domingo, 22 de mayo de 2011

LA FAMILIA DEL REY, LOS TÍOS DE CARLOS II: EL CARDENAL-INFANTE DON FERNANDO DE AUSTRIA (PARTE XXII)


El Cardenal-Infante don Fernando por Gaspar de Crayer (1639).

A finales de 1637 al Cardenal-Infante le resultaba evidente que la guerra en ambos frentes era imposible de ganar y ya en aquellas fechas había pedido a Madrid que se volvieran a poner en marcha conversaciones de paz con las Provincias Unidas. Varios de sus consejeros, entre ellos fray Juan de San Agustín y el Marqués de Mirabel, estaban plenamente de acuerdo, en cambio Pedro Roose no. El jefe-presidente se oponía radicalmente a las negociaciones porque implicaban concesiones. Pero para reforzar su argumentación frente a Felipe IV, don Fernando contaba cómo el Arzobispo de Malinas y los obispos de Gante y Amberes le habían comunicado su preocupación por el hecho de que en los territorios conquistados por la República desde que se inició la guerra en 1621, “más de 1.000.000 de almas ni oyan missa ni se confessavan ni baptizavan los niños, y en fin vivian como bestias”. Según los prelados, estos abusos llegarían a su fin si en un acuerdo con La Haya se pudiera obtener la libertad de culto, al menos en los llamados Países de la Generalidad. Si incluso la cúpula del clero nacional señalaba prudentemente que un arreglo con los neerlandeses no iba en contra de los intereses del Catolicismo ¿por qué no actuar antes de que fuese tarde? Don Fernando pidió a su hermano que no considerase únicamente la opinión de Roose, porque “teme Su Alteza que aunque se crea que el pressidente es el remedio de aquellos estados, no sea la perdicion de toda la monarchia” (1). Madrid comprendió que ya no podía negarle al Cardenal-Infante el permiso de negociar. En la primavera de 1638 le dieron luz verde para empezar las conversaciones, pero los miembros del Consejo de Estado se habían puesto de acuerdo en no hacer concesiones sustanciosas. Negociar desde una posición perdedora sólo provocaría “grandisimos daños nuestros y ventaxas de los enemigos”. Sin “alguno o algunos cpnsiderables sucesos que realzen la reputacion de las armas de Vuestra Majestad y modifiquen la sobervia de aquellos rebeldes”, para Olivares el diálogo no era posible (2). En todo caso, el Cardenal-Infante tenía que poner como condición previa que la República restituyese Breda y Maastrich y cediese sus conquistas en el Brasil por tres o cuatro millones de florines. Además habría que restablecer la posición española en el Rin mediante la devolución de Kerpen, Orsoy y Rijnberk. Una vez más se puso el listón muy alto, aunque la Monarquía no se encontraba precisamente en la posición de poder imponer sus condiciones. El transcurso de las nuevas negociaciones entre España y las Provincias Unidas resultaba, pues, predicible. Al enterarse Richelieu, Federico Enrique se apresuró a poner fin a los contactos.

Los sucesivos reveses de 1639 y 1640, sobre todo la rebelión catalana de junio de 1640 y la portuguesa de diciembre de ese mismo año, deshicieron todos los proyectos. “Propongo paz y más paz”, exclamó Olivares en una sesión del Consejo de Estado a mediados de noviembre de 1640. Unas semanas más tarde, el caos era completo. De prisa y corriendo, don Fernando tenía que encargarse una vez más de firmar una tregua con la República, que no incluyese un arreglo para las Indias porque esto complicaría todo. También había que prolongar el alto el fuego con Francia, preferiblemente para uno o dos años. La única condición era que Francia y las Provincias Unidas se abstuvieran de ayudar a los catalanes y los portugueses. Dentro de 20 días se le harían llegar directrices concretas al Cardenal-Infante y en el interín tenía que intentar ganar tiempo. Si no fuera posible, tenía que firmar inmediatamente y por iniciativa propia una tregua temporal que partía del principio de que todas las partes conservarían lo que tenían en aquel momento, incluso en las Indias. Si Francia no estuviese dispuesta a firmar la tregua, entonces quedaría limitada a las Provincias Unidas (3).

