domingo, 15 de septiembre de 2019

Vida del último Almirante de Castilla (PARTE V)


1. Retrato de don Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Conde de Melgar, en un grabado de Cesare Fiori y Georges Tasniere (h.1684). Biblioteca Nacional de Madrid.


Tras recibir la noticia de su nombramiento como embajador en Roma, Melgar respondió que a pesar de las razones que tenía para no aceptar, se plegaba a la voluntad regia, aunque no tenía medios para poner su casa en la ciudad papal con la decencia conveniente y mucho menos para mantenerse en una Corte tan cara, bajo el supuesto que su sueldo se iba a consignar en Nápoles, "donde las repetidas órdenes de V.M. para el pan de munición de Italia no han sido poderosas a enmendar lo que en ello se ha faltado". A vista de esto y lo que estaba sucediendo con algunos ministros de las embajadas, "con grave perjuicio para el real servicio y decoro de la representación de sus ministros en teatros tan públicos", pidió que sus asignaciones se señalasen en la forma en que se pagaba a los miembros del Consejo de Italia, pues de otra forma no podía ir a Roma.

El Consejo aplaudió la aceptación de Melgar, pero no pudo ofrecerle ninguna garantía del puntual abono de los diez mil escudos que le habían concedido de ayuda de costa para el viaje ni del resto de sus asistencias por hallarse las rentas de Nápoles muy deterioradas y correr de su cuenta los gastos de la embajada de Roma. En los meses siguientes don Juan Tomás continuó haciendo representaciones al Virrey de Nápoles para que le ofreciese seguridades del cobro de sus asistencias, pero solo pudo garantizarle los diez mil escudos de ayuda de costa y otros trece mil al año para sueldos y gastos "cuando su cantidad importaba cerca de cuarenta mil". El 5 de septiembre el Rey ordenó a Melgar que fuese a Roma para encargarse de los asuntos de la embajada, a lo que respondió que estaba resignado a obedecer y a tomar la posta para hacer el viaje, pero le pidió que le diese órdenes oportunas para que hiciesen efectivo su sueldo y los demás gastos, "para poder servir el cargo con decoro y no experimentar la extrema necesidad a que se ven reducidos los ministros que dependen de las asistencias de Nápoles".

Ante los continuos reparos del Conde de Melgar para pasar a Roma, Carlos II nombró embajador al Marqués de Cogolludo, don Luis de la Cerda y Aragón, que tenía 27 años y era hijo primogénito del recién caído Primer Ministro Duque de Medinnaceli. Por su parte, don Juan Tomás fue detenido y mandado preso al Castillo de Coca por haber venido a Madrid sin permido y desobedecido al Rey como escribía Juan Bautista Lancier, embajador de Baviera, al elector Maximiliano II Manuel en carta del 21 de noviembre:

"[...] el Conde e Melgar ha venido sin permiso y el Rey le ha enviado con un alcalde al castillo de Coca, fortaleza que está a diez leguas de Madrid. A las instancias que se han hecho para pedir su indulto ha contestado Su Majestad que tiene ya veinte y cinco años y sabe lo que debe hacer. En ninguna otra Corte se le habría tratado con tanta clemencia"

No duró mucho su castigo ya que a los dos meses se le permitió postrarse a los pies del Rey quien le perdonó y le reintegró en la Corte pese a la opinión de Oropesa. Una vez de vuelta en la Corte parece ser que hizo gran amistad con la Reina lo que no era bien visto por el Primer Ministro quien aprovechando que los asuntos en Cataluña (revuelta de los gorretes) no iban bien decidió su paso al Principado en calidad de Virrey según nombramiento del Rey de mayo de 1688. Un revelación del Gabinete de Francia decía así: 

"Hombre capaz y que ha brillado mucho durante su permanencia en la  Corte es el Conde de Melgar. Nadie hablaba con más libertad al Rey ni era más favorablemente escuchado, por lo que el Conde de Oropesa le envió de Virrey a Cataluña. Era muy adicto a la Reina, opuesto en esto a su padre, partidario declarado de la Reina madre"

Melgar llegaría al Principado el 8 de junio de 1688 jurando las Constituciones en plena revuelta de los gorretes (1687-1689). Las primeras impresiones del nuevo Virrey dan una idea de la situación en el campo catalán aquel verano. Las causas del tumulto no habían desaparecido, con el peligro de la llegada de los segadores y de quienes se dedicaban a matar la langosta, al tiempo que los comunes apenas contribuían para mantener la caballería, cundiendo la miseria en el ejército. La situación era de alto riesgo y Melgar acabó desesperándose por no recibir ayuda de la Corte, pues los soldados de caballería desertaban masivamente. En junio, el Rey mantenía prácticamente en solitario un ejército de 6.825 hombres, cuyo cuarto de paga mensual montaba poco mas de 257.000 reales de plata, sin contar el gasto en fortificaciones, hospitales o la remonta de la caballería.

Lo cierto es que Cataluña contribuía con lo justo para dar cobijo a las tropas, pero ya no pagaba dinero. Como de la Corte se enviaba el numerario con cuentagotas, Melgar se vio aún mas impelido a demandar ayuda para su gente. En una carta a Haro, secretario del Consejo de Aragón, decía con ironía:

"si con el cuidado que se tiene de asistir a este ejército comieran los soldados o si pudieran pasar sin comer y sin todo lo demas que es menester y falta, yo y todos quedaríamos sin ninguna, y a este paso
creo que sucedera lo mesmo pues no habra de qué tenerle, y nos cargaremos de lastima, y aún ésta creo ha de faltar, pues la continuación la ha de hacer tan familiar que mudara de substancia".

Don Juan Tomás no podía ocultar la sensación de abandono que ya había abatido a sus predecesores Bournonville y Leganés. Como aquéllos, Melgar decidió dejarlo todo, en una especie de huelga o protesta, y marcharse a la zona de Vic, por su clima, alegando motivos de salud. El Consejo de Estado también pedía insistentemente a Carlos II que se enviasen mas asistencias a Cataluña.

La actitud y las demandas del virrey Melgar tuvieron una cierta respuesta en el Principado: entre septiembre y noviembre de 1688 se hicieron algunos donativos que ayudaron a paliar tibiamente la situación del ejército. En noviembre Melgar hizo valer de nuevo su intención de dejar el cargo alegando motivos de salud. El autor de "Sucessos de Cataluña" apunta que no deseaba gobernar sin medios, pero para otros se marchó porque aspiraba al puesto de Caballerizo Mayor del Rey. Sea como fuere el caso es que Carlos II finalmente le concedió el retiro. El relevo se produjo en diciembre, resultando elegido para el cargo el Duque de Villahermosa. En los "Anals Consulars" se reproduce una poesía referida a la actuación política de don Juan Tomás en Cataluña:

"El gran conde de Melgar
al tiempo de su partir
dejó mucho que decir
pero poco que contar". 

CONTINUARÁ...


BIBLIOGRAFÍA:


  • Barrio Gozalo, Maximiliano: "La embajada de España en Roma durante el reinado de Carlos II (1665-1700)". Universidad de Valladolid, 2013.
  • Espino López, Antonio: "El frente catalán en la Guerra de los Nueve Años (1689-1697)". Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Barcelona, 1994.
  • Fernández Duro, Cesáreo: "El último Almirante de Castilla: Don Juan Tomás Enrízquez de Cabrera". Real Academia de la Historia, 1902.

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