compacto y difícil de invadir, se pretendía sólo una estrategia de distracción y agitación.

    Un saludo.

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  8. Desdelaterraza: esta actitud tibia de Viena con respecto a los asuntos de sus primos de Madrid fueron la tónica durante todo el siglo XVII y acabaron trayendo grandes males para ambos y bajo mi punto de vista, costando la sucesión a la Casa de Austria a la muerte de Carlos II.

    Un saludo.

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  9. Paco: la verdad es que sí, con tanta celebración juanista, política y futbolística, se había perdido un poco el hilo. Espero no seguir desvariando y centrarme en el Cardenal-Infante hasta el final. Y sí, Francia siempre poniendo la zancadilla jejeje

    Un saludo.

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  10. Retablo: por algo le llamaban el arte de la guerra, todo estrategia.

    Un saludo.

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  11. Monsieur, ya estoy de vuelta, espero no haberme perdido mucho.

    Mire los principes electores qué frescos: o sea, guerra contra Francia sí, pero solo en Alsacia y Lorena que era lo que les interesaba a ellos. Las prioridades de Felipe IV no eran asunto suyo. Tenga usted aliados para esto.

    Feliz tarde de domingo, monsieur

    Bisous

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  12. Parece ser que la campaña, a pesar de todo no fue tan desastrosa. si tenemos en cuenta que básicamente la hizo el infante-cardenal sin la ayuda de Viena, que como ya he comentado muchas veces, era mínima. Servían a sus propios intereses y poco más, por eso la desconfianza de Oñate en pagar no me extraña nada, aunque no fuese del todo acertada.

    Saludos, Alberto.

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  13. El Cardenal- Infante creo que hizo lo que pudo ante el panorama tan complicado del tablero europeo con los limitados recursos con los que contaba la monarquía española. No olvidemos que todavía éramos el gigante de pies de barro que había que desmantelar, por lo que todas las potencias se posicionaban en contra, ansiosas de recibir pedazos sueltos de su corpachón en ruinas.

    Un beso

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  14. Madame: que va no se ha perdido nada, seguimos en guerra jejeje...los príncipes electores y Viena eran muy amigos del oro español pero no de apoyarles cuando se les necesitaba...

    Un beso.

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  15. Jordi: yo la verdad apoyo la decisión de Oñate, los de Viena no eran para nada de fiar y así lo demostrarían durante todo el siglo.

    Un abrazo.

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  16. Carmen: así es, aunque yo no soy de los que está de acuerdo del todo con eso de la decadencia. La Monarquía Hispánica, con todas sus dificultades, fue capaz de mantener una guerra en tres frentes (Francia, Provincias Unidas y el Imperio) a la que después se les sumaría un cuarto y quinto en 1640 (Cataluña y Portugal) y prácticamente salió intacta, lo cual demuestra su enorme poderío...ninguna otra nación habría podido resistir.

    Un beso.

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  17. Más que nada todas estas campañas parecen más una forma de medir fuerzas frente al enemigo, pienso que faltaba una clara unidad no ya sólo en el ejército constituido por unidades muy diversas, sino que también faltaban unos mandos fuertes, unas cabezas visibles a las que seguir. Muchas veces con menos recursos y menos hombres se consiguieron mayores empresas gracias a un lider con más carisma. Pero es sólo una teoría que pasa por mi cabeza, seguramente usted, mejor conocedor que yo de este periodo, tendrá otras teorías.

    Gracias por su entrada, magnífica.

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  18. Pedro: había demasiada dispersión, esta fue una de las características de la Monarquía Hispánica, un entramado multinacinal difícil de dirigir si no era por un miembro de la familia real, que de hcho era el único nexo de unión entre las diversas "naciones".

    Un saludo.

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  19. Magnífico post.
    La lectura desprende,para mí, algo muy claro.
    Que la actitud y la postura poco definida de Viena en lo referente a los temas que afectaban a su familia en Madrid, marcaron la pauta durante ese periodo histórico y terminaron desencadenando grandísimos problemas para todos y posiblemente suponiendo la pérdida de la sucesión a los Austria.

    Saludos.

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  20. Natalia: no tengo la menor duda, como he siempre expuesto en este blog, que la tibia actitud de Viena respecto a sus primos de Madrid les acabó costando la sucesión en 1700, aunque laz razones fueron mucho más complicadas como también iremos viendo en futuras entradas.

    Un saludo.

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