El Consejo de Estado se daba cuenta de que los enemigos no estaban dispuestos a demostrar comprensión por la penosa situación en la que se encontraba la Monarquía y que en estas circunstancias tenderían más bien a aumentar la presión. En vez de negociar un acuerdo con España por miedo a Francia, las Provincias Unidas podrían aprovechar la situación para anexionar una parte de las provincias obedientes y utilizarlas como protección contra el poderosos vecino meridional. Pronto ya no tendrían nada que temer del Emperador, que se vería en dificultades debido al cese de las subvenciones españolas, lo que le impulsaría a concluir un acuerdo con la República. Sin embargo, las Provincias Unidas no tenían interés en ver a España demasiado debilitada ya que quizás algún día las potencias católicas juntas se volverían contra ella bajo la dirección del Papa, y por motivos de seguridad podría serle más interesante quedarse bajo la tutela española. Probablemente para consolarse, los miembros del Consejo concluyeron que esta última considereración podría ser determinante para las Provincias Unidas, de modo que España podía aún imponer ciertas condiciones. A don Fernando se le comunicó que en tal caso tenía que exigir que los neerlandeses reconocieran de alguna forma la soberanía del Rey de España, que las monedas de la República se emitieran en nombre del Rey de España como Conde Holanda o Señor de los Países Bajos septentrionales, que le pagaran impuestos al Rey, que se garantizara la libertad de culto para los católicos, que no dieran ningún apoyo a los enemigos de España, que todas las vías fluviales, incluso la desembocadura del Escalda, estuvieran abiertas a la navegación y finalmente que con respecto a las Indias se encontrara un arreglo que satisficiera a todas las partes. En comparación con las reivindicaciones anteriores, estas exigencias eran más bien moderadas, pero teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos en la Península Ibérica, para Federico Enrique esta moderación llegaba demasiado tarde. Como se podría esperar, la reacción de la República a las muestras de buena voluntad por parte de la Monarquía Hispánica fueron tibias (4).

Felipe IV y Olivares se concentraron sobre todo en las crisis de la Península. Más que nunca, la gestión de la guerra en los Países Bajos se dejó al buen entender del Cardenal-Infante, pero después de la decepcionante campaña de 1640 éste se hallaba preso del desánimo y no mostraba gran entusiasmo para la preparación del año siguiente. No es de extrañar, pues, que don Fernando tuviese pocas ilusiones sobre una eventual posición ofensiva en 1641. Ponía todas sus esperanzas en la rebelión que los malcontentos franceses desencadenarían desde Sedan, que se había convertido en un nido de conspiradores (5). Los contactos del Conde de Soissons y sus partidarios, entre los cuales figuraba el Duque de Bouillon, se habían continuado de manera discreta, a pesar de la reconcialiación del Conde con Richelieu. Ahora que estaba en marcha la rebelión campesina de los va-nu-pieds de Normandía, una intriga nobiliaria francesa podía ofrecer posibilidades de éxito. Que el Duque de Bouillon fuera en aquel momento también gobernador de Maastricht, en el campo neerlandés, no era impedimento. Para Bruselas, su compromiso contra Francia era tan importante como el de Soissons. Las negociaciones, supervisadas por don Miguel de Salamanca, duraron más de un año. En paralelo hubo frecuentes concertaciones con el Emperador ya que España esperaba que éste haría una contribución decisiva para el éxito de la conspiración de Sedan. Para dar peso suficiente a la empresa, seguía siendo necesario un apoyo militar sustancial por parte de Fernando III (6). “Verdaderamente no puede haver remedio natural para atajar la rabia y furia con que contra dios y contra justicia el rey de Francia se vale de las rebeliones de España sino este”, dijo Olivares que al fin veía la oportunidad de pagar a su colega francés con la misma moneda (7).

El Cardenal-Infante, obra de un seguidor de Gaspar de Crayer (puesto a subasta por la casa Christie's).

Pero otra ilustre figura con fuertes relaciones con Francia, el duque Carlos IV de Lorena, parecía distanciarse. El Duque, comandante en jefe del ejército español en el Franco Condado, había abandonado el territorio en la primavera de 1639 ya que temía la mayor fuerza del enemigo y parecía querer acercarse a París. Después de una nutrida correspondencia y unas misivas de don Miguel de Salamanca, don Antonio Sarmiento y Virgilio Malvezzi, se abandonó toda esperanza de poder hacer nada de provecho con el imprevisible Duque. Se le consideraba como un “hombre terrible”, “peligrosso y ligero”, “extravagante de condicion” y “inutil para todo bien y occassion de infinitos males, gastos, descomodidades y desabios” (8). Antonio Sarmiento, cansado de negociar con Carlos de Lorena, concluyó que “contra toda regla de los hombres, ni los beneficios le hacen amigo de quien se los da, ni los agravios enemigos de quien los recive” y que “España no ha ometido nada para obligalle ni Francia ni Francia para destruille, y con todo sigue con violencia el partido de Su Magestad y solicita el contario, aunque no le admiten” (9). Finalmente, el propio don Fernando tampoco sabía ya qué hacer con el veleidoso Duque y decidió que “esta materia del duque de Lorena es de mucho cuydado y solo Su Magestad la puede resolber” (10). Felipe IV hizo saber que cuando la contemporización de Carlos IV se hicera demasiado peligrosa, don Fernando tenía que concertarse con el Emperador, arrestar al Duque y ponerle entre rejas (11).

Los malcontentos reunidos en Sedan tendría palabra, pero Luis XIII, al tanto de sus planes, tomó sus precauciones y a mediados de mayo mandó a Sedan un cuerpo de ejército bajo el mando del Mariscal Châtillon, mientras el Mariscal La Meilleraye se preparaba para adentrarse en Artois (12). A principios de julio, en La Marfée, en la orilla izquierda del Mosa, se produjo un enfrentamiento entre Châtillon y los rebeldes, apoyados por un destacamento imperial de 3.000 hombres al mando de Lamboy. El ejército francés fue rechazado y a continuación los rebeldes tomaron la cercana fortaleza de Donchery, pero la alegría de la victoria quedó aniquilada por la muerte en combate de Soissons. Los conspiradores habían perdido a su líder más importante y cuando don Fernando les quitó las tropas de Lamboy para que le asistieran en Artois, el panorama cambió drásticamente. Unas semanas más tarde, Donchery fue reconquistado por Châtillon y Bouillon decidió reconcialiarse con Luis XIII. A finales de agosto, una guarnición francesa entró en Sedan. Así terminó la aventura de los malcontentos franceses.

Mientras tanto, La Meilleraye tampoco había estado ocioso. A finales de mayo circundó la pequeña ciudad de Aire-sur-la-Lys que se rindió el 26 de julio, después de semanas de asedio y a pesar de diversas tentativas de romper el cerco (13). Nada parecía poder detener ya al ejército francés. Lens y La Bassé fueron tomados por sorpresa, por lo cual quedaba abierto el camino a Lille. Don Francisco de Melo, que representaba a Felipe IV en la Dieta Imperial de Ratisbona, corrió a los Países Bajos para sustituir al Cardenal-Infante, que había caído gravemente enfermo de viruelas, en el mando supremo. A finales de septiembre supo evitar en el último momento un ataque contra Lille y Douai pero ya no pudo salvar Bapaume. Dos meses más tarde, después de un sitio tenaz, Melo consiguió in extremis recuperar Aire-sur-la-Lys.

En la luchas contra las Provincias Unidas también hubo pérdidas. En vez de desembarcar en el norte de Flandes, el ejército neerlandés se había dirigido de entrada hacia la región del Mosa y se hallaba instalado alrededor de Gennep de que una lenta fuerza contraria española hubiese llegado a la ciudad. El presidio de la ciudad supo resistir siete semanas pero tuvo que firmar la rendición el 26 de julio. A continuación las tropas neerlandesas quedaron ociosas durante unas semanas, hasta que Federico Enrique decidió bajar hacia Flandes a fin de apoyar la ofensiva de Luis XIII en Artois. Sin demasiado ánimo, el ejército del Príncipe de Orange se estacionó cerca de Assenede hasta que a principios de octubre se retiró sin más a Bergen-op-Zoom para recogerse en los cuarteles de invierno.

El Cardenal-Infante no vivió para ver el final de la campaña de 1641, excepcionalmente larga. Después de una enfermedad de varios meses, don Fernando falleció en Bruselas el 9 de noviembre. Sólo tenía 33 años.


Fuentes principales:

* Elliott, J. H.: “El conde-duque de Olivares”. Crítica, 2004.

* Vermeier, René: “En estado de guerra. Felipe IV y Flandes 1629-1648”. Universidad de Córdoba, 2006.


Notas:

(1) Don Fernando a Felipe IV, 3 de diciembre de 1637 (AGS Estado, 2053, s.f.).

(2) Voto de Olivares, 18 de abril de 1638 (AGS Estado, 2156, s.f.).

(3) Voto de Olivares de mediados de 1640 (AGS Estado, 2055, s.f.).

(4) Don Fernando a Felipe IV, 8 de enero de 1641 (SEG 227, f. 66).

(5) Don Fernandi a Felipe IV, 9 de marzo de 1641 (SEG 228, f. 75-77).

(6) Don Fernando a Felipe IV, 7 de agosto de 1640 (SEG 225, f. 311-312).

(7) Consulta del Consejo de Estado, 13 de abril de 1641 (AGS Estado, 2056, s.f.).

(8) Felipe IV a don Fernando, 9 de octubre de 1639 (SEG 223, f. 260-261).

(9) Voto de don Antonio de Sarmiento, 10 de febrero 1640 (SEG 652, f. 38-40).


(10) Texto de don Miguel de Salamanca con apostillas del Cardenal-Infante, 2 de octubre de 1640 (AHN Estado, libro 961, f. 240-254v).

(11) Felipe IV a don Fernando, 19 de junio de 1641 (AGS Estado, 2248, s.f.).

(12) Don Fernando a Felipe IV, 20 de mayo de 1641 (SEG 229, f. 99-100).

(13) Don Fernando a Felipe IV, 20 de agosto de 1641 (SEG 230, f. 103-106v).

25 comentarios:

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  2. Para haber vivido sólo 33 años tuvo una vida harto agitada. En todo caso se va a ahorrar nuevas amarguras como los quebraderos de cabeza provocados por "Els segadors" en Cataluña.
    Un saludo.

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  3. Cayetanp: la verdad es que sí, hay gente que sólo alcanzaba esas cuotas de aventura a edad muy avanzada, pero él con 33 años ya había vivido momentos de gloria militar, de derrota, había recibido capelos cardenalicios, gobiernos, etc.

    Un saludo.

    PD: veo que has repetido tu comentario pasando de 32 a 33 años jeje, culpa mía, me había confundido y he tenido que corregirlo...creo que se ha descuajaringado todo un poco :S

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  4. Solo 33 años!

    Cuanto hizo en tan poco tiempo.

    Un abrazo.

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  5. Es curioso ver que las Provincias Unidas le tenían tanto miedo a España como al Vaticano, y de este texto destaco la frase de Olivares: “Propongo paz y más paz”. Anecdótico en una Europa en guerra continua.
    Un abrazo Alberto...
    (Hoy me he zampado "Nevermind" después de tiempo sin disfrutarlo ;))

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  6. Javier: Olivares pedía paz ahora que la Monarquía se enfrentaba a cuatro frentes, antes fue el quine deseaba atacar a Francia y las Provincias Unidas al mismo tiempo.

    Me alegra enormemente que hayas disfrutado de mi grupo favorito, "Nevermid" es un de los pocos discos atemporales, una obra de arte ;)

    Un abrazo.

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  7. En aquella época se vivía de manera intensa, no habia tanto estudio como ahora y se hacian las cosas de otra manera. El hombre vivio, disfrutó y saboreo la miel y las derrotas. Saludos, majestad desde esta revolucionaria España en la calle, pero conservadora en el voto.

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  8. Paco: así es, la concepción del tiempo y de la vida eran distinto, se vivía más intensamente y a los 50 uno ya era un viejo.

    Un saludo desde la revolucionaria Madrid ;)

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  9. Ay, vaya por dios, se nos acaba el cardenal infante! Demasiado joven, pobre hombre. Le quedaba seguramente lo mejor por delante, pero la vida tendía a ser breve en aquellos tiempos.

    Buenas noches

    Bisous

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  10. Sigo con lo mío: Siempre tratando de obtener la colaboración del emperador, siempre de buenas palabras y pocas obras.
    Lástima la prematura muerte de don Fernando. Concluyo, por lo leído en los veintidós capítulos, que fue un personaje capaz, digno del puesto, pese a las carencias con las que tuvo que luchar. Saludos.

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  11. Madame: en aquella época la gente moría demasiado joven, al menos pudo disfrutar de su vida.

    Un beso.

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  12. Desdelaterraza: haces bien en insistir en ese tema pues fue un asunto de extrema importancia en la época y que fue distanciando a los españoles cada vez más de la causa del Emperador, hasta el testamento de 1700.

    Un saludo.

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  13. Ya se las tenía que ver mal Olivares para proponer "paz y más paz".

    Un saludo.
    A ver si me decido hacerle una entrada a Melo.

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  14. Eduardo: seguro que esa entrada dedicada a don Francisco de Melo sería de lo más interesante.

    Un saludo.

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  15. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  16. O sea que estaba sobrio cuando leí 32 y luego eran 33. Ya pensaba yo mal de mí mismo.
    33: la edad de Cristo y de Alejandro Magno. Otros dos que hicieron un buen carrerón antes de morir tan jóvenes.
    Un saludo.
    (Nota: esta vez no te ha dado tiempo a saber por qué demonios he anulado el comentario anterior. Jejeje)

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  17. Me hace gracia aqueloo de que "La única condición era que Francia y las Provincias Unidas se abstuvieran de ayudar a los catalanes y los portugueses" ninguno de los dos cumplió su trato y tanto catalanes como portugueses recibieron ayuda aún en contra de lo pactado.
    Tiempos agitados los de nuestro protagonista, fue lástima su temprana muerte.
    Me ha gustado mucho la serie sobre el cardenal infante, estoy esperando desde ya la nueva serie con la que seguro nos va a sorprender.

    Un saludo :-)

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  18. Cayetano: jejeje si estabas sobrio, fue un error mío...pues no había caído en aquello del club de los 33 con Jesucristo y Alejandro, es algo así como el club rockero de los 27 con Cobain, Hendrix, Joplin y Morrison jejeje

    Un saludo.

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  19. Pedro: digamos que más que una condición era un deseo que mucho esperaban pero que obviamente no se cumplió...aún nos quedan dos entradas sobre el Cardenal-Infante que nos servirán de colofón ;)

    Un abrazo.

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  20. Pasaba España por una situación tremenda. Las responsabilidades eran abrumadoras. Parece mentira que todavía tenga fuerza la idea de que los Habsburgo eran indolentes. Tenían el peso del mundo sobre sus espaldas.

    Saludos.

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  21. Retablo: así es, el peso del mundo sobre sus espaldas...lo cual no era poco.

    Un saludo.

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  22. No sé cómo el cardenal infante no se volvía loco con tanta orden y contraorden. Y es que, como ya te comenté alguna vez, Madrid parecía ir por unos derroteros y los militares de la inmensa monarquía por otro. No se podía mover un ejército de varios miles de hombres de posición de la noche a la mañana, ni declarar guerra un día a una plaza y al día suguiente (por obra y gracia de la tardanza de los despachos) intentar comprarla como aliada. Seguro que el pobre murió sin saber si había hecho las cosas bien o si simplemente había servido de marioneta.

    Besos

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  23. Carmen: seguramente murió sabiendo que había servido a su Rey y señor aunque no estuviese de acuerdo con muchas de las órdenes que llegaban desde Madrid que, como dices, eran cada vez más confusas por los continuas problemas económicos y militares.

    Un beso.

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  24. Y el infante-cardenal se murió, afortunadamente dejando más gloria que penas, o así lo veo yo. Unos cuantos como él y otro gallo les hubiese cantado a los galos y a los rebeldes.

    Saludos

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